La mañana está radiante, el cielo, de un color azul intenso, nítido y claro. Es uno de esos días en que se respira 100% oxígeno. La temperatura es la ideal, ni frío ni calor, perfecta. Los árboles, verdes, y las flores del parque estallan en mil colores. Es tiempo de primavera y todo parece acompañar este escenario. Héctor sale de su casa temprano, para ir a trabajar. Cruza el umbral de la puerta, camina un metro y descubre una baldosa apenas levantada. “Uf, qué barbaridad, me podría haber matado”, protesta, enojado. Incapaz de apreciar la totalidad del entorno, sólo observa aquello que falta o que está fuera de lugar, por pequeño que sea. Es que él, como miles de argentinos, padece de pesimismo.
“¿Cuándo se largará a llover? Esta humedad me está matando…”. “Otra vez lluvia, justo ahora que llega el fin de semana”. “Sí, lindo día, aunque ya no se puede disfrutar del sol como antes…”. Frases corrientes, comunes, de todos los días, que dejan entrever la forma de mirar el mundo. Estudios y sondeos de opinión demuestran que los argentinos prefieren ver la realidad con los lentes del pesimismo. Según el diccionario de la Real Academia Española, el pesimismo es “la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable”. Es decir, “ver la mitad del vaso vacío”.
Pesimista: ¿se nace o se hace? Es una característica cultural, o algo así como un rasgo de la personalidad de cada ser humano. ¿Cómo se le escapa a este mal? Que se abra el debate.
¿Una nación
pesimista?
Según la encuesta anual Internacional Business Report (IBR), que realiza la consultora británica Grant Thorntorn International, los empresarios argentinos se manifestaron entre pesimistas y muy pesimistas con respecto a las perspectivas económicas para este año. Esta investigación se inició en el 2003 y, año tras año, estudia las opiniones de ejecutivos de alto nivel en más de 7000 empresas del sector privado, en 36 economías. La Argentina ocupa el puesto 31 con respecto a los niveles de optimismo-pesimismo entre las 36 naciones. Encabezan el listado de los más optimistas, India, Botswana, Filipinas y Brasil. Mientras que España y Japón aparecen al final del listado –y por debajo de la Argentina– como los más pesimistas.
El co-managing partner de Grant Thornton Argentina, Enrique Langdon, explica: “Argentina disfrutó de un periodo prolongado de auge económico después de la gran crisis de principios de siglo, que se refleja en el sentimiento optimista de nuestras pasadas encuestas. Sin embargo, la crisis financiera mundial, combinada con elementos internos, como erráticas decisiones de política económica y conflictos con sectores productivos, produjeron un colapso en el optimismo empresario de los argentinos”.
Para Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, el pesimismo surge de la historia. “Un siglo atrás, el PBI de la Argentina era más de dos veces el de Brasil, y hace medio siglo era levemente superior. Ahora, el de este país es cuatro veces el de la Argentina”, fundamenta y continua: “A ello se agrega que en los últimos sesenta años, el país ha vivido doce crisis económicas y está viviendo la número trece”. Todos estos factores, sumados a las frustraciones políticas de los últimos años, convergen, según Fraga, para explicar el pesimismo argentino. “El caso opuesto es Brasil, que ha progresado significativamente, frente al retroceso relativo de la Argentina”, concluye el analista.
Orlando D'Adamo, director del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano (COPUB) coincide, en alguna medida, con la versión del pesimismo fundamentada en la historia. “Esta caracterización sociocultural está basada en una historia de decadencia económica que se ha cimentado en el imaginario social. Pasamos de ser, en muy poco tiempo, un país de inmigrantes a uno de emigrantes”. De cualquier forma, D’Adamo no cree que los argentinos sean especialmente pesimistas, sino, más bien, ciclotímicos. “Pasamos de la euforia a la depresión con mucha facilidad”, argumenta y aclara: “No obstante, es evidente que las secuelas de los desastres económicos vividos han dejado su huella, lo que nos torna, a veces, desconfiados hacia el futuro. En las etapas pesimistas –porque insisto en que somos ciclotímicos– aumenta el malhumor social y la desconfianza interpersonal”, termina al respecto.
Según D’Adamo, las encuestas, en los distintos años, fueron oscilando con respecto a las previsiones para los años venideros. “En ciertos temas son muy negativas, inseguridad por ejemplo, pero en las cuestiones económicas dependen del humor del momento”, ejemplifica. “Si las cosas están circunstancialmente bien, se proyecta algo positivo para el futuro. Por el contrario, si en el momento de la encuesta hay problemas, lo que se proyecta para el año entrante es negativo”, concluye.
