Once meses atrás, los treintañeros Sofía y Nicolás coincidieron en que tres años de novios eran suficientes para abandonar la comodidad de sus hogares de solteros y animarse a la aventura mayor: la convivencia. Mientras recibían las felicitaciones de sus familiares y amigos, ellos hicieron las cuentas respectivas y alquilaron un modesto, pero acogedor departamento.
Durante su nueva realidad, Sofía y Nicolás no comieron perdices ni se acostaron sobre un lecho de rosas. De hecho, el puntapié de la nota que usted está leyendo en este preciso instante lo dio nuestra protagonista, que exclamó, cargada de preocupación (aunque también con un dejo de humor): “No estoy arrepentida de haberme ido a vivir con mi pareja, y es más, nos vamos a casar, ¡pero cómo extraño mis momentos de soledad!”.
Antes de continuar, no se preocupe: Sofía y Nicolás siguen caminando la vida de la mano, pero la frase de ella despierta el debate sobre aquellos que reclaman más espacio y menos compromiso, pero que, a su vez –y aquí la paradoja–, no quieren estar ni sentirse solos. La polémica podría ahondarse si adherimos a la cuestión a aquellos que se divorcian al poco tiempo de casados. Una tendencia lamentable que se suscita tanto en la Argentina, como en el resto de América y en Europa.
“Es natural, entendible y esperable que extrañemos las épocas en las que hacíamos y deshacíamos a nuestro antojo, y armábamos nuestro tiempo como nos placía. Convivir no es una tarea sencilla, ya que implica enfrentarse a circunstancias que van más allá del amor”, arroja María José Elías, médica psiquiatra y psicoterapeuta, docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En la misma línea, la psicóloga Lidia Bequer, autora de Atrévete, secretos de coaching para transformarte y expandirte, explica: “Cuando las personas comienzan a convivir, pareciera que olvidan las ocasiones agradables y divertidas que compartieron durante el noviazgo. Entonces, surgen los quiebres. Pero ¿qué es lo que ocurre realmente? Cada uno de ellos trae a la convivencia creencias, pautas de vida y una educación familiar. Con todo ello, impregnan el vínculo. Desde estos paradigmas es que se hacen una idea de cómo desean que sea su pareja. Así construyen una imagen del otro, pretendiendo que esa persona sea tal cual ellos quieren –por lo general, ‘igual a mí’–. A partir de esas creencias, cuando buscan establecer las reglas para convivir (desde cómo utilizar el dentífrico hasta cómo distribuir la economía), le hablan a la imagen y no a la persona real. El suponer qué piensa el otro o fantasear sobre sus aspiraciones provoca malos entendidos. Cuando uno ansía que el otro se maneje con nuestros mismos pensamientos, percepciones, criterios y valores, y esto no se da, aparece la decepción, se desvanecen las expectativas y se quiere recuperar el espacio propio”.
Los expertos analizan los dimes y diretes de la convivencia y concuerdan en que en primera instancia, se idealiza al compañero y se niegan sus defectos, que la sexualidad se empieza a espaciar cuando culmina lo novedoso y que la invasión de espacios hace que se añore no tener que rendirle cuentas a nadie. Sin embargo, insisten en remarcar que si bien pueden existir etapas de desencanto, es necesario transitarlas porque lo venidero será más sólido y profundo.
El respeto por la individualidad
Últimamente, con el afán de evitar el desgaste que trae aparejada la rutina y de proteger el sentimiento, se hicieron cada vez más frecuentes las “parejas cama afuera”. “Lo mejor es no convivir hasta que pase el período inicial de enamoramiento, que nunca es menor a un año. Recién allí, podremos darnos cuenta si el otro es una persona que, efectivamente, nos interesa para edificar un proyecto”, asevera la psicóloga Patricia Faur, especialista en dependencias afectivas y autora de libros como Amores que matan, Sospechas verdaderas y Amores fugaces. “¡¿Cómo no vamos a poder vivir en una misma casa?!”, se pregunta Faur. “Sólo que hay que dialogar, y mucho, sobre cómo se hará con el dinero, con el orden, con la comida y con los horarios. Hay que respetar a ultranza la individualidad: el otro necesita su propio universo para sus quehaceres, su familia y sus amigos. Lo que sucede es que, hoy por hoy, nadie quiere renunciar a nada; algo imposible si se quiere formar una buena pareja”.
