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Entrevista

“La mimada de Plácido Domingo”
 

Hay Tola para rato

Virgina enumera entusiasmada todo lo que la espera en este 2010: “Hasta fines de febrero, interpretaré, en Monte Carlo, a la Condesa de Almaviva en la ópera Las bodas de Figaro, de Mozart. En abril y mayo haré lo mismo, pero en Washington DC.
En mayo, regreso a la Argentina para estar en la gala de reapertura de Colón, en donde se hará el segundo acto de la ópera La Bohème. Luego de la gala, encararé dos producciones en el mismo teatro: seré Mimi en La Bohème (en junio) y Doña Elvira en Don Giovanni (en julio). En el medio, tengo planeado ir a dar dos conciertos a México. Cierro la temporada con otras dos presentaciones en la Argentina. Como ves, ¡no paro!”.

Virginia dixit
“Con mi profesión, me tuve que acostumbrar a una nueva manera de vida: viajar, conocer nuevos lugares de los que no sabía el idioma. Al principio, eso resultó estresante, ya que todos los días tenía un reto distinto. Cuesta habituarse a ese ritmo, al desarraigo, a extrañar… En el canto, hay gente con muchísimo talento, pero que no soporta estas condiciones y exigencias que van más allá de lo musical. ¿El secreto? Ser inteligente, paciente, diplomático y tolerante”.
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Aquí la aplaudieron
Fue ganadora de los concursos internacionales de canto: Reina Sonja de Noruega y Operalia. Cantó en las óperas Las Bodas de Figaro, Cosi Fan Tutte, Don Giovanni, La Traviata, La Bohème, Carmen, Luisa Miller, Fausto, Otelo, El Barbero de Sevilla, I Pagliacci, La Viuda Alegre y Los Cuentos de Hoffman, en teatros como La Monnaie de Munt (Bruselas), De Nederlandse Opera (Amsterdam), Teatro de la Maestranza (Sevilla), Palau de les Arts Reina Sofia (Valencia), Teatro Real (Madrid), Los Angeles Opera, Washington National Opera, Teatro Regio (Torino), Teatro dell’Opera (Roma), Teatro Verdi (Trieste), Teatro Lírico (Cagliari), Opera National Bordeaux, Opera Royale de la Wallonie, Bregenz Festival, Opera Lausanne y Oslo Den Norske Opera, entre muchos otros. Habitualmente, se presenta en conciertos multitudinarios junto al tenor Plácido Domingo.
 

Virginia Tola saborea las mieles del éxito. La soprano santafesina cautivó con su voz al tenor español –quien la considera una de sus cantantes preferidas–, brilla en los mejores escenarios del mundo y se prepara para cantar, el próximo 25 de mayo, en la reapertura del teatro Colón. Confesiones de una chica llamada a ser grande.

Desde los parlantes de la computadora sale la voz de la soprano argentina que logró ser reconocida internacionalmente, por primera vez, en los escenarios noruegos. De esto, ya hace más de diez años.
De ojos grandes y pómulos marcados, la santafesina Virginia Tola (34 años) cautivó con su voz al mismísimo Plácido Domingo, quien no sólo la acompaña por los mejores teatros del mundo, sino que es algo así como su mentor y crítico predilecto (después de su marido, claro).
La voz de Virginia es pura y pausada, y entre horarios distintos y aviones que aterrizan por algunas horas antes de volver a partir, ella ofrece un diálogo sereno y cálido. “Acabo de entrar a casa. Me acomodo y te aviso”, fue el mensaje que la cantante dejó vía chat.
Es que, por estos días, la agenda de Virginia no conoce de casilleros vacíos. Entre otros proyectos, se prepara para cantar en la reapertura del teatro Colón, el próximo 25 de mayo. Todo un acontecimiento en su incipiente pero prolífera trayectoria. “Es un gran honor ser una de las protagonistas en la reinauguración del Colón. Participar de este evento histórico es un sueño y una gran responsabilidad, ya que hay muchísimos artistas argentinos a los que les encantaría formar parte del elenco que relevantará el telón del teatro”, confiesa emocionada.
Desde Washington, Virginia se dispone a hablar un poco de todo: de sus inicios, de su relación con Domingo y de lo difícil que es el desarraigo de un cantante. “Así como vine al mundo con mis manos y con mis piernas, vine también con el canto”, asegura.

