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Historia de vida
“Horacio Coppola La mirada del siglo”
 

Su vida
Horacio Coppola nació en Buenos Aires
en 1906. Era el menor de seis hermanos de inmigrantes italianos. Fue la cámara fotográfica de su hermano Armando -veinte años mayor y a quien considera su maestro- la que marcó su destino. Resultaron referentes para él las obras de fotógrafos como Nadar, Hill y Weston, que sumaron aportes a su aprendizaje autodidacta. En su viaje a Europa en 1932, conoció a la fotógrafa alemana Grete Stern, su primera esposa, alumna de la Bauhaus en Desseau y considerada como una artista esencial en la fotografía moderna. Fundó el primer cineclub de Buenos Aires, porque siente gran pasión por el séptimo arte. Filmó varias películas, cortometrajes y documentales, entre ellos Un muelle en el Sena (1934), Un domingo en Hampstead Heath (1935), Así nació el Obelisco (1936), Vestir al bebé (1937) y Do de pecho (1943).
En 1943 se divorció de Stern y en 1959 contrajo matrimonio con Raquel Palomeque, su gran compañera de vida. En 1984, fundó el grupo Imagema, junto a Juan José Guttero.

Primeras tomas
Su trayectoria se remonta a 1928, cuando realiza las primeras fotografías. Coppola había manifestado esta evidente pasión –perfil que ya venía enfatizando en sus actividades–, gracias a una singular adquisición: una cámara clásica de fuelle para negativos 18 x 24, a la que fue incorporando diferentes lentes, para lograr disímiles perspectivas. Muy pronto, se sintió atraído por las teorías filosóficas y tratados de pensamiento, que hacían que la visión de la realidad implicara una revelación inusitada. Participó, junto con otros escritores,
artistas y humanistas, en encuentros con pensadores como Ortega y Gasset, en sus visitas a Buenos Aires, o a conferencias como las que dictó Le Corbusier en torno a la arquitectura. Estas últimas constituyeron un punto de partida clave para sus futuras composiciones, donde la estética y el tratamiento del espacio jugarían un papel fundamental.
El crítico de arte español Juan Manuel Bonet, gran admirador de nuestro artista, asegura que “ya antes de los años veinte, Horacio Coppola había asimilado a distancia, ­fragmentariamente, el idioma de la modernidad europea, de la Neue Sachlichkeit-o Nueva ­objetividad- de una Nueva Visión, en su caso ya compatible con la vida diaria de la ‘misteriosa Buenos Aires’”. El lenguaje de Coppola captura atmósferas ­urbanas; principalmente, donde la ­arquitectura es tomada como elemento plástico, un simple componente que se convierte en forma sustancial.

 
 
 
El gran maestro de la fotografía argentina sigue sorprendiendo con su obra. Su estética, cargada de sugestión y misterio, hace que la realidad del siglo XX quede capturada bajo su personal encuadre geométrico cargado de poesía.

“Con ardor visual salí a la calle” Horacio Coppola

La figura del primer fotógrafo moderno de nuestro país, Horacio Coppola, supone una profunda admiración por el dinámico recorrido de una vida tan nutrida como brillante. Hoy está considerado por los museos y coleccionistas internacionales como un clásico de la fotografía.
La primera vez que lo vi, hace ya unos quince años, fui a entrevistarlo a su casa de la calle Esmeralda, cerca de Retiro. Venía caminando con dos bolsas del supermercado en cada mano. Ya era mayorcito. Sin embargo, parecía muy joven. Hoy, tiene 104 años –edad asombrosa por su excelente estado– y es un ejemplo de vigor e inteligencia. Un hombre fuera de serie, además de un artista de vanguardia consumado. "Nunca imaginé que llegaría tan lejos. La verdad, estos cien años me parecen una gran exageración", había confesado cuando celebró su centenario en compañía de amigos y colegas.
De personalidad cálida, dispuesto a conversar y a seguir disfrutando de la familia, amistad y de la vida, expresa entusiasmo en este fin de temporada argentina, celebrando una particular exposición que abrió en Buenos Aires y que continuará después en España, con el título Los viajes.
Esta serie de fotografías –que en parte tiene carácter inédito– ha salido a la luz de la mano de Jorge y Nelly Mara, en la Galería La Ruche, para seguir su camino al emblemático Círculo de Bellas Artes de Madrid, de la calle de Alcalá. La exposición está integrada por secuencias de imágenes tomadas en Alemania, Francia, Inglaterra y Brasil entre 1931 y 1945. Más allá de esta bellísima serie –reflejo documental de aquellos años– hay que recordar que el gran objeto fotográfico a lo largo de su vida fue, sin duda, Buenos Aires, ciudad que fue registrando década tras década, a lo largo de sus sucesivas transformaciones. Al consultarle si hoy encuentra a la ciudad muy cambiada, respecto de la que tantas veces retrató cuando recién se construía el Obelisco, Coppola sonríe y mueve la cabeza. “Todo sigue igual. No veo muchos cambios”, y levanta los hombros, confirmando lo dicho.
En el caso de Los viajes, y justamente por lo diferente que hace al panorama más conocido de su trayectoria, las disímiles capitales abordadas por Coppola en esta serie, permiten apreciar –siempre bajo su mirada singular– fieles situaciones cotidianas de esos períodos históricos. Esquinas de Berlín, peatones de Londres, vendedores ambulantes de París o, simplemente, juegos de luz y sombra junto a una farola de Río de Janeiro, logran un espíritu metafísico que varía en iconografías hacia otras apariencias, más allá de lo que puede observarse en el papel. Muchas de esas tomas parecen rendir tributo al cubismo, por la estructura de sus encuadres y su sintonía con los postulados vanguardistas de principios del siglo XX.

Coppola y la Bauhaus
La formación decisiva de Horacio Coppola tuvo lugar nada menos que en la Bauhaus de Berlín, famosa escuela de diseño, arte y arquitectura fundada en 1919 por Walter Gropius, en Weimar (Alemania). En 1930, con la dirección de Mies van der Rohe, la escuela se trasladó a Berlín donde cambió por completo la orientación de su programa de enseñanza, con metas menos ligadas al racionalismo. Pero el lema siguió siendo: "La forma sigue a la función”, un fundamento para las tres etapas de esta academia de intelectuales del espacio, la estética y las formas. Aunque lo cierto es que, allí, Coppola estuvo apenas un par de meses –según enuncia la experta Natalia Brizuela– la experiencia de aprendizaje y de convivencia fue determinante para su vida y su visión, tanto en la fotografía como en el cine.
En realidad, Coppola había viajado a Alemania en octubre de 1932, con intención de estudiar en el Departamento de Fotografía de la cátedra de Historia del Arte, de Richard Hamman, en la Universidad de Marburg. Su objetivo estaba realmente encaminado en profundizar dentro del avance del lenguaje crítico de la fotografía, más que en la práctica de la disciplina en sí misma. Su mentor fue Luis Juan Guerrero, profesor de Estética y Filosofía, con quien había tomado clases en los años treinta en Buenos Aires. Él parece haber sido un factor clave en su futuro, que marcó definitivamente el interés de Horacio Coppola por desplegar su profesión en este arte; más aún que en el cine, género en el que también participó con entusiasmo.
Hay que destacar que sus primeros pasos en la Argentina fueron significativos antes de su viaje a Europa: Coppola había publicado dos fotografías con Jorge Luis Borges acompañando la primera edición de Evaristo Carriego (1930), lo que significó un gran lanzamiento para el mundo cultural. A ello siguió una docena más, publicadas en la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo.