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Investigación

“Los jóvenes y la solidaridad”
 
 

Cómo encontrar tu lugar para ayudar
Por Juan Cruz Mones Cazon, director de Idealistas.org

Lo más importante es romper barreras como: "voy a esperar a tener más tiempo", "no creo que nadie necesite lo que tengo para ofrecer", "debe ser peligroso", "el compromiso debe ser demasiado grande y de largo plazo", etc. Existe para todos una alternativa que se ajusta a sus posibilidades e intereses. No importa cuánto tiempo tengan para ayudar. Hay de todo, desde dar asistencia técnica o ayudar a una organización a realizar una campaña de promoción en la web desde su casa, hasta construir casas o apoyar en actividades de acción directa con los beneficiarios. Algunas oportunidades te exigen una hora a la semana. Hay muchos que quieren aplicar sus conocimientos, otros quieren ayudar en lo que sea. Todo sirve, todo aporte es bienvenido. Lo importante es que el voluntario se enamore de la misión de la organización (o grupo solidario), que se la crea, que se comprometa y cumpla con lo acordado. Lo peor que le puede pasar a una organización es que le digan que sí y luego no cumplan. Porque se invierte mucho en inducción y capacitación. Para encontrar propuestas, les recomiendo que se registren en www.idealistas.org y que definan sus intereses. De este modo, recibirán un correo electrónico cada noche con las oportunidades de voluntariado que se publiquen ese día. Otro aspecto importante es pedir claridad respecto de lo que la organización les puede dar y qué esperan de esa oportunidad. Nada
es obvio. Hay que dejar las cosas en claro desde antes de comenzar.



 
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Mucho se habla de ellos y de su vinculación con los vicios, la noche y las actividades superficiales. Poco se dice, en cambio, de la cantidad de chicos que optan por trabajar, dar su tiempo y esfuerzo en pos de los que más lo necesitan. Aquí, la otra cara de la moneda. Historias llenas de energía, perseverancia, optimismo y amor, en el sentido más profundo de la palabra.

