Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Cultura
El arte que no miramos
 

Vale la pena acercarse…
•Alsina 380 –Iglesia de San Francisco– Butler.
•Alsina 416 –Farmacia La Estrella– Barberis.
•Arenales 819 –Palacio San Martín– Rondenay.
•Av. Angel Gallardo 470 –Museo de Ciencias Naturales– Varios autores.
•Av. Corrientes 1145 –Galería del Obelisco –Castagnino.
•Av. Corrientes 1530 –Teatro General San Martín– Varios autores.
•Av. de los Inimigrantes y Av. Castillo –Quinquela Martín.
•Calle Lanín –Marino Santa María.
•Esmeralda 1075 –Seoane.
•Libertad 641 –Teatro Colón– Soldi.

Estilo 2009

Sobre la calle Jorge Newbery al 3500, en Colegiales, hay una pared en tonos rosados y fucsias, con un gran corazón en blanco. Es la puerta de entrada a la biblioteca para niños La Nube, y desde hace unas pocas semanas se tiñó de este color gracias a la donación de un mural de la reconocida artista española Agatha Ruiz de la Prada. El obsequio fue en apoyo del Polo Cultural para la Infancia, que desarrolla el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Inspiradas en el arte contemporáneo, el Pop Art o el surrealismo, sus creaciones, divertidas, alegres y modernas despertaron un gran interés a nivel mundial.

 
 
 
Muchos rincones de la ciudad de Buenos Aires fueron pintados por artistas de renombre. Una recorrida con ojos de experto nos permitirá descubrir obras de un valor histórico inmenso: son murales que trascienden el tiempo y las circunstancias.

La ciudad de Buenos Aires, como otras tantas ciudades del planeta, está llena de murales de artistas reconocidos y con trayectoria mundial. Sólo basta con mirar las cúpulas y techos de las galerías que uno recorre a diario. O ver, con otros ojos, esas paredes que muchas veces pasan inadvertidas entre tantos rascacielos y edificios grises. Artistas cuyos nombres recorrieron –y aún recorren– el mundo entero, dejaron plasmada su magia en ellas para trascender en el tiempo y en la memoria de los transeúntes. No hay que pagar entrada. Así, sin más, mientras uno compra ropa en un shopping o anda en un colectivo, puede tener la suerte de apreciar obras de arte invalorables.

Un dúo inseparable: arquitectura y arte
“Uno no puede planear un mural si no tiene pensado el lugar adonde lo va a colocar. Contemplado, deber formar parte de la pared”, explica el arquitecto José María Peña, ex director del Museo de la Ciudad. Quien opina lo mismo es Guillermo Roux. El destacado pintor argentino asegura que su profesión tiene una relación directa con la arquitectura, pero va más allá: “Un mural es algo permanente porque, como lo dice la palabra, está adosado al muro. Si está adosado al muro, pertenece al edificio y esto significa que hay una permanencia. Si uno se aburre, no lo puede sacar ni lo puede vender. Lo primero que hay que hacer es tomar en consideración quiénes viven en el edificio y qué público lo va a apreciar. Luego, está la relación estrecha entre la arquitectura y la pintura: la arquitectura tiene que condecir con la pintura y a la inversa. Tienen que estar unidos aunque los estilos puedan ser diferentes”.
En pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, las Galerías Santa Fe son un claro ejemplo de integración de las artes en medio de la vorágine citadina. Son imperdibles los ocho murales plasmados en los techos de estas galerías que fueron construidas en 1953, en un proyecto del empresario Roberto Noble. Entrando por la avenida Santa Fe al 1660 –también se puede ingresar por Marcelo T. de Alvear– a la izquierda, un mural de Raúl Soldi se esconde entre perchas de una conocida casa de ropa de mujer. “Antes de haber decorado la cúpula del Teatro Colón, Soldi había trabajado haciendo escenografías para cine, por eso, el tema teatral siempre fue algo que él manejaba con mucha facilidad”, cuenta Isabel Plante, licenciada en Historia del Arte y guía de Eternautas, una empresa que se dedica a organizar recorridos históricos por las calles porteñas. “Los arquitectos de las galerías convocaron a diferentes artistas para decorar este lugar. Cuando se hicieron los planos, ya estaban previstos cuáles serían los paneles dispuestos para ellos”, explica Plante. “Dicen que Soldi tenía una novia enfrente de este local, y que pintaba ese mural mientras ella lo miraba”, agrega, a modo de anécdota.
Si uno mira para arriba en la entrada, un enorme fresco del artista Juan Batlle Planas también sigue haciendo alusión a las artes, a través de figuras llanas y en colores grises y rojos. En la pared derecha, está la leyenda de las Torres de Babel, interpretada por la artista Noemí Gerstein, con un trabajo en hierro sobre una pared en tonos amarronados. “Fue una de las pocas escultoras que tuvo un reconocimiento en el país y una de las primeras obras que ella hizo con ese material”, explica Isabel acerca de la obra que concluyó en 1954.
Un poco más hacia el centro de las galerías, sorprende ver una espiral inmensa con imágenes de mujeres medievales. Bien iluminado y con colores pastel, el fresco de Raúl Soldi busca representar la actividad comercial y el consumo a través de mujeres de otra época.
Luis Seoane es otro reconocido artista que dejó plasmado su arte en estas galerías a través de Los músicos, la pintura que está en el primer pasillo de la galería comercial. El muralista español llegó al país en los años treinta y fue uno de los tantos artistas europeos que huyeron de la situación política del Viejo Mundo. “Él tenía un profundo interés por la cultura popular y por la música en general. Eso mismo busca representar en su obra”, cuenta Isabel Plante.
En medio de las Galerías hay otro enorme fresco, obra de Leopoldo Torres Agüero y de Leopoldo Presas con la temática de los cuatro elementos de la naturaleza. Y llegando a la calle Marcelo T. de Alvear, la artista austríaca Gertrudis Chale dejó traslucir su interés por la cultura del noroeste argentino y la industria textil, con la imagen de dos mujeres de tez morena y sus típicos tejidos coloridos. Al final de este recorrido, la mano de Torres Agüero vuelve a aparecer con rojos y grises simples, en un mural repleto de piratas y sirenas abstractas.

