Su talento y su creatividad sacudieron la pantalla chica, y un día, todos conocimos a Mike. El chico que nació en Maipú (Mendoza) hace 37 años y que en 1992 viajó a Buenos Aires para probar suerte se hizo popularmente conocido de la mano de su protagónico en Los exitosos Pells y ya nada fue igual. Su look, su indumentaria, su modo y sus formas, lo que hace o lo que deja de hacer, su sexualidad, su noviazgo con Carla Perterson… todo se convirtió en tema de debate y campo fértil para los comentarios más diversos. Frente al grabador, Mike Amigorena tiene la palabra y este se convierte en un momento propicio para saber cuánto hay de mito o realidad en todo lo que se dice sobre él. Con ustedes, el verdadero protagonista de la historia.
–Debo confesar que me sorprendió enterarme de tu verdadero nombre, Ricardo Luis. Siempre creí que te llamabas Miguel…
–En realidad, Michael es mi nombre. No figuro así en el documento porque no dejaron que me anotaran con un nombre extranjero. Pero desde que nací, todos me llaman Michael en honor a mi abuelo Miguel. Ricardo se llama mi papá. Ricardo Luis está buenísimo, me gusta, es como Roberto Carlos o Luis Alfredo… (Risas) Es como de novela.
–¿Y alguien te llama así?
–Muy poco gente. Julián, el novio de Muriel (Santa Ana), me llama Richard, y un amigo que vive en Miami me dice Ricardo. Es como un lindo código interno.
–Te propongo un juego: confirmar o negar ciertas cosas que se dicen de vos.
–Adelante.
–¿Es cierto que de adolescente eras muy, pero muy travieso?
–¡Sí, muy! Por lo general, todo lo que he contado de mí es verdad. A veces, te sacan alguna cosa o te cambian algo, pero…
–¿Te reconcés cuando te leés en una entrevista?
–(Piensa) No leo nunca más una entrevista mía. Me encuentro pedante, engreído y eso me amarga. “Yo hago tal cosa”, “Soy tal otra cosa”… Cuando digo que no me gusta hacer nada es porque soy vago y no porque no me importa nada de la vida, ¿entendés? Pero puede sonar a pedantería.
–¿Por qué creés que llama tanto la atención cómo te vestís, cómo te movés, si te pintás las uñas…?
–Yo siempre fui así y que esto genere tanta cosa es muy raro para mí. ¿Tan extraño soy? Además, lo que se ve es la antítesis de lo que soy: yo soy re formal, re clásico, re racional… Lo que la gente ve es un adorno, estoy adornándome continuamente para no aburrirme, pero no es algo premeditado para llamar la atención. Todo lo que hago es desde la intuición: mi vestuario, mi trabajo… A veces la pego, a veces le pifio. Nunca calculo nada.
–Otra de las cosas que se dice es que eras un niño muy solitario.
–A ver… Me gustaba mucho jugar solo, pero obviamente que tenía mis amigos con los que jugaba al fútbol en la calle, a las figuritas, a la mancha, a la escondida en la plaza, con las bombuchas de agua en el carnaval, con la bici-cross. Tuve una niñez soñada, pero no me disgustaba estar solo. Igual que ahora: me gusta estar solo, pero por un día, más no. No le tengo miedo a la soledad.
–Eso habla de que te llevás bien con vos mismo.
–Estoy tranquilo, me divierto conmigo mismo. Además, cuando busco estar un poco solo es porque lo elijo.
Es un disfrute porque es una elección interna. Todo lo que hago en la vida es una elección muy mía, por eso nada lo vivo como un fracaso, ¿entendés? Por lo general, nunca me fue mal. Tuve épocas en las que
tenía muy poco para comer…
–… Cuando llegaste de Mendoza a Buenos Aires…
–Sí. Yo vengo de una familia donde nunca me faltó nada y de repente, ¿qué como? Un pancho y listo, paso por lo de mi tía y pico algo, abro la heladera de la pensión y le saco un poco de ensalada rusa a alguien…
–Volvamos al juego de confirmar o desterrar mitos acerca de Mike: ¿es cierto que, en tu Maipú natal, si en la casa de tus amigos veías algo que te gustaba, te lo llevabas?
–Siempre me gustaba llevarme algo de la casa de mis amigos… Quizás por picardía, por rebeldía, por curiosidad. Tengo un espíritu muy explorador y ahí entra ese algo de atrevimiento, de imprudencia, de irreverencia. Camino se hace al andar
–¿Cómo fue tu llegada a Buenos Aires?
–Nunca le tuve miedo a la jungla de cemento, además, fue todo tan paulatino que me fui cocinando a fuego lento.
–¿Nunca te ganó la ansiedad?
–Es que yo sabía que en algún momento me iba a tocar. Tuvieron que pasar diez años para que yo pudiera vivir tranquilo de la actuación. Antes hacía cosas, pero nunca llegaba a fin de mes. Todo lo que se ve ahora es el resultado de saber darle el tiempo lógico a las cosas.
