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Bienestar
“Los genes no siempre determinan tu destino”
 

Proyecto genoma humano
Fundado en 1990 por el Departamento de Energía de los Estados Unidos y dirigido por el genetista James Watson, el proyecto tuvo como principal objetivo la decodificación del genoma humano. La idea era analizar la secuencia de ADN de un ser humano y tratar de identificar qué rol juega cada uno de los genes que la integran.
“Los genes son como sílabas que constituyen el gran libro de la genética humana”, explica Eva Serafin, presidenta de la Sociedad Argentina de Genética Médica y especialista
en Genética del Cemic. “El hecho de que comprendamos cada sílaba no implica que terminemos de entender el libro, pero ayuda”. Durante trece años, los científicos del Proyecto Genoma Humano se abocaron a la difícil tarea de intentar comprender las sílabas. En el 2001, presentaron un primer borrador y dos años después, el mapa genético humano completo. Fue un día histórico para la ciencia y, desde entonces, la medicina preventiva no volvió a ser lo que era. La posibilidad de detectar enfermedades antes de que se manifiesten revolucionó las vidas tanto de médicos como de pacientes. Watson, uno de los impulsores del proyecto, fue uno de los pocos a quienes se les decodificó el mapa genético completo. Quiso saber todo sobre sí mismo, pero con una excepción: prefirió que no le dijeran si era propenso al Alzheimer.

Pelear contra el Alzheimer

Un estudio reciente de la Universidad de California estableció que ejercitar la mente todos los días –con un crucigrama, un problema de ingenio o un ejercicio de memoria– puede hacer milagros para prevenir el Alzheimer. Gary Small, el especialista en neurología que dirigió el estudio, denominó a este tipo de ejercicio “aeróbics de la mente”. Ya existía algo de evidencia en este sentido. Una investigación del Johnny Orr Memory Center en Iowa estudió el resultado de las autopsias de un grupo de monjas católicas y comprobó que algunos de sus cerebros habían sufrido lesiones relacionadas con el Alzheimer. Lo llamativo del caso era que ninguna de las monjas había presentado síntomas de la enfermedad durante su existencia (el más común es la pérdida de la memoria).
Robert Bender, director del estudio, lo atribuyó al estilo de vida que llevaban: “Dedicaban su vida a la meditación y el estudio, seguían una dieta baja en grasas y tenían fuertes lazos sociales con otras monjas”. Todos estos factores, concluyó el estudio, habían evitado el deterioro de sus cerebros.

 
 
 
Varios estudios demuestran que una dieta equilibrada y algo de ejercicio pueden vencer a la genética y hacernos “zafar” de las enfermedades a las que nuestros genes nos predisponen. Cómo saber a qué nos enfrentamos y qué hacer para inclinar la balanza hacia el lado de la salud.

Los adelantos que se produjeron en el ámbito de la genética fueron de los más importantes de la última década. La decodificación del genoma humano (ver recuadro) abrió la puerta a millones de posibilidades que hasta hace unos años eran impensables. Entre ellas, la de prevenir enfermedades antes de que se manifiesten y mucho antes aún de que aparezcan los primeros síntomas.
Hoy, un análisis genético puede determinar si uno es propenso a sufrir un ataque cardíaco; si tiene altas probabilidades de padecer cáncer de pulmón, de mama o de páncreas; o si es un potencial blanco fácil para el Alzheimer.
¿Para qué sirve esta información? Es útil porque proporciona la oportunidad única de enfrentar a la enfermedad de la mejor manera posible: previniéndola. Hay posibilidades de hacerse chequeos más frecuentes, intentar llevar un estilo de vida más saludable o hasta recurrir a métodos más drásticos (como una cirugía) que garanticen mayores probabilidades de éxito en la batalla contra los propios genes.
En el primer mundo, por ejemplo, ya hay casos de mujeres que se sometieron a una mastectomía, a cambio de la tranquilidad mental de saber que no tendrán que luchar contra el cáncer de mama al que sus genes las predisponen.
No siempre se tiene la posibilidad de elegir ese camino. Quienes corren riesgo de contraer diabetes, un ataque cardíaco o un accidente cerebrovascular no encuentran solución en una cirugía. En estos casos, la lucha es día por día, batalla por batalla: contra el huevo frito que elijen no comer, contra la adicción de la que logran desprenderse y contra las horas de ocio que sacrifican para dedicarlas al gimnasio, a hacer yoga o a aprender a meditar.
A nuestro favor, no obstante, hay muchísimos estudios que demuestran que los genes no necesariamente determinan el propio destino y que llevar un estilo de vida más saludable es, para muchos, el camino hacia la salud.
En esta nota, hablamos con varios especialistas para que expliquen qué hacer con la información que tenemos acerca de nosotros mismos.

