Hay creadores que tienen el corazón partido en dos, entre la cultura urbana y la rural. Luis Benedit, arquitecto, pintor y escultor, es uno de ellos. Nació en Buenos Aires, pero durante toda su infancia y adolescencia, e incluso durante su primera juventud, pasaba los veranos en el campo de su padre en el norte de Entre Ríos. “Y sin querer fui aprendiendo las tareas rurales, a atar un sulky o ensillar y montar a un caballo, apartar los terneros de las vacas, a tirar el lazo, a sembrar, cosechar. Todo menos domar: cada vez que subí a un potro, me tiró al suelo”, dice.
Benedit tiene un aspecto patriarcal, y casi se diría campesino, más allá de que ha pasado la mayor parte de su vida en ciudades y de que la pintura no es un arte que hayan practicado los gauchos. Desde que presentó al público su primera obra en los años sesenta, comenzó a destacarse como artista plástico. Siempre sin olvidar el campo. En este punto coincide con Florencio Molina Campos, otro grande que también conjugaba la cultura campesina con la de las ciudades. Como arquitecto, entre otras centenares de obras, Benedit participó en el rediseño y restauración del Centro Cultural Recoleta, uno de los templos de las artes plásticas de la Argentina, una tarea que realizó junto con los talentosos arquitectos, también artistas, Clorindo Testa y Jacques Bedel.
Huesos del pasado
Y en estos días, Benedit exhibe sesenta obras directamente enraizadas en la argentinidad. La mayor parte de ellas tiene un denominador común: los huesos de vacas o de caballos como material de base para las piezas artísticas. “Es que, no lo sabemos, pero caminamos sobre huesos, sobre los restos de osamentas que, en centenares de años, han sido cubiertas por la tierra. Los huesos, las osamentas, forman parte del paisaje argentino. Del paisaje campesino, por supuesto. Un viajero de siglos pasados habló de un sendero formado por un mar blanco de huesos. Pero la idea es tratar de explicar, perdón, de entender (explicar es demasiado presuntuoso) un aspecto de lo argentino”, concluye.
–A todo esto, Benedit, ¿por qué pinta usted? ¿Por qué le interesa hacer obras artísticas?
–Cuentan que Picasso respetaba a Matisse –tal vez era el único colega que respetaba– y lo visitaba con cierta frecuencia. Una vez, le preguntó: “Matisse, ¿por qué pintamos? “Pintamos porque somos pintores”, le respondió el francés. “No –le retrucó Picasso–, pintamos porque no somos felices”.
–¿Quiere decir que usted pinta, o hace obras tridimensionales, porque no es feliz?
–No, no es mi caso. Simplemente me acordé de esa anécdota. Yo empecé a pintar porque me daba placer. Y me ayudó mucho una tía, Cecilia, que era amiga de Antonio Berni y me alentaba a pintar. Y simultáneamente pintaba y estudiaba. Estoy hablando de la década del cincuenta, y en esa época uno tenía que trabajar o estudiar o hacer las dos cosas. No había hijos que vivieran con sus padres hasta los 35. Y un día vino a casa un crítico de arte, Damián Bayón, y vio uno de mis cuadros y me dijo que tenía que hacer una exposición. Y pude llevar mis obras a la galería Lirolay y exponer junto a Marta Minujín y a Dalila Puzzovio. Pero no me sentí pintor hasta que alguien, un desconocido, compró uno de mis cuadros. Y cuando Rafael Squirru, que era el director del Museo de Arte Moderno, me compró un cuadro para el museo, ya no tuve dudas: podía seguir pintando. Lo que más me gustó es el haber vendido. Fue una suerte de epifanía y también un reconocimiento. Pero al mismo tiempo creía que debía trabajar como arquitecto.
–¿Y cuándo comenzó como arquitecto?
–En esos días me casé y nos fuimos a vivir a España, donde trabajé en un estudio de arquitectura. Pero seguía pintando y, ocasionalmente, alguien compraba mis cuadros. Volví a Buenos Aires, luego estuve un par de años en Italia, y siempre pintando.
–Y olvidó la arquitectura para siempre.
–No, no, siempre hago algo de arquitectura. Lo que más me gusta es el diseño.
Equinus Equestris
La muestra actual se llama “Luis F. Benedit. Equinus Equestris”. El nombre tiene sentido, en la medida en que se recuerda que buena parte de la historia argentina se hizo a caballo. Ocurrió durante las guerras de la independencia, durante la anarquía, e incluso en la Conquista del desierto. Y, en la actualidad, aunque reemplazado por camionetas, en muchos lugares el caballo sigue siendo fundamental para las tareas del campo. Por eso, muchos de los cuadros están dedicados a esos animales. Incluido el autorretrato de Benedit, que lo muestra durante una cabalgada que hizo desde Baradero a San Antonio de Areco. Y sorprende, en una de las salas, un caballo enfermo. “Sé que algunas personas –dice Benedit– interpretan que es una metáfora sobre la Argentina, que es, dicen, un país enfermo. Pero no estoy de acuerdo”.
–¿Por qué el perro de huesos, Benedit? (En la muestra hay tres perros bull terrier, tres esculturas realizadas en escala real; una, de palos de escoba y hueso).
–Es un homenaje a mi perro más querido. Se llamaba Romero, salió corriendo a la calle y lo pisó un camión. No creo que haya sido un acto deliberado, pero yo sentí eso, que me lo mataban.
–¿Cuál es el sentido último de su exposición?
–Más allá de que toda obra de arte es una suerte de test de proyección, en donde cada persona ve lo que quiere ver, la idea es si existe un pensamiento argentino y, si lo hay, qué manifestaciones de pensamiento y qué arte lo expresan. Esa es mi preocupación.
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