Por su parte, Bequer sentencia que las relaciones amorosas son las más difíciles de satisfacer (además de ser el más intrínseco de los lazos interpersonales). Para la psicóloga, la problemática central de las “parejas cama afuera” está íntimamente ligada con la dificultad para congeniar. “La intimidad no se traduce tanto en intensidad, sino en el grado de satisfacción mutua del vínculo, del desarrollo personal y del respeto por la privacidad. La pareja demanda más que amor, cariño y afabilidad para ser estable y perpetua. Requiere del precio del compromiso, de la confianza y del anhelo de relacionarse”.
La convivencia no es, ni debe ser, sinónimo de asfixia, ahogo o pérdida de autonomía. Que dos personas “hablen diariamente el mismo idioma”, como escribió el cantante y compositor mexicano Armando Manzanero, no es una meta inalcanzable. Para Bequer, resulta imperioso diferenciar “lo tuyo, lo mío y lo nuestro”. Al respecto, Elías agrega: “La convivencia supone la voluntad expresa y decidida de compartir la cotidianeidad con el ser elegido. Esa idea no tiene porqué estar asociada a la sensación de que nuestros espacios de desarrollo –social, laboral y personal– se irán acotando o reduciendo a su mínima expresión”.
Hacer posible lo que aparenta imposible
“Hacer todo lo que quiero, cuando quiero y de la manera que quiero”. Eso es lo que Sofía dice que perdió. Y es cierto que lo perdió, ya que cuando uno se embarca en una relación, el libre albedrío perece. De cualquier forma, esto no conlleva la renuncia al bellísimo sentimiento de la libertad. Para ello, sostiene Faur, hay que entender que la pareja es una construcción de un vínculo y eso, de por sí, ya es una elección (que puede no tomarse si se prefiere). “No se puede pretender estar en pareja y vivir como cuando se estaba solo. Hay cosas que cambian inexorablemente –defiende la especialista–. Los días de salida con amigos se tienen que consensuar, los espacios se tienen que negociar y algunas actividades habrá que dejarlas de lado, porque lo más importante, sobre todo en los primeros años, es cimentar la confianza”.
Bequer aporta algunas pautas para azuzar la satisfacción en una convivencia: saber comunicarse; sostener una actitud de conquista y seducción diaria; compartir las propias emociones y comprender las del otro; aceptar los deseos de la otra persona; negociar cuando surjan discrepancias (perder individualidad para ganar en pertenencia); diferenciar los reclamos de las críticas y mantener las aficiones y los círculos de amistades.
Para llegar a acuerdos mutuos y abrazar la paz y la tranquilidad, las personas deben incorporar a su ADN la posibilidad de perdonar y de dejar atrás los resentimientos. “La resignación es el estado emocional que hace imposible lo posible. La ambición, en cambio, es el estado de ánimo que nos permite abrirnos al mundo de posibilidades que tenemos por delante”, alecciona Bequer.
Faur, por su parte, ensaya una reflexión en la que reconoce que, en la actualidad es difícil aunque no utópico, pensar en un amor “hasta que la muerte los separe”. “Las mujeres, por ejemplo, ya no permanecen al lado de quien no aman, aunque eso les simbolice tener que regresar a un relegado mercado laboral. Su posición económica y profesional es muy diferente a la de antaño –asegura–. Asimismo, la sociedad posmoderna es la sociedad de lo efímero, del aquí y ahora. No apuesta demasiado al futuro, y los jóvenes no toleran ni la frustración ni la renuncia. Es una sociedad que no ve con buenos ojos el esfuerzo y el trabajo. Y la convivencia requiere dedicación, empeño y entrega. Por lo tanto, vale la pena intentarlo, ya que no hay otra cosa que nutra tanto al ser humano como el sentirse acompañado, construyendo un vínculo que trascienda la atracción y la novedad. Al convivir, uno proyecta, crece junto al otro. Ya lo reza un proverbio: ‘Una alegría compartida son dos alegrías, y una tristeza compartida es media tristeza’”.
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