No sabes dónde puse mis anteojos? Me estoy últimamente distrayendo. ¿Será por el reflejo de tus ojos o acaso porque estoy envejeciendo?”, canta el genial Alberto Cortez en Amor, mi gran amor.
Sin embargo, en el contexto actual, el cantautor argentino debería saber que la distracción o el olvido no son propiedades exclusivas de la vejez. Si bien es usual que los pacientes mayores de 65 años hagan una consulta neurológica por falta de memoria, en los últimos años es creciente la preocupación de los adultos jóvenes por este tema.
“Los tiempos acelerados de la cotidianidad, las tendencias sedentarias y las nuevas exigencias sociales y tecnológicas son los principales factores que pueden desembocar en dificultades en la memoria”, explica Adrián Jaime, director de Medical Center Dermoestética & Antiaging. “Los trastornos metabólicos en la función tiroidea, las carencias de vitamina B12 y las anemias también se pueden añadir a la lista, pero representan sólo el siete por ciento de las causas”.
La mala alimentación, el excesivo consumo de alcohol, la falta de sueño y la poca actividad deportiva debilitan las funciones cognitivas. Según María Laura Garau y Miguel Ángel Pagano, neurólogos de la Fundacion Barceló, los jóvenes suelen tener “distracciones” y, por lo tanto, no “fijan” los eventos del día. Muchos de ellos son dispersos, su atención está dividida en varias tareas simultáneamente, y al no poder “focalizar”, les cuesta recordar detalles, nombres, situaciones, etcétera. Para Alejandro Caride, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Alemán, esto trae aparejado una sobrecarga mnésica en los circuitos de corta latencia pasibles de modificarse, por el ingreso de situaciones no previstas.
“Sin dudas, el estrés, la depresión y la ansiedad son actores protagónicos que se padecen en la vida moderna”, agrega Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. “El estrés, por ejemplo, es la reacción del organismo frente a una situación en que las demandas superan a los recursos que cree poseer el individuo para enfrentarlas –prosigue quien es, además, presidente del grupo de Investigación en Neurología Cognitiva de la Federación Mundial de Neurología–. Si bien niveles moderados de estrés pueden ser estimulantes, niveles demasiado altos o prolongados pueden tener efectos negativos para las funciones cognitivas. El hipocampo, una región fundamental para el correcto funcionamiento de la memoria, es sumamente sensible a los efectos del estrés. Esta estructura cerebral está asociada con la capacidad de lograr y adquirir nuevas memorias y nueva información. Diversos estudios demostraron que períodos prolongados de estrés pueden afectar las conexiones de esta estructura, o incluso atrofiarla, por medio de una exposición excesiva a los glucocorticoides. Así se comprobó que la exposición prolongada a altos niveles de glucocorticoides se asocia con dificultades en la memoria y con un menor volumen del hipocampo”.
Por definición, la memoria es la persistencia del aprendizaje en un estado tal que pueda recuperarse más tarde. El término memoria se refiere a la codificación, almacenamiento y recuperación de la información. “Es el proceso a través del cual las experiencias y habilidades motoras y verbales son conservadas. En el caso de los adultos, los motivos por los que la memoria ‘falla’ son totalmente diferentes a los que acontecen durante la tercera etapa de la vida”, define Marcela Cohen, neuróloga de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina.
Desde Medical Center Dermoestética & Antiaging, Jaime comenta que, en la adultez, el 93% de las causas del mal desempeño mnésico están relacionadas con el estilo de vida, y en la tercera edad, el 89% tienen que ver con el deterioro senil del cerebro (insuficiencia en los niveles de neurotransmisores en la efectividad de estos en las sinapsis). Por su parte, Caride acota que, a partir de los 60 años, pueden influir los procesos iniciales de cuadros depresivos reactivos y estrés laboral o familiar (puede coincidir con la jubilación familiar).
A más entrenamiento,
menos olvidos
“Me di cuenta de que me olvidaba las cosas en cualquier lado y de que mi atención era demasiado frágil. A veces, hasta no recordaba lo que me habían dicho un par de horas antes. Me preocupé, y el médico me recomendó que hiciera programas de entrenamiento cognitivo, con lecturas y juegos de ingenio. Hoy noto los resultados. Siento que no me olvido tanto las cosas”, confiesa Lucila (36), cuyo testimonio está íntimamente ligado a aquella máxima –made in Caride– que reza que el entrenamiento cerebral para las funciones mnésicas es tan vital como el entrenamiento muscular para la práctica deportiva.
