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Cultura
"La época de oro del radioteatro"
 

Quién es Elsie Yankelevich
Autora de La visión histórica de Ezequiel Martínez Estrada, El cine mexicano en la Argentina y De Enrique Telémaco Susini a Jaime Yankelevich, 1920-1946, nuestra entrevistada nació en Buenos Aires y es madre de dos hijos. Se licenció en Letras en la UBA y tiene una maestría en Literatura Norteamericana e Inglesa de la Universidad de Bridgeport (Connecticut, Estados Unidos). Se doctoró en Letras, Lengua, Literatura y Civilización española en Ginebra (Suiza) con la tesis “El radioteatro argentino como género de vanguardia desde 1929 hasta 1946”, que recibió una mención de honor y fue publicada. Su último libro –por ahora– es Guido Gorgati: Amanece con el espectáculo. Tiene en preparación un libro sobre Ernesto Catalán, el fabricante de sonidos, y otro sobre Niní Marshall. Ha ganado diferentes premios, entre otros, el Raíces.

La radio, reina de audiencias
Cuando se popularizó la televisión en la Argentina, muchos repitieron necrológicas sobre la radio, a quien daban por enferma grave con poca vida por delante. Sin embargo, no sólo sobrevivió, sino que está más pujante que nunca y, aunque no hay cifras regulares –de hecho, la audiencia suele modificarse día tras día, cuantitativamente hablando–, se estima que millones de personas siguen los distintos programas, en un número que supera a los televidentes. El cálculo que hacen quienes se ocupan de las mediciones es que más de seis millones de personas conforman la audiencia diaria de las diferentes emisoras en Capital y Gran Buenos Aires.

La dinastía de los medios
El abuelo de Elsie, Jaime Yankelevich, fue uno de los pioneros de la radiofonía en la Argentina. Comenzó en 1926 con LOY Radio Nacional, pero en 1933 el presidente de facto, José Félix Uriburu prohibió el uso de la palabra nacional, y Jaime la rebautizó “Radio Belgrano y su cadena gigante de emisoras”. Fue líder de audiencia durante décadas hasta que en 1950 la confiscó el gobierno de ese momento, a pesar de lo cual quedó como director artístico. De hecho, los hijos de Jaime, Samuel (padre de Elsie) y Miguel continuaron la tradición y fueron personas muy importantes en los medios de comunicación argentinos. Hoy continúa la tarea Gustavo, hijo de Samuel, aunque lo suyo es la televisión.

 
 
 
Elsie Yankelevich, nieta e hija de pioneros de la radiofonía, es escritora.
Su tesis de doctorado en Letras trata sobre el radioteatro, un género que apasionó al país durante décadas y que reunía a las personas alrededor del receptor,generalmente, esa vieja radio llamada Capilla. Aquí nos cuenta sobre esos años dorados y sobre el boom de la radio.

El primer recuerdo que Elsie Yankelevich tiene de una radio es, necesariamente, familiar. “Papá me llevaba a Radio Belgrano a ver a mi abuelo Jaime, pero no me acuerdo de ningún programa, sino de que me subía –o me subían, yo tenía tres o cuadro años– al gran escritorio de mi abuelo, y yo volcaba los tinteros. Lo hacía cada vez que iba. No recuerdo enojos de mi abuelo, pero seguramente me habrá retado más de una vez”. Otro recuerdo infantil es de mediados de los años cincuenta: “Volvía de la escuela y llamaba a papá (Samuel), que era directivo de Canal 7, y le pedía que pusiera dibujitos animados. A las cinco de la tarde aparecían los dibujitos, pero no para mí, sino porque estaban en la programación a esa hora, de lunes a viernes. Como yo hablaba con mi padre, creía que los ponía sólo para mí. A los seis años una chica tiene derecho a esas fantasías, ¿no?”.
Medio siglo después, Elsie es escritora y, vaya contrasentido, nunca se ocupó de los medios de comunicación masivos.

–¿Por qué?
–No sé. Siempre pensé en esas tareas como algo que hacían mi abuelo, mi padre, mi tío y después mi hermano, pero nunca me sentí tentada a hacer un programa. Fui lectora desde mis cinco años de edad. Lo mío siempre fueron los libros.

–Sin embargo, Elsie, cuando tuvo que hacer la tesis para el doctorado en Letras, eligió los radioteatros… ¿En su casa escuchaban radioteatros?
–No mucho. En todo caso, no recuerdo que mi madre los escuchara. Iba a hacer mi tesis sobre Martínez Estrada, que fue un gran escritor, pero alguien me sugirió que eligiera el tema del radioteatro y comencé a investigar y me fascinó.

Esa misma fascinación la experimentaron centenares de miles de personas desde 1930 hasta l950. Algunos radioteatros de ambiente rural, como El boyerito de la cara sucia, tuvieron que ser cam-biados de horario para que no interfirieran con las tareas del campo. “Las compañías hacían el radioteatro y luego iban de pueblo en pueblo con una obra unitaria sobre el mismo tema. Llenaban los teatros. Y a veces hubo derivaciones insospechadas y violentas. Los personajes negativos, los ‘malos’, digamos, eran mal recibidos. Y hasta los esperaban a la salida del teatro para agredirlos. Había quien se tomaba en serio lo que estaba ocurriendo”.

