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Personaje
“Un francés perdido en la Patagonia”
 
 

Pagny, por dentro
Florent Pagny es auténtico: no retrocede jamás. No lo hizo cuando, antes de cumplir la mayoría de edad, se marchó de su casa para instalarse en París y cumplir su sueño: cantar. En Francia consiguió todo y más: las victoires y el respeto. El puntapié fue el año 1989, cuando se lo reconoció como “la” revelación musical. Cantó con Pavarotti en Italia y con Johnny Hallyday (figura estelar en Francia) en el Stade de France. Hizo álbumes de concepto: desde canciones francesas con arreglos electrónicos y conocidas arias de ópera hasta los clásicos del rock y de Jacques Brel.
Su discografía supera los quince discos; entre ellos se encuentran Merci, Réaliste, Rester vrai,
Bienvenue chez moi, Savoir aimer, Florent Pagny en concert, Récréation, Châtelet les Halles, 2, Ailleurs Land,
Été 2003 à l'Olympia, Baryton, Abracadabra, Florent Pagny chante Brel y Amar y amar.

 
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En Francia, Florent Pagny es una megaestrella de la música. Vendió millones de discos y lleva más de veinte años de carrera. Cantó con Luciano Pavarotti y Charles Aznavour. Sin embargo, el dato más revelador es que, desde hace más de una década, vive con su familia en un campo de Chubut. Pagny es el señor de los opuestos: fama en Europa y anonimato en el sur de la Argentina.

Dicen que la vida se hace con la suerte. Yo tengo la suerte de vivir en paz. Fui un poco de todo, un poco diferente. Como no me gusta la melancolía, ando sin remedio buscando qué hacer. Yo no quiero dejar de creer, no tengo mucho que perder. Tengo la vida que quise tener, no tengo nada que ocultar. Lo que viví, se olvidará; lo que aprendí, fue para continuar. Hace tiempo que dejé de ser un tipo que hace todo bien, como los demás”.
El último disco de Florent Pagny apareció perdido un jueves en un rincón de la redacción. Los títulos de las canciones, digámoslo, eran tentadores (Decirle adiós al adiós, A las puertas de la iglesia, El carnaval o Sin despertar). Ese día llovía, y el plan para el hogar era atractivo (tampoco había otro). Horas más tarde, con el anochecer consumado, el escenario se completó con una taza de chocolate caliente (para el alma, por qué no), un sillón viejo, pero mullido, el equipo de música a la izquierda y una ventana empañada que oficiaba de barrera entre el mundo interior, que siempre ruega calma al concluir la jornada laboral, y el exterior, con ese bullicio incesante que lo caracteriza.
Cincuenta minutos después, sonaron los últimos acordes del track 17, es decir, el epílogo de Amar y amar, la reciente placa que estrenó Pagny. Ya sin lluvia, ni chocolate, la sensación fue la de haber sido testigo de una suerte de testamento musical. Lo más probable es que uno desconozca a Pagny; sin embargo, la experiencia de dejarse seducir por el pegadizo Amar y amar (algo que no cuesta en absoluto) siembra la percepción de que este artista francés de 47 años es un amigo de toda la vida, al que uno conoce como a la palma de su mano. Que uno sabe, como nadie, de su fe, de sus más profundas concepciones, motivaciones, temores, alegrías, amores y desamores.
Dicen que la curiosidad mató al gato. No es que uno quiera correr la misma suerte, pero, con la noche aún en pañales, Pagny no deja de ser un enigma. El Google, que suele ser un buen oráculo, revela que el cantautor figura en casi tres millones de páginas del ciberespacio. De ellas se desprende que nació un 6 de noviembre en Chalon-sur-Saône, que es hijo de Odile (secretaria aficionada a la ópera) y Jean (artesano), que estudió en el conservatorio de Levallois-Perret, que su primera canción (N'importe quoi) la escribió en 1987 y ocupó el puesto número uno del Top 50 durante ocho semanas, que vendió más de diez millones de discos y que lleva más de veinte años de carrera. Las sospechas no eran infundadas: Pagny no es ningún improvisado.
Cual Sherlock Holmes de la modernidad, seguimos investigando: sus primeros pasos artísticos los dio como actor, tiene un par de películas en su haber, protagonizó algún que otro romance mediático, se peleó con la prensa una y otra vez, cultivó la onda rebelde, tuvo el pelo muy largo, muy corto, se rapó y “su” Savoir aimer fue elegida como la mejor canción francesa de la última mitad del siglo XX.
Sinceramente, la lectura no resulta tan interesante como escuchar las versiones de Pagny. Casi que se podría abandonar, aunque… momentito… ¿cómo?... nooo… ¿en serio? Aunque sea difícil de creer, el dato que se avecina no sólo no tiene desperdicio, sino que reaviva nuestra atención. La megaestrella que no se puede ni asomar por las calles francesas debido al asedio de los fanáticos, vive, desde 1997, en la Patagonia, más precisamente, en un campo de la provincia de Chubut. Ajá. Ahora, todo cobra otro sentido.
Raudamente, buscamos el álbum fotográfico de Amar y amar, y nos percatamos de que, en la tapa, Pagny está sentado contra una pared, con la mirada perdida en el horizonte y con un look tan peculiar como forastero: botas marrones y chaleco y sombrero color crema. Ni hablar de que cada canción está cantada en español. Ahhh… ¡Con razón Pagny interpreta a Piazzolla y entona a dúo con Diego Torres! No nos queda alternativa: habrá que contactar al tal Pagny y hacerle una nota.