¿Genes = destino?
El primer paso es analizar la historia familiar. Si, por ejemplo, varios parientes cercanos son diabéticos, es posible heredar los genes que determinan la propensión a la enfermedad. A partir de este hallazgo, se podrá decidir, junto a un médico genetista, si es necesario someterse a un estudio específico.
En los países desarrollados muchos laboratorios ofrecen un estudio que analiza la predisposición a sufrir las cien enfermedades más frecuentes estadísticamente. Pero como es un estudio caro la mayoría de los pacientes del país opta por analizar sólo su predisposición a sufrir la enfermedad más recurrente en su historia familiar.
Es, de hecho, lo que recomienda Eva Serafin, presidenta de la Sociedad Argentina de Genética Médica y especialista en Genética del Cemic, porque considera que el estudio más amplio “puede generar muchas fantasías”. “El paciente se hace el estudio porque quiere saber si es propenso a sufrir cáncer de pulmón, le responden que no, pero le dicen que podría desarrollar ceguera de Leber”, una enfermedad bastante infrecuente, ejemplifica Serafin.
Tomado a la ligera, un resultado de este tipo puede generar mucha paranoia. Sobre todo, si no tenemos la información suficiente como para comprender que el hecho de que nuestros genes nos predispongan a sufrir cierta enfermedad no significa que, indefectiblemente, la desarrollemos en el transcurso de nuestra vida. “Toda enfermedad tiene un porcentaje de carga genética, un porcentaje de carga ambiental y un porcentaje de factor emocional”, explica la especialista. O sea que nuestros genes son sólo una parte de la ecuación.
Lo que está claro es que saber contra qué pelea cada uno permite hacerlo de manera más inteligente. Quienes tienen predisposición a ser diabéticos deberán cuidarse más con las comidas, quienes quieren evitar un infarto deberán hacer ejercicio y quienes podrían sufrir cáncer de riñón deberán hacerse controles más frecuentes.

Con el corazón en la boca
Un estudio reciente, cuyos resultados fueron anunciados en el marco del Congreso Cardiovascular de Canadá a fines de octubre del corriente año, demostró que –en la gran mayoría de los casos– un estilo de vida saludable es más fuerte que la genética y puede salvar del infarto a numerosos pacientes con riesgo cardiovascular.
“El ambiente casi siempre triunfa sobre la genética”, afirmó Robert Hegele, director del laboratorio de genética cardiovascular del Robarts Research Institute. “Los ‘malos genes’ no son una sentencia de muerte”, agregó el especialista. El estudio que llevó a cabo su laboratorio determinó que hábitos saludables, como comer bien y hacer ejercicio, pueden evitar un ataque cardiovascular, incluso en las personas genéticamente predispuestas. “Los tests genéticos ofrecen –cada vez más– información muy importante, pero médicos y pacientes siguen teniendo las herramientas para actuar sobre los genes”, explicó.
¿Cuáles son estas herramientas? “Son básicamente tres –responde Alberto Alves de Lima, cardiólogo del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires y coordinador del área de docencia–, No fumar, comer esencialmente frutas y verduras y hacer ejercicio físico de manera regular”. Son hábitos importantes para todos, pero deberían ser prioritarios para quienes tienen riesgo cardíaco.
Con respecto al cigarrillo, Alves de Lima recomienda “no fumar nada, ni poco ni mucho” porque los efectos del tabaco dependen de cada organismo. Con respecto a la dieta, lo ideal “es comer esencialmente frutas y verduras, y hasta 150 g de carne (de un corte magro) por día”. En cuanto al ejercicio, hay que hacer un mínimo de 20 minutos de ejercicio aeróbico por día (como caminar), aunque lo ideal es alrededor de una hora.
Además de estos factores “controlables”, hay toda otra serie de variables que influyen sobre el riesgo cardiovascular. Estados de estrés crónico (por una situación que no podemos ni logramos resolver) o de estrés agudo (por la muerte de un familiar cercano o la separación de la pareja) pueden dañar al corazón y poner al paciente en riesgo. La idea “es estar lo mejor preparados posible para enfrentar este tipo de situaciones”, afirma Alves de Lima.
¿Cómo nos preparamos? Un estudio de la Universidad de Yale, en los Estados Unidos, demostró que practicar yoga y meditación, por lo menos tres veces por semana, reduce en forma significativa las probabilidades de padecer una enfermedad cardiovascular. El estudio estableció que estas prácticas reducen el pulso y la presión arterial y, por consecuencia, la posibilidad de infarto, incluso, en personas consideradas en riesgo.

