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Entrevista
"Me río de mucho de mí misma"  
 

Has recorrido
un largo camino


En teatro, participó en Monólogos de la vagina, Grease, Confesiones de mujeres de 30, El romance del Romeo y la Julieta y Revista Nacional. Durante el 2006 y 2007, hizo Sweet Charity y se alzó con un premio ACE. Sus trabajos en TV también recibieron galardones: un Martín Fierro como mejor actriz de unitario por Disputas y otro como mejor actriz de comedia por La niñera. Actualmente, protagoniza Frankie & Johnny junto con Luis Luque en el teatro porteño Picadilly. “Por algo estoy haciendo este personaje ahora. Frankie requiere mucha conexión y profundidad de mi parte para poder entender su complejidad. Las resistencias, las taras y el miedo a salir dañado son cosas que yo ya pasé”, concluye Peña.

Amor vs. tecnología

Florencia Peña se encuentra en un momento de plenitud personal y, cada vez que tiene oportunidad, le gusta dejar en claro que el mutuo amor que la une a su marido la ha vuelto mejor persona y mejor actriz. Pero es consciente de que su realidad no es moneda tan corriente entre sus amigos y conocidos. “Mirá, ayer a las 6:30 de la mañana, nos agarró insomnio y nos metimos con Mariano a ver el Facebook, y la charla derivó en el amor en los tiempos de Internet. Facebook es una manera de no conectarse, es una vidriera, pero no más que eso. Si las relaciones son profundas, para qué subir las fotos de mis hijos ahí, vení a mi casa y te las muestro. ¡Cero conexión!”, dice la actriz. Y aún tiene algo más para decir: “El avance tecnológico –que, en muchos ámbitos, es formidable– nos ha hecho retroceder en las relaciones, en los vínculos y provoca que la soledad de la gente se agigante”.

 
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A los 34 años, Florencia Peña parece haber encontrado su lugar en el mundo. Actual protagonista de una obra de teatro que gira en torno al amor, los miedos y el compromiso, la popular actriz habla de estos y otros temas. Y cuando habla, dice mucho.

Casi no necesita presentación. Arrancó en la televisión a los 4 años con Festilindo y a los 17 años se hizo muy conocida con la comedia Son de Diez. Desde entonces, nunca dejó de trabajar, y varios éxitos televisivos y teatrales la tuvieron y la tienen como protagonista. “Soy toda de ustedes; empecemos”, dirá en tono gracioso y con una amplia sonrisa, sentada en su camarín del teatro, segundos antes de que se encienda el grabador. Florencia Peña, cálida, simpática, ingeniosa y con la dosis justa de seriedad cuando la charla lo requiere.

–Sos un raro espécimen, ¿sabías?
–No, ¿por? (Risas).

–Es que sos una comediante de buen humor casi de tiempo completo.
–¡Sí, sí! No respondo a la regla del “comediante que no puede con la vida” (risas). Tengo una anécdota graciosa: uno de los norteamericanos que vino a dirigir Sweet Charity había trabajado con Lucille Ball y en un momento me dice: “Me hacés acordar mucho a Lucille en la manera de actuar, pero la diferencia es que ella era un mujer muy malhumorada”.

–¿Podrías confesar tu fórmula?
–No soy una actriz que se dedica netamente al humor. Puedo hacer esta obra, cosas para chicos, tengo otras facetas. Cuando estás obligado a hacer reír todo el tiempo y sabés que eso va a ser así hasta que te mueras, debe ser complicado.

–¿Siempre fuiste esta especie de “torbellino Peña”?
–¡Siempre! Por algo soy actriz, no podría haber hecho otra cosa en mi vida. Además, mi profesión es también donde reciclo mi energía.

–¿Qué es lo que más te gusta de trabajar en la TV?
–Amo hacer humor en la tele. Trabajo con la alegría, me tiento, los técnicos se ríen, el público también. La televisión tiene una masividad que no te imaginás y llegás a gente que no tiene plata para pagar una entrada de teatro. El tema es cuando alguien mira televisión y eso se convierte en su único pasatiempo. La televisión no es modelo de nada.

–O cuando la televisión reemplaza el diálogo familiar.
–¡Claro! No hablamos, no leemos, no profundizamos, no hacemos nada por mirar tele. Yo hace un tiempo que saqué la televisión de mi cuarto. Y eso me devolvió mucha conexión.

–¿Tu hijo Tomás mira televisión?
–Muy poco. Ve muchas películas.

–¿Siempre te llevaste tan bien con el papel de actriz popular que muestra sus embarazos, sus hijos recién nacidos...?
–Mirá, uno no puede elegir ser o no popular, la popularidad no pasa por mostrar o no a tus hijos. Yo podría hacer eso y no llegarle a nadie. Tengo algo –que no sé muy bien qué es– que hace que mi llegada sea masiva, más popular, multitarget. Además, la gente cree que sabe más de mí de lo que en realidad sabe. Yo puedo hacer una tapa de revista con mis hijos, pero también hay otras cosas que resguardo mucho. Parezco muy abierta, pero no soy escandalosa, no se conoce la intimidad de mi familia. Por otra parte, ese es un punto del ser popular que me tengo que bancar.

–¿Podrías ampliar el concepto?
–Si salgo a la calle y la gente se me acerca, no puedo estar con mala cara, porque gracias a ellos yo estoy donde estoy. Si un día no estoy de humor para bancarme eso, prefiero quedarme en mi casa. Elijo tener una relación holgada con la fama.

–¿Con qué cosas tuyas creés que el público encuentra cierta identificación?
–“¿Florencia es así?” suelen preguntar a los que me conocen bien. Yo me río mucho de mí misma, y eso genera identificación. Me río de mi pasado, de cosas que he dicho, de mis fracasos, de si tengo panza, de la celulitis. No me ubico en un lugar de superheroína.

