Apesar de que habíamos escuchado hablar de Baritú, jamás imaginamos que el viaje hasta ese rincón de la provincia de Salta sería tan intenso y tan caótico. Este parque nacional es casi desconocido debido a su escasa difusión y a su dificultoso acceso: se llega sólo por Bolivia. Protege un ecosistema de yungas o selva de montaña, donde la naturaleza crece en libertad.
Para hacerse una idea, las yungas conforman una de las regiones de mayor biodiversidad del país. El parque es refugio de especies en peligro de extinción, como el yaguareté (el felino de mayor tamaño del continente americano) y la taruca (una de las ocho especies de ciervos nativos del país). Pero estos animales no están solos; en Baritú hay 120 especies de mamíferos (puma, tapir, pecaríes, zorros de monte y ardillas, entre otros), 243 tipos de aves, 12 de peces, 20 de anfibios y 18 de reptiles.
En síntesis, un verdadero paraíso, ignorado por la amplia mayoría de las personas. ¿Cuál es su secreto? ¿Quiere averiguarlo? Allí vamos…
Paraíso terrenal
Con 72.000 ha. de extensión, Baritú se sitúa al noreste de la provincia de Salta y se accede únicamente a través de Bolivia. Así fue como, al llegar al Bermejo Boliviano, debimos presentar nuestros documentos para cumplir con los trámites migratorios.
El arribo a la zona limítrofe es a través de la ciudad salteña de Orán y, desde allí, por la Ruta 50 hasta la localidad de Aguas Blancas. Después del papeleo, se cruza a Bolivia para transitar por la ruta Panamericana que bordea el río Bermejo; este último forma el límite internacional.
La planificación de nuestro viaje tenía dos etapas: la primera, desde un ecolodge llamado Portal del Baritú; y la segunda, para conocer el Parque Nacional (o, al menos, lo que está permitido visitar). Nuestro principal objetivo era conocer las yungas de este rincón salteño; probablemente, el sitio más aislado del país en el que se desarrolla este fascinante ecosistema.
Viajamos en 4x4 desde Salta hasta el Portal del Baritú. Hay que pensar en unas seis horas de viaje desde la capital salteña hasta el hotel. Para entrar, Eloy Ortiz, un baquiano boliviano que trabaja en el establecimiento, nos cruzó en charata por el río Bermejo (el vehículo queda del lado boliviano). El Portal del Baritú es una reserva privada de 6000 ha. que limita al oeste con el Parque Nacional Baritú y, desde hace cinco años, se dedica al turismo ecológico de bajo impacto.
Piedras, surcos de agua, vegetación errada y sonidos de aves que enmarcan el sendero nos internan en el corazón del complejo y de la yunga. Caminamos en plena noche con linternas de cabeza.
Con una sonrisa cálida, Graciela Ortiz —propietaria del paraje— nos da la bienvenida. “Los esperaba a las 19”, dice, mientras el reloj acusa las 21. En la inmensidad de la noche, Graciela sorprende con un exquisito pollo a la cacerola con arroz. ¡Delicioso! Es ella, una jujeña de 50 años dueña de la agencia de viajes y responsable del Portal, quien cocina y atiende a los huéspedes. Aquí no hay señal telefónica ni televisión ni calefacción central. Durante la cena, nos ponemos de acuerdo sobre qué haremos la jornada siguiente (trekking por el filo de la isla). Y el cansancio por el largo viaje hace efecto.
Después de cenar, caminamos unos metros desde el comedor hasta las cabañas. En ese trayecto, la nuboselva nos invade y empezamos a darle dimensión a la aventura que nos espera. Intensa bruma, oscuridad plena, árboles altísimos y ruidos de animales… Parecía que la yunga avanzaba hacia nosotros. Días más tarde, Marcos Bernuchi, uno de los guardaparques del Baritú, explicó el fenómeno: “Los vientos húmedos del océano Atlántico ascienden y se enfrían al enfrentar los primeros cordones montañosos de la cordillera de los Andes. De esta manera, se condensan en masas nubosas que, durante gran parte del año, cubren las laderas como un manto”.
Las atracciones en el lodge son bien intensas: trekkings de diferentes dificultades, avistaje de flora y fauna, visitas al cafetal, fogones y safaris fotográficos. El circuito de trekking de nivel medio que encaramos asciende hasta los 900 m y llega a un mirador de la zona de frontera entre Bolivia y la Argentina.
Eloy, el guía, abre camino entre la selva con su machete (sí, sí… ¡con machete!). Su vista de lince es envidiable. Detecta monos Caí en la copa de los árboles, huellas de tapir en los arroyos, corzuelas camufladas entre los arbustos y mucho más. Los Caí son la especie de monos más conocida del país y de Sudamérica, y es común verlos porque habitan en zonas selváticas. De colas largas (entre 35 y 50 cm) y pelajes negruzcos, son muy inquietos y activos; sólo basta con mirar hacia el cielo para verlos saltar de un árbol a otro. Las corzuelas (ciervo autóctono) son más difíciles de divisar, no sólo por su pequeño tamaño, sino también porque su pelaje grisáceo se confunde con el bosque.
Eloy habla poco y es un viejo conocido de Graciela. Su padre era empleado de la Finca Candado Chico en la época de oro del cafetal de Don Ortiz. El clima tropical del lugar es propicio para el desarrollo de la actividad, tanto que hoy los cafetales crecen protegidos por los cedros, y Graciela los junta para retomar lo que su padre abandonó.