–Disculpame Virginia, ¿es verdad que en tu casa no había nadie que cantara?
–No, en mi casa no cantaba nadie. Aunque sí te puedo decir que era una familia muy musical: mi abuela tenía un conservatorio de piano, mi tía cantaba y tocaba la guitarra, y mi papá también sabía tocar el piano.

–¿Por qué te inclinaste por la lírica?
–A los ocho años entré en un coro de niños en Santo Tomé y me di cuenta de que me resultaba más fácil cantar ese tipo de música. También me acuerdo de que siempre me atrajeron unos discos de música clásica que atesoraba mi abuelo. Pero más allá de eso, no había ningún fanático de ese género. A los quince años, vi mi primera ópera en un video. Otra de las razones por las que estudié canto lírico fue que en el momento en que tenía que definir qué quería hacer cuando fuera grande, no existía ninguna universidad en la que se pudiera estudiar canto popular o rock.

De Santo Tomé al mundo
Virginia estudió en el Instituto Superior de Música (en Santa Fe) y después pasó directamente al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón (en Buenos Aires). “Directamente” es una forma de decir. “Cuando terminé el secundario tomé algunas clases con profesores particulares, para entrar en el Colón, algo que no es fácil de lograr. Rendí, me fue muy bien en los exámenes y entré primera. Y ahí tuve que dar el gran paso e irme para Buenos Aires”, recuerda.

–Fue tu primer desarraigo…
–Fue bastante difícil acomodarme a una ciudad tan grande, pero estaba tan contenta... Los cuatro años en el instituto los recuerdo con muchísima felicidad, porque era lo que había querido hacer durante toda mi vida: estar en un lugar estudiando canto las veinticuatro horas del día.

–¿En qué momento tuviste la sensación de que estabas cumpliendo el sueño de cuando eras muy chiquita?
–Yo siempre supe que más que tener voz, tenía talento. La primera vez que tuve esa percepción fue cuando fui a ver, en Santa Fe, a un maestro superior, que para mí era toda una autoridad. Cuando me escuchó, me dijo que se había quedado impresionado e iba a hablar con mis padres para contarles qué es lo que iba a hacer conmigo. Eso fue un shock enorme porque, hasta ese instante, nadie me había juzgado ni me había confirmado si cantaba bien o no. Lo ví tan conmovido que ahí me dije: “Puede llegar a ser”. Mi sueño se hacía realidad y sólo tenía entre 15 y 16 años.

–¿Cómo siguió el camino?
–Fue una etapa bastante difícil porque empecé a ganar concursos internacionales con gente que ya tenía algo de experiencia o que vivía en Europa y viajaba un poquito más. Desde la Argentina, cada paso era una odisea. Además, yo no tenía idea de los idiomas: no sabía hablar en inglés ni en italiano. Esos años fueron muy difíciles... cada minuto era un desarraigo.

–¿Qué fue lo que te resultó más difícil?
–¡Acostumbrarme a todo! Cuando empezás a trabajar en una producción de ópera, más allá de que tenés que cantar y ser ciudadana del mundo, hay que aprender muchas cosas que yo no tenía ni idea, como el trato con la gente o los códigos que maneja cada uno. Lo asimilé a los golpes y con sufrimiento, pero la verdad es que valió la pena.

Mi tenor amigo
“Tengo amigas soprano, amigas mezzo sopranos, amigos barítonos, amigos tenores. No es fácil, pero por suerte, nunca tuve problemas con mis colegas. Puedo decir orgullosa que tengo amigos del trabajo”, dice Virginia cuando le preguntamos acerca de las relaciones dentro del universo musical. “No es fácil porque es una profesión muy individualista y el cantante tiende a hacerse una coraza muy grande para protegerse. Los vínculos entre los artistas no siempre son sencillos, sobre todo, porque preparar y cantar una obra es algo estresante”.
Entre sus amigos cercanos, ya no es novedad que esté el tenor Plácido Domingo, uno de sus “padrinos” a nivel profesional. “Desde que lo conocí, siempre fue muy generoso conmigo. No es una persona común y corriente. Lo único que te puedo decir de él son cosas buenas. Tenemos una amistad muy profunda, de mucho afecto. Incluso, de parte de él hacia toda mi familia”.