Cuidado, pesimista a bordo
En el plano individual y yendo al quid de la cuestión, ¿qué significa ser pesimista? La psicóloga clínica Toti Hughes, explica: “Es un síntoma de la neurosis donde se anticipa el fracaso en las situaciones de la vida. Puede empezar con un hábito y convertirse en algo muy negativo para la persona y para quienes lo rodean. El pesimismo no surge con un fracaso, surge antes de que uno fracase, por eso es tan negativo”, remata.
Según la psicóloga, esta distorsión resulta especialmente peligrosa, y una trampa mortal, ya que la persona, cual ave del mal agüero, vaticina una situación negativa y tiende, por ende, a ella. Los pesimistas son especialmente pasivos frente a las dificultades y por eso, fracasan haciendo realidad sus malos presagios. No significa que estas personas lleven en sus cabezas “la nube de la lluvia” o que hayan nacido predestinados al fracaso, sino, simplemente, que no ponen los medios ni hacen nada a favor del éxito. “Anticipan el fracaso y van hacia él, dirigen su persona, o a otros, hacia ese lugar”, explica.
Este mal actúa como una especie de ceguera selectiva con la que las personas sólo ven aquello que falta y lo que se va a perder. “Se exagera algo negativo y se tiñe toda una situación. No tienen la capacidad de ver lo bueno, o se acostumbraron a no tenerla”, agrega. Por el contrario, “el optimista sabe con lo que cuenta, en general, disfruta de casi todo en la vida, hasta de los detalles mas pequeños. Busca ver lo positivo y es una persona que, también, contagia su buena energía”.
Este hábito negativo puede llegar a desvirtuar la realidad hasta convertirla –según la propia percepción– en una auténtica catástrofe. “Por eso, es muy importante poner límites y ser firmes ante una persona o situación así”, aclara Hughes. Establecer límites claros resulta imprescindible, no sólo para la persona en cuestión, sino tam-bién para las de su entorno, ya que “la actitud pesimista es contagiosa porque llena de negativismo todos los espacios de comunicación. Si uno convive con una persona así, se puede contaminar. Es lo que se llama un vínculo tóxico”, agrega. Por eso, tanto la mala como la buena onda –como la llaman los jóvenes– son actitudes contagiosas.
La siguiente pregunta es por qué o cómo alguien se convierte en pesimista. ¿Se nace así o se adquiere? Hughes explica que en todas las cuestiones de la salud, hay un 33% de factor genético; un 33% de factor individual de cada persona y, un 33% de las circunstancias que le suceden. “Yo prefiero poner el acento en todo lo que se puede aprender y cambiar”, destaca. Y agrega: “Por eso, es tan importante el papel de las madres, que sean personas optimistas, para que sus hijos aprendan a ser positivos. Todo ser humano –en cualquier etapa de la vida– puede mejorar, convertirse en dueño de su propia existencia y elegir mejor”, concluye.
En respuesta al mismo interrogante, Ernesto Alonso Larrégola, Psicólogo Social, profesor de la Universidad Austral, explica: “Nadie es pesimista de nacimiento. Imposible serlo. Todos tenemos suficientes reservas psicológicas y morales buenas. Es decir, razonablemente, creemos que nos irá bien en la vida. Por derecho propio, y por instinto, el hombre tiende a enfrentar las adversidades con el ánimo puesto en la obtención de la victoria, o al menos en un resultado decoroso. El pesimismo, por el contrario, es una larga historia de fracasos, reales o percibidos. Por así decirlo, uno se va acostumbrando, por el paso del tiempo, el peso de los hechos o la interpretación de esos hechos, a ver las cosas bajo la luz sombría y escéptica del pesimismo”, agrega.
Alonso explica que el pesimismo tiene una debilidad: se refiere más al futuro que al presente, y del futuro siempre se sabe muy poco. “¿Cuán cierta es la predicción de que nos irá necesariamente mal?”, se pregunta y responde: “Nadie lo sabe con certeza. Por lo tanto, el pesimismo es una especie de postizo más atribuible a nuestro estado de ánimo que a la realidad de los hechos”.
A modo de diagnóstico y posible solución, Alonso hace suyas las palabras del intelectual mendocino, Abelardo Pithod: “Los argentinos tenemos tendencia, como pueblo, a ser más bien negativos, y esto no es bueno ni saludable. Hay que reverlo para reeducarnos. Se necesita una esperanza heroica cuando la desgracia aprieta”. En un lenguaje más llano: “al mal tiempo, buena cara”, porque “no hay mal que por bien no venga”. Y, además, como dice aquel otro dicho, “no hay mal que dure cien años”. |