Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Historia de Vida

Rendirse... jamás

 
Roberto Onreita antes
de competir en una carrera y con su mejor trofeo: su familia
Datos alentadores

En la Argentina, los trasplantes se realizan tanto en instituciones privadas como públicas. Desde la implementación, en el 2003, del Programa Federal de Pro-curación de Órganos y Tejidos, la tasa de procuración aumentó progresivamente.
La cantidad de donantes se duplicó en los últimos cinco años y la tasa es de 13 donantes por millón de habitantes. Este valor, si bien es muy alentador, está aún por debajo del de otros países, como Estados Unidos (27 PMH) o España (35 PMH). La donación de órganos es posible sólo en cinco de cada mil muertes, debido a la complejidad de los requerimientos necesarios para llevarla adelante.
En la Argentina, los órganos que se trasplantan son riñón, hígado, corazón,
pulmón, páncreas e intestino. También existe el trasplante de tejidos, como córneas, piel, huesos y válvulas cardíacas, que provienen de donantes cadavéricos.
Calidad de vida

“Los pacientes que han sido trasplan tados pueden tener una calidad de vida excelente”, asegura Gustavo Podestá, director de la Unidad de Trasplante Multivisceral del Hospital Universi tario Austral. Según el especialista, luego de la etapa de recuperación –que dura aproximadamente tres meses y que depende del órgano trasplantado–, el paciente puede llevar una vida normal. Hay personas que al mes de haber sido operadas iniciaron sus actividades laborales.
“Lo importante es que se maneje bien la inmunosupresión. El gran salto en este campo se dio a partir de 1983, con la aparición de la ciclosporina A. Esta droga brinda un tratamiento eficaz y permite aumentar la sobrevida del órgano trasplantado, y mejorar la salud y calidad
de vida de los pacientes”, sostiene Podestá. Por ahora, los trasplantados
deben tomar medicamentos de por vida. De todas formas, en los últimos años, aparecieron combinaciones de drogas para evitar el rechazo que son menos nocivas para el cuerpo.
Alberto Caraoghlanian y Roberto Onreita pasaron por el difícil trance de tener que hacerse un trasplante de hígado. La vida los puso a prueba, pero ellos salieron airosos. Además, encontraron en el deporte la mejor forma de recuperación y la excusa perfecta para superarse. Aquí, las historias conmovedoras de dos hombres que nunca se creyeron víctimas y que celebran haber vuelto a nacer.

Hay algo, muy particular por cierto, que une –hermana, mejor dicho– a las personas que recibieron un trasplante de órganos. Por un lado, un profundo agradecimiento a la vida por una nueva oportunidad; y por el otro, unas ganas inusitadas de disfrutar cada día como si fuera el último.
“Estoy feliz, siento que volví a nacer”, fue una de las primeras frases postoperación que esbozó Pilar Chávez, la joven de 19 años que, en noviembre de 2009, recibió un retrasplante de hígado en el Hospital Italiano de Buenos Aires. Hoy, Pilar evoluciona en forma satisfactoria y se siente plena de poder llevar una vida –prácticamente– normal.
Según los datos del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI), en el transcurso del año pasado, en la Argentina se concretaron 1001 trasplantes de órganos y 757 trasplantes de tejidos. El dato alentador es que fue el cuarto año consecutivo que se superaron los 1000 trasplantes de órganos. De cualquier manera, el trabajo continúa: aguardan en lista de espera alredor de 6000 pacientes.

