La fuerza moral es la columna vertebral de la cultura humana y la música es la flor de esa fuerza moral”, señaló Confucio, allá por el año 500 antes de Cristo. De las Analectas, donde figuran una serie de charlas que el filósofo chino mantuvo con sus discípulos, se desprende otra de sus máximas: “¿Queremos saber si un rei- no está bien gobernado o si las costumbres de sus habitantes son buenas o malas? ¡Examinemos su música!”. Para Confucio, la música tenía el don de llegar al corazón de los pueblos y de fomentar el afecto y la armonía en el seno familiar.
Así como Confucio teorizaba sobre la valía de la música, los griegos no se quedaban atrás cuando tildaban de “hombres musicales” a las personas que consideraban educadas y distinguidas, y de “amúsicos” a quienes la cultura les pasaba de largo. Pitágoras, por su parte, sostenía que había música entre los astros. Platón creía en el carácter divino de la música –ya que podía dar placer o sedar–y en su relevancia en la educación de los jóvenes. Para Aristóteles, en cambio, la música azuzaba dispares estados de ánimo.
Entonces, cuando en la actualidad se hace referencia a las bondades del universo de las blancas, las negras y las corcheas… no se peca de originalidad precisamente. Sin embargo, sí son noticia (y acaso muy buena) los constantes avances y las bienvenidas confirmaciones alrededor de esta rama del arte.
Jehudi Menuhin, violinista y director de orquesta ruso, era un defensor a ultranza de aquello de que “la buena música alarga la vida”. Estas afirmaciones hoy encuentran su razón de ser en los estudios que concluyen que, en ciertos casos, la música es como un baño de agua bendita para bebés, niños, jóvenes, adultos y ancianos. O sea, que si hay algo que se le puede adjudicar a esta disciplina es un espíritu bien pero bien democrático. ¿No lo cree? Pase y vea.
Neurobiología, ¿sí o no?
Diferentes informes aseveran que ritmos, armonías y melodías estimulan de tal modo diversas áreas del cerebro, que pueden ser utilizados para tratar, por ejemplo, problemas en el habla. ¿Existe una neurobiología de la música? Marcela Lichtensztejn, jefa del servicio de Musicoterapia del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y directora del posgrado de Musicoterapia del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, contesta: “En la década de los noventa, comenzó a surgir un interés particular por estudiar cómo el cerebro responde a la música. De allí en más, científicos de todas partes del mundo dedicaron sus investigaciones a aspectos vinculados con la neurobiología de la música; es decir, cómo replica nuestro cerebro al estímulo musical, y si esta sensibilidad es de carácter innato o se adquiere con los años”.
Para Lichtensztejn, la música es un fenómeno multidimensional y complejo que impacta en variados aspectos del funcionamiento humano. “No se encontró, aún, un lóbulo o sistema musical, pero sí sabemos que determinadas áreas, a nivel cortical y subcortical, se activan, coordinada y globalmente, durante la vivencia musical. La música se procesa bilateralmente –o sea, en ambos hemisferios–, ya que sus atributos (altura, ritmo, timbre, tempo, métrica, contorno, intensidad y ubicación espacial) parecen tener, cada uno, un mecanismo de procesamiento especializado”.
Las neuroimágenes muestran actividad en la corteza motora, en el área auditiva primaria, en la corteza órbito-frontal, en el hipocampo y en la amígdala. Y mediadores bioquímicos, como la dopamina y las endorfinas, tienen un rol en el procesamiento emocional de la música, porque regulan los estados de ánimo.
El vínculo entre el cerebro y la música es mucho más íntimo y asombroso de lo que se puede imaginar. ¿Usted sabía que el cerebro de los músicos no es igual que el de aquellos que no lo son? Los expertos corroboraron que los primeros presentan mayor activación de la corteza prefrontal –que media la memoria de trabajo– y de la corteza premotora medial –en la discriminación de ritmos–, además de evidenciar una disimilitud de tamaño en el área auditiva primaria.