Repetidas veces se escucha decir que los jóvenes “están perdidos”. Se los suele asociar a la noche, al alcohol y a todo tipo de excesos. La juventud es también época de rebeldía. Por suerte. Porque precisamente esa rebeldía lleva a muchos a no conformarse con la realidad que les toca vivir. Les permite, valga la redundancia, rebelarse contra un sistema muchas veces injusto. Rebeldía que los llena de fuerza y empuje para transformar realidades y lograr, muchas veces, resultados “titanescos”. Esta es la otra cara de la juventud. La de miles de chicos que luchan, cotidianamente, con esperanza, perseverancia y, sobre todo, muchas ganas, por una Argentina mejor. Ellos son jóvenes que, con corta experiencia, pero sobradas energías para afrontar cualquier traspié, trabajan dentro de fundaciones, organizaciones civiles, religiosas, educativas o de manera independiente ocupando la mayor parte de su día en transformar y mejorar diversas realidades. Aquí historias y testimonios de amor por los demás.
Si de solidaridad se trata, Juan Carr, el fundador de Red Solidaria –la institución que funciona como un nexo entre los que tienen una necesidad y los que pueden colaborar– es sin lugar a dudas referente ineludible. Este veterinario de 47 años que en la Argentina lucha contra la desnutrición infantil cuenta que apunta a los jóvenes como fuerza para lograr un cambio. “En la convocatoria por Tartagal, por ejemplo, la catástrofe de principios de este año, se llenó de jóvenes en todo el país, muchos universitarios y de escuelas. El año pasado, juntamos tapitas para hacer una sala del Garraham y explotó de juventud, y no sólo universitarios, sino muchos adolescentes del secundario. No es novedad, ellos van a agregar este intento de transformación del mundo. Casi todo lo apuntamos allí”.
Carr explica que los jóvenes son imprescindibles cuando se presenta una necesidad, no sólo por el empuje y las ganas, sino porque son capaces de dar respuestas diferentes con una mirada nueva: “En mi vida profesional, yo he aprendido a combatir el hambre, que las personas no se mueran de frío en invierno, cómo mejorar la distribución de los medicamentos de HIV Sida. Yo miro la realidad de una manera y sé dar una respuesta. Más por viejo que por sabio sé muchas cosas. Pero la realidad muta, cambia todo el tiempo y necesita nuevas miradas y respuestas. Yo respondo de determinada manera cuando, por ejemplo, a una persona sola le cortan el gas, sé qué hay que hacer, pero también es cierto que debe haber muchas otras miradas y soluciones que las tienen los que nunca miraron, participaron. Los nuevos, los jóvenes”.
Según sus palabras, los jóvenes que colaboran en la red son muchísimos. “Y cuando hay que ‘ganar la calle’ por temas muy distintos, como la gente que duerme en las veredas en invierno, los accidentes de tránsito, un recital donde se junta comida para un comedor, la movilidad es definitivamente joven, de un 80% estimo. Mi búsqueda personal es hacia ellos. Hace poco hice un viaje a Mendoza de 22 horas ida y vuelta, para encontrarme con 30 jóvenes universitarios de todo el país, de promedio 24 años”, concluye.
En concordancia con las palabras de Carr y apostando a la juventud, el director de la Red Solidaria en la Argentina tiene 25 años. Manuel Lozano es abogado y entró a trabajar en la red a los 19. “Los jóvenes, hoy en día, cumplimos un rol fundamental. En la red he visto a ciento de jóvenes comprometerse. Se suele escuchar que la juventud ‘está en otra’, que ‘está perdida’. Y no es así. Los jóvenes son, en muchos casos, los primeros en responder cuando se los convoca. A veces, hacen falta convocatorias más concretas, pero cuando estas oportunidades existen, ellos siempre tienden una mano. Hay una nueva generación que entiende que somos los responsables de cambiar esta realidad que vivimos”, explica. Y ejemplifica: “hace unos días se realizó la Colecta Nacional de Alimentos de la Red Argentina de Bancos de Alimentos, participaron más de 3000 voluntarios y, en su mayoría, eran jóvenes. En octubre, Un Techo para mi País realizó una de sus construcciones masivas y participaron 1600 jóvenes”. Convencido y esperanzado, finaliza: “Es mi generación la que logrará mejorar este mundo. Recorrer el país, poder charlar, conocer y ver lo que los jóvenes actualmente están realizando me lo confirma”.
Idealistas.org es otra organización referente en temas de voluntariado y solidaridad. Juan Cruz Mones Cazon (35), su director, la define como “una red global de personas que buscan o generan oportunidades de acción y colaboración, para alcanzar un mundo donde todos podamos vivir libre y dignamente”. Con respecto a la participación de los jóvenes cuenta: “Recibimos miles de pedidos de jóvenes que desean participar, involucrarse, donar su tiempo como voluntarios. Muchos no saben cómo pasar de la intención a la acción y ahí aparecemos nosotros. La mayoría de los pedidos apuntan a recibir más información, encontrar una oportunidad, pedir referencias de organizaciones y cuestiones de ese tipo. Me parece que pueden aportar tiempo y conocimientos, creatividad, ideas, habilidades especiales. A nosotros nos han ayudado enormemente con proyectos de comunicación, de investigación en la web, promoción para expandir nuestra red, traducciones y necesidades puntuales técnicas y de administración”.
Juan Cruz cree que los jóvenes son una buena parte del motor que empuja a la cultura solidaria: “Su rol en nuestro país es clave, ellos son, por lo general, los 'emprendedores' de las iniciativas solidarias que muchas veces comienzan como un proyecto de jóvenes y terminan formalizándose como una organización de la sociedad civil”. Y continúa: “Los jóvenes, además, brindan una cuota de idealismo a estas iniciativas, un flujo inagotable de empuje y energía. Aportan una nueva mirada en la búsqueda de soluciones a nuestros problemas. Son innovadores y tienen ganas de probar cosas nuevas”. Mones Cazon está convencido de que la solidaridad, en su sentido más amplio, es la muestra más perfecta de la evolución de un pueblo. “La cultura solidaria implica un pleno entendimiento de que si nuestro prójimo está mejor, nosotros vamos a estar mejor indefectiblemente. Me gusta compararlo con levantar algo muy pesado entre muchos. Se hace muy fácil mientras más somos, implica también que todos entendamos que estamos haciendo un esfuerzo compartido, que nos conviene a todos, y que necesitamos que cada uno ponga su cuota de esfuerzo”, termina.