Dos vidas, dos historias

Recibir un órgano implica realizarse estudios de compatibilidad, someterse a una operación muchas veces riesgosa, lidiar con el rechazo y tomar medicamentos de por vida. Sin embargo, los trasplantados logran vivir una vida como cualquier mortal: con alegrías, con tristezas, con triunfos y sinsabores. Quizás, debido a lo que tuvieron que transitar, sus esfuerzos tienen otro gustito y sus luchas, otros premios.
Alberto Caraoghlanian (53) y Roberto Onreita (40) tienen una buena historia para contar. Lo mejor de todo: viven para contarla. Recibieron, al igual que Pilar Chávez, un trasplante de hígado. Ambos dan charlas sobre calidad de vida, incentivan la donación de órganos y recorren hospitales para alentar a quienes están en la angustiante espera.
Tanto a Alberto como a Roberto los une un vínculo muy especial: el deporte. A través de esta práctica, encontraron un medio para recuperar la salud y la confianza en ellos mismos. El deporte, según sus testimonios, es la demostración de que es posible recuperar calidad de vida luego de un trasplante.
Después de haber sido operados, tanto Alberto como Roberto comenzaron a entrenar. El primero perfeccionó su técnica de tenis y el segundo aprendió a nadar. Participaron en competencias locales y en los Juegos Mundiales para Deportistas Trasplantados, que se llevaron a cabo, en el 2008, en Australia. Roberto obtuvo dos medallas de bronce: una en natación (en 200 metros libres) y otra con la Federación de Vóley. Alberto ganó una medalla de plata en tenis y recibió un mimo por demás especial: un premio Olimpia (uno de los reconocimientos más importantes del ámbito deportivo argentino) al mérito de ser deportista pese a su enfermedad.

Persevera y triunfarás

“Empecé a nadar porque quería demostrar que cualquier persona que se propone algo lo puede hacer. Sólo se necesitan sacrificio y ganas”, sostiene Roberto, quien se transplantó dos veces en el Hospital Austral, en el 2005 y el 2006. Vive en Rauch, provincia de Buenos Aires, está casado y tiene dos hijos. Trabaja en una veterinaria y, hasta el 2005, se consideraba un hombre sano. No obstante, de un día para el otro empezó a sufrir descomposturas. Todo lo que comía le caía mal. Por ello, decidió hacerse diferentes estudios (primero en Rauch, luego en La Plata y, en el Hospital Austral de Pilar). Los médicos coincidieron en que el problema radicaba en su hígado, pero, en primera instancia, no pudieron precisar qué enfermedad lo aquejaba.
“Recuerdo que, un domingo de junio de aquel año, estaba jugando al vóley y, como por arte de magia, se me hincharon los pies, los ojos se me pusieron amarillos y la panza se me endureció. Me asusté mucho. Obvio, me internaron y, al día siguiente, me dijeron que me iban a trasplantar”, cuenta. El diagnóstico llegó claro y conciso: hemacromatosis, o sea, depósitos de hierro en el hígado. Entró en lista de urgencia y, a los pocos días, apareció un donante. El problema fue que cuando lo trasplantaron, los médicos se dieron cuenta de que no sufría de hemacromatosis, sino de otra enfermedad muy extraña y desconocida. Sin embargo, el trasplante fue un éxito, y doce días después recibió el alta. Pensó que lo peor ya había quedado atrás, pero no, la odisea no había terminado. Cinco meses más tarde, le descubrieron una infección linfática y tuvo que someterse a sesiones de quimioterapia que provocaron un rechazo del hígado trasplantado. Por segunda vez, tuvo que ingresar en la lista de espera del INCUCAI. En abril de 2006, recibió otro hígado y tuvo todas las complicaciones de una persona trasplantada: rechazos –que se corrigen con corticoides–, fiebre y cansancio extremo. “Recién al año pude hacer una vida normal –comenta–. Cuando los médicos me permitieron hacer deporte, retomé la práctica del vóley. También me recomendaron hacer natación, pero había un problema mayúsculo: ¡No sabía nadar!”.
A partir de entonces, Roberto se propuso una nueva meta: aprender a nadar y participar de los Juegos Mundiales para Deportistas Trasplantados. Para ello, estableció una rutina: ir todos los días después de trabajar, y durante dos horas, a la pileta de Rauch. Al principio, nadaba un largo acompañado de su mujer porque se cansaba. A los pocos meses, ya hacía seis piletas sin parar.
A través de un afiche, se enteró de que existían los Juegos Argentinos y Latinoamericanos para Deportistas Trasplantados. Y se anotó. Las cinco medallas que se colgó en el cuello le sirvieron para que la Asociación de Deportistas Trasplantados de la República Argentina (ADETRA) lo ayudara a entrenar para el Mundial de Australia. “Yo sabía que si me lo proponía, podía. Así como salí de la enfermedad, estaba convencido de que iba a estar a la altura para competir en natación”, defiende. Y pudo. Participó en el Mundial y se alzó con dos medallas. Roberto es un convencido de que el deporte puede concientizar sobre la donación de órganos. “Si la gente se da cuenta de que se puede hacer una vida normal, donará con más entusiasmo. Donar es un acto de amor y sin ese acto mucha gente no estaría viva. Yo, por ejemplo”.
La natación fue como un remedio para Roberto. Lo hizo superarse. “Todo es cuestión de mentalizarse y de perseverar”, concluye. Ahora, se entrena para ser el primer trasplantado en nadar nueve kilómetros en río abierto, en Baradero. Y con Roberto ya se sabe; si quiere, puede.

