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Historia de vida
“Por un futuro mejor”
 
 

Orgullo nacional
La International Youth Foundation (Fundación Internacional de la Juventud) es una fundación de los Estados Unidos, que se dedica a buscar emprendimientos de ONG de jóvenes para poder replicarlos en otras partes del mundo. Ellos seleccionan los veinte emprendimientos más destacados, para capacitarlos durante una semana en USA, donde los seleccionados tienen acceso a importantes sponsors e inversores en
búsqueda de proyectos de inserción social. Mediapila fue recientemente elegida junto con otros emprendimientos de Brasil y Perú, por Sudamérica.

Mediapila va por más
“Estamos desarrollando, junto a una importante multinacional de consumo masivo, un nuevo concepto en reciclado. Se trata de una línea de productos reciclados, hechos con lonas vinílicas, con los carteles de la vía pública. Estos son aprovechados para hacer ropa y accesorios como porta notebooks, paraguas, materas, ceniceros, botas… La empresa compra los productos para uso de los empleados o para regalos empresarios. Junto a ellos, montamos un taller en José C. Paz. La idea es hacer productos masivos, baratos y que, también, cooperen con el cuidado del medioambiente”, explica el fundador y director de Mediapila.

Las próximas metas

Actualmente, Mediapila se encuentra trabajando en el Bajo Flores, Capital Federal. “Es un barrio muy necesitado y estamos haciendo el censo de mujeres”, comenta José Sarasola. “Toda la ayuda que se quiera brindar, máquinas, telas, dinero, va a ser destinada allí. El otro objetivo que tenemos es poder replicar el modelo en el interior del país”.

 
 
En tiempos en que los jóvenes son tildados de superfluos y de no tener “los pies sobre la tierra”, José Sarasola, fundador de Mediapila, desestima toda acusación. A los 25 años, conmovido por la pobreza, creó esta fundación que saca de la indigencia a mujeres y las capacita en la producción de indumentaria. Una historia de esas que engrandecen el espíritu y que invitan a trabajar por un país mejor, entre todos.

Dicen, algunos, que los jóvenes son idealistas y que viven de sueños. Otros opinan que son frívolos y que sólo se interesan por su “mundo” más cercano. Definitivamente, ninguno de estos casos es el de José Sarasola (29), quien desde hace cuatro años lleva adelante Mediapila, una fundación sin fines de lucro que, por medio de un modelo innovador, busca insertar en la sociedad a mujeres que por falta de un oficio viven en situación de indigencia. “Capacitamos a mujeres sin recursos, en el corte, estampado y confección de indumentaria”, explica orgulloso José, quien se recibió de licenciado en Economía y Literatura Inglesa. “Les montamos el taller en sus casas, con las máquinas, y nosotros venimos a ser su primer cliente. La idea es que también puedan tener sus propios clientes, que cada taller pueda ser autosustentable e independiente”, agrega.
Eran las tres de la tarde y el sol rajaba la terraza de una casita vieja del barrio porteño de Flores, donde funciona el taller central de la fundación. Uno de esos días en los que el calentamiento global “pasa factura”: el termómetro marcaba 30 oC. Allí se realizó la entrevista –único lugar vacío–, para no alterar el trabajo de aquellas señoras que, con cada puntada, cosían un futuro mejor para ellas, sus familias y sus barrios.
José insiste en explicar que Mediapila es un modelo de inclusión social que fomenta la cultura del trabajo brindando capacitación textil y fundando microtalleres de corte, estampado y confección, en barrios carenciados. Y describe: “Este es el taller central, donde trabajan algunas señoras y el staff permanente de la marca. Aquí se cortan y estampan las remeras que luego se mandan al resto de los talleres para su costura. Los otros talleres están en las casas de las señoras en Derqui, José C. Paz, Pacheco, San Miguel y Caballito”.

