En Tailandia se festeja el año nuevo en abril. Es que en ese mes, pero 2544 años atrás, murió Buda; y allá, el 95% de la población es, justamente, budista. En Chiang Mai, una ciudad amurallada a 700 km al norte de la capital de ese país (Bangkok), esto, lo de ser budistas, se nota más que en ningún lado.
Por sus callecitas desordenadas conviven la flor de loto con cientos de carteles luminosos; monjes vestidos de naranja que caminan descalzos, y mercados donde se pueden encontrar desde pescado fresco hasta pajaritos para ofrendar en las ceremonias. El ruido de los tuk tuk –una moto de tres ruedas que hace las veces de taxi, pero más económico– es parte del sonido ambiente. Ahí mismo, sobre este escenario, se imponen cerca de 1500 templos budistas, una marca registrada de esta ciudad bien al norte del “país de las sonrisas”, nombre con el que se conoce al lugar que en el 2004 sufrió una de las catástrofes naturales más terribles de la historia.
No se llega demasiado rápido a Tailandia, pero bien vale la pena el intento. Además de ser considerado como uno de los países más baratos del mundo, es una parada estratégica para viajar a otras zonas del sudeste asiático. Y, más allá de su riqueza de paisajes y de su variedad cultural y espiritual, hay algo que distingue a la gente local. Ellos insisten en llamarlo “thainess” (traducido al español, algo así como estilo thai). Son amables y, aunque tienen un idioma completamente diferente del occidental, hacen un gran esfuerzo por entender al turista –¡aunque sea con señas o por escrito!- y para que uno se sienta como en casa.
Buena vida y buena suerte
Chiang Mai quiere decir ciudad nueva y es uno de los distritos más extensos del país asiático. Linda con el mar Andaman, el océano Índico y el golfo de Tailandia. También es uno de los que cuentan con la mayor cantidad de templos budistas o wats, en idioma thai. Vale la pena entrar, al menos, en algunos de ellos, para observar cada detalle y entender un poco más acerca de esta sociedad alegre que cree en la reencarnación. Condición sine qua non: sacarse los zapatos en la puerta de entrada. El Wat Para Sing es famoso por su estilo Lanna o tailandés norteño. Sobre sus paredes se observan unos murales ancestrales y de un valor histórico singular. Allí permanecen tres de las imágenes más importantes del Buda de toda Tailandia. Dentro del templo, si uno tiene suerte, puede encontrar a más de un monje rezando o, incluso, dando una bendición a los presentes y deseándoles Happy Life and Good Luck (Buena vida y buena suerte), mientras les colocan una pulserita de hilo en la muñeca. Para ellos, que uno tenga la posibilidad de entrar en un templo es signo de bienaventuranza.
Wat Cheri Luang tiene la pagoda más grande de la zona (Pagoda es el sitio donde se ponen las reliquias de Buda). Se construyó en 1391, pero en 1554, un terremoto destruyó gran parte del lugar. En la puerta de entrada hay collares hechos a mano con flores amarillas y blancas –se pueden encontrar en todos lo mercaditos callejeros–, incienso y velas, las tres ofrendas que representan las tres gemas del budismo: monjes, enseñanza y Buda. Doi Suthep, uno de los símbolos más importantes de Chiang Mai, se encuentra a 1500 m de altura, sobre la montaña que lleva su mismo nombre, y se llega por un camino lindísimo que va trepando la ladera hasta llegar a una plataforma donde, para variar, se encuentran cientos de puestos de venta callejera de comida, souvenirs y ofrendas para Buda.
Sobre monjes y costumbres
Un espectáculo imperdible para quienes quieran conocer un poco más acerca de esta cultura, es acercarse a algún mercadito callejero al amanecer. En el silencio de una mañana brumosa –Chiang Mai suele estar cubierta por una fina capa de bruma debido a los incendios forestales y al smog– y en medio del trajín de los tuk tuk, comienzan a aparecer monjes de todas las edades con cacerolas y canastas en mano y los pies descalzos. Cada mañana, la gente sale de sus casas para ofrecerles comida recién hecha a cambio de una bendición. La religión budista tiene muchísimas simbologías. Entre ellas, la liberación de peces y pajaritos. Allí mismo, en el mercado que está sobre la margen del río Ping y donde se acercan los monjes a recibir la comida de la gente, se venden peces en bolsitas y pájaros en pequeñas canastas para que las personas puedan llevar a cabo este gesto de liberación.
