Torre sin techo
Una vez dijo que no le gustaba mirar tenis por televisión y que prefería otros programas que no le hicieran recordar a su trabajo, como las tiras para adolescentes. Fue así como lo llamaron para participar en Casi Ángeles, serie de la que se confesó tan fanático como de la PlayStation y de Boca Juniors. “Lástima que interactué sólo con hombres”, lamentó, entre risas.
Es que Juan Martín Del Potro es como cualquier chico de 20 años (en rigor, cumplió los 21 el pasado 23 de septiembre). Aunque, al mismo tiempo, no lo es. Delpo, la Torre de Tandil, es uno de los tenistas más prometedores del momento. En el 2009 subió el primer escalón de esa escalera que lleva a la gloria. El argentino mejor posicionado en la actualidad, se transformó en el tercer tenista nacional en ganar el US Open (ya lo habían hecho Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini) y el cuarto (después de Willie, Gabi y Gastón Gaudio) en adjudicarse un Grand Slam. Fue después de vencer, en un partido apasionante, al suizo Roger Federer, arrebatándole al número uno del mundo el título que había recolectado durante cinco años consecutivos.
Sus resultados son su mejor carta de presentación. Hace poco más de un año estaba en el puesto 65 del ranking ATP; hoy se ubica en el número 5. En doce meses, alcanzó lo que a otros les lleva toda una carrera. Aun así, su techo todavía está alto, directamente proporcional a sus 196 centímetros de altura.
¿Las claves? La perseverancia y un espíritu de superación que no claudica ni ante el mayor de los tropiezos. Según Marcelo “el Negro” Gómez, formador de Del Potro, tales características las forjó desde purrete. “A los 12 años, jugaba al truco y apostaba con chicos de 14. El tema es que siempre perdía y el padre tenía que pagar sus deudas. Era inocente y muy competitivo. Quería ganar en todo; se volvía loco si perdía. Y si lo superabas en algo, primero insistía hasta que le dieras la revancha, y después no paraba hasta vencerte”, recuerda Gómez una de las tantas anécdota que cobija.
Y pensar que
quería ser futbolista…
“Lo conocí a sus cinco años, cuando lo trajo al club su tía para que empezara a practicar tenis –evoca Gómez–. Moría por el fútbol, pero cuando pasaba por las canchas se quedaba mirando, como asombrado. De a poco, empezó con las clases y le observé condiciones. Fuimos muy despacio: frontón y jueguitos. A los ocho años, ya competía en torneos nacionales contra chicos más grandes. A sus diez, lo convocaron a un sudamericano y, al volver, abandonó la idea del fútbol. Desde entonces que repite que quiere ser el mejor. Le gustaba Peter Sampras y su sueño era ganar el US Open. En esa época, ya tenía las cosas claras”.
Por su parte, Nacho Menchón, su primer preparador físico, no puede contener la admiración cuando habla de él. “Martín tenía 13 años cuando ‘el Negro’ Gómez me lo presentó. Me llamó la atención su personalidad, su ambición por progresar, algo que se hacía palpable en el esfuerzo que ponía en cada entrenamiento. Su evolución fue y es progresiva. Siempre tuvo claro hacia dónde quería ir”, explica.
Pero no todo es tenis en la vida de Del Potro. Cuando está de gira, siempre lleva una espina clavada que no puede quitarse: el extrañar tanto a su familia, a sus amigos y a su Tandil natal. Es que nuestro héroe es bien familiero. No hay mejor plan que una sobremesa con su papá Daniel (apasionado del rugby), su mamá Patricia (profesora) y su hermana Julieta. Además, le encanta la arquitectura, una asignatura pendiente si de estudios universitarios se trata.
Muy bromista (fue uno de los mentores cuando raparon al juvenil Facundo Argüello), su carácter, ahora, es tranquilo. ¿Por qué ahora? Porque, en sus inicios, lloraba de impotencia cuando se iba de un court con la cabeza gacha. Hoy, cuando las cosas van mal, muestra seguridad, paz y aplomo. De esa virtud saca su mejor provecho. Bien que lo padecen sus rivales.
Rendidos a sus pies
“A Juan Martín lo trato desde que era muy chico. Siempre le vi pasta para llegar bien lejos. Desde hace mucho que digo que estará dentro del pelotón de jugadores que pelean por ser el número uno. Su capacidad, su entrega y su juego me dieron la razón. Es nuestro gran embajador”, afirma otro tandilense: Mariano Zabaleta. Por elevación, elogia al entrenador de Del Potro, Franco Davin. “Tiene rivales muy duros, como Roger Federer, Andy Murray, Rafael Nadal o Novak Djokovic. Pero ya les fue ganando y ellos lo consideran un par. No hay que desesperarse y hay que aprovechar cada circunstancia. Todo se le va a ir dando. Se nota que lo están llevando muy bien”.