–¿Tuviste algún maestro o alguien que siempre te haya apoyado y de quien tomaras su consejo?
–En realidad, no. Vocalmente, siempre escuché a los cantantes que me gustaban. Mientras viví en Buenos Aires, estuve muy cerca de mi maestra de canto, Ana Cyrulnik. ¡Hasta la llevaba a los viajes conmigo! Apareció mucha gente en el camino y todos me ayudaron un poco. Igualmente, creo que es uno mismo el que se tiene que ayudar. Uno es su principal bastón.

–¿Tenés algún crítico en el que confíes plenamente?
–Guillermo, mi marido, acierta bastante. Me conoce mucho y, si bien no es un experto del mundo de la ópera, sabe. ¡Tiene la experiencia de aguantarse un montón de horas de ópera! Y, por suerte, es objetivo. Confío bastante en lo que me dice y le pregunto mucho acerca de la estética también. Siempre hay que tratar de discernir qué es lo que te puede llegar a convenir –o no– de lo que te dicen.

Subir al escenario
“Yo siempre digo que el personaje que más me gusta es el que estoy haciendo en este momento”, comenta Virginia. Así como ella se enamora de cada personaje que interpreta, lo mismo le pasa con el público. La soprano admite que, en esta materia, no tiene favoritos. “Cada público es distinto, ya que responde a la idiosincrasia de su país. Hay que saber comprender cuál es su manera de expresarse. Algunos aplauden, otros no, ¡algunos hasta zapatean!”, afirma.

–¿Aún te ponés nerviosa antes de salir a escena?
–Sí, pero no igual que antes. Los nervios son positivos, te dan una excitación que es necesaria para rendir mucho mejor. Hoy me pongo tensa si no tengo una parte muy segura o si estoy mal de salud; o sea, cosas que en el momento no puedo dominar ni solucionar.

–¿Y antes? ¿Qué te ponía nerviosa?
–Antes me daba mucho miedo la incertidumbre de saber si me iba a salir todo lo que quería hacer. Después de años, uno sabe que maneja la técnica y las reacciones del cuerpo.

–Corregime si me equivoco: leí que no te gustaban mucho los aplausos…

–Sí, pero eso fue al principio de mi carrera. Me costaban mucho, inclusive hasta hace poco, no sé por qué… Me escapaba. Me daba un poco de vergüenza, como si hubiera tenido la falsa modestia de decir: “no me aplaudan”. Pero entendí que era un derecho del público de expresarse. ¡Ahora me encanta recibirlos!

Esposa e hija
Levantarse, ir al aeropuerto, volar, tomarse un tren, hacer ejercicios de canto, descansar. La vida de Virginia cambia a cada hora. “Por suerte”, dirá ella. Hay semanas más tranquilas que otras. Semanas que vive con su marido en Washington y viaja tres días a New York para encontrarse con su profesora de canto. Cuando está a punto de estrenar una obra, el día es un ensayo de veinticuatro horas.

–¿Cómo hacés para incorporar a tu matrimonio en este estilo de vida?
–Es difícil. Él trabaja en Washington, en el Banco Mundial. ¡Nos la pasamos viajando para vernos! No tenemos nada estipulado porque lo vemos de acuerdo con las obligaciones de cada uno.

–¿Y tu familia viaja a verte?
–Siempre organizan algún viaje para visitarme. Y eso es un placer enorme porque no tengo muchas oportunidades para verlos. Eso sí, en Navidad o Año Nuevo viajo a la Argentina obligatoriamente.

–A futuro, ¿te pusiste algún plazo para llevar este estilo de vida?
–¿Sabés lo que pasa? Muchas veces uno pone plazos, pero nota que no es conveniente ser tan tajante con los tiempos. Al final, lo que uno hace lo hace por placer. Si disfrutás del camino y asimilás las experiencias que se te presentan, te enriquecés. Y eso no tiene precio. Por eso, vale la pena todo. Mi profesión te permite crecer a nivel personal y cultural. No conozco el mundo entero, pero sí gran parte de él. Y eso me abre la mente.

–¿Un sueño por cumplir?
–Seguir ejerciendo esta profesión con felicidad. Cuando se transforme en un deber o en algo que me estresa por demás, pasará a ser una tortura. Y yo deseo seguir gozando cada cosa que hago.

 
Por Victoria Llorente. Fotos: Gentileza Virginia Tola y Patricia Casañas.