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Vida cotidiana

“Ganarle al tiempo”

 

Para que las horas del día rindan de manera óptima
• No hacer cosas innecesarias.
Desechar lo que no es importante ni urgente, o aquello que sólo hace perder el tiempo. Dedicarse sólo a las tareas productivas y primordiales.
• No correr. Suele pensarse que corriendo se llegará a hacer todo lo que uno planeó en el día. El que mucho abarca poco aprieta, y así sobrevienen los errores (sobre todo de cálculo). No comprometerse con
cosas que uno no podrá cumplir.
• No exigirse por demás. Ser razonable y coherente con las propias expectativas.
• Pensar antes de actuar. Tomarse los minutos necesarios para analizar la situación. Reflexionar. Cuando
uno comprende correctamente una situación, después ahorra tiempo al tomar decisiones.
• Energía. Llevar a cabo las tareas de mayor complejidad en los momentos del día donde uno está más lúcido.
• Aprender a delegar, aprender a decir “no”. Ya sea por mala organización o por la creencia de que nadie realizará las tareas mejor que uno mismo, no se suele confiar en el otro. Mal, ya que cargar con actividades nos quita tiempo para realizar otras quizás más importantes.
• Agrupar tareas relacionadas entre sí. Contestar llamados telefónicos, responder e-mails, etcétera,
en un mismo período.
• Gozar. No eliminar de la lista de prioridades las actividades que a uno lo gratifican.
• Un mimo. Recompensarse cuando, al final del día, uno logró organizarse de tal manera que cumplió con sus obligaciones laborales y personales.

Tiempo e hiperconectividad*
La hiperconectividad habla de la situación que vive el ser humano al estar “conectado” en forma permanente. Cabe el término conectado, porque de ninguna manera se está comunicado. Tendemos a confundir estas palabras, por eso es importante aclarar que, en la actualidad, se cumplen sólo dos aspectos de la comunicación: la velocidad y la extensión, en detrimento del tercero y más importante: la profundidad.
Si bien los avances tecnológicos “bien empleados” simplifican algunos aspectos de la vida, también afectan a otros de manera negativa. Podríamos inferir, entonces, que la verdadera comunicación es inversamente proporcional a la hiperconectividad. Los llamados telefónicos, los e-mails o los mensajes de texto no sólo “comen” nuestro tiempo, sino la verdadera comunicación. Otra paradoja de nuestra época: usar todo el tiempo en estar hiperconectados, y sentirnos más solos que nunca.
*Por la psicóloga Gloria Husmann y la socióloga Graciela Chiale.

El tiempo como bien valioso*

El día siempre tiene 24 horas. La percepción de que ellas no alcanzan para concretar lo que deseamos, o para lograr relajarnos, es personal y se relaciona con los modos de administrarlas. Esos modos tienen que ver con la personalidad de base y, a la vez, están condicionados por el entorno y las pautas culturales predominantes.
El tiempo es un bien valioso, pero perdemos con facilidad su verdadera dimensión y su dominio, así como perdemos de vista nuestras prioridades.
Es posible entrenarse para lograr organizarse. Existen diversas técnicas. Conceptualmente, deben clarificarse las prioridades con honestidad. Esas prioridades van cambiando a lo largo de los años. Deben enumerarse objetivos de estudio, laborales, afectivos, familiares, de cuidado periódico de la salud y de esparcimiento.
En diversos momentos, es posible “bandearse”, haciendo horas extras, dispersándose en varias tareas, obsesionándose con redes virtuales, etcétera. Cada prioridad requiere un tiempo óptimo: aprobar un posgrado, terminar un proyecto, cuidar la vida de pareja o acompañar la crianza de los hijos.
Otro buen ejercicio es intentar imaginar lo que espero lograr en diez años, cinco, un año o un mes. Ver las prioridades coincidentes, hacer un listado de ellas y atribuir a las cinco primeras el tiempo necesario para ir cumpliendo esas metas. Periódicamente (tal vez, cada seis meses), se puede revisar qué es lo que no se logró concretar y ver hasta qué punto no se relaciona esa falencia con una inadecuada distribución del tiempo.
*Por Roberto Sivak, médico psiquiatra, psicoanalista y director del Instituto Estrés Trauma Buenos Aires (IETBA).

 
 
Veinticuatro horas parecen suficientes para cumplir con nuestras obligaciones laborales, académicas y personales. Sin embargo, la sensación es que nunca alcanzan para cubrir todas las expectativas. ¿Cómo organizarse? Los especialistas responden.

