Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Entrevista
“No conozco a ningún perseverante fracasado”
 
 

El mañana
“A futuro, me prohibí tener grandes proyectos deportivos, porque estoy a punto de concretar la creación de un viejo anhelo: el ‘Atlantis Museo de la Aventura’. Cuando se cumplieron 25 años del Atlantis, se hicieron grandes actos, entre ellos, un monumento a la balsa en Dolores, la inauguración de una calle en Mar del Plata y otro monumento en las islas Canarias. En el museo estará la famosa balsa, los kayak que utilicé en el Caribe, el globo del cruce del Aconcagua, etcétera. Obviamente, estará en Dolores, sobre la ruta 2. La idea es que se inaugure en el 2011”.

Predicar con el ejemplo

“En la Argentina hay desesperanza porque la gente está recibiendo demasiados mensajes negativos. ¿De quiénes? Por ejemplo, de los funcionarios, que deberían dar el ejemplo y no lo hacen (ni en lo ético ni en lo moral), y de los ídolos (clamados como falsos dioses), que tendrían que ser responsables del lugar de privilegio que ocupan. Deben tomar conciencia de que chicos y grandes copian modelos instintivamente. Aquel que es mirado y escuchado tiene que estar a la altura de las circunstancias y no desperdiciar la posibilidad de transmitir mensajes positivos. Menos que menos, darse el lujo de difundir cosas negativas. La mayoría de la gente es buena. Lo que pasa es que los malos hacen más ruido. Para armar un buen equipo, un país es un equipo, hay que empezar por mejorar a los individuos, a los jugadores que integran ese equipo”.

Recuerdos de la infancia

“Haber nacido en 1949, en un pueblo como Dolores, hizo que gozara de una libertad notable. De muy chico empecé a ir a pescar, a cazar y a acampar. Teníamos los campos a cuatro cuadras de nuestras casas. Allí comencé a conocer y a amar a la naturaleza. Tuve una infancia muy feliz. Mi padre era un abogado de pueblo y mi madre, ama de casa. Con ellos, más mis tres hermanos, mis siete tíos y una veintena de primos, compartí todo: fiestas, velorios, casamientos, bautismos y asados. Hoy hago lo mismo. Tengo en Dolores a todos mis muertos y a todos mis vivos. Ni se me pasa por la cabeza la posibilidad de irme de mi pago”.

 
foto3
 
Alfredo Barragán es el explorador argentino más prolífico. Héroe del Atlantis, conquistó el Aconcagua y el Kilimanjaro, cruzó los Andes en globo, buceó en la Antártida y atravesó el Mar de las Antillas en kayak. Ahora recorre el mundo ofreciendo charlas en las que motiva al hombre común a lograr las grandes metas.