Un Techo para mi País
Un Techo para mi País es una organización de jóvenes voluntarios, que está presente en 15 países de Latinoamérica. Trabaja para mejorar la calidad de vida de familias que están en situación de extrema pobreza y viven en asentamientos urbano-marginales, a través de la construcción de viviendas mínimas. “Nuestro principal objetivo es erradicar la extrema pobreza y lo hacemos a través de un modelo social propio, no asistencialista, que consta de tres etapas: construcción de viviendas de emergencia, implementación de programas integrales de habilitación social (capacitaciones en oficios, gestión de microcréditos, entre otras) y comunidad sustentable (lograr que en el asentamiento se genere un sentimiento de ‘comunidad’, con vecinos unidos, conscientes de sus derechos y obligaciones como ciudadanos)”, explica Catalina Deluchi (25) coordinadora de comunicación de la institución.
Están presentes desde hace 6 años en Córdoba y desde hace 4, en Buenos Aires. Este año, también se establecieron en Neuquén y en Misiones. Los voluntarios fijos suman quinientos en todo el país, y los que están anotados en la base de datos y que participan en algún evento son alrededor de seis mil. Ellos son todos jóvenes, con un promedio de 21 años, que trabajan, entre varias cosas, en la construcción de viviendas de emergencia. Deluchi afirma: “La construcción de estas viviendas mínimas es un gran paso para las familias. Pasan de dormir en un piso de tierra a un piso de madera levantado sobre pilotes para aislarlos del frío. Y esta casa es sólo el comienzo, tanto para las familias como para nuestro trabajo”. Cuenta que en cada construcción se vive una paradoja: “Uno llega al barrio el sábado y se encuentra con la situación en que viven, que es durísima e impensable. Pero el domingo te vas con una sonrisa porque pudiste cambiar, un poco, la realidad a una familia. Pudiste darle un techo sin goteras, un piso seco, unas paredes que no se vuelan si hay mucho viento”. Y continúa: “Eso es lo que te hace volver el otro fin de semana y seguir trabajando”.
En cada construcción masiva, que se organiza en un día, se anotan más de mil personas. “Los chicos dejan de salir un fin de semana para venir a construir, incluyendo los fines de semana largos”, detalla Deluchi entusiasmada. “Lo que es más impresionante todavía, es que las construcciones no se suspenden por lluvia e igual todos están ahí, sin quejarse, construyendo codo a codo con las familias. La verdad que es algo que moviliza mucho y que, además, te llena de energía para seguir trabajando”, termina.