El comienzo de algo grande
José hizo su carrera universitaria en Australia, adonde además trabajó. Luego de seis años, volvió a la Argentina y recibió una oferta laboral muy tentadora, pero la crisis y la pobreza lo hicieron cambiar de planes. “Me impactó muchísimo la crisis. Por un lado, la Argentina se había empobrecido mucho (cartoneros, comedores…). Y por el otro lado, yo había estado en otra civilización, quizás sesenta años más avanzada que la nuestra. Entonces, el impacto fue doble”, recuerda y explica: “Ahí cambié las ganas de meterme en una empresa por querer hacer algo por esa situación. Como tenía 25 años y no demasiadas responsabilidades, creí que era el momento oportuno”.
En septiembre de 2004, mandó un e-mail a unos veinte amigos contándoles sobre su iniciativa e invitándolos a sumarse. A los pocos días, ya eran más de sesenta las personas que se habían comprometido y querían colaborar. La primera reunión se llevó a cabo el 26 de octubre y asistieron treinta y ocho jóvenes universitarios, todos convocados por un sencillo correo electrónico. Desde ese día, comenzaron a reunirse periódicamente y a trabajar en equipo. El proyecto fue tomando forma, y en noviembre, la iniciativa solidaria ya estaba en marcha.
Se compraron las dos primeras máquinas de coser y empezaron las capacitaciones. Lo curioso es que los chicos no sabían coser. Y ellos mismos se encargaron de aprender a fuerza de ensayo y error. Así, de a poquito, se capacitó al primer grupo de señoras en un comedor en Chacarita. En abril de 2005, pudieron verse los primeros frutos del esfuerzo: remeras con marca Mediapila, cuyo logo es el dedo pulgar hacia arriba. A partir de ahí, mes a mes, se fue mejorando tanto la calidad de las remeras como el sistema de producción. En un principio, el grupo salió a vender las remeras a familiares y amigos para poder financiar el proyecto. “Hoy vendemos en ferias de colegios, en universidades y en empresas. Nuestro objetivo es vender en locales, que sea una marca masiva, como cualquier otra marca de indumentaria”, aclara el joven entusiasta.
Según sus palabras, Mediapila, además de ser un modelo de inserción social, busca ser una marca solidaria: “Yo siempre me pregunté qué ocurriría si alguna de las grandes marcas fuera una fundación y con cada producto que uno consumiera ayudara a que hubiese menos hambre en el mundo. Los frutos serían impresionantes, porque todos estaríamos más incentivados a consumir ese producto que, además de satisfacer una necesidad concreta, ayudaría a personas sin recursos”.
El objetivo de la fundación es crear una marca solidaria que sea comprada por la necesidad de la gente y que, además, ayude a otros. Pero, como siempre hay una de cal y una de arena, estos jóvenes deben vencer muchos obstáculos en aras de su objetivo. “Hay muchísimas barreras, sobretodo por la capacitación de las señoras. Muchas de ellas no saben leer ni escribir, sus vidas son muy sufridas, tienen desconfianza por todo lo vivido. Son obstáculos, pero estamos luchando contra ellos y confiamos, algún día, en llegar a ser un producto masivo que satisfaga necesidades concretas”.

