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Entrevista
Iñaki Urlezaga “Nunca me interesó convertirme en un personaje”
 
 

Un espectáculo de lujo
“La Traviata” se estrenó con rotundo éxito hace apenas unos días en el Teatro Provincial de Salta. Iñaki en el rol de Alfredo, es acompañado por la primera bailarina Eliana Figueroa en el personaje de Violeta y 150 bailarines más del Ballet Concierto. La dirección general de la obra también lleva la firma de Iñaki, y la dirección musical es del maestro Luis Gorelik junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Salta. Esta opera de Verdi, se verá los primeros días de diciembre en el Teatro Coliseo de la ciudad de Buenos Aires.

Un artista consagrado

Iñaki Urlezaga comenzó sus lecciones de danza desde muy chico en La Plata, su ciudad natal. Al tiempo, ingresó al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón de Buenos Aires, y gracias a su promedio (10), ganó una beca de perfeccionamiento en The School of American Ballet. Su carrera profesional comenzó en 1991 como Primer Bailarín del Teatro Argentino de La Plata, y ya en julio de 1993, ingresó por concurso internacional al Teatro Colón de Buenos Aires, donde asumió la categoría de Primer Bailarín. Dos años después, se unió al Royal Ballet de Londres, y como Primer Bailarín de la compañía se presentó desde 1995 y hasta 2005 en todas las temporadas anuales del Covent Garden Royal Opera House. En octubre de 2005, llegó como Principal Guest Dancer del Dutch National Ballet (Holanda). Su enorme carrera artística lo llevó a presentarse en los más importantes escenarios y festivales del mundo y también lo hizo merecedor de grandes premios. En el 2006, Iñaki fue la figura elegida para cerrar la
temporada de danza en el Teatro Colón de Buenos Aires, hasta su reapertura.

 
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Comenzó a bailar desde muy chico y logró consagrarse dentro y fuera de nuestro país. Creó su propia compañía, despliega su arte por los escenarios más importantes del mundo y siempre ocupó primeros lugares en reconocidos ballets internacionales. Hoy presenta La Traviata, un proyecto ambicioso. Con ustedes, Iñaki Urlezaga, un hombre con alas en los pies, pero que no se la cree.

Habla bajo, aunque algo apresurado. Mira firme a los ojos, es claro y directo en lo que dice y pareciera escaparle siempre al romanticismo de la vida y de su profesión. Iñaki Urlezaga tiene los pies sobre la tierra, contrariamente al vuelo que despliega cuando baila. Con 32 años y varios kilómetros, escenarios y festivales recorridos, siempre busca ir por más. Ahora tiene un nuevo proyecto entre manos, un evento artístico que lo llena de adrenalina, pasión y entusiasmo.

–¿Cómo nace la idea de convertir la ópera “La Traviata” en ballet?
–Hace muchos años, cuando vi la ópera, me quedé impactado con su riqueza musical y con la potencia de su historia, e intuí que era una pieza que podía ser llevada al ballet. En ese momento era sólo una idea muy romántica de mi parte, pero fue algo que me quedó dando vueltas en la cabeza. El tiempo pasó y fui tomando conciencia de que podía ser un proyecto artístico hermoso. Llamé al maestro Luis Gorelik, y juntos la fuimos delineando.

–¿Por qué elegiste estrenarla en la ciudad de Salta?
–Porque Luis dirige la Orquesta Sinfónica de Salta y nos pareció que estaba bueno empezar allá con este hecho artístico tan lindo y llevarlo después a Buenos Aires. Todo siempre empieza en Buenos Aires y después llegan las giras por el país. Esta vez no.

–Vos siempre te ocupás de recorrer todo el país llevando el ballet.
–Sí, sí, me gusta. Hay muchísimos artistas que, después de verte bailar, deciden armar la valija y partir hacia Buenos Aires para estudiar, para perfeccionarse. Despertamos vocaciones, conciencias artísticas. Nunca sabés adónde le pega a cada espectador. Me ha pasado mucho que me digan: “Gracias a que te vi bailar descubrí mi vocación”. Y no sólo en un bailarín, sino también en un escenógrafo, un diseñador de luces, un maquillador.

