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Mundo interior

“Conectarse con el ser interior”

 
 
 
 
Mientras caen las bolsas mundiales y los noticieros nos bombardean con las cifras de la inseguridad, el experto en marketing Guillermo Oliveto y la artista uruguaya Agó Paéz Vilaró nos proponen regresar a los básicos y conectarnos con nuestro yo interior. Volver al centro es la consigna.

Estamos felices de informar que el mundo no se acabó ayer”, escribió un periodista del diario estadounidense Wall Street Journal, el 16 de septiembre del año pasado, al día siguiente de la quiebra del banco Lehman Brothers. Quizás exageraba, quizás no. Pero ¿cabe alguna duda? Vivimos tiempos difíciles: de crisis y de recaídas, de depresiones y de desplomes, pero también de cambios y de renovación.
“Son dolores de parto”, afirma Guillermo Oliveto, experto en marketing y presidente de la consultora CCR, en el marco del lanzamiento de Epika, una nueva bebida de Coca-Cola, donde también participó Agó Paéz Vilaró. Oliveto está convencido de que algo nuevo está naciendo, de que después de la crisis vienen tiempos mejores, pero también, de que, para adentrarnos de lleno en esta etapa superadora que él denomina “ultramodernidad”, tienen que profundizarse algunas de las tendencias que vienen manifestándose en los últimos años.
Una de ellas es “volver a los básicos”, a las raíces. Es reconectarse con el pasado para rescatar lo que podría ayudarnos a resignificar el futuro. En tiempos en los que el lanzamiento del nuevo iPhone genera corridas multitudinarias, “volver al pasado” es animarse a no desechar todo lo que no sea Wi fi y blackberrys para encontrarse con lo que la vida tiene de simple y de auténtico. Es, quizás, irse temprano del trabajo para ir a buscar a los chicos al colegio o tomarse la hora del almuerzo para reencontrarse con un amigo.
Durante su exposición, Oliveto también habla de “volver a lo natural”. ¿Qué implica? Muchísimo: preferir verduras frescas y recién salidas de la huerta; decir “no” a los transgénicos y “sí” a los productos que nos hacen bien; elegir la bici por sobre el auto, y optar por pasar un domingo a la tarde al aire libre, en vez de hacerlo frente a la tele. Más que una serie de reglas, es una actitud hacia la vida.
Esta nueva era, la de la ultramodernidad, tiene mucho de volver a conectarnos con nuestro ser interior. “Hoy tenemos acceso a todo, menos a nosotros mismos”, diagnostica Oliveto y casi todos los presentes nos reconocemos en la afirmación.
La artista uruguaya Agó Páez Vilaró, experta en mandalas, completa en su presentación, la tendencia anterior. Y resume el camino espiritual que recorrió desde sus 20 años hasta hoy, cuando, con 56, cree haber encontrado su lugar en el mundo.

Agó y su vocación

Creció rodeada de óleos, de pinceles y de mar. Nació en Carrasco, Uruguay, en el seno de una familia de artistas: “Siempre supe que quería pintar”, dice hoy, con la naturalidad de aquellos a quienes la vocación les vino en la sangre y en el alma.
Lo que todavía no sabía cuando jugaba con los colores del atelier de su padre, el famosísimo artista uruguayo Carlos Páez Vilaró, era que algunas décadas más tarde necesitaría despegarse de la figura paterna para encontrar un destino propio. “A veces, cuando uno tiene un padre tan creativo –hace cine, hace cultura, hace música–, se pregunta cuál es el lugar de uno”, cuenta. “No es que me pesara lo de ‘ser hija de’, pero yo quería encontrar un lugar propio”.
Ese lugar lo encontró a mitad de camino entre el arte y la espiritualidad, cuando empezó a ver en sus cuadros la posibilidad de conectarse con algo más profundo. “Mirar cuadros que reproducían escenas de la naturaleza no provocaba nada en mi interior. Podía decir que estaban bien pintados o que tenían buena técnica, pero no más que eso”, explica. Recién cuando comenzó a trabajar con mandalas sintió que empezaba a comprender.

