Eso no se dice. Eso no se hace. Eso está mal”. Lejos, bien lejos de estas frases armadas que se escuchan todos los días, está el teatro improvisado, una técnica con la que, como su nombre lo indica, los actores se suben al escenario y cumplen un solo mandato: improvisar. Es el público quien propone y ellos, quienes afrontan el doble desafío de crear una obra de teatro en el momento y de sorprender a los espectadores. En el escenario, además, musicalizadores e iluminadores acompañan este espectáculo de la espontaneidad, que llegó al país de la mano del actor y director francés Claude Bazin y que fue tomando diferentes “tintes” según cómo lo haya ido interpretando cada director de teatro.
Jugar a actuar
Fabio “Mosquito” Sancineto es el fundador y director general de Estudio Integral de Técnicas de Improvisación. Desde hace más de veinte años dirige, también, su propio Match de improvisación. Experto en el género, el artista, director y profesor de teatro descubrió el estilo a fines de la década de los setenta cuando participó junto a Ricardo Behrens, director de la Liga de Profesionales de Improvisación, de la primera temporada del formato en el país, a cargo del ya mencionado Bazin. “Claude Bazin era un actor francés que pertenecía a una de las ligas de improvisación francesa, el segundo país en adoptar esta forma de hacer teatro. La trajo a la Argentina y la desarrolló en un seminario en el año 88. Yluego, empezamos a hacerlo nosotros. Obviamente, modernizamos la técnica, porque los tiempos pedían más ritmo, más acción, menos tiempo en las improvisaciones, cosa que es más difícil porque en menos tiempo hay que desarrollar una historia”, cuenta Mosquito.
¿En qué consiste, básicamente, lo que él llama match de improvisación? El experto, explica: “El espectáculo sugiere el encuentro de dos equipos de actores, jugadores del teatro, donde también se observa una mezcla de estas técnicas con deporte. Cuando el público está esperando para ingresar a la sala, en la fila, les damos un marcador que después se lo llevan y un programa con una lista de estilos.
Ellos deberán anotar un título original y un estilo, y después, los jugadores salen a recibir lo que ellos escribieron. El programa sirve, a la vez, como tarjeta de votación, porque tiene tres colores: el rojo, el azul y el verde, que es el voto crítico. Hay una pecera, frente al público, de la que yo saco los títulos y los leo. Y el público decide si se hace o no. Se arma una pequeña discusión entre los espectadores y una vez que aceptan el título, les pedimos el estilo. Es una situación muy cómica porque todos quieren hacer el suyo. Después, hay veinte segundos donde los jugadores piensan quién va a abrir la historia, que dura entre tres y cinco minutos. Cuando el observador ve algo que no es de su agrado durante la obra, levanta el verde y eso nos ayuda a mejorarla. El espectáculo tiene una duración de una hora y cuarto, hora y media”.
Gabriel Gavilá es actor, director, dramaturgo y docente teatral, y fundador la Compañía Teatral Improvisa2. Desde el 2002, la compañía, formada por los actores Mariana Bustinza y Tomás Cutler, presenta el espectáculo Improvisa2, donde el juego y lo espontáneo también son una marca registrada. A diferencia de la propuesta de Sancineto, en Improvisa2 no hay un equipo de actores que compita contra otros. “Consiste en crear piezas teatrales breves –hacemos entre cuatro y cinco por noche– inventadas en el momento, cumpliendo un triple rol de dramaturgos, intérpretes y directores. Inventamos historias, cada noche distintas, basándonos en alguna consigna que nos da la gente. Es casi una excusa para que ellos comprueben que se está improvisando”, comenta Gavilá.
De la butaca al escenario
Hay algo muy típico en el teatro: uno va, se sienta, hace las veces de espectador y se va. Si le gusta la obra, la recomendará a sus amigos, y si no, hará la crítica necesaria. En el teatro improvisado, sin embargo, el papel del público es mucho más activo. “Hace diez años que trabajo en este espectáculo. Llevo veinte desarrollando el género en nuestro país. Lo que observo es que con el paso del tiempo y con cada generación pasa algo distinto. Hay un público de diez años atrás, que de pronto sabía escribir un título y buscaba, a través de este, el disparador de una buena historia. Era un espectador que exigía una buena historia. Ahora, hay un público que escribe cosas que tienen que ver con los temas actuales, no hay un exigencia de su parte. Sólo está la exigencia primaria de ‘divertime y nada más’. Y nosotros a eso le queremos sumar algo más: una bajada de línea, una crítica a cómo somos, una autocrítica de
sociedad”, asegura Mosquito Sancineto.
