Cuenta la historia que después de una feroz tormenta, el mar se aquietó, las aguas se retiraron y quedaron sobre la arena millones de estrellas de mar. Un hombre comenzó a devolverlas al agua. En ese instante, pasaron unos pescadores y le gritaron: “Es inútil lo que haces, son millones. No sirve para nada”. El hombre no se desmoralizó, levantó la estrella que tenía en la mano y dijo: “Esta va a vivir”. Y la devolvió al mar.
Inspirado en aquel ejemplo, en la ciudad de Mendoza, el doctor Abel Albino creó, en 1993, la Fundación CONIN (Cooperadora para la Nutrición Infantil), una organización que, a través de sus hospitales para tratamiento y prevención de la desnutrición infantil, está dando pelea en la Argentina a la más vergonzosa de las enfermedades.
En este caso, no fue una sola la estrella que consiguió vivir. Gracias a la visión de Albino, 1500 niños son atendidos actualmente en Centros CONIN distribuidos en todo el país y logran escapar al flagelo de la desnutrición infantil. “Por cada niño que rescatemos de la miseria y la desnutrición, nuestro país va a vivir y nuestra vida va a tener sentido”, sostiene este médico pediatra, cuya silenciosa tarea es reconocida en el mundo como modelo de lucha contra el hambre por su gran capacidad técnica y sus probados resultados.
La batalla de Albino es tan colosal como indispensable de llevar adelante. Se trata de un duelo diario contra la consecuencia más devastadora de la pobreza: la desnutrición infantil; una enfermedad que pone en riesgo el desarrollo físico y mental, y mata a ocho chicos por día en la Argentina. “Es la única debilidad mental que se puede prevenir, la única que se puede recuperar y la única que es creada por el hombre”, destaca Albino.
Con una explicación que repite de manera didáctica una y mil veces a quien quiera escuchar, demuestra la urgencia de su causa: “El cerebro de un niño pesa 35 gramos al nacer, lo mismo que seis monedas de un peso. A los catorce meses, ese cerebro pesa 900 gr, es decir, 150 monedas. Y de adulto, alcanza los 1200 gr. Por ende, el crecimiento gigantesco del cerebro se da en el primer año de vida. Ahí se juega la suerte del sistema nervioso central y el futuro de la persona”, dice Albino.
Su lugar en el mundo
A principios de los años noventa, Albino ya era un reconocido profesional y se especializaba en biología molecular en la Universidad de Navarra, España. “Eran días en los que no estaba en paz. Me golpeaba ver en Europa a esos países tan pequeñitos y tan poderosos comparados con el nuestro, tan grande y tan arruinado”, rememora. Estaba a punto de aceptar un trabajo en la Madre Patria cuando, caminando por una de las callecitas universitarias, levantó del piso un diario con una frase de la Madre Teresa de Calcuta. “¿Qué es la paz?”, se le preguntaba a la religiosa en el periódico. Albino recuerda la respuesta que cambió su vida para siempre: “El fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz". Con esa figura en mente, armó las valijas y volvió a la Argentina dispuesto a servir a los más necesitados desde su Mendoza natal. “En Europa me di cuenta de que estaba trabajando en una especialidad del futuro, cuando yo era de un país que no tenía resuelto su pasado”, explica hoy sobre aquellos días definitorios.
De vuelta en la Argentina, siguió el exitoso modelo implementado por el doctor Fernando Mönckeberg en Chile, gracias al cual ese país cuenta con el índice más bajo de desnutrición en Latinoamérica, y construyó el primer hospital para desnutridos de la Argentina. Allí, un equipo de médicos, nutricionistas, asistentes sociales y voluntarios asisten a niños menores de dos años que sufren de desnutrición. Se trata de un ámbito intermedio entre el hogar y un hospital general, donde el paciente no corre riesgos de contraer infecciones y se reducen, significativamente, los costos de internación. En los Centros CONIN los niños reciben un tratamiento integral que combina nutrición y estimulación para recuperar su potencial genético, puesto en riesgo a causa del hambre. “Un niño desnutrido es recuperable si accionamos dentro de los primeros años de vida. Cuando se aborda la problemática a los seis o siete años, ya llegamos tarde. En su primer año, el chico cablea su cerebro y define su futuro como ser humano. El cerebro se cablea con alimento y estimulación. Por eso, cuando se le juega o se le canta a un niño, se está cableando su cerebro. El chico no sólo vive del alimento, sino del cariño, de la contención, del abrazo. Eso lo ilumina, lo mejora y le da vida. La vida es eso: esperanza”, explica Albino, convencido de aquella máxima que plantea que en la vida no existen los papeles pequeños, sino los actores mediocres.
“Lo que le voy a contar no es agradable, pero es necesario que se sepa”, previene Albino antes de comenzar su relato. El médico mendocino suspira y baja la mirada, como si le doliera el recuerdo: “Cuando empezamos a recorrer los pueblos, pudimos ver cómo vivía la gente y nos tocó el corazón. Al entrar a los ranchos vimos a chicos durmiendo en un pozo en la tierra, tapados con perros porque no tenían abrigo ni estufa. Vimos analfabetismo, indigencia, sufrimiento. Gente sin cloacas, baños, alimentos, dignidad. Personas marginadas y olvidadas”.
Prevenir y curar
Al tiempo, en su pelea diaria contra el hambre, y casi sin darse cuenta, Albino y su equipo habían creado el primer centro de prevención de desnutrición infantil del mundo. Como complemento al modelo de Mönckeberg, los Centros CONIN ofrecen, además del tratamiento nutricional para el niño, una capacitación integral a los familiares. Mientras sus hijos se recuperan, los padres aprenden a leer y a escribir, se les brinda información sobre lactancia materna, educación nutricional y cursos de cocina. Además, participan de clases de computación, reciclaje, tejido y manualidades.
La capacidad técnica y la seriedad de la Fundación CONIN llamaron la atención de fundaciones del tercer sector y de empresas privadas a tal punto que, hoy, muchas ONG replicaron el modelo de este centro de prevención. Sin recibir fondos estatales, pero con el apoyo de voluntarios y patrocinadores, se constituyó la Red CONIN compuesta por veinte Centros CONIN distribuidos en localidades del país donde reinan la pobreza extrema y la desesperanza. Para el 2010 proyectan inaugurar más centros e incluso ya se exportó el modelo a Perú y a Paraguay. El próximo objetivo: Gambia, uno de los países menos desarrollados de África, donde la tasa de mortalidad infantil es ocho veces superior a la de la Argentina. “Debemos trabajar unidos, todos juntos: los gobiernos, las ONG y la comunidad. Porque nuestra patria está enferma, nuestra madre está enferma y todos los hijos deben ayudar e recuperarla, sin diferencias”, sostiene Albino al opinar sobre la triste paradoja del hambre en una tierra alguna vez conocida como “El granero del mundo”.
El doctor Albino es de esos hombres que encuentran soluciones. Y propone un camino para seguir: “El cambio se alcanza con el compromiso de todos. Debemos procurar que cada chico tenga una escuela adonde ir, un agente sanitario que lo asista y una dieta equilibrada que le posibilite un desarrollo adecuado. Esto ya no depende de las posibilidades financieras, sino que es una cuestión de prioridad política. Debemos hacer una gran nación, sin trampas”, exhorta.
Al igual que sus cientos de colaboradores en CONIN, Albino cae rendido cada noche mientras sueña con un país mejor. “Una Argentina en la que todos nuestros hospitales de desnutrición se transformen en bibliotecas”, imagina el doctor con una sonrisa.
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