–Debe ser un momento muy fuerte, ¿no?
–Es muy lindo, muy gratificante. Creo que es la función más importante que tenemos los artistas. Pasa lo mismo cuando escuchás la letra de una canción y sentís que la vida se te ilumina, que habla de vos y te esclarecés.

–¿Cuál fue tu “luz guía”? ¿Qué o quién hizo que vos te dedicaras a la danza?
–Yo comencé demasiado chico como para tener conciencia de eso. Empecé a bailar en un andador. Cuando era chico y mi mamá se iba a trabajar, me dejaba en la casa de mi abuela. Allí, en la parte de atrás de su casa, había un estudio de danza y mi abuela me llevaba para que yo me entretuviera mirando. Indirectamente, me lo impusieron. No tengo mucho registro de cómo se fue dando todo hasta que llegué a la escuela del Teatro Colón. Ahí tomó cuerpo, empezó la disciplina, me trataban de “usted”. Entendí lo que era el rigor.

–Siempre se habla de la danza clásica como una actividad muy rigurosa.
–Es que es así. Es una carrera muy estricta, sin disciplina no hay nada. Eso de la bohemia es un mito.

–¿Sos también tan riguroso en tu vida cotidiana?
–¡No, para nada! Soy sagitariano, muy volado, un despiste total. ¡Un desastre!

–¿En qué cosas lo vivenciás?
–En todo, a toda hora del día, ¡siempre! (Risas). Dentro de ese caos, yo me entiendo, funciono. Eso no quiere decir que esté bien, ¿eh? En cambio, a la hora de trabajar, soy la pulcritud, la corrección y la obsesividad personificadas. Muy puntilloso.

–¿Qué es lo más sacrificado de ser un bailarín clásico?
–Es una carrera muy efímera, todo pasa muy rápido. Eso es terrible e ingrato. Si no estás en el lugar preciso en el momento justo, o no lo aprovechás, se te fue. Veinte años de vida útil para una existencia de noventa no es nada. Empezás de muy joven, cuando no estás resuelto en un montón de cosas, y todo te hace tambalear. Te vas endureciendo con los años. Yo creo que recién a los treinta lográs la gran madurez como artista y como hombre y a los cuarenta o cuarenta y cinco se viene el retiro.

–¿El retiro es un tema que te conflictúa?
–Yo sé que ese momento me va a llegar –como a todos nos llega la muerte–, pero no vivo pensando en el retiro. Disfruto mucho el día a día. Cuando esto haya pasado, estoy seguro de que todo lo que me tocó vivir, no va a haber sido en vano. Está perfecto que mi vida pase a otro eje. Yo no me aferro a nada ni a nadie. Creo que lo mejor que uno puedo tener es la libertad absoluta de ser fiel sólo a uno mismo y entender que en esa vida todo termina en algún momento. Cuando ya no esté bailando, igualmente me voy a despertar todas las mañanas y seguiré respirando.

–Nada de dramatismo entonces.
–¡Cero! Esto es muy raro de encontrar en un artista, porque lo nuestro siempre es puro drama, pura visceralidad. Yo soy muy visceral, pero entiendo que cuando algo no es, no es. No ando con vueltas, acepto la realidad como se presenta.

Yo, creador

–En el año 2000, creaste tu propia compañía llamada Ballet Concierto. ¿Qué te llevó a eso?

–Básicamente, fue por una necesidad artística, una necesidad de proyectarme. Yo no existiría si no tuviera una compañía donde volcar o desarrollar mis influencias, mis obsesiones… Es el espacio en el que puedo mostrar lo que tengo ganas de mostrar, lo que me gusta, donde puedo darle a la gente lo mejor de mí.

–¿Qué tal sos como director?
–Soy una persona que genera mucha libertad. A mí me interesa muchísimo la expansión personal de cada uno, bajo ciertos límites y restricciones. No me quedo enroscado en lo chiquitito. Me gusta que mi gente esté bien encaminada, pero después que caminen solos.