¿Y contra el cáncer?
Pese a que no hay demasiado consenso al respecto, algunos estudios sugieren que el yoga y la meditación también pueden ser beneficiosos en el tratamiento de ciertas formas de cáncer.
Una investigación conjunta de la Universidad de California y el Instituto de Investigación de Medicina Preventiva de los Estados Unidos, reveló que la práctica de técnicas antiestrés, combinada con una dieta equilibrada, puede tener resultados muy positivos en la prevención y el tratamiento del cáncer de próstata.
“Estudiamos los genes promotores de la enfermedad en treinta pacientes con cáncer de próstata”, relató a la revista Newsweek, Dean Ornish, director de la investigación. “Les propusimos hacer cambios radicales en su forma de vida (dieta basada en granos, frutas y verduras, treinta minutos de caminata por día y una hora de meditación y yoga) para luego volver a estudiarlos al término del programa de seis semanas”, explicó. Un mes y medio después, muchos de los genes promotores de la enfermedad se habían “apagado” o estaban inactivos. Juan Isetta, especialista en Patologías Mamarias del Instituto Halitus, coincide en que –pese a que hay poca evidencia científica que lo demuestre– una situación de mucho estrés o angustia puede desencadenar un cáncer: “Ante una situación muy traumática, un paciente puede sufrir un infarto, otro hace una úlcera y un tercero puede desarrollar cáncer”, asegura.
No es que una pelea cotidiana con un familiar vaya a derivar en un tumor maligno, sino que un ambiente de mucho estrés puede tener consecuencias negativas sobre el sistema inmunológico del paciente y, por consecuencia, volverlo más vulnerable.
Es en este sentido que una vida sana puede resultar fundamental como forma de prevención, explica Florencia Inciarte, especialista en Patologías Cervicales de Halitus. “Comer bien y hacer ejercicio tienen una relación directa con la inmunología”, afirma. “En el caso del cáncer de cuello de útero, las defensas del paciente determinarán sus posibilidades de luchar contra el virus HPV que, en algunos casos, puede evolucionar hacia el cáncer”, asegura.

¿Y entonces?
Si hablamos de genética, estamos hablando de probabilidades. Un diagnóstico de riesgo de padecer una enfermedad no implica que vayamos a sufrirla sí o sí, pero el hecho de que hagamos todo “comme il faut” tampoco implica que vayamos a “zafar”. Lo que está claro, sin embargo, es que podemos hacer lo máximo posible por sumar a nuestro favor.
No hay médico sobre la Tierra que considere que tener una vida sana pueda ser perjudicial. Elegir una dieta rica en frutas y verduras y salir a caminar todos los días no trae más que consecuencias positivas. Entonces, ¿por qué seguimos sentados frente al televisor?