Hay un refrán irrefutable que dice que el tiempo es tan universal como democrático. Que todos disponemos de 24 horas, 1440 minutos y 86400 segundos para realizar los quehaceres cotidianos. Esto es claro. Sin embargo, la sensación de los hombres, las mujeres y los adolescentes del siglo XXI, tan problemático y febril como su antecesor, es la de que esa cantidad de horas, minutos y segundos… no alcanzan.
“Mis mañanas son una especie de cuenta regresiva: tengo que apurarme para desayunar, bañarme, peinarme, maquillarme y llegar a horario a la estación de tren”, cuenta Dolores, 28 años, contadora. ¿El caso le resulta familiar? ¿Se siente identificado con ella?
El tiempo, que vuela, es tirano y vale oro, corre detrás de uno, persiguiéndolo. “Hoy por hoy, las personas están arrojadas a una carrera desenfrenada, cuya meta es ganarle al tiempo. Carrera que, inevitablemente, perdemos”, aporta la psicóloga Gloria Husmann. “La concepción del tiempo, no cíclica, sino lineal, constituyó la fuente de la vivencia actual al introducir la conciencia de las dimensiones de pasado, presente y futuro. La invención y difusión del reloj permitió que desarrolláramos la idea del ‘tiempo que pasa’ y del ‘tiempo que se pierde’. Como al ser humano no le gusta perder, pretendemos aprovechar al máximo ese bien preciado y precioso. Entonces, llenamos el día con actividades y no dejamos espacio para el ocio y, en muchos casos, para el descanso necesario”.
Las diferentes personalidades juegan un rol especial en la cuestión. No se exige lo mismo una persona competitiva y buscadora de logros, que aquella que no lo es tanto. Es que el universo del ser humano puede ser bien complicado: mientras algunos piensan que el tiempo les resulta escaso, otros creen que podrían aprovecharlo aún más (con el riesgo de emprender más cosas de las que se pueden hacer). Ni hablar si alguien del entorno se atreve a mencionar que le sobra tiempo. Seguro que no trabaja mucho, que no tiene preocupaciones y que vive panza arriba. “Efectivamente, existe esa idea de que no estoy ‘sacándole el jugo’ al día y que deberíamos esforzarnos un poco más. Pero la paradoja, irónica, es que si no hacemos esto… nos aburrimos”, grafica la socióloga Graciela Chiale.
“Como Chaplin lo marcó en Tiempos modernos, la noción de ‘Time is money’, frase de Benjamin Franklin, y el sometimiento del hombre y la mujer a las exigencias de rendimiento son propias de la Revolución Industrial y la sociedad occidental”, explica Roberto Sivak, médico psiquiatra, psicoanalista y director del Instituto Estrés Trauma Buenos Aires (IETBA). “Esas exigencias aumentaron en los últimos cuarenta años a partir de la mayor competencia por los lugares de trabajo, de las diversas y numerosas formas de esparcimiento, y de las grandes migraciones a las ciudades. Se requiere trabajar más horas, se emplea mayor tiempo en los traslados y se ‘estira’ el tiempo para lograr algo de esparcimiento, cuidar la vida familiar y afectiva, y atender la propia salud”.
Desde el punto de vista sociológico, Chiale coincide con Sivak y suma al debate otro ingrediente: la llegada del capitalismo. Para la especialista, a mayor cantidad de trabajo, mayor acceso a los bienes de consumo. “Pero esto es solo una ilusión”, sentencia la socióloga. “Cuando se accede a un bien ‘deseado’, inmediatamente aparece otro que provoca un nuevo deseo enmascarado como necesidad. Como la necesidad se hace urgente e inmediata, invertimos más tiempo en el trabajo para cumplir con el objetivo”.