“Investigaciones recientes dan cuenta de los cambios estructurales que suceden en el cerebro cuando la persona está expuesta, desde temprana edad, a entrenamiento musical con práctica de instrumento”, aporta Lichtensztejn. “Esos cambios se notan en sólo quince meses de práctica instrumental, por expansión o reducción de estructuras. En músicos con diez años de práctica sistemática, se observan cambios en el tamaño del cuerpo calloso –que tiene como función el pasaje de información entre el hemisferio derecho y el izquierdo–, en las fibras y en el volumen del cerebelo”.
Para la especialista, la música funciona como una megavitamina para el cerebro, lo activa globalmente, y favorece su funcionamiento y su flexibilidad emocional y cognitiva. De aquí, su indudable poder como promotora de salud y como agente de cambio en tratamientos de rehabilitación.
Innatamente musicales
Todo ser humano es sensible a la música y a sus elementos constitutivos. El hombre es un ser innatamente musical. Esa condición puede ponerse al servicio de la salud, de la calidad de vida y de las capacidades latentes.
“La música estimula el aprendizaje y favorece el mantenimiento y la recuperación de funciones que pueden estar disminuidas o dañadas”, argumenta Lichtensztejn y agrega: “Un ser humano con dificultades en el lenguaje puede llegar a cantar aquello que no puede decir. En otras palabras, tiene la posibilidad de recuperar un canal de comunicación y expresión. Por otro lado, aprender un instrumento musical, o simplemente escucharlo, promueve el desarrollo de la memoria a corto y largo plazo, el de la atención, el de la concentración y el de las funciones ejecutivas”.
Los resultados que la música produce en el cuerpo parecen ser una realidad irrebatible. Acelera o retarda las principales funciones orgánicas; despierta, evoca y robustece emociones y sentimientos; promueve la reflexión; favorece la imaginación; ejercita la inteligencia, y se emplea con pacientes psicóticos, niños autistas y adolescentes con inconvenientes de conducta.
Pero lo más llamativo es que, terapéuticamente hablando, con la música se puede tratar la hipertensión arterial, los estados de ansiedad, el estrés, la depresión o las alteraciones del sueño. “Aproximadamente, un tercio de los centros médicos estadounidenses utilizan alguna forma de terapia musical”, declara Conrado Estol, médico neurólogo, director del Stat Research. “Entre otros efectos, la música disminuye la ansiedad de pacientes internados y puede reducir la dosis total necesaria de analgésicos en pacientes con dolor. Ninguno de estos efectos positivos fue notado cuando los pacientes fueron sometidos a grabaciones con lectura de libros”.
Estol cita un estudio científico en el que consta que pacientes internados en terapia intensiva y expuestos a música de Mozart tuvieron menor secreción de hormonas relacionadas con el estrés, menor presión arterial, menor frecuencia cardíaca y una mayor secreción de la hormona del crecimiento con actividad reparadora y reguladora del metabolismo. “En un hospital de Finlandia, los pacientes con enfermedad cerebrovascular expuestos, inmediatamente luego del episodio vascular, a música seleccionada por ellos mismos, tuvieron una mayor recuperación de la memoria verbal y una menor incidencia de depresión. En un estudio australiano de enfermos con cáncer terminal, aquellos que escucharon música reportaron menor dolor y ansiedad”, continúa Estol.
Desde la panza de mamá
A partir de la semana veinte de gestación, los bebés pueden oír y captar la musicalidad y el tono de las palabras. Es más, no son pocos los estudios que sostienen que los bebés son capaces de recordar, hasta el año, aquello que escucharon en el vientre materno.
“En el Hospital Beth Israel, de Boston, la música se emplea en la terapia intensiva neonatológica”, comenta Estol. “Instrumentos que imitan los latidos cardíacos o los sonidos del vientre materno pueden tranquilizar e inducir al sueño a bebés prematuros. Con este objetivo, se toca la kalimba, instrumento africano compuesto por una caja de madera hueca sobre la que se fijan varas metálicas que definen la frecuencia a la que vibran cuando se las mueve con los dedos pulgares. Este instrumento artesanal, al igual que el didjeridoo australiano, produce sonidos naturales que evocan reflejos en los humanos, posiblemente transmitidos por vía genética”.
