Con los libros de Sergio Sinay ocurre un fenómeno singular: nadie que los lee puede permanecer indiferente. El último, que llegó estos días a las librerías, se titula La sociedad que no quiere crecer. Como diría Discépolo, es una “gota de vinagre derramada en una herida”, porque habla de los argentinos, o por lo menos de una parte considerable de argentinos que, tengan cuarenta o sesenta años, se comportan como adolescentes, con consecuencias poco satisfactorias para ellos y para el cuerpo social. El tema no es, por cierto, una novedad. El propio Sinay señala que Simone de Beauvoir dijo alguna vez que “un adulto es un niño inflado”, frase lapidaria y casi injuriosa, aunque, tal vez, también autocrítica. Porque la que fue mujer de Jean Paul Sartre, probablemente, hablaba de sí misma. Más allá de su largo matrimonio con el filósofo, jamás convivieron, y cada uno hacía su vida libremente, como chicos sin compromisos.
Sinay admite que el fenómeno de los adultos que se niegan a serlo es occidental, no solamente argentino, pero se ha acrecentado en los últimos tiempos.
–Pero ¿no es algo que le ocurre a pocas personas, algo anecdótico?
–Puede parecer anecdótico, pero no lo es. Este adorar a la juventud por la juventud misma, como valor supremo, tiene consecuencias negativas en la política, en la vida social y en la laboral. Un país que tiene una gran masa de adultos cronológicos que carecen de adultez en la toma de decisiones es un peligro para ellos y para todos.
–¿Por qué?
–Porque carecen de proyectos, salvo los inmediatos. Muchos adolescentes o jóvenes sólo pueden planificar qué harán el sábado por la noche, no van más allá. Pero no es todo. Los adultos usan el lenguaje de los jóvenes, un lenguaje pobre y a veces grosero, dicen bolú diez veces en una frase de veinte palabras, como los chicos. Y si tienen conflictos –y quién no los tiene–, suelen tratar de resolverlos por medio de la violencia, entre otras cosas, porque carecen de argumentos para resolverlos por medio de la razón. Y tampoco es todo: adolescentes y adultos carecen de la noción de riesgo.
–¿Por ejemplo?
–Manejan vehículos sin noción del riesgo, siempre al límite. El resultado es que en la Argentina mueren alrededor de ocho mil personas por año en accidentes evitables. Ocho mil, sin contar los heridos. Es como vivir en guerra contra la vida. Es una trasgresión permanente que se da en todos los planos, porque no se respeta nada que sea institucional. Es un comportamiento adolescente.
–Por favor, defina qué es ser adolescente.
–Un adolescente es una persona que está en una etapa de búsqueda y de construcción de su identidad. Por lo tanto, transgredir normas es una manera de probarse a sí mismo que existe.
–En estos tiempos, se suele decir que la adolescencia se ha prolongado, que se es adolescente hasta pasados los 25 años.
–No, eso es falso. Eso ocurre en connivencia de los adolescentes con los padres, y los padres lo permiten porque se dicen: “Si mi hijo es adolescente tanto tiempo, es porque yo soy joven por más tiempo. Si ellos no envejecen, yo no envejezco”. Y no es así. Pero no se limitan a pensar así; los padres se visten como adolescentes, van a los mismos lugares que sus hijos, se rejuvenecen (o intentan rejuvenecer) con cirugías y tratamientos, hablan como sus hijos y deducen que si parecen jóvenes, serán jóvenes, cuando es al revés. Y cada vez tienen proyectos de vida más breves, más cortos. En el fondo, lo que hay es una pretensión de negar la finitud de la vida, de negar la mortalidad.
–¿Realmente cree que es un comportamiento actual? ¿No ha sido siempre así a través de la historia?
