Dialogar. Coexistir. Aprender. Hacer la diferencia. Los conceptos no son nuevos, sin embargo, por estos tiempos lucen tan resecos y faltos de vigor, que cuando el rabino Sergio Bergman los refresca, surge una bocanada de inspiración y civismo. Él lo viene haciendo desde la debacle económica y social del 2001 ante los más diversos auditorios a lo largo y ancho del país. Y también lo hace en su último libro, Celebrar la diferencia. Unidad en la Diversidad, en el que propone al lector un desafío: “En este arco de la vida, lo maravilloso es hacer algo que marque la diferencia”.
Durante la entrevista, este dirigente comunitario de 47 años, casado y con cuatro hijos, alertará sobre la “profunda crisis de valores que sufrimos”. Sin embargo, está convencido de que el antídoto existe. Sostiene que el cambio llegará adoptando “un nuevo paradigma espiritual”, se muestra optimista de cara al Bicentenario, ya que observa “una conciencia cívica en crecimiento” y expone su visión federal del país: “Soy un convencido de que la renovación de la Nación va a venir del interior, en un doble sentido. Desde el interior del ciudadano, si se despierta de la larga siesta en la que está; y desde interior del país, de las provincias”.
–¿Cómo se relaciona su libro con su actividad diaria como referente social?
–Era un libro que yo necesitaba escribir. Es la presentación de una filosofía existencial del sentido de lo que hago. Es mi vocación y mi modesta contribución al bien común. El libro intenta aportar la forma de transitar la diferencia, para pasar a celebrarla e integrarla, en lugar tolerarla y aguantarla. Es una explicación sobre cómo espiritualidad y política se vinculan. Yo, fundamentalmente, soy un educador. Un rabino es un maestro, y el libro pone de manifiesto que todas aquellas cosas tan diferentes y, en apariencia, desconectadas que hago en mi tarea cotidiana tienen un sentido unificado que es exactamente eso: la unidad en la diversidad.
–En estos tiempos de confrontación y falta de comunicación, proponer celebrar la diferencia en la Argentina suena casi utópico…
–Nadie me lo va a creer… (risas), pero celebrar la diferencia es una posición existencial previa a la coyuntura que estamos viviendo todos los días. Estoy convencido de que este es el antídoto. Decime qué hace una sociedad con la diferencia y yo te puedo decir qué grado de coherencia y desarrollo tiene. Justamente la Argentina está como está porque tenemos una profunda crisis de valores. Nuestro problema es esencialmente cultural.
–¿Y cómo se produce el cambio?
–La manera de cambiar las cosas es a través de la educación y de la ejemplaridad. Lo que revoluciona es una evolución espiritual, no una confrontación. Nos quejamos de nuestros dirigentes, pero fuimos nosotros quienes los elegimos y también debemos hacernos cargo de lo que somos. Nos quejamos de que nos gobiernan con la caja, pero sólo reaccionamos cuando nos tocan el bolsillo. Mientras no nos tocan lo económico o a alguien cercano, dejamos que de lo público y del bien común se ocupe otro.
–En el libro hace referencia a la influencia de minorías transformadoras sobre mayorías consumidoras. ¿Cuáles deberían ser estas minorías?
–Todos los cambios en la humanidad fueron propuestos por minorías. Con esto no me refiero a un grupo de iluminados ni de elegidos. Lo cierto es que la minoría instala un paradigma alternativo que ya está instituido, hasta que en un momento, la mayoría consume el cambio. El problema es que a los argentinos no nos gusta ser minoría. Entre otras cosas, porque no sabemos celebrar la diferencia y siempre queremos ir en el carro ganador. Pero se necesita una minoría transformadora, de generaciones jóvenes, que genere un cambio cultural. Yo creo que este cambio ya se inició: el nuevo paradigma va a ser espiritual, sobre todo, porque ya estamos llegando al límite y este mundo, así como lo vivimos, no es sustentable. No resiste. La Argentina pasa por algo parecido, aunque no por una riqueza material sino por una riqueza espiritual. Estamos quebrados por la evasión cívica y por la individualidad exacerbada de querer salvarse de a uno. Si no lo hacemos entre todos, no salimos.
–En su discurso, usted suele resaltar la importancia de la trascendencia. ¿Cree que se vive demasiado en el presente y se está perdiendo la idea de trascender en este mundo?