Llegar al tope del ranking es cuestión de paciencia y de algo más de experiencia. “Es un jugador muy completo. Sin dudas, puede ser el número uno del mundo”, augura Menchón, quien redobla la apuesta: “Tiene las condiciones para ser, junto a Vilas, uno de los mejores de la historia de nuestro tenis”.
Para Gómez, a Del Potro le gusta crear. Dentro de la cancha, lo define como “un artista”; hace la más difícil, intenta deleitar a la gente y no está esquematizado. En definitiva, sorprende.
“Es un gran jugador y no es sencillo superarlo”, aporta Djokovic. “Probablemente, sea el número uno. Yo no hablaría de futuro, él ya es presente”, se suma Nadal. “No tiene límites, puede llegar hasta donde quiera. Cada día juega mejor”, completa Federer. ¿Qué tal?
“Va a ser difícil repetir un año como este, pero haré el intento. El año pasado pensaba lo mismo y fijate lo que pasó en 2009”, confiesa Del Potro, que ya demostró su personalidad a fines de 2008. Ante los españoles, en la final de la Copa Davis que se disputó en Mar del Plata, no se dejó avasallar. Sus diferencias con David Nalbandian se hicieron visibles, pero salió fortalecido en medio de un grupo dividido. Ya se había puesto a la gente en el bolsillo cuando metió a la Argentina en la final de esa misma Davis, al ser el artífice del punto crucial frente a Rusia. Allí empezó a palpar lo que es ser un grande. Y al quitarle el US Open a Federer, se graduó.
Un príncipe en busca de su corona
Las grandes historias tienen una cuota mayúscula de adversidades. De lo contrario, no serían grandes historias. De cualquier forma, nunca sospechó la montaña de dificultades que iba a tener que escalar para hacer pie en la cima. Él sólo quería jugar. A los cinco años, ya pateaba la pelotita en Grandoli, un club de barrio cerca de su casa, en el sur de Rosario. No tenía vergüenza en gambetear a chicos mayores que él. Tampoco ahora le importa.
Luego, empezó a entrenarse en las divisiones inferiores de Newell´s Old Boys. A los entrenadores se les caía la baba. “El pibe hace cosas con la pelota en contra de la física”, coincidían asombrados. Como sucedió con Diego Maradona y los Cebollitas, decenas de personas se agrupaban para verlo en acción. Algunos memoriosos cuentan que, en un clásico frente a Rosario Central, le tiró tres sombreros a un mismo jugador.
A los once años, se probó en River Plate. Pero la puerta grande del fútbol se le cerró de golpe: le detectaron una enfermedad hormonal que afectaba su crecimiento. Los médicos aseguraron que el niño era “un caso en veinte mil”. El problema era aún mayor: el tratamiento tenía un costo alto en dólares. Era más sencillo encontrar una aguja en un pajar que un financista.
Papá Jorge y mamá Celia no bajaron los brazos. Se contactaron con unos parientes que tenían en la provincia española de Lérida, hicieron las valijas y marcharon hacia el Viejo Continente con el afán de acumular el dinero que permitiese solventar los gastos de su pequeña joya.
Mientras, el chico, con 13 años y apenas 146 centímetros de altura, no quería despegarse de su gran amiga, la número cinco. Por ello, Jorge lo acompañó al Barcelona FC para que le tomaran un examen. Su performance impactó tanto, que los catalanes decidieron hacerse cargo del tratamiento de su futura estrella.
Messi. Lionel. “La Pulga”. De él hablamos. Sinónimo de esfuerzo y sacrificio, hoy cosecha la siembra. Sólo en el 2009, se alzó con la Copa del Rey, la Liga y la Supercopa de España, la Liga de Campeones, y con numerosas distinciones y premios, como el Balón de Oro, el prestigioso galardón que otorga la revista France Football (al cierre de esta edición, no había culminado el Mundial de Clubes ni se había entregado el FIFA Word Player 2009).
Si bien se aguarda que con la camiseta argentina rinda igual (o más aún) que con la blaugrana, ¿quién le quita lo bailado con la selección? Messi desperdigó talento en el Mundial Sub 20 (2005) e hizo lo propio en los Juegos Olímpicos de Beijing (2008), donde se colgó la medalla de oro. Ahora se prepara para ser el “Maradona de Maradona”, durante la próxima Copa del Mundo, en Sudáfrica. “Ojalá que allí se vea al Messi del Barcelona. Cambiaría todos los títulos en el Barça por ganar el Mundial”, reveló.
