Aunque asegura que se había olvidado de la cita pautada para hacer la entrevista, nos recibe sonriente. Su casa no podría ser de otra manera: moderna, muy colorida, algo ecléctica. ¿Parecida a su dueño? Si bien Diego Reinhold tiene una amplia trayectoria en teatro (Huesito caracú, La vuelta manzana, Locos recuerdos, Jazz, swing, tap, Peter Pan, La fiaca, Comic stand up 1, 2 y 3), fue su personaje en Los exitosos Pells el que lo ubicó frente a la mirada de millones de argentinos. Y como si esto fuera poco, Charly –el disparatado asistente personal de Martín Pells– le valió el premio Revelación en la reciente entrega de los Martín Fierro. “Siempre intento no hacer mucha bulla con mis trabajos, porque me gusta empezar de abajo, quizás por miedo, como empecé todo. Yo siempre empecé de abajo. Casi siempre creo un lenguaje nuevo, algo chiquitito, por lo bajo, y de golpe, ¡estás allá!”, dice este hombre de 36 años y cara de niño.
–¿Es cierto que al principio le ibas a decir que no a Los Pells?
–Sí. Estoy en un momento de mi vida en el que hay más posibilidades de que diga que no a un proyecto que de aceptarlo. No me da miedo negarme a una gran idea, porque ya estoy más tranquilo con mi profesión. En realidad, al principio sentí que si le decía que sí a Los Pells, era como hipotecar mi vida durante muchos meses en un mismo trabajo.
–¿Vagancia?
–Tal vez un poco perezoso… Dejame hacer memoria sobre cómo fue. Yo estaba haciendo mi primer verano con Miguel Ángel Cherutti en Mar del Plata. El verano es la zafra, dos funciones todos los días… es medio pesadillesco. En medio de todo eso, viajé un lunes a Buenos Aires para grabar el piloto de Los Pells. Después el programa no salía, y en ese momento me llamó Hugo Midón para hacer La trup sin fin, donde yo tenía que interpretar a seis personajes. Midón es muy disciplinado y ensaya de lunes a sábados, seis horas por día. Como Pells estaba parado, arranqué a ensayar con Hugo y terminé haciendo las dos cosas. Entonces, de lunes a viernes, grababa Pells, los jueves a la mañana, los sábados y los domingos a la tarde hacía funciones del infantil, y de jueves a domingos –los viernes y sábados dos funciones–, la revista de Cherutti.
–¿Te llenaste de plata al menos?
–No sé qué es llenarse de plata (Risas). Ayer fui con un amigo a ver departamentos a Puerto Madero… No tengo ni el diez por ciento de lo que valen esos departamentos, pero estoy cómodo y me permito soñar (Risas). Ahora se frenó un poco el ritmo vertiginoso de trabajo, pero yo siento que aún no tuve aire para respirar. Pero esto no es una queja, ¿eh?
–¿Qué fue lo que pasó con Charly, tu personaje de Los Pells?
–¡Terminó, murió! (Risas).
–No, no me refiero a eso. Me interesa saber qué fue lo que sorprendió tanto al público.
–Mis amigos y la gente que conozco me dicen cosas alucinantes sobre ese personaje, cosas que incluso prefiero callar. No sé qué fue, pero algo bueno pasó con Charly.
–¿Será que te permitió mostrar todo tu talento de forma masiva?
–Así parece. Igualmente, no me veía en todo mi esplendor. Yo ya había hecho televisión, pero nunca había encajado en el lenguaje televisivo. De repente fue como si la tele hubiera encajado en mi lenguaje, algo que no me propuse. Lo que sí me propuse esta vez fue tratar de bajar mi autoexigencia y no pensar en que tenía “el” trabajo de mi carrera.
–¿Qué significa ser la revelación del año?
–Que por primera vez se vio mi trabajo de manera “contundente”. Es como si premiaran un fogonazo. Yo puedo hablar sobre este tema porque tengo una larga trayectoria en ser elegido como revelación (Risas). ¡Ya me tendrían que dar el Oro a la Revelación! Primero me quedé con el Premio Clarín Revelación en Danza por Jazz, swing, tap. Me acuerdo de que les gané a un bailarín del Teatro Colón y a uno del San Martín. Pobres, ¡ellos que están todo el día agarrados a la barra! Después me gané otro Revelación como actor, compartido entre Peter Pan y Comic stand up 2, y después una Estrella de Mar Revelación por la revista de Cherutti. Todavía me queda “revelarme” en cine, en cocina o en arqueología (Carcajadas). No, no, prefiero que sea en pintura.
–¿También pintás?
–Sí, hace poco empecé. Arrancó como una necesidad de canalizar algo que estaba ahí dando vueltas.
–Fuiste el primero en pisar la alfombra roja de los premios Martín Fierro. ¿Fue extrema puntualidad o ansiedad por ganar?