Mediapila, en la práctica
Este grupo de jóvenes pujantes está compuesto por siete personas que componen el staff permanente. Trabajan en horario completo y se encargan, sobre todo, de la comercialización de los productos. Además, alrededor de veinte voluntarios ayudan en lo que es la red de ventas. Hoy en día, las mujeres que confeccionan la indumentaria son casi treinta. La pregunta es cómo llegan a ellas o cómo ellas llegan a Mediapila.
A través de alguna ONG, la fundación entra en un barrio carenciado o en una villa y ahí, a partir de censos, se hace la selección: “Entrevistamos a las mujeres, casa por casa, y vamos viendo quiénes quieren realmente trabajar y lo necesitan. Buscamos aquellas mujeres que, cuando les demos las máquinas, realmente quieran salir adelante. Nos dimos cuenta de que si le das una máquina a una mujer líder, la empieza a usar y como le va bien, compra otra máquina y le da trabajo a otra persona del barrio”, destaca y agrega: “Entonces, estas mujeres se transforman en generadoras de valor agregado dentro del lugar. Funcionan como micro emprendedoras que empiezan a generar trabajo para su mismo barrio. Por eso, es tan importante darle la oportunidad a quienes realmente quieran trabajar y salir adelante. Hoy en día, una persona capacitada por nosotros, puede coser entre cuarenta y cincuenta remeras por día. Y por cada remera, por ejemplo, le pagamos entre 4 y 6 pesos, dependiendo de la complejidad. O sea que, cosiendo cincuenta remeras, se puede ganar $200 por día”, describe el director de Mediapila . “Tratamos de que tengan trabajo constantemente, aunque, por ejemplo, enero y febrero son meses más duros”. Cuando las ventas aumentan en cifras considerables, se abre un nuevo taller y, así, sucesivamente.
Más allá de cualquier reconocimiento y premio que José y su equipo puedan recibir, nada equipara a la satisfacción de estar cambiando la realidad de muchas personas. “Yo lo único que tenía era un sueldo por el plan jefes y, como tengo hijos, no me alcanzaba así que salía a ‘cartonear’. Mirá lo que me cambió la vida que hace dos años no ando más en la calle”, cuenta emocionada Rosita, una de las costureras. Así como Rosita, cada una de las mujeres coincide en que estos jóvenes les cambiaron la vida. Elda Moreno, la “abuela de Mediapila” –como la llaman con cariño por ser una de las pioneras–, también se ganaba la vida recogiendo cartón. Hoy, tiene un taller en su propia casa, donde trabaja junto a otras mujeres. “Yo lo único que sabía usar era la máquina de pie, y José y los chicos me enseñaron a usar la industrial”, explica, bajo la mirada atenta de su nieta, que también quiere aprender el oficio.
“Para ayudar a alguien, lo más importante es dar la caña de pescar, no el pescado”, explica José y agrega: “Un plato de comida se termina y la persona vuelve a tener hambre. La idea es que con nuestra ayuda la persona pueda salir adelante”.
Hoy, después de cinco años de la confección de las primeras remeras, José sigue trabajando con el mismo empuje de siempre. “Hay muchas personas que dependen de Mediapila y yo tengo un compromiso con ellas. Es la decisión que tomé cuando arrancamos, desde que las primeras mujeres dejaron de pedir comida, dejaron de ‘cartonear’ y empezaron a tener un trabajo fijo. En ese momento, comenzó mi compromiso”, explica. “Nunca, desde que empecé con el proyecto, pensé en hacer otra cosa o en mandar un CV a otro lado, no se me pasó por la cabeza”, remarca.
“María, por ejemplo, llegó con el carro lleno de cartón y con su hijito. Nos dijo que no podía trabajar más de cartonera, que le dolía todo cuerpo, que se enfermaba seguido y me dijo: ‘Por favor ayudame, yo hago lo que sea’. Así empezó a trabajar con nosotros. Un día fuimos con ella a un canal, para una entrevista. Ahí le preguntaron si sus hijos seguían ‘cartonenado,’ a lo que respondió: ‘No, desde que tengo trabajo, ellos ya no están más en la calle, ahora pueden ir a la escuela y estudiar”. Esta anécdota que nos cuenta José, grafica la razón que lo mueve a seguir trabajando, día a día, para llevar adelante su sueño de sacar a María, y a otras tantas mujeres, de la calle y la miseria. Ilustra, además, el impacto social que Mediapila logra al darle trabajo a estas madres, haciendo posible, según sus palabras, “un mundo más justo” y con un futuro más promisorio para sus hijos.

Para saber más
www.mediapilapais.com.ar