Unanimidad
¿Qué sentirá un chico de 22 años cuando escucha que colegas, técnicos, dirigentes y periodistas lo tildan como el sucesor del Diez? Si usted soñó con ser futbolista, ubíquese, por un segundo, en su lugar. ¿Será una sensación cercana a la de acariciar el cielo con las manos?
El holandés Arjen Robben dijo que “Messi es de otro planeta”. Fernando Gago concordó y subrayó: “Gracias a Dios, es argentino”. Charles Puyol no se quedó atrás: “Está por encima de todos”. Alfredo Di Stéfano lo ensalzó: “Es el número uno. Ojalá lo tuviera en el Real Madrid”. Y, por último, Fabio Capello: “Hace cosas increíbles. ¡Es un talento! Cristiano Ronaldo tiene un nivel superlativo, pero el genio es Messi”. Mensaje a todo jugador frustrado: da un poco de envidia, ¿no?
Aunque parezca mentira, Messi no pierde la compostura. Sigue siendo el tímido de siempre, que se ríe con ganas cuando bromea con sus hermanos Rodrigo, Matías y Marisol. Después, sólo se muestra extrovertido y atrevido dentro del rectángulo verde. Como cuando convirtió su primer gol oficial en el Barça con 17 años, 10 meses y 7 días (siendo el jugador más joven en la historia del club que anota en un match oficial); o cuando le hizo, el 10 de marzo de 2007, tres goles al Real Madrid (hacía doce años que ningún jugador marcaba esa cantidad de tantos en un derby); o cuando selló de cabeza, el 27 de mayo de 2009, el triunfo frente al Manchester United, por la final de la Liga de Campeones.
“Nunca pensé que, a esta edad, iba a conseguir todo lo que logré”, se sinceró. “Mi 2009 fue increíble, ni en mis mejores sueños lo fantaseé así. Quisiera que sigan los éxitos. Fue una temporada dura y complicada, pero llena de alegrías”. Ni que lo diga.
El Messias
El camino para calzarse el número 10 de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) no fue para nada sencillo. El debut en el seleccionado mayor, contra Hungría, el 17 de agosto de 2005, en Budapest, fue accidentado: ingresó a los 18 minutos del complemento y, en menos de 120 segundos, lo expulsaron tras un fallo polémico.
Lo que sigue, es historia sabida. Fue convocado por José Pekerman para el Mundial de Alemania 2006 (no jugó tanto como la prensa le exigió al cuerpo técnico) y Alfio Basile lo llevó a la Copa América Venezuela 2007, donde dejó muda a la afición con un gol de vaselina a México. En aquel entonces, Coco sentenció: “Sólo los genios son capaces de hacer un gol así. Había que cerrar el estadio”. Con el tiempo, Messi no le pagó con la misma moneda al denunciar, en el medio de la abrupta renuncia del entrenador, que “se necesitaba un cambio. No sabíamos a qué jugábamos”. Pecados de juventud.
En la actualidad, Messi lleva en las espaldas algo más que el emblema del ídolo de ídolos. Carga con la esperanza de más de treinta millones de hinchas que quieren volver a gritar campeón en una cita mundialista.
Las comparaciones con Maradona no sólo son inevitables, sino que él se encargó de fogonearlas. En el 2007, consiguió dos tantos muy similares a los que hizo Diego contra Inglaterra, en México 86. El 18 de abril, contra el Getafe, eludió a cinco jugadores, incluido el arquero; y el 9 de junio, introdujo la pelota con la mano en el arco del Espanyol.?Creer o reventar.
El propio Maradona apuesta fuerte por “La Pulga”: “Es el mejor, ojalá me supere”. Julio Grondona, también: “Felizmente, Dios se acuerda de nosotros y siempre nos manda algún crack. Tengo las mismas expectativas que tenía con Maradona”.
Messi no se confía ni se sube a ningún pedestal. “Yo no siento presiones. Voy a seguir jugando y divirtiéndome como lo hice siempre. Sólo pienso en el partido siguiente. Esa es la mejor manera de ganar un campeonato. En el Mundial, la selección mostrará un cambio importante”, deslizó. Y si bien no fue original al aseverar que sueña con levantar la copa, sí lo fue con su retiro: “Nunca jugué en un equipo argentino;?por eso quiero terminar mi carrera en mi país”. Por suerte, todavía se lo podrá disfrutar lo suficiente hasta que Boca y River se peleen por él.
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