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Historia de vida
Kilómetros de amor
 

Participación en carreras
Para que tengan una cierta idea del sacrificio que hace el Team Hoyt, este es un pequeño listado de las carreras en que participaron. El listado continúa, ya que participaron en más de 1000 eventos, incluyendo carreras de bicicleta.
• 230 triatlones
• 6 Ironman de distancia
• 6 medios Ironman
• 20 duatlones
• 70 maratones
• 26 maratones en Boston
• 84 medias maratones de 120 km
• 30 carreras Falmouth de 7 millas

¿Qué es el Ironman?
El Ironman es la prueba más exigente del triatlón. Consta de 3800 m de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de trote. La carrera tiene un tiempo límite
de 17 horas y un tiempo promedio de 12 horas. El récord es de 7 horas y 50 minutos. Participan 1600 competidores, y profesionales y aficionados largan al mismo tiempo. Como es una carrera muy exigente, los participantes deben entrenarse en lo fisico, y también mentalmente con la visualización. Para poder competir hay que pasar unas cuantas carreras clasificatorias previas, pero el hecho de clasificar ya es motivo de felicitación. El Ironman se lleva a cabo en Hawái todos los años, pero las sesiones clasificatorias se realizan en Australia, Brasil, España, Canadá, Estados Unidos, Sudáfrica, Francia, entre otros. Estas pruebas las regula la World Triathlon Corporation (WTC). El argentino Martín Sturla ganó el Ironman de Brasil 2009 y clasificó entre los diez primeros en el Vineman Ironman.

 
 
 
El Team Hoyt está formado por dos atletas: un padre de 69 años y su hijo de 47, que nació con parálisis cerebral. Juntos ya corrieron en más de 1000 competencias y piensan ir por más. Para ellos, el principal motor son el uno para el otro.

Su hijo será un vegetal toda la vida”. Eso fue lo que los médicos dijeron a los flamantes padres Dick y Judy Hoyt. Y sugirieron que llevaran al bebé a una institución donde “lo cuidaran bien”. Durante el parto, el cordón umbilical se enredó en el cuello de Rick, el primer hijo de los Hoyt, e impidió que le llegara suficiente oxígeno al cerebro. Esto provocó una parálisis cerebral, y Rick nació cuadripléjico y espástico. Los Hoyt omitieron la sugerencia de los médicos y llevaron a su hijo a casa. Era 1962. Desde entonces, y durante años, no pararon hasta conseguir que Rick estudiara en un colegio público y fuera educado como un chico normal. Y que se hiciera grande de espíritu. Hoy, 47 años después, Rick no puede hablar, y la única parte de su cuerpo que apenas puede mover es la cabeza. Sin embargo, y desde 1977, él es una mitad esencial del Team Hoyt, un dúo de hombres fuertes de corazón, que ya lleva más de 32 años participando en carreras de distinto tipo, por tierra y por agua. La otra mitad la completa Dick, su padre, un militar retirado de 69 años que, si hay que correr, lo hace empujando la silla de ruedas de Rick; si hay que nadar, lo hace tirando de una balsa inflable atada a su cintura, donde va su hijo, y si hay que pedalear, lo hace en una bicicleta especial en la que puede llevar a Rick. Por su voluntad, por su desempeño y por su humildad, padre e hijo Hoyt se convirtieron en dos de los atletas más conocidos y venerados de los Estados Unidos.

La máquina de la esperanza
Todo empezó con la lucha de los Hoyt por que el primero de sus tres hijos se integrara en la educación formal. Interiormente tenían la certeza de que Rick no tenía retraso mental y, aunque no pudiera emitir palabras, podía aprenderlas y comprenderlas. Así es como durante mucho tiempo Judy le enseñó el abecedario y puso cartelitos con palabras en todos los objetos de la casa. Los dos hermanos más chicos de Rick lo hacían jugar, con su silla, los partidos barriales de hockey. Pero las autoridades se negaban a aceptarlo en una escuela pública, alegando que, si no podía hablar, tampoco iba a entender lo que se diría en clase. Hasta que los Hoyt fueron a la Universidad de Tufts y pidieron hablar con unos ingenieros que pudieran hacer algo para ayudar a Rick. La respuesta inicial fue un rotundo “no”. Pero, acostumbrados a sortear obstáculos y a no bajar los brazos, les pidieron a los especialistas que le hicieran un chiste a Rick. Y Rick se rió. Entonces, los Hoyt juntaron cinco mil dólares (una cantidad importante de dinero en los años sesenta) y pagaron por el diseño de una computadora especial que le permitió a Rick comunicarse.
Con un cursor que se mueve sobre una pantalla a lo largo de una fila de letras, cuando se ilumina la letra que Rick quiere, él hace un movimiento de cabeza y presiona sobre un dispositivo que está anexado al costado de su silla. Los ingenieros llamaron a la computadora “comunicador interactivo de Tufts” (TIC, por sus siglas en inglés); los Hoyt, “la máquina de la esperanza”.