–¿Qué fue eso que dijiste o hiciste y aún hoy no podés creer? ¿Te acordás?
–Una nota que hice después de haberme hecho la cirugía para sacarme lolas. En la foto estoy con un libro de Cortázar, unos anteojitos y el título decía: “Ahora sí me puse seria”. Como si sacarme lolas, me pusiera en otro lugar (risas). A mí me gusta tener una vida normal, ir al supermercado, no adhiero con la vida de estrella, me aleja… No me interesa tener que estar todo el día divina para que los demás digan “Qué linda”, “Qué flaca”. Ya convivo demasiado con la mirada ajena, y lo que tengo para dar lo doy con mi profesión. Soy esto, es lo que hay; no tengo un personaje para el afuera. Los tiempos cambiaron, las grandes divas como Mirtha o Susana, eso se acabó. Se la pasan buscando la sucesora de Susana…

–Bueno, se ha hablado mucho de vos como la sucesora de Susana.
–Sí, pero no. Fue otra época y otra manera. La gente necesita que seamos como alguno de su familia. Si nos mostramos como gente que no se enferma, que no le pasan cosas, se abre un abismo.

–Estás con el teatro, se viene una ficción y la conducción de un programa de entretenimientos. ¿No será mucho?
–(Risas). Se fueron corriendo los tiempos y se me juntó todo. Pero desde hace un tiempo estoy haciendo un ejercicio que es “confío y me entrego”.

–¿Estar tanto fuera de tu casa te genera culpa?
–Todas las madres somos culposas, aún estando 24 horas dentro del hogar. Yo trato de que mis hijos –sobre todo Toto, que es el que más se da cuenta– entiendan que esta es la mamá que tienen. Mi marido es músico, yo soy actriz, tenemos horarios diferentes a los de otros padres y tratamos de armar una familia sobre la base de lo que somos de verdad y no sobre lo que nos gustaría ser. No puedo pretender que mi hijo se duerma a las 9, porque es una rutina que yo no puedo seguir.

–Lo que se diría una madre coherente.
–(Risas). Mariano (Otero) y yo somos bastante coherentes con ese tema de la educación. Por eso Tomás va a la Escuela del Sol, que tiene que ver con la semiología. Nos hubiera gustado mandarlo a una escuela Waldorf, pero hacen una huerta, no comen comida chatarra, ni gaseosas, no miran tele... y yo trabajo en la tele, me gusta la comida chatarra y las gaseosas. Hubiera sido pura contradicción.

–Tomás tiene 6 años, y Juan, 8 meses. ¿Cómo viviste las dos maternidades?
–De manera muy diferente. Quedé embarazada de Tomás a los 3 meses de estar saliendo con Mariano. Llegó y nos trajo cosas muy grosas. Yo estaba en un momento de mi carrera donde sentía que tenía que seguir remándola todo el tiempo, que no llegaba nunca, hacía mil cosas a la vez... (Se detiene). En realidad, es una sensación eterna, porque uno nunca llega a ningún lado. ¡La carrera del actor! ¿Qué es eso? (risas). Llegó Tomás y fue un stop. Me di cuenta de que tenía que ordenarme y poner mis energías en él, en ese ser hermoso. Aprendí a ser mamá con él, me equivoqué mucho. Yo siempre había sido muy independiente, muy de hacer lo que quería, esto es lo que tengo para dar, y si no te gusta…

–¿Y con Juan?
–Placer absoluto. Mucho más calma, sin sentir que me estaba perdiendo nada, sin sentir que mi vida profesional se podía desmoronar u opacar por ser madre. Paré todo, fue un embarazo muy hermoso. Mi primer embarazo se me pasó volando porque estaba trabajando mucho, parí y en seguida empecé a grabar Disputas. Por eso Tomás es un chico súper adaptable, él siempre está listo para salir. Juan, con sus 8 meses, nada que ver, como que te dice: “Conmigo no es tan sencillo, ¿viste?”. Los hijos son sabiduría pura.

–¿Qué rol jugó tu esposo en todo esto?
–Mariano vino para romper mi paradigma del amor. Yo había tenido parejas muy poco parejas hasta que llegó él. Yo creía que eran parejas, que eran profundas, pero no.

–¿El amor da miedo?
–¡Uf! Si el amor no diera miedo, todo el mundo estaría enamorado. Compartir la vida con otro, adaptarse, amar, dejarse amar... Las miserias más espantosas brotan con la pareja. Ni siquiera con los padres, ni con los amigos. El estado de profundo amor es el que te saca el monstruo interior.

–¿Te psicoanalizás?
–Hace mucho que hago terapia, ¡y me lo agradezco! Pero en los últimos diez o quince años, me puse a trabajar muy fuerte conmigo misma. Sacar la maleza, saber dónde quiero estar, qué es lo que quiero para mí. Lo mismo me pasa con la actuación, ¿viste? La verdad es que nunca imaginé que iba a encontrarme con un hombre como Mariano y que iba a poder formar una familia como la que tengo. Mi marido mira el mundo de la misma manera que lo miro yo, y eso es lo más fuerte que te puede pasar.

–¿Cómo te llevás con las críticas?
–No me hago cargo de los éxitos ni tampoco de los fracasos (risas); pero en este caso, con todo lo que hemos trabajado, me parece que nos merecemos los buenos comentarios que recibimos. El teatro es un espacio donde me siento en carme viva, y está bueno que así lo vean.

 
Por Sebastián Fernández Zini. Fotos: Macarena Otero.