En los primeros años de vida, la música cumple un papel preponderante en la educación de los niños; es decir, en su progreso intelectual, auditivo, sensorial y motriz. Despierta actitudes, intereses y motivaciones, y los integra en la sociedad, ya que los colma de confianza para compartir experiencias con sus pares. “Es muy provechoso, en los primeros años de vida, aprender la ejecución de un instrumento, ya que así se mejora notablemente el rendimiento atencional y el matemático”, subraya Estol.
Hace más una década, un artículo del Journal Nature demostraba la trascendencia de la música en los más bajitos. Según la publicación, las lecciones musicales en la niñez agrandan el cerebro de quienes las reciben. ¿Por qué? Porque el área cerebral que se ocupa del análisis de las notas es un 25% más grande entre los que han incorporado esa información.
Otros que se valen de la música son los niños hiperactivos, ya que la disciplina les presenta estímulos auditivos novedosos que requieren de participación y movimiento. Asimismo, los ayuda a activar los dos hemisferios cerebrales, a aceitar su comunicación verbal, a mejorar la relación de su cuerpo con el entorno y a moderarles su nivel de excitación.
Terapia musical
Un refrán reza “quien canta, los males espanta”. Y tal vez allí resida, superficialmente al menos, el espíritu de la Musicoterapia, que tiene como objetivos la promoción, la asistencia y la rehabilitación de la salud de las personas, lo que se logra a través del abordaje y el reconocimiento de las modalidades sonoras, tanto expresivas y receptivas, como relacionales.
Aplicada a desórdenes ligados con el cerebro y el sistema nervioso –desde el dolor y los trastornos psicológicos y emocionales, hasta los daños mentales y neurológicos–, la Musicoterapia quizá encuentre sus orígenes mil quinientos años antes de Cristo (de allí datan los papiros egipcios en los que se identifica a la música como un agente capaz de “curar” el cuerpo, calmar la mente y purificar el alma).
“La música, por sí misma, no cura”, sentencian desde la Comisión de Difusión de la Asociación Argentina de Musicoterapia (ASAM). “Es el musicoterapeuta quien, a través de procedimientos específicos, evalúa el bienestar emocional, la salud física, la interacción y las capacidades de los individuos. En ese proceso, trabaja para producir cambios expresivos, receptivos y relacionales que darán cuenta de la evolución del tratamiento. En las sesiones de Musicoterapia, se utiliza música (sonido, ritmo, melodía y armonía), instrumentos musicales, grabaciones, voces y otros materiales sonoros”.
Para recibir atención musicoterapéutica, no hace falta contar con conocimientos musicales previos. Si bien desde la ASAM admiten que no existen “recetas musicales” para sentirse mejor ni para estimular funciones o habilidades específicas, explican que “la Musicoterapia persigue facilitar y promover la comunicación, las relaciones, el aprendizaje, el movimiento, la expresión y la organización. Busca satisfacer necesidades físicas, emocionales, mentales, sociales y cognitivas. En síntesis, la Musicoterapia desarrolla potenciales y restaura las funciones del individuo, de manera tal que este pueda lograr una mejor integración intra o interpersonal y, consecuentemente, una mejor calidad de vida”.
Hoy en día, hay musicoterapeutas trabajando con niños, adolescentes, adultos y ancianos, en incontables campos: discapacidades (físicas, neuromotoras, mentales y sensoriales), salud mental, educación, rehabilitación, medicina (obstetricia, cuidados paliativos, oncología), adicciones, estrés y trauma, geriatría, prácticas preventivas y comunitarias.
Para Carl Maria von Weber, compositor alemán, la música era el verdadero lenguaje universal. Para Robert Browning, poeta inglés, era el mejor antídoto contra la soledad. Para el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, la vida sin música era un error. Pero Platón dio en la tecla, ya que aseguraba que la música era para el alma lo que la gimnasia, para el cuerpo. Aunque, si se permite la osadía, habría que adaptar sus palabras a los tiempos que corren: la música acaricia al alma, pero también –y cómo– al cuerpo. |