“Papá, quiero correr”
“¡Vamos, Bruins!”, fue lo primero que Rick transmitió en el monitor. Los Boston Bruins son un equipo de hockey de Massachusetts que los Hoyt siempre siguieron por televisión. “Ese día supimos que le gustaba el deporte y que le gustaba ver a los Bruins en la tele”, dijo Dick. A sus once años, una vida nueva se abrió para Rick, que desde entonces pudo ir al colegio.
Un día, al volver de la escuela secundaria de Westfield, Rick le hizo a su papá un pedido especial: quería partici-par de una carrera a beneficio de un chico de la escuela que se había accidentado con un auto. Dick ya tenía 40 años y ninguna carrera en su haber. Rick era paralítico. Sin embargo, ahí fueron, lo intentaron y, una vez más, contra los pronósticos de los organizadores, llegaron a la meta y no terminaron últimos. “Papá, mientras corríamos, no me sentí discapacitado”, le dijo Rick.
Y bastaron estas palabras para que Dick se comprara un par de zapatillas y diseñara un esquema de entrenamiento con disciplina militar y no parara de entrenar un sólo día. Y cuando Rick estaba en el colegio, papá salía a correr con una bolsa de cemento del mismo peso que su hijo. “Sabíamos que estábamos en algo, y hacer feliz a Rick fue el mejor sentimiento del mundo”, contó Dick. Incansable, Judy salió a buscar a un ingeniero que le pudiera construir una silla modificada especialmente para correr, con tres ruedas de bicicleta y un asiento de goma espuma moldeado para el cuerpo de Rick.
El Team Hoyt ya lleva más de treinta años corriendo carreras. Al principio, claro, no fue fácil. “No nos dábamos cuenta de lo que estábamos haciendo –dijo Dick–. La gente ni siquiera quería que estuviéramos, pero nosotros seguimos yendo. Así fue todo en nuestras vidas. Nunca se nos ocurrió abandonar”.
Después de cuatro años de conquistar la línea de llegada de las primeras maratones y ver que la cara de Rick se iluminaba con una sonrisa cada vez que sa- lían a competir, el equipo decidió ir por más, y apostaron a los triatlones, esas carreras largas en las que no solamente hay que correr, sino también nadar en el mar y andar en bicicleta. El detalle es que Dick no sabía nadar y no se subía a una bici desde que tenía seis años. ¿Darse por vencidos? Ni locos. “La primera vez que me tiré al agua, me hundí como una piedra –contó Dick–. Rick y yo tenemos este vínculo. Los dos creemos verdaderamente que no hay nada que no podamos lograr juntos”.
Los números del Team Hoyt suman más de 1000 competencias, entre ellas 230 triatlones, seis Ironman (el triatlón más exigente de todos, que consta de 3800 metros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42,2 kilómetros de trote), 20 duatlones y unas 70 maratones. Ellos también “corrieron” los Estados Unidos en 1992, en una carrera de 45 días a lo largo de más de seis mil kilómetros.
Nada fácil, si se tiene en cuenta que tantos kilómetros se recorrieron mientras atravesaban momentos difíciles, como el divorcio de Dick y Judy en 1994, un infarto con suerte que tuvo Dick hace seis años y algunas operaciones que le hicieron a Rick.

¿Un vegetal?
Error de cálculo, diagnóstico equivocado o pesimismo apresurado. El vaticinio de aquellos médicos no se ajustó en absoluto a lo que es la vida de Rick, este hombre de 47 años que desde una silla de ruedas e imposibilitado de hablar logró en 1993 un título de grado en la Universidad de Boston. Se especializó, como su mamá, en educación especial. Hoy vive solo en un departamento y recibe la ayuda de una persona que lo asiste para comer, bañarse y moverse. También trabaja en el laboratorio de computación de la escuela de Boston, ayudando a desarrollar un sistema llamado “ojos de águila”, mediante el cual objetos mecánicos, como una silla de ruedas, podrán ser controlados por una persona paralítica mediante el movimiento de sus ojos.
“Yes, you can”, o “Sí, se puede”, es el motor en la vida de los Hoyt. Aunque ya no viven bajo el mismo techo, Dick y Rick se las arreglan para estar juntos. Todos los sábados por la mañana, Dick maneja un largo tramo hasta la casa de Rick. Cuando llega, lo baña, lo afeita y le da de comer, y vuelven juntos a la casa de Dick en un barrio de Connecticut. Casi todos los domingos se levantan a las 5 de la mañana y se preparan para una maratón de 5 ó 10 kilómetros, o un triatlón por venir. Juntos corren unas 40 veces al año. Dick, además, da unas 50 charlas motivacionales a empresarios y hombres de negocios. Y desde la Hoyt Foundation Inc. (Fundación Hoyt: www.teamhoyt.com), ayudan a incorporar a personas discapacitadas a la vida cotidiana y a las actividades comunitarias.

Los más queridos
Dick no está lejos de cumplir los 70 años y cuenta: “Puedo entender por qué la gente me pregunta cuándo voy a abandonar. Es una pregunta natural que se hace a los hombres de mi edad. Pero, honestamente, nunca se me cruzó por la cabeza abandonar. Y sé que Rick piensa igual. Lo que nos mantiene es ver el bien que estamos haciendo, y no solamente a la gente con discapacidad. Inspiramos a mucha gente común para empezar a correr y probar otro tipo de ejercicios”.
“Ellos viven las carreras como muchos de los atletas de elite. Son un modelo de inspiración –dijo Jack Fleming, de la Asociación Atlética de Boston–. Las multitudes los aman”. Y no es para menos.