La península de Pagny
En este preciso instante, Pagny está de gira por su querida Francia. Habla el castellano “con un poquito de acento francés”, como bien describió Diego Torres en Te puedo acompañar, tema que el argentino compuso especialmente para Amar y amar (“Diego ya está sonando en las radios de mi país, y el público femenino lo está empezando a disfrutar”, advierte Pagny).
Argentina. Esa sola palabra bastará para que Pagny se olvide de las negras, corcheas y semifusas. Es que, por estos pagos, Pagny no se reconoce como el artista consagrado que es, sino como Florent, un simple apasionado de la cría de ovejas (marcó el récord de pagar 80 mil pesos por un ejemplar Gran Campeón) y el coleccionismo de motos.
Confiesa que pasa seis meses en Chubut y los restantes… vagando por el mundo. Que decidió comprar el campo La Península cuando se dio cuenta de que quería respirar en un lugar donde pasara inadvertido (de hecho, nunca quiso ofrecer un concierto ni promocionar su discografía), y cuando a conoció a su mujer, Azucena, oriunda de Comodoro Rivadavia y madre de sus hijos. “Aquí, encontré a mi media naranja. Además, hago lo que quiero cuando quiero. El Sur me sienta bien”, desliza. Quizás por ello haya grabado Vuelvo al Sur, el tango que Astor Piazzolla escribió… en Francia. “Vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor. Busco el Sur, el tiempo abierto y su después. Quiero al Sur, su buena gente, su dignidad. Llevo al Sur como el destino del corazón. Soy del Sur, como los aires del bandoneón”, cita.
Pagny es un atrevido por definición. No pierde ocasión de repetir, incansablemente: “Yo no tengo límites”. Y uno no puede dejar de creerle cuando repasa algunos hitos de su hoja de ruta, como compartir escenario con estrellas consagradísimas, como Luciano Pavarotti, Charles Aznavour, Johnny Hallyday, Pascal Obispo, Patrick Bruel, Eddy Mitchell y Marc Lavoine. “También interpreté a Puccini, a Verdi y a Queen en el escenario del Palais des Congrès, en París”, se enorgullece.

Libre como el viento
Le comentamos aquello del confesionario musical que nos pareció Amar y amar. Pagny asiente y asume la aventura –así la define– de animarse a lo que ningún cantante francés se había animado: registrar un álbum de canciones originales en español. En otras palabras, editar un homenaje a la música sudamericana, ya que no se oye lo mismo en la Argentina, Colombia, Cuba o México. Más de un asistente le sugirió una idea más sencilla: adaptar sus éxitos franceses al español. Pero Pagny le escapa a la “comodidad”: hizo las valijas, voló hacia Miami y trabajó, codo a codo, junto a Julio Reyes, productor de Jennifer Lopez, Marc Anthony y Nelly Furtado.
Pagny se entusiasma cuando uno repasa las melodías de su flamante CD. Allí, no hay tópico que quede a la deriva. El francés le canta al mundo, al teatro, a París, a la vida, al amor (“¿Cuándo fue que cambiamos? Nos herimos sin querer. ¿Cuándo fue que cerramos, cada uno, el corazón?”) y ¿a Azucena? (“Me hace sentir, correr, vivir, volar, reír, olvidar y ganar. Me hace creer en mí. Me suele comprender”). Aunque esto último, Pagny no lo confirmará y quedará librado a la imaginación.
Tal vez, la perla sea Que nadie sepa mi sufrir, ese clásico del folklore nacional (aggiornado por Soledad Pastorutti), que Pagny interpreta, simpáticamente, mitad en castellano, mitad en su idioma natal. No sobrevuelan dudas en el aire: el lazo entre nuestras raíces musicales y Pagny no responde a fines comerciales. Bastará repasar su biografía para comprobar los tributos que, en su momento, les hizo a Carlos Gardel y a León Gieco (versionó Sólo le pido a Dios).
Pagny se despide, y su universo se aleja; no así su filosofía, esa que queda impregnada en el interlocutor de turno, con máximas como: “Qué bueno es soñar, soñar y nada más”, “Quiero andar, ser libre como el viento” o “Tengo la vida que quise tener, no tengo nada que ocultar”, aquella línea, casi un autorretrato, que usted leyó al principio y que se desprende del tema C’est comme ca.
En la agenda de Pagny no abundan los casilleros vacíos. Quizás ni él sepa qué ciudades lo esperan en los próximos meses. Sólo tiene una certeza: el destino del regreso. Acaso esa “península” que queda en el Sur… bien al Sur.


 
Por: Mariano Petrucci. Fotos: Gentileza Universal Music