Será un guiño del destino que el color de sus ojos representen al mismísimo mar, al mismísimo cielo? ¿O será que su mirada se bebió de golpe a ese mar y a ese cielo, testigos de cada una de sus hazañas? Sus iris, particularmente diáfanas, no interponen barrera alguna; por el contrario, incitan a bucear por el interior de un hombre que le hizo frente a las más altas cumbres, al Océano Atlántico, al Mar Caribe, al Mar Mediterráneo, a la Antártida y, por increíble que parezca, la lista continúa. En cada expedición, Barragán, Alfredo, el Loco, el Petiso, el Capitán, conquistó, uno a uno, sus objetivos.
Un té con leche y medialunas nos separan de este deportista amateur, amante de la Madre Naturaleza, que se dedica a la exploración deportivo-científica. Su currículum vitae también lo describe como buzo, kayakista, piloto de planeador, montañista, radioaficionado, fotógrafo y realizador cinematográfico. Argentino de 60 años, casado, padre de una hija y abuelo de una nieta, Barragán es el hijo pródigo de la ciudad de Dolores, donde es el titular del estudio jurídico fundado por su bisabuelo, allá por 1870. Basta observarlo pasear por las callecitas del “Primer Pueblo Patrio” (fue la primera población creada luego de la declaración de la Independencia), para constatar el afecto que le brindan familiares y vecinos.
Barragán se ganó la fama en buena ley. Fue jefe, capitán y miembro de expediciones ambiciosas, como la del Río Colorado (en 1973), las del Acongagua (en 1978, 1985, 1988, 1990 y 1991; una vez haciendo cumbre), la del Kilimanjaro (1995), la del Mar de las Antillas en kayaks (en 1999), la del Cerro Tronador (en el 2001) y la denominada “Antártica Finis Terra” en el 2007 (hizo buceo y montañismo en 12 bases antárticas, nacionales y extranjeras). No se puede —ni se debe— obviar tampoco la “Travesía de los Andes en Globo”, que consistió en cruzar la cordillera en un canasto de mimbre, a 8500 metros de altura y a 110 kilómetros por hora.
Sin embargo, la obra maestra de Barragán fue Atlantis. En 1984, junto a su inseparable grupo de aventuras (Jorge Manuel Iriberri, Oscar Horacio Giaccaglia, Félix Arrieta y Daniel Sánchez Magariños), cruzó el Atlántico en una antigua, frágil y precaria balsa de troncos (sin motor ni timón), bautizada Atlantis, construida con el mismo sistema e idénticos materiales usados por los navegantes de hace tres mil quinientos años, sólo para demostrar la teoría de que los africanos podrían haber llegado a América tres mil años antes que Cristóbal Colón.
Después de años de estudio y planificación, Barragán navegó 52 días y recorrió más de cinco mil kilómetros para abrazar lo que se constituyó en una epopeya deportiva, científica y cultural. Cuando la gloria golpeó su puerta, Barragán sólo atinó a balbucear una suerte de slogan que se convirtió en su leitmotiv: “Que el hombre sepa que el hombre puede”.
“Esa es una frase que se aplica al ámbito deportivo, así como a todo aquello que quiera emprender una persona. Si el Petiso Barragán, oriundo de una pequeña ciudad del interior de un país sudamericano, sin dinero y sin una estructura detrás, puede, todos podemos. Invito al hombre a confiar y a creer en sí mismo”, define Barragán en el atardecer de un día cualquiera. “Todas mis expediciones tienen el mismo sello: son expresiones románticas concebidas para que trasciendan lo deportivo-científico. Mi espíritu es amateur, no admito sponsors comerciales porque me parece más bonito así. Mi esencia es la del deporte como expresión de libertad. Y yo soy un libertario absoluto. No acepto otro compromiso que no sea el de mi palabra. Busco el romance entre el hombre y lo que el hombre hace. ¿Cómo se alcanza eso? Únicamente, con libertad y amor. Gozo la realización de mis expediciones porque hago lo que me gusta en el más alto nivel de pureza, generosidad, agradecimiento y entrega”.
Encontrar un casillero vacío en la agenda de Barragán puede ser tan complicado como cualquiera de sus experiencias. Sus horas las reparte entre la Secretaría de Turismo de Dolores, el Centro de Actividades Deportivas, Exploración e Investigación (CADEI) y su rol de disertante, ya que ofrece conferencias motivacionales en diferentes puntos del mundo. Esto último es lo que le viene acariciando el alma, ya que su disertación —denominada El desafío de los imposibles— fue escuchada en más de veinte países. La ponencia tiene una particularidad que se repite, indistintamente, en América, en Europa o donde sea: los aplausos y las lágrimas de los presentes.
“Las primeras conferencias eran más anecdóticas: a dónde se llegó, qué temperaturas se soportaron o qué se comía”, asume Barragán. “Luego, ganaron espacio las conclusiones, las ideas, los principios y los valores. Lo primero que muestro es un audiovisual sobre Atlantis, mi expedición más trascendente y emblemática. Atlantis fue mi mejor obra, la obra cumbre. Fue una expedición romántica que me pidió todo y le puse todo. Ahí aprendí la alegría que se siente cuando uno ofrece todo de sí mismo. Todo el tiempo, todo el riesgo, toda la pasión y toda la creatividad para hacer de Atlantis una obra de arte, bella y ejemplar. Desde 1980, cuando surgió la idea, que tengo la preocupación permanente de encarar las expediciones como quien compone una sinfonía, como quien pinta un cuadro. Yo no sé pintar, ni sé cantar, pero afronto las expediciones con la pretensión que tiene un artista. Persigo que mi obra tenga sustancia, pero que, a su vez, sea estética, bonita en su imagen, en su simbología y en su mensaje”.