Para los que no estén demasiado interesados en esta costumbre que se practica todos los días, ir al mercado también es una divertida experiencia en la que, entre flores y peces, se mezclan vendedores de especias, jugos y comidas típicas. Es ruidoso, pero alegre. La gente es extremadamente simpática y disfruta mucho de la presencia del turista, mientras va abriendo sus pequeños locales al público. ¿Una recomendación? Acercarse hasta el mercado en tuk tuk para poder mirar bien de cerca las costumbres matutinas de la gente de Chiang Mai.
Memoria de elefante
Los elefantes, además de ser in-teligentes, son amigables. El Maetaman Elephant Camp queda a media hora de la ciudad. “Vamos a ver elefantes asiáticos”, fue la aclaración del guía que nos trasladaba a este lugar en las afueras de la ciudad, repleta de plantaciones de arroz casi fosforescentes. Parece que los elefantes asiáticos y los elefantes africanos son distintos. “Son más inteligentes”, respondió el guía entre risas cuando quisimos saber cuáles eran las diferencias entre las dos especies. Sin embargo, estos animales que en esta zona del globo son sagrados, tienen una gran inteligencia tanto en Asia como en África. Además de algunos rasgos físicos claros, las diferencias no son tan grandes. Dicen, además, que el asiático tiene un carácter más tranquilo y que sólo los machos tienen cuernos. En Chiang Mai, y en Tailandia en general, además de ser parte de un espectáculo increíble, los elefantes son utilizados para la construcción en los montes.
El Maetaman Elephant Camp queda en una zona apartada sobre el río y todo –o casi todo– está hecho de cañas de bambú. El primer espectáculo que se puede disfrutar es el baño de los elefantes en el río, de la mano de sus amaestradores, quienes los preparan para brindar un show de música, baile, fútbol y pintura, a pocos metros de los espectadores. Sentada en bancos de madera protegidos por techos de paja, la gente aplaude y disfruta de un evento al aire libre, donde los elefantes ¡hasta pintan cuadros! (Inexplicable, después se venden en el gift shop. Algunos cuestan hasta cien dólares). Después del show, viene el trekking sobre elefante: sobre una silla-montura para dos personas que se coloca en el lomo del animal, mientras un guía se sienta en la cabeza del elefante. Se hace un recorrido de una hora entre los montes típicos de la zona. Imperdible. El tour incluye un almuerzo con arroz, verduras y una típica sopa Tom Yum al finalizar el trekking.
De regreso a Chiang Mai, una opción es pasar por un campo de orquídeas. En Tailandia hay más de mil quinientas especies, de las cuales quinientas están en esta provincia. Rosas, blancos, fucsias y amarillos dan vida a este lugar donde las mariposas también encuentran su propio hábitat.
El camino de la seda
Durante siglos, Chiang Mai fue un paso obligado de una caravana de comerciantes de seda, opio y madera, provenientes del norte de la región. No es casual, entonces, que la ciudad emerja como uno de los centros donde se encuentra la mejor seda del país. De regreso del campo de elefantes, cerca de la plantación de orquídeas, se puede ir a ver cómo un grupo de orugas es capaz de dar forma y color a productos que luego se venden en todas partes del mundo. Hay varias fábricas en las cercanías y vale la pena detenerse un rato para apreciar este trabajo artesanal.
Un dato para tener en cuenta: los días son cortos, y cerca de la 18 ya se hace de noche, incluso en verano. Por las noches, hay dos programas que no pueden faltar: probar algún plato típico en los puestos de la calle –casi todas las personas comen en estos puestos–, y acercarse a un Night Market, donde se pueden encontrar desde imitaciones de las mejores marcas del mundo, sedas de todos los colores, budas que ríen, que duermen y que meditan, hasta ropa y decoraciones típicas. Sólo hace falta revolver un poco, caminar y dejarse sorprender por la calidez humana de la gente de esta “ciudad nueva” en el sudeste asiático.
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