Nunca lo hice, pero te digo que más de una vez me vi tentado”, arremete entre carcajadas, segundos antes de comenzar a hablar y mientras amaga con poner sobre la mesa su propio grabador digital. “Es inevitable, siempre hay una interpretación de lo que uno dice, de lo que uno es, de cómo te ve el otro. Algunas veces, he leído entrevistas mías que me han dado vergüenza ajena. Uf, todas estas pavadas dije”, asegura sonriente Leonardo Leo Sbaraglia (39), actual protagonista de Las viudas de los jueves, el recientemente estrenado film de Marcelo Piñeyro.
–Decime si estoy en lo cierto. Comenzaste a trabajar en España gracias a la gran repercusión de Plata quemada, dirigida por Piñeyro, y, diez años después, otra película de él te devolvió a nuestro país.
–Algo así. En realidad, volví un poco antes para grabar Epitafios 2 para la tele, pero hubo un buen reencuentro con Marcelo. ¡Muy feliz! Siempre tuvimos buena química para trabajar, me exige y me permite acceder a nuevos niveles expresivos, a personajes que nunca hice. Por ejemplo, en Las viudas…, Marcelo me propuso un personaje que yo no me hubiera elegido para hacer. Ronnie es quizás más liviano, menos complejo, un personaje casi de comedia, que dice las verdades con ironía, con humor… Fue un gran paso para mí.
–¿Para qué papel te hubieras elegido vos?
–A simple viste, para el personaje de El Tano, por su complejidad, su sordidez, un tiburón, su capitalismo salvaje, el nuevo rico, dispuesto a vender a su madre si fuera necesario, muy interesante para explorar. Marcelo me hizo entender que yo ya había hecho algo de eso, y estoy agradecidísimo.
–La película se centra en la vida de cuatro parejas que viven en el barrio privado Altos de la Cascada. ¿Alguna vez pensaste en vivir en un country?
–Me siento bastante ajeno a eso. Yo vivo en el barrio de San Telmo, imaginate. Por lo que se ve de afuera, no me gusta mucho esa cosa de gueto. Igualmente, la película excede eso. Se usa la vida en los countries como escenario para contar asuntos que tienen que ver con gran parte de los argentinos, con una manera de ver el mundo, un tipo de pensamiento para con los pobres, los extranjeros… La película puede funcionar como metáfora no sólo de los argentinos que viven en un country. Me parece que habla de la identidad de cierto argentino que no quiere ver la realidad, que se cree el más vivo del mundo, el argentino que va a España y dice: “¿Esto era la Puerta del Sol? Recoleta es mucho mejor”.
–¿Sos consciente de que con tu ida a España inventaste una movida conocida como “hacer la gran Sbaragalia”?
–Esa es una mirada del afuera. Irme a España para mí fue bárbaro, me fue bien, pero me podría haber ido mal. Como toda gran movida, tiene su costo.
–¿Cómo fue que levantaste campamento y decidiste instalarte allá?
–Me fui a hacer una película y tenía el deseo de que me fuera bien, pero no sabía cuánto podía durar. No fue fácil al principio; de alguna manera, fue como empezar de nuevo, no era nadie. Ir a los estrenos, que me vieran la cara, estar con mi mujer durmiendo en hoteles o en casa de amigos, estar yirando por aquí, por allá. Recién después de hacer Intacto, decidí seguir alquilando por un año el departamento que me había puesto la producción de la película. Luego siguieron La ciudad sin límites y Deseo, y me fui quedando, quedando, quedando… Me ofrecían mucho trabajo, me pagaban bien, tenía continuidad. Me pareció que estaba bueno formarme un lugar en el mercado de otro país.
–¿Qué cosas jugaban en lo más interno? ¿Era un desafío personal, profesional...?
–Vos pensá que Plata quemada se iba a filmar en el 98 y se terminó haciendo en el 99, y mucho antes había hecho Cenizas del paraíso. Vivía con una película cada dos años, realmente tenía muy poca plata. Cuando se pinchó Plata quemada, tuve que salir a hacer una telenovela, y eso me sacó del agujero. Yo veía que en España un actor de mis características podía trabajar mucho, con muy buenos directores. Lo veía en otros actores de mi generación, a quienes les iba muy bien y desarrollaban sus carreras en el cine. En ese momento, filmar era lo que más curiosidad me daba.
–Leonardo, ¿te fuiste medio peleado con la Argentina?
–No, cero resentimiento. Nunca sentí que mi país estuviera en deuda conmigo, en absoluto. Yo me fui de acá en un muy buen momento profesional. Trabajo me ofrecían; el tema era que yo no quería hacer ese tipo de trabajo. Fue una decisión muy personal, muy subjetiva, además de tener el privilegio de poder hacerlo a los 29 años.
–¿Cuáles son los pros y los contras de empezar casi de cero a los 29?