–Pero su tesis no trataba sobre esas cosas, ¿o sí?
–De un modo anecdótico. Porque lo que me interesaba era la escritura del radioteatro como un género literario propio.

–¿Realmente cree que tenían calidad como para considerarlos un género literario?
–Cuando comencé a investigar me sentí desolada: no se guardaban los libretos. Una vez que los estudiaban y los leían frente al micrófono, los tiraban. En las primeras etapas, en los años veinte, cuando todavía no existía Argentores, nadie los archivaba. Y cuando la tecnología permitió grabarlos en cinta, por razones de costo usaban esas cintas varias veces para grabar otros programas, así que tampoco había un archivo de voces. Encontré algunos libretos en lugares lejanos a Buenos Aires, como en LU2, Radio Bahía Blanca. Y encontré a un autor maravilloso.

–¿Quién?
–J. González Pulido.

–¿Qué quiere decir “J”?

–No lo sé. Siempre firmó así. Pero fue el Shakespeare del radioteatro. Trató todos los temas: el amor, el desamor, la ambición, el odio, la venganza, la dicha, la desdicha, todas las emociones humanas posibles. Y no se limitó a inventar un argumento y hacerlo recitar. Sus descripciones sobre el amanecer o sobre el atardecer, la lluvia o el viento eran poéticas, eran buena literatura. González Pulido hacía otra cosa. Intercalaba poemas, que no eran escritos por él, pero eran de grandes autores. No sé si fue el inventor del género, pero fue un grande entre los grandes.

–Yo pensé que iba a mencionar a…
–¿A Nené Cascallar y a Alberto Migré? Los menciono en mi tesis, porque fueron dos grandes autores. Pero el que inventó el género fue González Pulido. Hizo todo.

–¿Y Nené Cascallar y Alberto Migré no?

–Por supuesto que sí. Lo que ocurre es que su esplendor, su mejor etapa, fue en la televisión. Poco antes de morir, hace unos tres años, Migré volvió a la radio. Pero si se lo recuerda por una obra es por Rolando Rivas, taxista, que escribió para la televisión. Y a Nené por El amor tiene cara de mujer. Algo parecido pasa con otros grandes autores, como Abel Santa Cruz.

–Aunque González Pulido ya no estaba, el radioteatro siguió durante los años cincuenta y sesenta.
–Más o menos. A partir de 1946, todas las radios parecían la misma. No te­nían el interés que hubo antes, cuando cada radio se diferenciaba de la otra y ofrecían programas para todos los gustos.

–Elsie, ¿el radioteatro es hijo del sainete?
–No. El sainete murió cuando llegó el radioteatro. Fue un producto específico para una época. Vaccarezza, que fue el rey del sainete, nunca escribió radioteatros. El único de esa época que probó con varios géneros fue Pedro Blomberg, el autor de La pulpera de Santa Lucía, que fue poeta y autor de radioteatros y de sainetes.

–¿El radioteatro es posible en estos ­días?
–No lo creo. Fue un género específico para un momento específico. A pesar de que…

–¿De qué?
–A pesar de que los autores, González Pulido, entre ellos, escribían la con­tinuación de su obra según la reac­ción del público. Si algo le gustaba al ­radioescucha, insistía en ese algo. Y si algunas secuencias eran recibidas con indiferencia, olvidaban esos temas y desarrollaban los que tenían aceptación. Tal vez si hoy escribieran apuntando a los gustos del público…

–¿Se acuerda de algún radioteatro protagonizado por Eva Perón?
–Ella trabajó en Radio Belgrano, sí. En una fiesta de Radio Belgrano conoció a Perón.

–Perdón, pero la historia oficial dice que se conocieron en el Luna Park, durante un festival benéfico para los damnificados del terremoto de San Juan…
–Ahí se vieron por primera vez, pero la relación comenzó en la fiesta de Radio Belgrano, según me dijeron. Era la época de oro del radioteatro.

–¿Por qué eligió a Guido Gorgati para su último libro? ¿Por qué Gorgati y no su abuelo Jaime, por ejemplo?
–Para escribir sobre mi abuelo tengo tiempo. Elegí a Guido porque cumplió 90 años de edad y porque trabaja desde siempre en el espectáculo. Porque tuvo una vida muy rica, plena de acontecimientos. Fue alumno de Alfonsina Storni, entre otras cosas. ­Hizo de todo. Y trabajó con Niní ­Marshall, que fue un genio. Niní es­cribía sus propios libretos y los representaba. Inventó personajes inmortales, como Catita, Ramona, Mónica ­Bedoya Hueyo de Picos Pardos, Su­zette Crostón y el Mingo.

–Sí, pero su abuelo y su padre también hicieron muchas cosas, Elsie.
–Papá hizo la primera transmisión de televisión. Estaba enfermo, pero lo llamaron del Gobierno y tuvo que hacerla. “Quiero una transmisión desde Plaza de Mayo”, le dijeron. Y allí fue. El tiracables era Pancho Guerrero, que después fue uno de los grandes directores de televisión. Y estaba el Globo Fontanals, un hombre de televisión ya legendario. Pero papá amaba la radio. Siempre dijo que no sabía cuál sería el futuro de la televisión, pero que la radio era eterna.