–La muerte nos asusta a todos, y nos ha asustado desde el principio de los tiempos. Pero la cultura actual oculta a la muerte. Y como oculta a la muerte tiene que ocultar a los viejos, porque la anuncian. Y creen que con alguna cirugía plástica ya son jóvenes de nuevo, cuando el tiempo es inexorable. Ignoran, o fingen ignorar, que somos parte de una cadena interminable, que si no envejecemos no hay historia, no hay legado. Entonces, vivimos en el individualismo, en el olvido del otro, en la desesperación por detener el tiempo. El filósofo Albert Camus decía que si lo que hay antes de nosotros es la nada, y que todo lo que viene después es nada, es absurdo que vivamos setenta o más años, lo cual le quita sentido a la vida. Pero aun así, añadía, hay que darle un sentido. Cuando aparece la noción de sentido, no es que se evita la muerte, pero deja de ser angustiosa la idea, porque equivale a tener conciencia de mar.
–¿Cómo es eso?
–Si tenemos conciencia de la ola, morimos en la rompiente. Pero si la ola dice “soy mar”, cambia la cuestión, porque el mar es eterno, y porque pertenecemos al mar, que está formado por miles de millones de olas, y todas son el mar.
–El tema ha sido tratado en literatura por Adolfo Bioy Casares. En La invención de Morel, habla de un día que se repite eternamente, de modo que la gente no envejece más que ese lapso. En El perjurio de la nieve, para negar la muerte, un padre embalsama a su hija y finge mantener con ella el mismo diálogo, día tras día, como si el tiempo se hubiera congelado. E insiste con esa tesis en otras obras. Quiere detener el tiempo en un día feliz, lleno de amor.
–Es un recurso literario válido, pero el amor no se deja congelar. El amor es trascender el tiempo a partir de una relación, y trascender con los hijos, y los nietos, y nuestras obras, si las hiciéramos. Y trascendemos a partir de los demás porque somos seres finitos. De otro modo, es como si nuestros hijos fueran huérfanos, porque noso-tros estamos distraídos en tratar de ser niños. Estamos atacados de una pandemia de juvenismo. Una cosa es vivir en el momento y otro en el instante. El momento es parte de una cadena interminable de tiempo, el instante es la fugacidad, es un chispazo que se pierde en la nada. El adolescente vive en el instante. Y trata de que el instante sea feliz y cree que es todo y luego se siente mal cuando se da cuenta de que no es así. Se conecta con el placer, pero no con la felicidad.
–Pero eso ¿no es así desde los tiempos de Adán y Eva, que hasta el pecado original eran felices?
–No eran felices porque no se desa-rrollaban, no crecían. Esa metáfora tiene una variante. Cometen el pecado y el Señor los llama, a ellos y a la serpiente. Entonces, le dice a Adán: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Y a Eva: “parirás con dolor”, y los expulsa del paraíso. Y a la serpiente le guiña un ojo porque participó en la voluntad del Señor, que deseaba que Adán y Eva crecieran. No hay forma de crecer sin sufrimiento. La vida es así, en el afán de no sufrir, se busca no crecer, evitar el dolor corporal, el psíquico, el emocional. A lo largo de la vida se crece siendo expulsado de varios paraísos.
–Ahora bien, desde un punto de vista estético, la juventud es superior a la vejez.
–Eso es discutible. Miguel Ángel hizo a un David joven y pleno de belleza, pero también hizo a un Moisés maduro y hermoso. Si una mujer de cincuenta no se pintarrajea y no se opera para parecer una adolescente, puede ser una hermosa mujer de cincuenta años. Por supuesto, el joven transmite una energía que no tienen los viejos. Pero el viejo o el adulto lo compensan con sabiduría. Un viejo que se compra un coche deportivo y sale a bailar con una jovencita es patético. Pero si se reúne con sus pares, no. Estamos condicionados, todos. Elegir cómo vivir esos condicionamientos le va a dar sentido a una vida. El adolescente no acepta el condicionamiento y el adultescente, es decir, adulto que vive como un adolescente, tampoco. No quieren que pase el tiempo, tratan de escaparse. Y no pueden. Que un adolescente confunda sus deseos con derechos es erróneo pero aceptable, pero un adulto no puede tenderse a sí mismo esas trampas.
–¿Cómo podemos entrar en razones?
–Siguiendo el paso del tiempo. Creo que hay que celebrar las edades de pasaje: los cuarenta a los cincuenta y así. En mi libro sugiero treinta modos de aprovechar los años de pasaje. |