La apuesta más fuerte: la educación
“Muchas veces me escuché quejándome de la situación del país, pero sin hacer nada al respecto. Por eso, entrar en la Fundación Ruta 40 me pareció una buena manera de empezar —explica Belén Ochoa de 27 años—. A cambio, recibo la convicción de saber que, gracias a nuestro trabajo, algunos chicos más de nuestro país tienen acceso a cosas antes impensadas para ellos”.
Esta fundación apoya el desarrollo integral de escuelas rurales para comunidades próximas a la Ruta 40, y su lema es: “De norte a sur, la educación como camino”. “Cuando decimos desarrollo integral, hablamos de apoyo en tres niveles: físico, humano y social. Primero tratamos de cubrir las necesidades básicas, pero también apuntamos a darle herramientas a toda la comunidad para que pueda salir adelante, aprovechando que la escuela, en estos pueblos, generalmente funciona como centro comunitario”, explica Belén.
¿Cómo lo llevan a cabo? Antes de desarrollar cualquier proyecto, los chicos hacen un relevamiento en las escuelas para identificar sus necesidades. A raíz de esto, discuten con ellos cuáles son las necesidades más urgentes, y se piensa en conjunto el plan que van a llevar a cabo. “La idea es que la escuela se involucre desde el principio en el proyecto y, de esta manera, asuma mayor compromiso. También que participe de forma activa en la puesta en marcha. Generalmente, de este involucramiento dependen los resultados. Cuanto más interés y entusiasmo demuestre, más fuerza e impacto tendrá el proyecto en la comunidad”, resume Belén.
Algunos de los resultados de sus esfuerzos: construcción de bibliotecas, talleres de telar, de prevención en desnutrición infantil y de comprensión lectora, armado de huertas, capacitación docente, mejoras edilicias. Cada proyecto, generalmente, es implementado junto con alguna ONG o entidad que se ocupe del tema en cuestión: “Por ejemplo, en el caso de las huertas, como no tenemos un conocimiento específico, trabajamos en conjunto con la Fundación Huerta Niño”.
“La alegría y agradecimiento con los que te reciben en las escuelas me hace sentir que en verdad tiene sentido lo que hacemos. Pensar en las condiciones en las que se encontrarían esas escuelas sin nuestra ayuda me hace valorar todavía más mi trabajo”, expresa Belén y reflexiona: “No terminamos de ser conscientes de que un mínimo aporte nuestro realmente puede cambiar la vida de otros. A veces, nos supera la situación y nos quedamos paralizados o no sabemos por dónde empezar”.
Los que también apuestan a la educación y brindan espacios de encuentro para adolescente son los chicos de El Arranque. Cada año desde el 2000, ochenta voluntarios colaboran con esta organización brindando su tiempo a adolescentes de bajos recursos de los barrios de Balvanera, Congreso y las villas de Retiro y Bajo Flores, en la Capital Federal. Les dan apoyo para que puedan terminar la escuela y acceder a distintas propuestas de recreación y deporte. Dos veces por semana, en el Colegio San Luis Gonzaga, en el barrio de Congreso, unos sesenta adolescentes reciben apoyo escolar de mano de quince voluntarios, la mayoría estudiantes universitarios. Cuando Lujan Zanoni (27) empezó a estudiar para ser maestra, sabía que quería trabajar, desde la educación, en algún proyecto que realmente se comprometiera con la realidad y apostara al cambio. Ella es una de las coordinadoras del área de educación. “Brindamos un espacio donde los chicos pueden venir a hacer sus tareas, a consultar sus dudas o a que le expliques un tema para una prueba. Pero sabemos que lo que hacemos es mucho más que eso. Intentamos ofrecerles un lugar donde siempre van a encontrar alguien que les tienda una mano, los escuche, los reconozca y les dé el espacio para que puedan expresarse”, describe.
Además de la ayuda y seguimiento en temas escolares, estos jóvenes buscan acompañar a los adolescentes que están en situaciones más vulnerables, a través de un grupo de fortalecimento, actividades recreativas y campamentos —a los que asisten alrededor de cien chicos—. Allí, se les brinda una alternativa sana a los peligros de la calle. “Lo que más valoro de trabajar acá es lo que aprendo de los chicos y chicas que pasan por El Arranque. Es sorprendente ver cómo le hacen frente a la adversidad, cómo luchan por superarse día a día y todo lo que pueden hacer si se les da la oportunidad de desplegarse”, finaliza.
Juan Pablo Ceballos (29) es Ingeniero Químico y trabaja en una importante petrolera. Además, organiza su día a día para ser voluntario en la Fundación Grupo San Felipe (FGSF). “Creo que para sacar adelante a este país tenemos que invertir en educación. Yo siento que también tengo que invertir mi tiempo y trabajo en esto, porque de esta manera se pueden conseguir los cambios que tanto reclamamos para la Argentina y el mundo. Desde este lugar, nosotros aportamos lo nuestro y si sumamos los esfuerzos de todos, podemos conseguir cosas grandes”, explica.