Ir para adelante

Alberto se enfermó a principios de 2001 mientras veraneaba en el exterior con su mujer y sus dos hijos. Estaba amarillo; pensó que tenía hepatitis, pero después de varios estudios, le dijeron que tenía una enfermedad muy extraña, que no tenía cura y que debía trasplantarse. La noticia cayó como una bomba atómica en el seno de la familia Caraoghlanian. No entendían nada. Él era sano y deportista, pero su estado empeoraba con el correr de los meses. El 5 de abril de 2001 entró en la lista de emergencia nacional del INCUCAI. La situación era crítica: pesaba 38 kilos y los médicos le auguraban un panorama desolador. “Un trasplante de hígado se extiende entre 12 y 16 horas, y yo estaba muy deteriorado. Fue muy difícil despedirme de mi señora y de mis hijos. No sabía si iba a salir de la operación”, recuerda.
Alberto está convencido de que se enfermó por estrés. “Mi enfermedad tiene nombre y apellido: fue un infarto al híga-do. Creo que, por ser deportista, mi mente no atacó el corazón, sino a mi órgano menos noble que es el hígado. El estrés me llevó a eso”, asume categóricamente.
El trasplante se realizó en el Hospital Favaloro y fue exitoso, pero, a la semana, sufrió un rechazo que los especialistas combatieron con corticoides. A pesar de que le habían dado el alta, durante el primer tiempo tuvo que tomar 50 pastillas diarias, sacarse sangre día por medio e inyectarse insulina, ya que los corticoides le habían inhibido el azúcar en sangre. La pelea contra el rechazo fue muy ardua, y duró alrededor de seis meses. “Salí adelante gracias a Dios, a los médicos, al trabajo que hace el INCUCAI y a la gente que rezó por mí”, añade.
El gran miedo de Alberto era saber cómo respondería su cuerpo a tantos embates. Siempre había sido una persona muy activa y no quería perder la capacidad de hacer, de emprender. Lo cierto es que, después del rechazo, nunca más tuvo una complicación importante. “Los trasplantados pueden llevar una vida completamente normal. Depende de las ganas que tenga uno de vivir al máximo. Pese a que el trasplante fue un golpe físico muy duro, psicológicamente siempre voy para adelante. Esa es la clave”, afirma.
Hoy, Alberto siente que le tiene que devolver a la sociedad lo que el donante hizo por él. Por eso, visita hospitales y da charlas en colegios para promover la donación de órganos. “Estoy siempre dispuesto a ayudar en esta causa. Una persona que no me conocía me donó sus órganos y me salvó la vida. Hay mucha gente que está esperando un órgano y se deprime. Me gusta hablar con ellos y decirles que tengan fe, que tengan ganas de vivir y que les hagan caso a los médicos”, agrega.
Para Caraoghlanian, su ejemplo sirve para demostrar que se puede alcanzar una buena calidad de vida después de un trasplante. “Es cierto que hay complicaciones y que los primeros meses son difíciles, pero después uno pierde el miedo. La medicina avanzó mucho y los remedios son cada vez menos nocivos”, sostiene.
Hoy, Alberto es productor de seguros, pero, según él mismo confiesa, su vida es el deporte. “Esta actividad es una terapia que me hizo fuerte y me obligó a tirar para adelante”, aporta. Vaya si así fue: compitió en tres Juegos Mundiales para Deportistas Trasplantados y obtuvo reconocimientos en todos.
Aunque su mejor trofeo es la medalla que lleva la siguiente inscripción: amor por la vida.