El primer recuerdo que Elsie Yankelevich tiene de una radio es, necesariamente, familiar. “Papá me llevaba a Radio Belgrano a ver a mi abuelo Jaime, pero no me acuerdo de ningún programa, sino de que me subía –o me subían, yo tenía tres o cuadro años– al gran escritorio de mi abuelo, y yo volcaba los tinteros. Lo hacía cada vez que iba. No recuerdo enojos de mi abuelo, pero seguramente me habrá retado más de una vez”. Otro recuerdo infantil es de mediados de los años cincuenta: “Volvía de la escuela y llamaba a papá (Samuel), que era directivo de Canal 7, y le pedía que pusiera dibujitos animados. A las cinco de la tarde aparecían los dibujitos, pero no para mí, sino porque estaban en la programación a esa hora, de lunes a viernes. Como yo hablaba con mi padre, creía que los ponía sólo para mí. A los seis años una chica tiene derecho a esas fantasías, ¿no?”.
Medio siglo después, Elsie es escritora y, vaya contrasentido, nunca se ocupó de los medios de comunicación masivos.
–¿Por qué?
–No sé. Siempre pensé en esas tareas como algo que hacían mi abuelo, mi padre, mi tío y después mi hermano, pero nunca me sentí tentada a hacer un programa. Fui lectora desde mis cinco años de edad. Lo mío siempre fueron los libros.
–Sin embargo, Elsie, cuando tuvo que hacer la tesis para el doctorado en Letras, eligió los radioteatros… ¿En su casa escuchaban radioteatros?
–No mucho. En todo caso, no recuerdo que mi madre los escuchara. Iba a hacer mi tesis sobre Martínez Estrada, que fue un gran escritor, pero alguien me sugirió que eligiera el tema del radioteatro y comencé a investigar y me fascinó.
Esa misma fascinación la experimentaron centenares de miles de personas desde 1930 hasta l950. Algunos radioteatros de ambiente rural, como El boyerito de la cara sucia, tuvieron que ser cam-biados de horario para que no interfirieran con las tareas del campo. “Las compañías hacían el radioteatro y luego iban de pueblo en pueblo con una obra unitaria sobre el mismo tema. Llenaban los teatros. Y a veces hubo derivaciones insospechadas y violentas. Los personajes negativos, los ‘malos’, digamos, eran mal recibidos. Y hasta los esperaban a la salida del teatro para agredirlos. Había quien se tomaba en serio lo que estaba ocurriendo”.
–Pero su tesis no trataba sobre esas cosas, ¿o sí?
–De un modo anecdótico. Porque lo que me interesaba era la escritura del radioteatro como un género literario propio.
–¿Realmente cree que tenían calidad como para considerarlos un género literario?
–Cuando comencé a investigar me sentí desolada: no se guardaban los libretos. Una vez que los estudiaban y los leían frente al micrófono, los tiraban. En las primeras etapas, en los años veinte, cuando todavía no existía Argentores, nadie los archivaba. Y cuando la tecnología permitió grabarlos en cinta, por razones de costo usaban esas cintas varias veces para grabar otros programas, así que tampoco había un archivo de voces. Encontré algunos libretos en lugares lejanos a Buenos Aires, como en LU2, Radio Bahía Blanca. Y encontré a un autor maravilloso.
–¿Quién?
–J. González Pulido.
–¿Qué quiere decir “J”?
–No lo sé. Siempre firmó así. Pero fue el Shakespeare del radioteatro. Trató todos los temas: el amor, el desamor, la ambición, el odio, la venganza, la dicha, la desdicha, todas las emociones humanas posibles. Y no se limitó a inventar un argumento y hacerlo recitar. Sus descripciones sobre el amanecer o sobre el atardecer, la lluvia o el viento eran poéticas, eran buena literatura. González Pulido hacía otra cosa. Intercalaba poemas, que no eran escritos por él, pero eran de grandes autores. No sé si fue el inventor del género, pero fue un grande entre los grandes.
–Yo pensé que iba a mencionar a…
–¿A Nené Cascallar y a Alberto Migré? Los menciono en mi tesis, porque fueron dos grandes autores. Pero el que inventó el género fue González Pulido. Hizo todo.
–¿Y Nené Cascallar y Alberto Migré no?
–Por supuesto que sí. Lo que ocurre es que su esplendor, su mejor etapa, fue en la televisión. Poco antes de morir, hace unos tres años, Migré volvió a la radio. Pero si se lo recuerda por una obra es por Rolando Rivas, taxista, que escribió para la televisión. Y a Nené por El amor tiene cara de mujer. Algo parecido pasa con otros grandes autores, como Abel Santa Cruz.
–Aunque González Pulido ya no estaba, el radioteatro siguió durante los años cincuenta y sesenta.
–Más o menos. A partir de 1946, todas las radios parecían la misma. No tenían el interés que hubo antes, cuando cada radio se diferenciaba de la otra y ofrecían programas para todos los gustos.
–Elsie, ¿el radioteatro es hijo del sainete?
–No. El sainete murió cuando llegó el radioteatro. Fue un producto específico para una época. Vaccarezza, que fue el rey del sainete, nunca escribió radioteatros. El único de esa época que probó con varios géneros fue Pedro Blomberg, el autor de La pulpera de Santa Lucía, que fue poeta y autor de radioteatros y de sainetes.
–¿El radioteatro es posible en estos días?
–No lo creo. Fue un género específico para un momento específico. A pesar de que…
–¿De qué?
–A pesar de que los autores, González Pulido, entre ellos, escribían la continuación de su obra según la reacción del público. Si algo le gustaba al radioescucha, insistía en ese algo. Y si algunas secuencias eran recibidas con indiferencia, olvidaban esos temas y desarrollaban los que tenían aceptación. Tal vez si hoy escribieran apuntando a los gustos del público…
–¿Se acuerda de algún radioteatro protagonizado por Eva Perón?
–Ella trabajó en Radio Belgrano, sí. En una fiesta de Radio Belgrano conoció a Perón.
–Perdón, pero la historia oficial dice que se conocieron en el Luna Park, durante un festival benéfico para los damnificados del terremoto de San Juan…
–Ahí se vieron por primera vez, pero la relación comenzó en la fiesta de Radio Belgrano, según me dijeron. Era la época de oro del radioteatro.
–¿Por qué eligió a Guido Gorgati para su último libro? ¿Por qué Gorgati y no su abuelo Jaime, por ejemplo?
–Para escribir sobre mi abuelo tengo tiempo. Elegí a Guido porque cumplió 90 años de edad y porque trabaja desde siempre en el espectáculo. Porque tuvo una vida muy rica, plena de acontecimientos. Fue alumno de Alfonsina Storni, entre otras cosas. Hizo de todo. Y trabajó con Niní Marshall, que fue un genio. Niní escribía sus propios libretos y los representaba. Inventó personajes inmortales, como Catita, Ramona, Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardos, Suzette Crostón y el Mingo.
–Sí, pero su abuelo y su padre también hicieron muchas cosas, Elsie.
–Papá hizo la primera transmisión de televisión. Estaba enfermo, pero lo llamaron del Gobierno y tuvo que hacerla. “Quiero una transmisión desde Plaza de Mayo”, le dijeron. Y allí fue. El tiracables era Pancho Guerrero, que después fue uno de los grandes directores de televisión. Y estaba el Globo Fontanals, un hombre de televisión ya legendario. Pero papá amaba la radio. Siempre dijo que no sabía cuál sería el futuro de la televisión, pero que la radio era eterna. |