“El que nunca abandona siempre llega”
Cada vez que Barragán expone su discurso en un auditorio, reflexiona sobre cómo hace el hombre común para atreverse a lo extraordinario, a lo no usual, a las grandes metas. “Yo quiero morirme siendo el Petiso Barragán que vive en Dolores. Tanto la Asociación Europea de Expediciones como la empresa Disney me propusieron radicarme en París y en Hollywood para filmar una película por año. ¡Ni loco! Para mí, la verdad reside en la pequeña comunidad, en el barrio, en la familia, en los amigos”, sentencia Barragán.

—A menudo, se cree que las grandes empresas son exclusividad de los superhéroes.
—Los superhéroes son de fantasía. Lo que existe es el hombre común que se supera, que tiene la actitud y la disposición para el esfuerzo. Eso es lo que marca la diferencia. Es importante no perder la capacidad de soñar, aunque no basta sólo con eso porque, sino, vivimos comparando lo que imaginamos con lo cotidiano que no nos satisface. Al soñar le debe seguir la decisión, la osadía. Lo que yo llamo “entrar a la cancha”. Descubrimos que existe “algo” que enaltecerá nuestra vida, pero el problema surge cuando calificamos a ese “algo” de imposible. ¿Por qué? Por temor al riesgo, por pereza o por no tener confianza en nosotros mismos. Solemos decirnos: “Soy capaz, pero no tengo ganas, es mucho lío”. No. Hay que disputar los partidos. Sólo obtienen logros los que entran a la cancha sistemáticamente. No triunfan aquellos que no presentan pelea, los que entregan los puntos sin luchar. Por supuesto que le resultará más fácil a aquel que nazca con talento, pero el que carezca de él, no tiene excusa, porque nada le impide adquirir la capacidad, la información, las técnicas y la experiencia; todas cosas que te transforman en alguien muy capaz. Conozco cantidad de talentosos que fracasan por ser holgazanes, pero no conozco a ningún perseverante fracasado. El que nunca abandona siempre llega. Es así de simple.

—Cualquiera podría acusarlo de enumerar obviedades…
—¿Son obviedades? ¿Y por qué nos las olvidamos con tanta frecuencia? También es obvio aquello de que el hombre es el arquitecto de su propio destino. ¿Y por trillado que sea el dicho lo vamos a guardar en un cajón? Yo agrego: el hombre es el arquitecto y el albañil de su propio destino. El arquitecto es el que planifica, el que proyecta la persona que quiere ser. El albañil es el que, diariamente, coloca los ladrillos para construir esa persona que quiere ser. ¿Cuáles son los ladrillos? Cada elección, cada decisión. Quien no tenga en claro sus ideas, principios y valores, no sabrá por qué opción inclinarse. Aquel que sepa qué le parece bien y qué mal, a quién le gustaría parecerse y a quién no, disfrutará de la construcción de sí mismo. Hay que animarse a vivir como artista, aunque no lo seamos. Hay que tratar de que nuestro andar por la vida sea una pincelada colorida, feliz y útil si es posible. Si la vida fuese una película, cada uno debería elegir qué personaje quiere ser: el héroe, el cobarde, el generoso, el mezquino, el abandonado, el elegante o el grosero. En la habitualidad, uno se transforma en ese personaje, que será bueno o malo de acuerdo con nuestras convicciones. Nadie puede mover un dedo para impedírnoslo. Ahora, cuando ni siquiera sabemos quién queremos ser… ese es otro cantar...

