En la Argentina, como en todos los países, suelen nacer personas notables, como Diego Maradona o el escritor Jorge Luis Borges, a quienes sus admiradores consideran como “los mejores del mundo”. En algunos casos, como el que mencionaremos a continuación, el elogio suele ser excesivo.
Ocurrió en los primeros años de la década del cuarenta del siglo pasado. En la Francia ocupada por los alemanes, había un gobierno títere con un jefe de Estado –el mariscal Pétain–, a quien un señor llamado Georges Gerard le escribió la siguiente oración, que se repetía en todos los actos públicos: “Padre nuestro que nos conduces, / glorificado sea tu nombre. / Sigue siendo como siempre / nuestro pan de cada día. / Da de nuevo la existencia a Francia / y no nos dejes recaer en el sueño vano / y en la mentira, / y líbranos del mal, / ¡oh, Mariscal!”.
Que se sepa, el aludido jamás dijo: “Eh, que se les fue la mano…”, sino que aceptaba la plegaria como si la mereciera. Algo similar ocurrió en otros países en diferentes momentos históricos. La pregunta es qué pasa por la cabeza de esos personajes y hasta qué punto creen merecer esos halagos desaforados. “Ocurre, con algunas personas, que hacen méritos reales. Quienes le decían a Maradona que era el mejor jugador de fútbol del mundo sustentaban esa afirmación en las jugadas asombrosas que el futbolista mostraba en la cancha, y hay consenso en que Borges, quien seguramente era demasiado inteligente como para aceptar las exageraciones, fue un escritor muy talentoso”, dice el psicoanalista José Eduardo Abadi. Y sigue: “Pero, claro, en otros casos, el elogio suele ser inmerecido y se da por el simple hecho de halagar al otro o de obtener un beneficio del otro. Aún así, hay quienes lo aceptan. Es el juego de la idolatría. El ídolo, aunque tenga pies de barro, necesita de la adoración de sus seguidores, y estos sienten que el ídolo los reconoce, que cuando habla se dirige a ellos, y no a la masa, y celebran como propia cada supuesta victoria de su ídolo”.
–También ocurre que entre las personas que tienen un ego inmenso y enfermo, hubo –y tal vez haya– dirigentes mundiales que causaron mucho daño, como Hitler, por ejemplo. A él le convenía ser idolatrado. Pero, quienes lo siguieron, ¿cómo llegaron a creer que esa persona tenía los méritos que le atribuían?
–La idolatría es irracional. Endiosar a una persona es una falacia, pero el idólatra la vive como una verdad; es una relación patológica. Los líderes utilizan el lado agresivo del cuerpo social y convencen a sus seguidores de que la suya es la única verdad, y que esa verdad pertenece tanto a él como a quienes lo idolatran. Así se genera una sensación de pertenencia, de pertenecer a un grupo de elegidos, el grupo que tiene la verdad. Es una ilusión, claro, pero una ilusión que puede causar mucho daño. Creen lo que les conviene creer, sin cuestionarlo.
–Hay otra cuestión en la cual el amor propio, o el ego, se comporta de un modo extraño, y es la de los patriotismos, que hace que cada persona crea que su país es el mejor del mundo y que tener una nacionalidad determinada es un privilegio exclusivo.
–Ya le he dicho que a veces las personas creen en lo que les conviene y no en una verdad a la cual llegan después de un análisis objetivo. Por lo demás, el amor telúrico, el amor al suelo en donde se ha nacido, es una circunstancia universal. Y tampoco es racional. Simplemente, de un modo natural se ama el barrio y la ciudad y el país en donde se ha nacido, entre otras cosas, porque generalmente es la tierra de nuestros padres y forma parte de nuestra identidad.
–¿Es difícil salir del yo y vivir pensando en “nosotros”, como los orientales, por ejemplo?
–El origen de ese modo de pensar es oriental, es cierto, pero cada vez se aplica más en Occidente. Revela madurez, porque incluye la solidaridad y al amor al prójimo, y es posible, claro. El salir del perfil yoico, por suerte, se universaliza. Desde luego, no es fácil.
–Su colega Eric Berne dice que todas las personas, en sus primeros seis años de vida, reciben de sus padres o de sus maestros un argumento de vida, un argumento que no podrán ignorar y que los ayudará a ser felices y exitosos o fracasados descontentos. ¿Es posible realmente modificar el futuro de los chicos con enseñanzas que incluyan un buen argumento de vida?
–Es posible, pero no es fácil. Si los padres han pasado por el psicoanálisis, o tienen ideas claras al respecto, pueden guiar a sus hijos. Pero, cuidado, no es cuestión de consejos. A veces los chicos reciben mensajes sin palabras, mensajes que surgen del comportamiento de sus padres, enseñanzas que no se imparten con palabras, sino con ejemplos. Desde luego, es bueno alentarlos, felicitarlos cuando hacen algo bien o corregirlos si hacen algo mal, pero no basta. Hay mensajes inconscientes que se transmiten y que los padres pueden darles sin darse cuenta, mensajes no explícitos. La intención de todo padre es, siempre, tener hijos felices y triunfadores, pero, tal vez, algunos sean incapaces de transmitir ese argumento de vida positivo. Tienen que aprender ellos primero.
–¿Y en el orden laboral? ¿Puede un supervisor o un jefe obtener buenos resultados de sus empleados dirigiéndose a su amor propio o a su ego?
–Por supuesto. Si los estimulan, si reconocen sus logros, si los reconocen como personas y escuchan sus ideas y su modo de ver el trabajo, es posible que el rendimiento laboral del empleado mejore. Si se les hace entender que son importantes dentro del esquema laboral, si se reconocen sus esfuerzos, no importa cuál sea su tarea, estarán contribuyendo al éxito del grupo y al éxito individual de cada empleado.
–¿Y en cuanto a la pareja? ¿Puede el ego o el amor propio contribuir al éxito o al fracaso?
–Si las relaciones son asimétricas desde el principio, las probabilidades de éxito disminuyen.
–Perdón, no le entiendo. ¿Qué significa, exactamente, “relaciones asimétricas”?
–Personas muy diferentes, con culturas diferentes e intereses diferentes. Pueden sentirse atraídas, pero con el tiempo surgirán las diferencias. Es obvio que no hay dos personas iguales, pero cuando las asimetrías son demasiado evidentes y las diferencias son demasiado profundas, el fracaso acecha.
–¿Es una patología un amor propio muy desarrollado por parte de uno o de los dos integrantes de la pareja?
–Si hablamos de patologías, deberíamos preguntarnos cómo fue posible que se formara la pareja.
–Pero, Abadi, en el período inicial, todas son dulzuras y seducciones, y después aparecen las diferencias y las verdaderas personalidades.
–No estoy de acuerdo. Una persona puede fingir un par de días o un par de semanas o aun un par de meses. Pero en poco tiempo las personas saben cómo es el otro, y hasta qué punto esas diferencias pueden ser salvadas o no. Y no es cuestión de egos o de amor propio, salvo que estemos hablando de un enfermo. Con las personas sanas, las asimetrías pueden llevar al fracaso.
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