–Por neófito me pasó. Me dijeron a las ocho y yo estuve a las ocho (Risas). Estuvo bueno, porque encontré un buen lugar para estacionar, tuve tiempo para adaptarme al evento. Yo sabía que me lo iba a ganar, tengo experiencia en entregas de premios, y mi intuición nunca me falla.
–¿Cómo es eso?
–Analizo la terna, mis competidores, puedo observar desde afuera, trato de ser objetivo con mi trabajo… y hasta ahora nunca le pifié.
Camino se hace al andar
–¿A qué edad empezaste a estudiar teatro?
–A los 10. Siempre manifesté que quería ser artista o actor, pero a los 6 empecé a estudiar pintura. Creo que fue mi maestra de pintura la que me mandó a la escuela de teatro que estaba a la vuelta. El teatro me abrió la cabeza, un mundo nuevo. Estuve tres años ahí y después pasé a lo de Midón. Fue mi gran formador; él es un poeta, ¿viste?
–¿Y qué imaginabas a los 10 años? ¿Soñabas con toda esta carrera?
–¡Esto y mucho más! No sé hasta dónde se puede llegar. Me acuerdo de que cuando aparecieron las primeras videocaseteras, miraba La novicia rebelde sin parar. Tenía 12 ó 13 años, quería traducirla y bailoteaba todas las canciones. ¡Qué lindo! Cuando era chico, lo que me volaba la cabeza realmente era ir al teatro. Una de mis hermanas me llevaba mucho. Salía de ahí y sentía que explotaba. Es muy fuerte la conexión que tengo con mi niño interno. Muchas de las cosas que ese niño pensó en el pasado se han ido cumpliendo.
–¿Podría ampliar el concepto, niño Reinhold?
–Sí (Risas). Hay deseos de ese chico –que yo tengo olvidados– que, cuando se hacen realidad, me doy cuenta de que quería que se cumplieran. Siento que ese nene dentro de mí se ríe a carcajadas de lo que me pasa. Es muy lindo.
–¿Tus padres siempre te apoyaron?
–Siempre. Igualmente, mi papá tenía una fábrica de calzados, y yo sabía que si fallaba con la actuación, podía trabajar con él. De hecho, trabajé un tiempo en la fábrica y repartía zapatos y cosía. Lo que me daba miedo era pensar que nunca iba a poder enganchar en el mundo del show business. ¡Inseguridades mías, nomás! Eso hacía que me llevara mal con mucha gente, resentimientos. “Ah, vos no me elegiste para tal papel y bla, bla, bla”. Después aprendí a dejar correr el agua. Se trata de un crecimiento espiritual.
–¿Hubo muchos que te dijeron que no?
–Infinidad. De todos los musicales que vinieron de afuera, nunca quedé en ninguno. ¡Y eso que tengo dos premios como Mejor Actor en Comedia Musical!
–Entonces te tendrás que ir a trabajar al exterior, como tu gran amiga Elena Roger.
–(Risas). No iría a Londres ni a Broadway. Me encantaría salir a trabajar afuera para ver cómo impacta mi trabajo en otras idiosincrasias... Mucha gente me dice: “Vos tendrías que haber nacido en Estados Unidos”, y me revienta. Te gusta lo que hago y me estás mandando a trabajar afuera y, además, con eso estás diciendo que tu propio país es un desastre. ¡No es así! Ese pensamiento es muy argentino. Yo quiero ser un número uno acá, en mi país.
–¿Cómo te llevás con el reconocimiento y la popularidad?
–Maso. Me gustan mucho las manifestaciones de amor de la gente. Me gritan mucho “¡Capooo!”, y me divierte. Lo que pasa es que hay un punto donde yo siento que sacarse una foto conmigo no tiene ningún valor. Me da un poco de compasión la gente que me pide eso. Me dan ganas de decirle: “Sacate una foto a vos mismo”, no proyectes en mí, proyectate en vos, y el mundo va a ser tuyo.
–¿Solés tener buen humor a la hora de trabajar?
–Sí, sobre todo cuando estoy en un lugar que me gusta. Trato de no hacer cosas que no me dan ganas.
–¿Cómo viven tu familia y tus amigos este gran momento profesional tuyo?
–Hace unos días hice una fiesta íntima para festejar el Martín Fierro, y fue muy lindo. Están todos contentos, estamos todos contentos, es una situación muy genial.
–¿Dónde te gustaría llegar?
–Me gustaría tener varios espectáculos producidos y actuados por mí, crear mi propio lenguaje y que la gente diga: “Che, vamos a ver a Reinhold”. Como pasa con Pinti o Gasalla, por ejemplo. Si ellos lo hicieron, siento que es posible. Me gustaría convertirme en un referente del inconsciente colectivo.
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