El reloj de Cortázar
El tiempo, o la falta de él, es una preocupación mundial que lleva a muchos a buscarle “soluciones”, por disparatadas que parezcan. En España, dos madrileñas fundaron, en 2003, una empresa a la que bautizaron –no muy originalmente– No tengo tiempo. Por un puñado de euros, se encargan de alivianarles la agenda a aquellos que la tienen colapsada. De este modo, realizan trámites al estilo de pagar la matrícula del colegio o las multas, hacer la cola en organismos públicos, buscar casa o renovar el carné de conducir.
En definitiva, se trata de dominar al tiempo antes de que el tiempo domine al hombre. A propósito, Husmann cita a Cortázar: “En el preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, él escribe: ‘No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj’”. Sivak ahonda: “El dominio del tiempo es evidencia de un logro madurativo emocional y psicológico. Se requiere equilibrio, claridad de objetivos, tolerancia a la frustración y actitud realista para dominar bienes que, si se agotan, no tienen reposición sencilla. La percepción de ser dominado por el tiempo se relaciona con personas con rasgos obsesivos, compulsivos, inmaduros, con ideales distorsionados, con tendencia al perfeccionismo o a la postergación y exigentes al punto de que todo lo que hacen les parece poco”.
Los avances tecnológicos también cargan con cierta responsabilidad. O, mejor dicho, los efectos que ellos producen en los seres humanos. “La tecnología puede generar conductas adictivas, de dependencia”, desliza Sivak. “En ciertas personas, por ejemplo, no leer o responder diariamente todos los e-mails puede provocar severos trastornos de ansiedad. ¿Qué pasa? Se confunde lo urgente con lo importante. La ansiedad lleva a la distorsión del uso del tiempo y la energía. Se descuidan proyectos que requieren planificación y serenidad”.
A la exclamación: “¡No tengo tiempo!” se le puede asociar otra: “¡No tengo vida!”. No obstante, los expertos aconsejan no detenerse en evaluar si uno tiene o no vida, sino en analizar las elecciones que se hacen, en implementar recursos para afrontar las responsabilidades con inteligencia y en establecer prioridades. No es sencillo, pero tampoco imposible.

Sincronicidad
Lo que uno hace, lo que uno debería hacer y lo que a uno le gustaría hacer. El secreto está en lograr un equilibrio óptimo entre estas tres variables. ¿Se puede? “Los hábitos pueden modificarse hasta encontrar la sincronicidad con la propia subjetividad. Esto promueve una determinada actitud frente al tiempo y frente a la vida”, define Chiale.
Para Husmann, utilizar óptimamente el tiempo es responder al recorte que cada uno haga de sus prioridades. “Cada persona tiene una relación propia con el tiempo –sostiene la psicóloga–. Pero existen plazos y fechas que hay que respetar. Es ahí donde la organización en el manejo del tiempo es fundamental. ¿Cómo? Hay varias maneras. A saber: medir el tiempo real que insume cada tarea y no distorsionarlo (pensábamos que lo resolvíamos en diez minutos y nos termina consumiendo media hora); prever tiempo para los imprevistos (un corte en la ruta, la caída del sistema en el banco, la computadora que se cuelga o el celular sin señal o sin carga son situaciones frecuentes que pueden tornarse insoportables); no vivir como un fracaso personal no poder cumplir con todo (no todo depende de nosotros); evaluar qué objetivos o tareas pueden ser pospuestos o modificados (no todo requiere de una inmediata ejecución); programar momentos de relax (después de una pausa, el rendimiento laboral se incrementa); no pretender hacer todo a la perfección (un alto nivel de autoexigencia no sólo perjudica la salud, sino que también afecta la flexibilidad para encontrar soluciones alternativas a las dificultades), y aprender a decir ‘no’ (no entrar en una vorágine de compromisos imposibles de cumplir, ya sea en el trabajo, en la casa o en nuestro círculo de amistades; esto provoca un grado de estrés innecesario. Decir ‘no’ asertivamente ahorra energía que podrá ser mejor utilizada”.
Alguna vez, la actriz norteamericana Shirley MacLaine argumentó que la conciencia del tiempo es igual a estrés, agotamiento corporal y emocional. Por ello, comenta Chiale, es tan importante organizarse, ya que eso le permite a uno realizar la mayor cantidad de tareas acordes con sus posibilidades y deseos. No hacerlo puede acarrear consecuencias indeseadas.
“El primer inconveniente es la sensación de insatisfacción provocada, la mayoría de las veces, por el estrés. Sentir permanentemente el sonido de una alarma interior que nos advierte que algo puede suceder o que nos estamos perdiendo de algo genera una constante tensión que afecta la calidad de vida”, afirma Husmann. “Aquellos que acuden a una consulta por no estructurar sus labores presentan síntomas como ansiedad psíquica y física (palpitaciones, hipertensión, gastritis, colon irritable), viven reprochándose a sí mismos, se deprimen, tienen conflictos familiares y padecen un decaimiento en su rendimiento laboral y académico”, diagnostica Sivak y concluye: “Cambiaría la frase ‘El tiempo es dinero’ por ‘El tiempo es una oportunidad… de vivir mejor’”.