Dejar una huella
Desde siempre, el arte mural buscó reflejar imágenes de la cultura urbana. Las pinturas rupestres, los murales de la ciudad de Pompeya en Italia, los jeroglíficos del Antiguo Egipto… Todos ellos sientan precedentes obvios de este tipo de expresión artística y hay algo que todos tienen en común: un sentido de trascendencia y de permanencia en el lugar en el que fueron creados.
No todos están al aire libre necesariamente. Otros tantos quedaron “atrapados” dentro de edificios históricos, hoy transformados en residencias, en organismos de gobierno, bancos o galerías comerciales. “A veces, me pregunto si las personas que viven en esos edificios son conscientes del valor que esas pinturas tienen. Un mural, pasados los años, se transforma en testimonio de una época determinada. Es otra manera de trascender”, acota José María Peña. El destacado arquitecto dice que uno de los murales que más les gustan –aunque no le parece justo mencionar uno solo– es aquel que está en uno de los techos de la Embajada de Brasil (Arroyo 1130), realizado por José María Sert.
Desde el 2005, el lobby del edificio construido por el arquitecto César Pelli para el entonces Bank Boston –hoy Standard Bank–, ubicado a pocas cuadras de la estación de Retiro, es el anfitrión de una de las obras más ambiciosas de Guillermo Roux: un mural de doce metros de ancho por cinco de alto, en homenaje a la ciudad de Buenos Aires. “Lo más difícil de estas pinturas de largo aliento son dos factores: los costos por un lado, y por otro, la solidez y seguridad de la empresa que lo encarga de continuar con el proyecto y no dejarlo inconcluso. Es una tarea que implica mucho tiempo y compromiso”, cuenta el artista y recuerda que, junto con un equipo de tres personas, trabajaron todos los días desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche por ser un lugar muy concurrido. “Hay una relación entre los habitantes del edificio y las pinturas. En una pared así, donde pasan cerca de tres mil empleados todos los días, esas imágenes, en lo posible, no tienen que ser abrumadoras porque, si no, resultaría insoportable a la vista. No es una pintura que uno va a ver un día, sino que lo va a hacer a lo largo de un tiempo”, explica Roux.

Sin tiempo ni espacio
Quien también homenajeó a la ciudad de Buenos Aires, y lo dejó plasmado en la pared de un edificio sobre la avenida Figueroa Alcorta, fue el pintor uruguayo Carlos Páez Vilaró. Carlos Gardel, el Obelisco y el fútbol, entre otros íconos, conviven en una pintura que suele pasar inadvertida para muchos.
Sobre la calle Corrientes, en la Librería Losada, Juan Carlos Castagnino hizo su Homenaje al cine; en la calle Esmeralda, Sert dejó plasmado su arte en la entrada de un edificio; y siguiendo otro camino, el de testimoniar la vida, los colores, el trabajo y la gente del puerto del Riachuelo (en el barrio de La Boca), Benito Quinquela Martín pintó una serie de murales que hoy se aprecian en la Escuela Museo Pedro de Mendoza, en el Teatro de la Ribera y en otros lugares públicos, como el ex edificio de Obras Sanitarias de la Nación, en Marcelo T. de Alvear y Av. Callao.
En 1946, Taller de Arte Mural, un grupo formado por Juan Carlos Castagnino, Antonio Berni, Demetrio Urruchúa, Lino Enea Spilimbergo y Manuel Colmeiro, realizó los frescos de la cúpula de las Galerías Pacífico, que aún persisten y es uno de los conjuntos murales de mayor significación y envergadura en la ciudad.
“La realización de una obra trasciende el hecho histórico de un momento dado y lo que queda es la obra en sí. La lección es lo que vale, es la obra. No hay tiempo ni circunstancias para el arte”, concluye Guillermo Roux.
Cientos de paredes y techos de la ciudad se escabullen en las calles, con firmas de destacados artistas.