El arroyo Catuí atraviesa la reserva privada. En un tramo de su curso, se levanta el árbol más representativo de la zona, la maroma. Graciela, una apasionada de la flora norteña, nos cuenta que, al igual que otros higuerones o gomeros nativos, la maroma es una especie muy particular porque germina sobre otro árbol, mientras echa raíces hacia el suelo. “Una vez afirmada en la tierra, la maroma crece rodeando con su tronco al árbol que le dio sustento, y con frecuencia llega a matarlo”.
Antes de continuar camino al parque nacional, Graciela y su esposo, Adolfo Balut, nos despiden con un cálido fogón a la luz de la luna. En un entorno tan agreste e inhóspito, donde la naturaleza es verdaderamente salvaje, un lugar como el Portal del Baritú se convierte en un oasis.
Expectativas renovadas
Por la mañana, abandonamos el lodge y nos subimos a la ruta Panamericana —nuevamente, en terreno boliviano— en dirección a la comunidad La Mamora. Son 110 km por un camino de cornisa que bordea el Bermejo. Tres kilómetros antes de llegar a la Mamora, hay que cruzar por el puente internacional para entrar a la Argentina. Se toma la Ruta Provincial 19 (camino de ripio), y tras recorrer 18 km, se llega a Los Toldos.
Este pueblo es la mejor —acaso la única— opción para conocer el Parque Nacional Baritú, ubicado a 26 km. Los Toldos es un pueblo humilde que no tiene oferta hotelera ni gastronómica. Su gente es amabilísima y cálida. Nos alojamos en el complejo de cabañas que lleva su mismo nombre.
Sus dueños, Arturo Franco (colombiano) y Nora Leanio (salteña), son médicos y llevan 16 años viviendo en el pueblo. Nora es una trabajadora social incansable. Creó la cooperativa “Sol Toldeño”, que nuclea a mujeres de la comunidad para hacer tejidos y venderlos, y, además, enseña a hacer dulces caseros en las escuelas de la zona, para que los chicos tengan una salida laboral. A propósito, Nora prepara platos exquisitos. ¿Su especialidad? Trucha a la parrilla con papines andinos.
Antes de recorrer el parque nacional, visitamos la oficina del guardaparque, que queda en Los Toldos, para informarnos sobre las actividades que se pueden hacer en la zona y las condiciones en que se encuentra el camino. Para nuestra sorpresa, nos enteramos que dentro del parque no se permiten los trekkings.
“Lo que caracteriza a Baritú, además de ser el parque nacional de mayor biodiversidad del país, es que casi la mayor parte de la superficie es intangible. No hay senderos de trekking armados y, por el momento, no está previsto hacerlo. Por ende, sólo se pueden hacer caminatas en el Lipeo y Baritú, dos zonas habitadas por comunidades aborígenes. La idea es que la zona mantenga su alto grado de conservación, como el que tiene desde que fue creado, en 1974. Por una cuestión geográfica, no es fácil llegar al parque y, por esa razón, el área se cuidó sola. La idea es que siga así”, dice la cordobesa Gretel Muller, coordinadora general del Parque Nacional Baritú.
La comunidad del Lipeo está dentro del parque, mientras que Baritú, en el límite. Son comunidades campesinas que conforman la comunidad aborigen Lipeo Baritú, de 220 pobladores. Cerca de Los Toldos, también está la comunidad del Arazay. Entre las tres forman la comunidad indígena Cuenca del río Lipeo.
Contacto
Finalmente pudimos hacer lo que nos habíamos propuesto: conocer el Parque Nacional Baritú. Con la camioneta, llegamos hasta su límite norte, marcado por el río Lipeo. Al cruzarlo, se accede al Baritú y al centro de la comunidad donde está la escuela, el puesto de salud y el destacamento de guardaparques.
Catalina Aparicio (33), pobladora de la comunidad, nos da la bienvenida junto a Marcos Bernuchi, guardaparque del Baritú. Con ellos, emprendemos el recorrido a pie a las Termas del Cayotal. La caminata demanda tres horas y es por el área noroeste del parque. Las termas están en el exterior de Baritú y tienen vista al río Cayotal. Son siete piletas con capacidad para una persona y suelen estar llenas de niños. Son tímidos, pero adoran los caramelos (¡menos mal que habíamos llevado!).
Allí conocimos a Nieves Grimaldo (50), presidenta de la comunidad del Lipeo. Nieves se dedica a la agricultura y a la ganadería como sustento de vida. Tiene ocho hijos; cuatro están a su cargo y el resto “están con dueña”. “Hoy vivimos bien. Antes teníamos roces porque no permitían que nuestros hijos echaran raíces en el Lipeo, pero cuando llegó el actual guardaparque las cosas cambiaron. No sólo los autorizó a vivir aquí con sus familias, sino que también nos enseñaron a cuidar el medioambiente”.
Viaje de vuelta
Nieves nos dejó pensando… Mientras volvíamos a Salta Capital, atravesando las yungas y el altiplano, buscábamos una síntesis de este viaje. El Portal del Baritú es una forma amigable de entrar a la nuboselva y de conocer sus maravillas, y el Parque Nacional Baritú ofrece, amén de naturaleza en estado puro, la invalorable conexión con los habitantes del lugar.
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