Denise Barnfather tiene 20 años y es fotógrafa. Ella es parte del público asiduo de Improvisa2 y cuenta:
“Lo que disfruto de este tipo de espectáculos es que, cada vez que voy a verlos, hacen algo totalmente distinto de lo que hicieron anteriormente. Ninguna improvisación se repite y hay mucha conexión con el público. El espectador puede aportar con un título que invente él mismo –no debe ser sobre alguna novela o película existente porque la idea es generar títulos nuevos–. ¡La mayoría son muy bizarros y eso lo hace más divertido!”.
Sobre la participación de los espectadores en la obra, hay dos posturas bien definidas: subir o no subir al escenario. Gavilá, de Improvisa2, explica: “En nuestro espectáculo tenemos un poco de todas las participaciones salvo que el público no sube al escenario. Para nosotros, el público es público. No es algo peyorativo, pero nosotros somos los actores. Esa diferencia la marcamos porque “no todo el mundo lo puede hacer”. Ellos pueden llenar un papel con alguna frase, pueden levantar la mano en algún momento si quieren decir algo –tenemos una asistente de piso que va con un micrófono por la sala– y el que quiere, es libre de decir y hacer lo que quiera. Trabajamos con la libertad y con la expresión, y ellos pueden participar hablando o escribiendo. Antes de empezar con la segunda improvisación, les preguntamos si alguno quiere proponer un personaje para incorporar a la obra”. El actor agrega que cada una de las improvisaciones dura entre quince y veinte minutos; son las más largas en este tipo de espectáculos en el país.
Para Mosquito Sancineto, sin embargo, la idea del público es completamente diferente a la de Gavilá. “Hay un momento donde compartimos la improvisación de una forma más directa con el público: invitamos a los que quieran participar y jugar. Tengo experiencias insólitas de los espectadores cuando suben. Muchas veces, nos ha pasado que el que sube es un actor en potencia y ‘copa la parada’ . Son ellos mismos los que terminan produciendo un hecho artístico muy bueno con las herramientas que tienen a mano. Muchas veces me pasó, después de eso, de recomendarles que tomaran clases de teatro…”, cuenta el director de Improvisación Mosquito.
Volver a ser un niño
Jugar, divertirse y que la obra sea un momento lúdico y de distensión para el espectador. Joaquín Montes tiene 18 años y es fanático de este tipo de espectáculos. “Un día lo quise complicar y ver qué hacían y escribí: ‘Jugando al ping pong con tu mamá y mi hermana’. Fue buenísimo porque hicieron como si las familias Capuleto y Montesco fueran la familia Ping y la familia Pong. Increíble…”, cuenta. Y Mosquito asegura: “El público disfruta de la espontaneidad, del error que se hace visible y con el cual también se trabaja, de la imaginación, y de cómo se alternan las historias. Es un muy buen observador”.
Gabriel Gavilá comenta que uno de los orígenes de esta técnica vino de la mano de la pedagoga estadounidense Viola Spolin quien, a partir del trabajo con chicos, hizo un paralelismo entre improvisar y jugar como un niño. “Cuando uno improvisa no hace más que creer que está ‘inventando’ el momento. El chico juega a que tiene una bomba en la mano, y se lo cree. Eso es un poco lo que hacemos en el escenario”. El fundador de Improvisa2, agrega: “Un improvisador es una persona con una gran capacidad lúdica, que se entrega al juego como los niños, que juegan de verdad. Se necesita ser alguien con mucho vuelo y con pocos bloqueos sociales”.
Sancineto coincide con él, a pesar de las diferencias, en que el teatro improvisado tiene mucho de juego. Y cuenta una anécdota: “El nuestro es un espectáculo recomendado para todo público. Me pasó con un chico de siete años que después terminó viniendo siempre, que nos dio una lección increíble porque los demás jugadores lo terminaron siguiendo a él. Pasa mucho que cuando un adulto está con un chico, se lleva todos los aplausos el más pequeño. También nos ocurre últimamente, y me sta, que han venido chicos de la calle a vernos –chicos que viven en la calle–, que saben que tienen la entrada permitida. Eso está bueno porque el espectador que observa a estos chicos los acepta, son bien recibidos y son aplaudidos. Para ellos eso es algo muy importante”, cuenta.
|