–Bueno, este es otro de los aspectos de la alienación espiritual. Nosotros confundimos el ser con el tener; creemos que todo lo que somos es lo que tenemos, entonces nos dedicamos siempre a tener y decimos: `ahora me preocupo por tener, y cuando tenga todo lo que necesite, voy a pensar en el ser´. Eso sabemos que no es viable, porque el tener es ilimitado y nunca te conformás. El tener se basa en el paradigma del éxito, de la competencia, de la mirada de los otros. Además, el éxito no es heredable ni transferible. La alternativa al paradigma del éxito es el de la virtud: no hay una competencia para ser justos o amorosos y todos podemos serlo simultáneamente. Además, es una mirada interna, de nuestra esencia. Y es heredable, podemos recordar al que se va, cuando muere, por su virtud. Esta trascendencia se logra únicamente viviendo. Cuando uno vive con intensidad, logra trascender. Entonces, la interpelación que debemos hacernos es esa: `¿Cuál es la diferencia que voy a hacer entre que llego y me voy de acá?´. Esto se logra sólo con la conciencia. Hay que expandirla; no pasársela contestando correctamente, sino preguntando con inteligencia.
–¿Cómo ve a la sociedad argentina de cara al Bicentenario?
–Creo que si queremos celebrar, tenemos que trabajar de cara al 2016. El 2016 aún no es de nadie, o sea que puede ser de todos. Además, es cuando proclamamos la Independencia, y es la oportunidad de terminar con un país unitario y feudal, para peregrinar en una dimensión republicana, representativa y federal. Tenemos un país rico lleno de pobres. La inequidad y la exclusión nos tienen que dar vergüenza. Los pobres no son miserables; los miserables somos los argentinos, que tenemos tanto y no lo repartimos. Hay que apostar a una nueva generación. Hay que trabajar con visión para enseñarles a nuestros hijos a ser mejores. A nosotros nos dijeron `no te metas que es peligroso´, y ahora no hay nada más peligroso que no meterse. La gran nación del porvenir va a ser posible si en lugar de hacer la plancha y esperar lo que está por venir, hacemos algo para acercarlo. Es la diferencia entre la espera y la esperanza.
–¿Faltan modelos, ejemplos para seguir?
–A los modelos los tenemos, pero los despreciamos y olvidamos. Son los próceres de la patria y nuestros abuelos inmigrantes. Nosotros tenemos que volver a inmigrar a la Argentina, sin movernos del lugar físico, pero sí del espiritual. Hoy no hacen falta héroes para las batallas de la Patria. Hoy hacen falta ciudadanos que dejen de pensar en su propio bienestar y trabajen por el bien común. Todo lo que pasó nos da motivos para ser críticos y escépticos. Nuestro problema es que no podemos soñar a la Argentina a futuro. Y cuando no podés soñar, es cuando no tenés futuro. Por eso, creo que es negligente y tóxico decirles a nuestros hijos que no tenemos futuro, que no hay arreglo y que todos los políticos son corruptos. Yo soy optimista y saco la evidencia de que en la Argentina privada a la gente le va bien y es reconocida en el mundo. En lo privado hacemos política y esfuerzos para construir. El problema nuestro es lo público.
–¿Qué mensaje le daría al lector que quiere empezar a hacer una diferencia en su vida?
–Lo primero que le propondría es que no busque afuera lo que no encuentra adentro. Que no cambie todo el mundo, sino el mundo que él es. Que vuelva al reconocimiento de la plena soberanía que tenemos sobre quienes somos. Tenemos la libertad para asumir responsabilidades sobre nosotros mismos y, luego, sobre los demás. También le diría que quien vive tiene bendición, y que podemos transitar con temple y fortaleza nuestras dificultades y sufrimientos, para lograr aprender. Siempre hay que estar abierto al aprendizaje.
–Aquí entra en juego nuevamente el prójimo...
–Para hacer una diferencia en nuestras vidas se necesita de los otros, ya que en aislamiento morimos. Nos vamos constituyendo a partir de reconocer al prójimo. Se trata no de convivir, sino de coexistir. Esta vinculación hace posible el amor, y justamente, el amor es lo que nos hace trascendentes.
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