—Barragán, ¿no hay sueños imposibles?
—En absoluto. Hay cosas dificilísimas, pero imposibles, no. Hace 40 años que persigo y cumplo mis sueños. Calificar a algo de “imposible” es la excusa perfecta para hacer la plancha y no comprometemos, no esforzarnos y no arriesgarnos. Concluimos en que “hubiera sido lindo, pero…”. ¡Ese “pero” es mentira! ¡No puse lo que había que poner! Y eso nos carga de frustraciones. ¿Te cuento una? A mi nieta le regalé un diccionario. Cuando lo compré, busqué la palabra “imposible” y la taché hasta que fuera ilegible. Si aunque sea una sola persona se conmueve gracias a la historia de Atlantis y, por ello, intenta saldar aquel viejo sueño que siempre le pareció imposible, entonces voy a sentir que mi misión está cumplida.

Un señor de barba, que fuma en pipa y cruza los mares
Barragán sonríe animadamente cuando confiesa: “jamás saqué ni un osito en una kermés. No hay que esperar nada de la suerte. Todo lo que conseguí fue pelándome el lomo y transpirando la camiseta”.
Así como descuenta que no perdería ni un minuto de su vida en ganar dinero, Barragán reconoce que no tiene asignaturas pendientes: “Me gusta sentir que llegué al deporte para poner y no para sacar. Quiero servir a la gente a través del deporte. Soy muy privilegiado porque vivo feliz de lo que hago. Cuando tenía tres o cuatro años y me preguntaban qué quería ser cuando sea grande, yo contestaba: ‘Un señor de barba, que fume en pipa y cruce los mares’. Soy un enamorado de la naturaleza. ¿Si prefiero el mar, la montaña o la selva? ¡Todo me apasiona, me encanta y me enloquece! La naturaleza, cuanto más extrema, más bonita. La naturaleza ES. El hombre puede aparentar, la naturaleza no. Ella te conquista con su franqueza. Claro que puede ser dura: un temporal en la Antártida es terrible, pero auténtico”.

—¿Nunca sintió miedo?
—No, nunca. Yo no tiemblo ni dudo. Creo en la planificación, en la previsión, en la capacitación y en la investigación. Yo soy un expedicionario, no un aventurero. El aventurero va al mar a ver qué pasa; yo voy al mar cuando ya sé qué va a pasar. El que domina la situación no entra en pánico porque sabe lo que tiene que hacer. Eso no quita que haya que tener cuidados. Infinidad de veces, estuve a punto de que me “apagaran la luz”, pero hice lo que debía y la luz siguió prendida.

—¿Qué opina de la muerte?
—Que es natural, un paso más de la vida. No tengo ningún dilema con ella, que aparezca cuando quiera. ¡Y que no se preocupen los míos si yo falto! Se la van a arreglar, como suele suceder.

—Barragán, por último me gustaría que le deje una enseñanza a los más jóvenes. ¿Qué piensa de las vocaciones?
—Que DEBEN ser IRRENUNCIABLES. Aquel que por un motivo, circunstancia o presión momentánea, renuncia a una vocación, está firmando una condena a la infelicidad. ¡Se va a dedicar a lo que no es ni siente! La vocación es, lisa y llanamente, descubrir quién sos. Encontrarla dependerá de que uno sea honesto consigo mismo y de que su entorno sea responsable y le

permita a ese individuo su búsqueda. El inconveniente es que, en ocasiones, se renuncia a la vocación por ocupaciones más rentables. ¡Y cada vez que hablan de lo que les hubiese gustado ser, se les escapa un lagrimón! Por eso, aconsejo que, a costa de lo que sea, uno siga su vocación. ¿Sabés por qué? Porque se van a despertar y van a pegar un salto de la cama. Con 60 años, yo me levanto cada mañana y tengo ganas de hacer mucho más de lo que hice. ¡Y me acelero al lavarme los dientes porque quiero arrancar! El que no sigue su vocación va a demorarse en el baño porque no quiere enfrentar las mismas labores que hizo el día anterior y que hará al día siguiente. ¿Pero qué espera para decir “este partido no me gusta, quiero acomodar las piezas de otra forma”? ¡Qué me importa si la partida ya lleva 50 años de vida! ¡Pateá el tablero y arrancá de nuevo!

 
Por: Mariano Petrucci. Fotos: gentileza Barragán. Foto estudio: AVER Contenidos (Marcelo Tucuna).