Él es el coordinador de la División Institucional y Servicios y también contribuye con el equipo de fundraising (recaudación de fondos). Este grupo de cincuenta jóvenes, todos voluntarios, apuestan fuerte a la educación superior en comunidades de escasos recursos como Añatuya, Santiago del Estero y la Villa 31 en Capital Federal. ¿Cómo lo hacen? Divididos en comisiones, los chicos trabajan en distintos programas. El de becas es uno de los más ambiciosos, ya que sostiene los estudios terciarios y universitarios de nueve jóvenes de Añatuya y de tres de la Villa 31. Estas becas permiten que chicos de entre 18 y 22 años, con dificultades socioeconómicas, pero con nivel académico elevado, continúen los estudios superiores, crezcan profesionalmente y luego puedan volcar ese conocimiento en pos del desarrollo social en su ambiente. El 2010 será testigo de los primeros egresados, fruto del esfuerzo conjunto de la fundación y los becarios. La institución también realiza capacitaciones en pensamiento abstracto, técnicas de estudio y programas de orientación vocacional con psicopedagogos y psicólogos, también voluntarios. Y, actualmente, están trabajando en el proyecto Brecha 0, que consiste en la instalación de un centro de informática en Añatuya, para que la gente de la ciudad pueda capacitarse en computación y tener acceso gratis a Internet, con fines educativos.
Todos los programas se realizan gracias al trabajo y tiempo de estos cincuenta voluntarios y gracias a las donaciones de particulares y empresas. “Al conocer a los chicos en Añatuya, —cuenta Juan Pablo—, cuando uno va, le pone cara al trabajo que hace y todo empieza a tener otro color, ve que cada cosa tiene sentido y que da frutos”. Y finaliza: “Lo que más impacta es cómo nos reciben cada vez que vamos, y el entusiasmo que le ponen los chicos a nuestras actividades. Se nota lo contentos que están de recibirnos, tanto los chicos beneficiarios del programa como las residencias en las que dormimos, y las ganas que tienen de crecer y de mejorar su futuro”, asegura Ceballos.
En los alrededores de Añatuya, también trabajan otros siete voluntarios en el Programa de Becas - Santa María Reina, para que chicos que terminan el primario en escuelas rurales puedan seguir sus estudios secundarios. Francisco Michref (29) es el encargado de coordinar este programa en el que participan otras cinco organizaciones de jóvenes voluntarios de Capital Federal, que colaboran en la zona. “Hace 10 años que soy voluntario de distintas formas. Siempre tuve una fuerte vocación de servicio y ganas de ayudar a los que menos tienen, pero la realidad es que la sensación siempre fue que yo recibía más de lo que daba. No sólo la gratificación por el trabajo realizado, sino el cariño recibido y el aprendizaje de la cultura y de la sabiduría popular de la gente”, cuenta. Lo que más le gusta y motiva es poder generar cambios concretos y pone como ejemplo el caso de Zulma, una de las beneficiarias. “Ella es una chica de 20 años que conocí cuando tenía 11. Estaba terminando la primaria y, como la mayoría de las chicas de su edad, iba a quedarse ayudando en el campo. Charlando con ella y con los padres les mostramos que Zulma estaba para más, que podía estudiar en la secundaria. Fue una de nuestras primeras becadas. Le fue tan bien, que cuando terminó, ella y su familia nos pidieron si podíamos ayudarla para que estudiara para Maestra Jardinera. Tres años después, se estaba recibiendo. Presentó, junto con su padre, un proyecto en el municipio de Añatuya para abrir un jardín en su comunidad rural, así podía volver a ejercer su profesión y devolver a la comunidad lo que había recibido”.
Voluntariado en vacaciones
“En Febrero, en el Bordo, Salta, es tiempo de cosecha de tabaco. Los hombres parten temprano a los campos cultivados y las mujeres se dirigen a los galpones donde encanan las hojas de tabaco recién cosechadas. Esta situación hace que los niños pasen el día solos o que acompañen a sus padres a los campos, iniciándose tempranamente en el sistema de trabajo”. Así empieza el video que invita a participar en actividades solidarias en la región norteña. Cada verano, un grupo de entre cuarenta y cincuenta chicas decide pasar sus vacaciones en contacto con los más necesitados. Una vez allí, visitan a las familias, las acompañan, organizan charlas, talleres, juegos y actividades para los más pequeños. Desde el 2000, Clara Fontan (28) coordina este proyecto con chicas de 15 a 25 años. El programa se enmarca dentro de las actividades que realiza ICIED, una ONG que impulsa iniciativas sociales capacitando a jóvenes en el sector social. Según lo que puede comprobar, año tras año aumenta el interés de los jóvenes por temas sociales. “La felicidad llega de manera indirecta cuando te proponés vivir para los demás, y eso es lo que intento transmitir a las voluntarias”, reflexiona.
A modo de anécdota, Clara resume su experiencia: “Al final de uno de los campamentos, una señora se acercó a decirme que cada año esperaban ansiosas nuestra llegada, no tanto por ‘lo material’ que pudiéramos acercarles, sino porque en esa época tenían alguien con quien hablar. Me hizo pensar en que lo más valioso que tenemos para dar, estemos donde estemos, es nuestra capacidad de escuchar al otro”.

Para saber más:
• Red Solidaria: www.redsolidaria.org.ar
• Un Techo para mi País: www.untechoparamipais.org.ar
• Fundación Ruta 40: www.fundacionruta40.org.ar /
info@fundacionruta40.org.ar
• El Arranque: www.elarranque.org / info@elarranque.org
• Fundación Grupo San Felipe:
info@gruposanfelipe.org.ar / www.gruposanfelipe.org.ar
• Programa de Becas - Santa María Reina: infobecas@santamariareina.org.ar / www. santamariareina.org.ar
• Campamento de trabajo social en el Bordo, Salta: www.icied.org.ar

 
Por: María Alavarado/ Fotos: Gentileza organizaciones.