–¿Tenías la ilusión de llegar a la tele?
–Obviamente. Yo sabía que le tele te hace conocido y te da la posibilidad de elegir otras cosas.
–¿Te peleás con algo de la televisión?
–¿Y con qué no te peleás? Tenés que ver bien cómo viene la mano porque si no la tele te destroza. Por eso, para llevarte bien tenés que tratarla como ella te trata a vos, con indiferencia. Si pretendés que la televisión te siga, sos un bobo. Los Pells ya fueron, tengo crédito a mi favor, pero nada más. No tengo la obligación de ser exitoso.
–¿Pero no tuviste ofertas para seguir haciendo televisión?
–En realidad, yo le dije a mi representante que no quería seguir con la tele y él me tiraba: “Te llamó tal, te llamó tal otro”, pero jamás me tentó. ¡No quiero! Tendrían que ofrecerme algo exquisito para volver, como fue Los Pells, donde hacía tres personajes, donde no había ordinarieces.
–¿Cuál es el piropo más lindo que recibís del público?
–¡De todo y de todos! Desde chicos, adolescentes, hasta señoras que me dicen cosas hermosas. Ese es un regalazo. “Yo te vi en tal programa y me gustaba lo que hacías”. Antes había algo de eso, la gente sabía de mi trabajo, pero no sabía cómo me llamaba. Los Pells me dieron entidad y siento que ahora la gente está pendiente de qué es lo próximo que voy a hacer.
–¿Y el tratamiento de “celebrity”? ¿Es fácil acostumbrarse a eso?
–Me acostumbro y me desacostumbro con la misma facilidad. Si está, perfecto; si no, todo bien igual. Si todo el tiempo fuera “Pasá por acá, Mike”, “Mike, ¿todo bien? ¿Estás bien?”, me aburriría, no saldría más a la calle. Además, yo me ocupo de que no sea así. Es muy lindo que te esperen con la alfombra roja, pero también está bien tomarse el subte. Nunca van a poder encasillarme con nada.
Fuera de la pantalla chica
–Hablando de aburrimiento, ¿te aburre que te pregunten si sos gay?
–No, no, ya estoy acostumbrado desde hace añares. Me parece un tema intrascendente. Si me gustaran los hombres, saldría con un pibe. ¿Cuál es el problema? Pero las preguntas se repiten, es inevitable. Me gustaría mucho más hablar de la especie humana, de los sentimientos, de lo que es para mí la vida… Lo verdaderamente importante es la familia, los afectos, los amigos, la pareja. Todo lo demás es muy poco importante.
–¿Por qué se nos vuelve tan atractivo querer conocer la intimidad del otro?
–El ser humano es morboso por naturaleza, tiene esa curiosidad por lo privado. Muy pocas personas respetan la intimidad.
–¿Vos tenés en claro hasta dónde dejar entrar o sentís que de golpe se te abrió la puerta y entraron demasiado?
–Bueno, en un punto hubo algo de eso, pero no me preocupa demasiado por-que no soy una persona escondedora. Tengo en claro lo que ten-go ganas de contar y lo que no, y no me resulta interesante contar cosas de mi intimidad. Es como una violación, es como exponer algo para que todos lo toqueteen.
Después, algunos periodistas dicen cualquier cosa, pero qué le voy a hacer…
–Que Carla está embarazada, que se casaron en secreto, que están conviviendo, que se separaron…
–Es así. No me divierte en lo más mínimo, pero me tiene sin cuidado.
–¿Por qué le dijiste que sí a La noche antes de los bosques?
–Por intuición. Tenía muchas ganas de hacer un unipersonal en teatro. Podría haber escrito algo para
hacer, pero como soy vago preferí dejarme llevar. No soy autogestor. Se me acercó Alejandra, la directora, y le dije: “Bueno, vamos”.
–Más allá de la intuición, ¿qué fue lo que te atrajo de tu personaje?
–Al principio no me gustaba, pero se me transformó en un desafío ver cómo poder hacerlo. Me encantan los desafíos, me gusta lo que no me sale de taquito. Después, la obra me envolvió e hizo lo que quiso conmigo.
–¿Existe la posibilidad real de enfrentarse siempre a un desafío?
–Claro que sí. La clave está en buscar, en no quedarse con lo primero que surge, con lo primero que aparece. Tal vez surte efecto o tal vez no, pero lo importante es que yo intenté hacer algo diferente.
–La obra se define como “un himno al amor por sombras maternas”.
–Es un himno a lo esencial, una gran toma de conciencia. Se trata de un hombre que está solo y busca a alguien para hablar sólo por un ratito. Pero en ese viaje que él propone, vuelca una radiografía de lo que somos, de la imposibilidad que tenemos para ciertas cosas, de cómo usamos nuestra libertad, a qué llamamos libertad. Estoy seguro de que esta obra me estaba esperando.
–¿Cómo es eso?
–Era lo que tenía que hacer, lo pertinente. Hay que saber sentarse a esperar sin quedarse quieto, y nunca dejar de confiar en uno mismo.
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