–¿Pero, generalmente, tenés buen feed-back con tus bailarines?
–A veces sí, a veces no. Depende de mí, depende de ellos, del día, de la situación. Hay ballets que son más fáciles de hacer, donde el trabajo es más liviano y la relación fluye, y otras veces donde hay que apretar las tuercas y la relación toma otro rumbo y cobra otra intensidad.

–¿Cómo se juega en vos el ser siempre protagonista?
–Yo no soy la típica estrella que siente que todos están por debajo de ella. No tengo esa inseguridad, al contrario. Cuanto mejor se vea el conjunto y mejor se vea la bailarina que me acompaña, todos ganamos. El espectáculo gana en fuerza, en peso. El público también sale ganando.

–¿Existe un público mejor, más agradecido, más atento?
–En Argentina, siempre hay un público ávido de ver ballet. Con el Teatro Colón cerrado y con políticas que no impulsan la danza, siempre tenemos un público que busca que pase algo. Yo siempre me he sentido muy apoyado por la gente de mi país.

–¿Presentarte en lugares al aire libre, con entrada libre y gratuita, es una manera de agradecer?
–Es una manera de devolverle a la gente todo lo que me ha dado. Cuando te va bien, hay que agradecer. La vida es un ida y vuelta constante y yo siento que nací para dar. Me hace muy bien mantener ese flujo constante con la gente.

–¿Cómo te pegan las críticas?
–Yo no hago una obra para que sea bien aceptada por la crítica. Vuelco un deseo personal y profesional y, después, quien quiera tomarlo como algo regular, bueno o muy bueno me tiene sin cuidado. No hago nada para que sea exitoso. La crítica no cambia mi opinión sobre mi trabajo, ni determina mi pensamiento como artista. Lógicamente, puedo aprender de una crítica constructiva, pero si yo considero que mi producto es bueno y al crítico no le gustó, está todo bien.

–¿Cómo es estar de gira casi todo el tiempo, con una agenda muy apretada?
–Yo me siento como cualquier chico de 33 años.

–¿Como cualquier chico de 33?
–Obviamente que, a nivel laboral, llevo una vida más agitada, más viajada, pero siento y me duelen las mismas cosas que a cualquier ser humano. Yo no estoy montado en la vida que llevo, nunca me la creo. No vivo en una burbuja ni nací en un hotel de 5 estrellas. Vengo de una familia humilde y trabajadora.

–¿Y respecto de los vínculos, los amigos?
–Si puedo cancelar algo para estar en un cumpleaños o en un evento familiar, lo hago, pero hoy por hoy, me ajusto mucho a mi carrera. Como te dije al comenzar la charla, esta es una profesión muy efímera.

–Decís que nunca pensás en tu retiro, ¿tenés un proyecto, un sueño a futuro?
–Me gustaría llevar una vida más tranquila, en un lugar cerca del mar, rodeado de naturaleza. O sea, llevar una vida que yo pueda manejar a mi antojo, sin las presiones de una agenda.

–¿En qué momento sentiste que Iñaki Urlezaga se volvía una marca registrada?
–Yo no lo siento así. Siempre trabajé para la parte interna de esta carrera. Hice carrera adentro de los teatros y me siento muy respetado en el mundo artístico porque así lo busqué. Nunca me interesó convertirme en un personaje para el afuera. La gente reconoce mi trabajo, me va a ver, pero no siento que además haya un personaje armado.

–¿Sentís el peso de ser el único bailarín argentino que continua impulsando el ballet en nuestro país?
–A ver, yo nunca me sentí inferior a nadie. Hace dos años, cuando Bocca aún estaba bailando, él era mayor y yo seguía detrás. Ahora quedé yo solo, y luego vendrá alguien detrás de mí. Es tan simple como eso. Los ciclos lógicos de la vida.

–Iñaki, ¿cuál es tu idea del éxito?
–Para mí, ser exitoso es estar satisfecho con uno mismo teniendo, también, la aprobación de los demás. Sentirse acompañado en lo que uno elige hacer es el verdadero éxito, ese es el triunfo que nunca se evapora.

 
Por Sebastián Fernández Zini. Fotos: Macarena Otero y gentileza prensa Iñaki Urlezaga. Agradecemos al Panamericano Buenos Aires Hotel (011) 4348-5000