–Son más pros que contras. La mayor contra es que el nombre o el cierto prestigio que tenés acá, allá no existe. “A ver si es tan buen actor como dicen”, “a ver cómo hace este personaje”, “a ver si le sale bien el acento…”. Lo bueno es que uno tiene que reinventarse, y realmente te hacés de abajo. Hacerse de abajo siempre es bueno: volvés a conectarte con la humildad y tenés otra vez los pies bien en la tierra.
–Imagino que también te permitís más riesgos actorales, ¿no?
–Totalmente. Me di la posibilidad de tomar riesgos más rápidamente, tirarme a la pileta sin tener que cuidar tanto lo que iban a decir. Eso fue para mí un gran desarrollo como actor y como persona. ¡Hermoso! Pude empezar a tomarme las cosas con otro humor, con otra liviandad, despojarme de cierto rol.
–¿Y cómo fue la experiencia en lo personal?
–Bueno, los españoles son algo más fríos que nosotros. Allá todo es más en los bares; eso de: “Dale, venite a mi casa”, casi no existe. No les divierte, no la pasan bien. Todos sentados en el living y “contame cómo andas, qué te está pasando”, no existe (Risas).
–¿Se extraña eso?
–¡Mucho! Es parte de nuestra cultura, se necesita, estamos muy acostumbrados a tener esa reflexión con el otro, eso de compartir nuestros pensamientos es muy nuestro. Para ellos es algo muy íntimo, y tienen una manera de relacionarse con su propia identidad más “pa’ afuera”. Cuando yo empezaba con: “Estoy preocupado porque no sé tal cosa con el personaje y tal otra…”, ellos enseguida me decían: “¡Déjalo, qué tanto rollo!”. Eso, de algún modo, es bueno, porque te invita al desparpajo, pero, por otro lado, algunas veces se necesita de la reflexión.
–Igualmente, vos y tu mujer nunca dejaron de visitar de vez en cuando la Argentina.
–¡Claro! No dábamos una conferencia de prensa en el aeropuerto cada vez que veníamos, al contrario, tratábamos de pasar inadvertidos. Siempre era volver por los afectos. Vine en 2004 a filmar La puta y la ballena y Cleopatra, pero fue lo único que hice acá. En este momento de mi vida, tengo ganas de estar por acá, pero eso de “volví para quedarme”, no lo sé. Todo lo que generé en España sigue y seguirá estando.
–¿Por qué hablás de “en este momento de mi vida”?
–Mi hija, Julia, tiene 3 años y medio, acá están sus abuelos, uno se plantea dónde querés que vaya al jardín, a la escuela… No tiene que ver con un proyecto educacional ni mucho menos, pero acá es todo más cálido para nosotros, tiene más onda, somos más felices.
–¿Sentís que fuiste bien recibido por tus pares argentinos? ¿O hay algo del “Mmm, Sbaraglia, el que ahora vuelve de España”?
–(Risas). Supongo que habrá de todo, pero siento que mis pares y el público me quieren mucho. Siempre me sentí un tipo muy querido y respetado.
–¿Te sorprendió la reacción de la gente en la calle después de diez años de estar viviendo en el exterior?
–Buena onda, muchísimo afecto. De alguna manera, por haber hecho mucha tele o por las películas que se repiten, siento que he seguido estando presente.
–¿Nunca te dio miedo que se olvidaran un poco de vos?
–La verdad que sí, tuve bastante incertidumbre con eso, sentir que me estaba alejando cada vez más. Tenía la esperanza de que las películas que hacía allá se estrenasen en la Argentina, pero, finalmente, de las quince que hice en España, se estrenaron sólo una o dos. Eso me daba un poco de pena.
–¿Cómo es en España el contacto con el público? ¿Te saludan por la calle, por ejemplo?
–Depende del momento, si estás haciendo tele o no, qué película se estrena... pero sí, la gente me reconoce, me saluda en el supermercado. Cuando hice televisión y se estrenó Carmen –una película que vieron tres millones de personas–, mi cara se terminó de asentar. ¡Hasta hice una publicidad de champú y todo!
–¿Anticaspa o contra la caída?
–¡Anticaspa! (Risas). La misma que acá hizo Pablo Echarri.
–Volviendo a tu profesión, hace mucho que estudiás canto. ¿Te gustaría, alguna vez, hacer una comedia musical?
–Quizás en algún momento, en un par de años, pero por ahora sólo me da para cantar en la ducha, cantarle a mi hija…
–Hablando de ella, pediste adelantar la entrevista para poder llegar a buscarla al jardín.
–En la medida que puedo, me gusta llevarla e irla a buscar. Tratamos de estar mucho con ella. Todo gravita a su alrededor, tener la famiglia unita... las prioridades son otras. Yo ya estoy hecho, mis pilares ya están, pero ella es una pesonita que se está formando, y hay que ayudarla. La vida se muestra todo el tiempo de una manera muy inestable y espontánea. Con los hijos hay que tratar de tener equilibrio entre la espontaneidad y la contención. El estar atento y el cuidado. Tratar de no trasmitirles los rollos, los miedos. Pero, inevitablemente, somos los padres, ¿no? (Risas)
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