Hace poco, cuando, sin querer, Nico tocó un alambre cargado de electricidad, sentí mucho miedo… También, cada vez que maneja el auto en la ruta, ¡eso sí que me da miedo!”. Las palabras de Ana Victoria Dorsi, ama de casa y mamá de Nemo, suenan como las de cualquier esposa enamorada que vela por el bienestar de su pareja. Sin embargo, su compañero de vida es Nicolas López, un deportista poco convencional: Experimentado paracaidista y saltador BASE, quien eligió vivir de una profesión que lo mantiene siempre al límite, y que lo llevó a saltar desde el Obelisco de la ciudad de Buenos Aires, desde la cueva de Sarisariñama –en plena selva venezolana–, y también del Tren de las Nubes, en Salta.
Entonces, ¿cómo convive Ana con el riesgo que su esposo disfruta? ¿Cómo logra controlar el miedo para no vivir preocupada cada vez que su pareja tiene un nuevo proyecto? “Siempre charlamos todas sus ideas, y Nico es muy profesional. Se prepara mucho antes de hacer cualquier salto, cosa que me deja tranquila. Pero, ante todo, vivo sin miedos”, afirma segura… como si esto fuera tan fácil.
Difícil, pero no imposible
Evitar caer en la inseguridad parece ser el común denominador en las mujeres que conviven junto a los hombres que eligen como forma de vida las actividades extremas, esas que rozan, constantemente, con el peligro y la adrenalina. “Yo nunca sentí miedo”, sostiene, también, Graciela “Gachi” Baduel de Barragán, esposa del expedicionario argentino y capitán de la mítica balsa Atlantis, Alfredo Barragán. “Mi esposo no es un improvisado y eso me transmite mucha seguridad”, confirma. Gachi y Alfredo se conocen “de toda la vida”, según ella. Sin embargo, el flechazo fue en 1975, en un boliche de su pueblo, Dolores, cuando ella tenía 16 años. Hoy, a los 50, junto a su esposo, su hija Paulina y su nieta Anita, comenta que la convivencia, a pesar de las actividades y grandes proyectos de Alfredo –desde escalar el Aconcagua, el Monte Kilimanjaro, o bucear y escalar en la Antártida, entre tantas– no es difícil. “Tengo una vida normal, y casarse no significa adueñarse de la vida del otro. Cada vez que él me cuenta un nuevo objetivo, yo lo apoyo absolutamente, opino y, por lo general, es a favor porque me encantan sus aspiraciones”.
Lo mismo opina Bárbara Ziffer, licenciada en artes visuales, madre de Lea (un año) y pareja de Martín Papalia. Martín es camarógrafo, realizador, esquiador, montañista y kayakista, especializado en filmar deportes de aventura y expediciones de montañas, que implican desde ascender el cerro Aconcagua hasta pasar varios días en medio de la nada, durante una carrera de aventura. “Cuando lo conocí me pareció interesante que una persona pudiera unir su trabajo con su pasión”, comenta Bárbara. “Hoy, lo apoyo en sus proyectos, igual que él alienta los míos. Soy artista plástica y los dos tenemos una profesión y una vocación apasionantes, en los que, a veces, se necesita estar ‘sumergido’”.
Tu espacio, el mío
Otra clave importante en la vida de estas parejas consiste en respetar los espacios personales de cada uno, para que puedan desarrollarse como personas, y, así, acrecentar la relación. Por eso, la esposa ya no se queda sentada, tejiendo como Penélope, mientras espera el regreso de su aventurero Ulises. Ahora, sigue con su vida, fiel a sus propios proyectos. “Cada uno tiene su propio mundo, y esto enriquece a la pareja, que se renueva constantemente. Me gusta mucho caminar en la montaña, viajar, conocer otras culturas, pero el espacio de trabajo es suyo, así como yo tengo el mío. Juntos disfrutamos momentos al aire libre y la naturaleza, pero siempre fuera del trabajo. Y si no vivo preocupada por su actividad, es porque Martín es muy consciente y cuidadoso, y sabe que una familia lo espera a su regreso”, comenta Bárbara. Dos mundos distintos, con algunos puntos en común, pero unidos para concretar el mayor de todos los desafíos: formar una familia, más allá de los ascensos, la adrenalina, las expediciones, el peligro, los saltos… ¡y la convivencia!, que a veces puede volverse un factor en contra.
Por su parte, Romina Lascano, quien desde hace 5 años comparte su vida junto al montañista Sebastián Cura, comenta: “Cuando Seba comienza con la planificación y preparación de un nuevo ascenso, la convivencia sí se vuelve complicada. Yo empiezo a concientizarme de los posibles peligros con los que se puede encontrar, a pesar de que él nunca puso sus proyectos antes que la familia y siempre cuidó su vida”.