“El mantenerse activo mentalmente es primordial. De esta manera, se aumentan los contactos entre las células nerviosas y se incrementa la denominada ‘reserva cognitiva’”, sostienen Garau y Pagano desde la Fundación Barceló. Manes se suma al debate: “Las últimas investigaciones concluyen que la ejercitación mental puede ayudar a reducir el decaimiento de las funciones intelectuales en personas sin patologías degenerativas. En el ámbito científico, el interés por contestar esta pregunta surge cuando se nota que la vejez NO necesariamente está acompañada de deterioro cognitivo e intelectual. Si bien es cierto que existe un número considerable de personas mayores que presentan deterioro en sus funciones intelectuales, también es verdad que una gran cantidad de ellas no lo padecen. Es así como se acepta que el deterioro cognitivo no es parte del envejecimiento normal y que, por lo tanto, puede desarrollarse… como no”.
Desde INECO, Manes presenta diferentes informes que constatan que la ejercitación y estimulación cognitiva puede retrasar la aparición de los trastornos cognitivos. Un estudio reciente (Ball 2002) sugiere que con sólo diez sesiones de entrenamiento cognitivo pueden observarse mejorías equivalentes al deterioro típico presentado en un período de 7 a 14 años. “Los ejercicios deben tener en cuenta el nivel de complejidad, e implicar un desafío para la persona que los realiza. Deben ser diseñados y pensados por profesionales que tengan en cuenta los diferentes perfiles individuales. Incluso, aquellas personas que tienen una vida mentalmente estimulante podrían beneficiarse con el ejercicio de áreas cerebrales que, generalmente, no utilizan”, admite Manes.
La memoria de los mozos
“Lo que no utilizamos habitualmente pierde su rapidez y efectividad. Por eso, es importante la activación diaria del cerebro”, aconseja Cohen, desde la Clínica y Maternidad Suizo Argentina.
Para muestra, basta un botón, o, mejor dicho, el “experimento” que encabezó Manes y Tristán Bekinschtein, neurobiólogo de INECO y de la Universidad de Cambridge. Juntos, evaluaron la técnica que utilizan los mozos de los más destacados bares de la Ciudad de Buenos Aires para recordar los pedidos que les hacen. El resultado, que se publicó en la revista Behavioral Neurology, sorprendió por su excelencia a propios y extraños: parece ser que estos queridos personajes son dueños de un método que combina el reconocimiento de algún rasgo característico del cliente (rostro, sexo o vestimenta) y la ubicación de la mesa. ¡Y que nadie se atreva a acusarlos de que andan con anotador en mano!, ya que lo consideran casi como un insulto.
Un párrafo aparte merece lo que pasará en un futuro con la memoria de los jóvenes. “Es difícil predecirlo. En general, los cambios en el cerebro se observan en miles de años, así que no se espera nada muy diferente”, anticipa Manes. Se tiende a pensar que las nuevas generaciones no son muy adeptas a los ejercicios mentales, ya que multiplican o dividen sólo con la ayuda de la calculadora o ni siquiera recuerdan el celular de un familiar cercano (total, para eso está el flamante “ayudamemoria”: es decir, el bendito celular). Pero no. Manes es claro: “Por el contrario, creo que la memoria de trabajo, u online, en estos tiempos de tareas múltiples, podría aumentar su capacidad en una notable cantidad de jóvenes”.
En definitiva, tanto la salud física como la emocional son primordiales para el cuidado de los trastornos cognitivos. Se trata de buscar un pasatiempo, un desafío o un proyecto, en el marco de una vida sana, equilibrada con actividad física y alimentación completa y armónica. A activar, entonces, las redes neurales y a volver a enorgullecerse de que a uno lo llamen –con un aire borgiano–: “Funes, el memorioso”.
“La gente mayor puede ser más lenta en recordar, pero planifica mejor”
La memoria no es una sola, sino varias. Su “normalidad” depende de varios factores, como la edad. El envejecimiento normal no es un fenómeno que empieza en un momento especifico (ejemplo: cuando uno se jubila), sino que es un proceso continuo de cambio. Las gimnastas femeninas alcanzan su máximo rendimiento en la pubertad, y los grandes matemáticos realizan la mayoría de su trabajo original antes de los treinta años.
La memoria decrece con la edad; sin embargo, existen maneras de compensar esa pérdida, como la experiencia y el vasto vocabulario. Varios experimentos probaron cognitivamente a adultos y a ancianos. La gente mayor puede ser más lenta en recordar, pero aprovecha su experiencia y planifica mejor. Así alcanza el mismo, o muchas veces mejor, resultado que los jóvenes.
Cuando los problemas de memoria no son serios, los pacientes suelen ser conscientes de estos. Cuando niegan sus dificultades de memoria, pero la familia las nota y las considera significativas, estamos frente a una probable señal de que los trastornos de memoria son más complejos. Sus olvidos, reiterativos, abarcan material importante y relevante. Esto puede acompañarse con episodios de desorientación temporal o espacial. Aquí es cuando es importante hacer una consulta médica.
*Por Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro y presidente del grupo de Investigación en Neurología Cognitiva de la Federación Mundial de Neurología.
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www.psicoactiva.com/tests/memor.htm
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