Agó y sus mandalas

En sánscrito, el idioma más antiguo de los indoeuropeos, mandala significa “círculo”, “rueda” o “totalidad”. Desde el punto de vista espiritual, se lo define como un espacio ideográfico contenedor de un espacio sagrado; y recorrer sus formas desde afuera hacia adentro ayuda a concentrarse y a poder meditar.
Su trabajo con las mandalas le resultó tan significativo que, con los años, sintió que debía compartirlo con otros. Empezó a llevar sus talleres de mandala a las escuelas y comenzó a enseñar tanto a chicos como a maestros. Recorrió varios países de Sudamérica y trabajó con gente de todas las nacionalidades. “Los niños ya saben de qué se trata y entienden inmediatamente. Los adultos somos más difíciles, le ponemos mucha cabeza y no abrimos tanto el corazón”, cuenta. “Pero después, el círculo nos va llevando hacia nuestro centro”.
De eso, de volver al centro se trata gran parte de su trabajo. Convencida de que el mundo está viviendo un “gran despertar espiritual” y de que vienen “tiempos maravillosos”, sostiene que llegó el momento de parar y mirar hacia adentro, de hacer silencio para darle lugar a nuestra voz interior.
–¿Qué quiere decir “volver al centro”?
–Tu vida es un círculo y, como toda forma circular, sugiere un centro. Tu vida es una flor y, como toda flor, sugiere un centro. Los picaflores van a la flor a buscar el néctar. ¡Cuánta belleza! Vamos todos al centro a buscar nuestro néctar que está en nuestro corazón. El círculo nos recuerda que somos un mandala, que todos somos como el hombre estrella del que hablaba Leonardo Da Vinci. Nos recuerda que somos seres de luz.
–¿Coincidís en que estamos atravesando una época de crisis y de cambio?
–Estoy totalmente de acuerdo y creo que es muy necesario que volvamos a nuestro interior. Si seguimos hacia afuera van a explotar los celulares, las computadoras… explota todo. Pero si volvemos hacia adentro, todo está adentro nuestro. Principalmente el amor, que nos va a salvar.
–¿Qué diagnóstico hacés de la espiritualidad hoy?
–Yo creo que hay un gran despertar espiritual. Muchos estamos despertando por necesidad interna y muchos, por necesidad externa. Ya te diste cuenta de que lo de afuera no te da nada, entonces volvés adentro. Es momento de despertar. Estamos “pariendo” este dolor, pero estoy segura de que vienen épocas maravillosas.

Agó y su espiritualidad

El despertar espiritual le llegó en un momento de crisis personal. “Siendo muy chica, me casé con un brasilero, me fui a vivir a Brasil y tuvimos una hija. Años después, me separé y me tuve que volver a Uruguay con mi hija chiquita”, relata. Fue un momento difícil, que implicó para Agó readaptarse y redefinirse. La búsqueda espiritual surgió en ese momento.“Yo creo que uno nace con la necesidad de buscar, pero hay momentos en la vida que te marcan fuerte”, dice hoy, en retrospectiva.
Empezó a practicar yoga y tai chi, y a estudiar filosofía budista, y de todas las disciplinas rescató algo interesante para su vida. Sin embargo, fue durante un curso de Sonido Sofía –una técnica que propone el crecimiento espiritual a partir de la música clásica– que comenzó a relacionarse con la forma circular. “Al escuchar música de Bach o de Mozart, entrás en un estado de meditación, de vibración más alta y de creatividad. Yo, durante las meditaciones, escuchaba una voz interna que me decía que pintara círculos”, cuenta. Y así fue: “Sentía lo que tenía que pintar: los colores, las formas. Cuando los terminaba, volvía a meditar con ellos. Me di cuenta de que era maravilloso lo que me estaba pasando”.
–¿Vos hasta ese momento no tenías idea de la existencia de los mandalas?
–No tenía idea, ni siquiera había escuchado la palabra. Hasta que, un día, le pedí a mi guía espiritual que viniera a ver mis pinturas porque yo sentía que venían desde otro lugar. Ella me dijo que estaba haciendo mandalas, me trajo información y empecé a investigar cómo los habían trabajado los tibetanos, que fueron quienes nos trajeron a Occidente esta técnica. En realidad, el mandala existe desde siempre porque un mandala es una rosa, un mandala es un planeta. Es volver al círculo.

Agó y sus caminos

En su sitio de Internet, Agó se autodefine como una “caminante de la vida” y relata cómo, hace algunos años, una voz interior le indicó que tenía que recorrer el Camino de Santiago. “Hasta que no fui, no paré. Y después de esa primera vez, fui dos veces más”, cuenta. “Caminás 850 km en contacto con la naturaleza. Vas caminando y te impregnás de toda la energía de las flores, de los pájaros, de los caminos y de las personas también”, asegura. Está convencida de que “caminar tanto lo hace a uno volver hacia adentro y conectarse con el silencio”. Sólo en silencio, afirma, podemos escuchar a nuestra voz interior.

Después del Camino de Santiago recorrió el Camino del Inca en Perú, y ahora está creando uno en Uruguay, que se llama el Camino del Interior. “Nace en Punta Ballena, en la casa de mi padre, y llega hasta Artigas. Recorre el Uruguay de este a oeste. Son, más o menos, 700 km a pie, de los cuales ya marcamos cerca de 300”, explica.
Los caminos, para Agó, son metáforas de la vida. Por momentos, caminamos ligero y despreocupados, por otros, más despacio y con esfuerzo. A ella, a los 56 años, le toca transitar un lugar lindísimo y muy, pero muy tranquilo.