Intuición femenina
La última expedición de Sebastián, en el 2008, lo llevó hasta el Himalaya, para enfrentar al Dhaulagiri, la séptima montaña más alta del mundo, de 8167 metros. Este feroz ascenso se cobró la vida de su compañero y amigo, el argentino Darío Bracali, mientras él fue evacuado en helicóptero con severas congelaciones en ambas manos. Romina lo conoció trabajando en un rubro totalmente distinto, un hotel, a pesar de que él ya escalaba desde el 2003. “Desde un principio lo apoyé y ayudé para que pudiera lograr uno de sus objetivos, llegar a la cima del Aconcagua, y hoy sigo alentando la mayoría de sus proyectos. Pero la expedición al Himalaya siempre me pareció muy peligrosa, por la lejanía y la complejidad de la montaña”. Y esa preocupación se fue extendiendo hasta la actualidad. “Hoy, el mayor de mis miedos es perder a Sebastián en un accidente de montaña. Un sentimiento que se acrecentó desde su regreso del Dhaulagiri, como consecuencia de la pérdida de Darío, y de que esa expedición casi le costó la vida. Pero bueno, una siempre se queda inquieta, por eso es muy importante confiar en la otra persona”, revela Romina, quien, a su vez, acepta no tener inconvenientes en que sea montañista. “Está bien, y es conveniente que cada uno en la pareja pueda hacer lo que le gusta. A mí lo único que me importa es que lleve a cabo ascensos tranquilos, que no impliquen riesgos en su vida o consecuencias graves en su cuerpo. Ningún deporte justifica la pérdida de la vida o una consecuencia física que cambie para siempre tu historia y la de tu familia”, concluye.
Ante todo, la familia
Gachi sostiene que, alguna vez, Alfredo sí puso sus objetivos antes que a la familia. “Cuando falta poco para el comienzo de una expedición, su concentración es total, así que nos vemos al pasar. Sin embargo, él es así. Él es lo que hace”, y ella, con afecto y paciencia, lo comprende.
“Es que independientemente de la actividad que él realice, en el matrimonio siempre se debe aportar paciencia”, sostiene Romina. Mientras que Ana, graciosamente, asegura lo mismo: “Hasta debo tenerle paciencia en el orden de nuestra pequeña casa… ¡no me asombra encontrar una zapatilla en la heladera!”. Ana comenta que para Nicolás, ante todo está la familia y que ella siempre lo acompañó y disfrutó con él de su pasión. A diferencia de muchos que tildan al salto BASE como un deporte de “loquitos”, para ella no es así. “Lo conocí hace unos 10 años en el Aeroclub de Lobos, cuando él practicaba paracaidismo. Quedé impresionada, me gustaba ir a verlo saltar, pero nunca me pareció una locura lo que hacía o hace, aunque es verdad que algunos de sus proyectos fueron más inquietantes que otros. Pero vivimos en el campo y pasamos mucho tiempo juntos, así que disfrutamos cada día como si fuera el último”.
¿Extraña pareja?
Desde la placidez del campo, Ana asegura que su vida en pareja no difiere de la del resto de los mortales; sin embargo, a modo de suspiro, Romina afirma que la de ellos sí es distinta “porque cuando otros matrimonios planean sus vacaciones a cualquier destino, el escalador desea dedicarle parte de este tiempo a la montaña, y se lo resta a su familia”. A esto, Bárbara agrega: “quizás es diferente a las parejas que viven en las ciudades, pero en nuestra ciudad –Bariloche– donde la actividad en la naturaleza es muy común, convivir con una persona como Martín es algo normal”. Mientras que, con una gran sonrisa, años de experiencia y amor, Gachi opina que “seguramente es distinta y, por eso, funciona muy bien”.
Lo que sí es verdad, es que todas ellas sueñan un futuro no muy diferente al de la mayoría de las mujeres. Romina, lejos de las montañas, aspira a “formar una familia con hijos, al lado de Sebastián”, mientras Bárbara piensa en el plano laboral y le gustaría que cada uno “pueda desarrollarse en su profesión, sabiendo que a su lado cuenta con alguien que va en la misma dirección”. Por su parte, Ana y Nico siguen con su gran proyecto de criar a Nemo, de 5 meses, y de terminar de construir su casa, así que “pensamos en el presente y no tanto a futuro”. Al contrario de todo esto, Gachi y Alfredo sí hablan mucho de lo que vendrá: “Nos imaginamos viejitos, juntos, viajando y llenos de bellos recuerdos…”. Un objetivo único y distinto, pero seguramente, igual al de muchas parejas sin esa adrenalina extrema.
“LA INACTIVIDAD ES MALA COMPAÑERA PARA SUPERAR LOS MIEDOS”*
Tener miedo es normal, incluso, cuando se activa nos protege porque es como una "alarma" que se dispara ante algo amenazante. Es lo que tenemos en común con los animales pero, a diferencia de ellos, los seres humanos poseemos la capacidad de pensar y razonar, porque desarrollamos un sector del cerebro que ellos no tienen y allí está la clave.
Los miedos se enfrentan y se superan con el pensamiento y la capacidad de razonar que, como seres humanos, poseemos.
El miedo se supera informándonos, adquiriendo seguridad en nosotros mismos, haciendo crecer la autoestima, eliminando el diálogo interior negativo, fabricando endorfinas y siendo lo suficientemente inteligentes para buscar ayuda si advertimos que solos no podemos. De esta forma podemos canalizarlo, avanzar y no vivir en la preocupación, ya que el miedo no es un problema, pero sí es un conflicto no saber cómo manejarlo.
Estas mujeres, parejas de audaces hombres que se atreven a desafiar sus propios límites, seguramente sienten miedos, pero estos no las paralizan, no les impiden seguir con su vida normal. Además, se ocupan de estar "ocupadas" permanentemente. Ese suele ser un buen recurso mientras se espera. La inactividad es mala compañera para superar los miedos.
*Por Enrique Suárez, médico psiquiatra, autor de los libros Vivir sin miedo y Vencer el miedo. Historias reales. Creador de los grupos de autoayuda “El Fobi”.
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