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Viajes
Nueva Zelanda
De isla en isla en casa rodante
 

¿Por qué viajar en casa rodante?
En Nueva Zelanda, la industria de las casas rodantes adquiere proporciones que impresionan a cualquier argentino. No solamente por la cantidad que se ve circulando por el país, sino porque muchas familias neozelandesas hacen de la ruta un estilo de vida.
Una gigantesca industria se desarrolló para satisfacer las necesidades, tanto de locales como de turistas que deciden recorrer el país sobre cuatro ruedas, pero con baño y cocina. Decenas de agencias –con sucursales en todas las ciudades del país– alquilan casas rodantes de todo tipo: las hay simples y pequeñas (algo así como una camioneta Traffic con camas en la parte de atrás), las hay complejas y modernísimas (con televisión satelital y hasta wifi) y hasta las hay pintadas con grafiti para quienes prefieren diferenciarse del resto y viajar en una motorhome original.
En general, vienen preparadas para salir a la ruta: con mapas, bolsas de dormir, utensilios de cocina, linterna y todo aquello que se pueda necesitar durante el viaje. No es para cualquiera, eso está claro: los amantes del lujo y las comodidades de un hotel cinco estrellas quizás no lo disfruten tanto, pero los aventureros encontrarán, en esta forma de viajar, la horma de su zapato. Es ideal para quienes quieren disfrutar de las vacaciones de manera económica. Aunque alquilar la casa rodante es algo más caro que un auto, nos sirve tanto de techo como de transporte. Incluso, ofrece varias ventajas en comparación con la carpa: además de ser más cómoda, es el refugio perfecto para escapar de la lluvia, algo que es clave al emprender un viaje por un país con un clima tan cambiante como el de Nueva Zelanda.

 
 
Ubicado en un rincón del Pacífico Sur, este pequeño país de paisajes maravillosos es el destino ideal para animarse a salir a la ruta y disfrutar de unas vacaciones inolvidables. Aquí, un espectacular recorrido en casa rodante por las islas que hicieron de Nueva Zelanda el lugar elegido por millones de turistas alrededor del mundo.

El punto de partida de este viaje es la ciudad de Auckland, que, con sólo un millón de habitantes, es la más grande de Nueva Zelanda. Es que en este país-isla conformado por dos islas principales y ubicado en el Pacífico Sur, la población total no supera los cuatro millones de personas.
Con Australia –su vecina más cercana– a más de dos mil kilómetros de distancia, Nueva Zelanda es uno de los países, geográficamente, más aislados. Dicen los locales que en estas islas habitan más ovejas que personas (algunos días recorriéndolas bastan para confirmarlo).
No hay paisaje que se preste mejor a ser admirado por tierra que el neozelandés. Dominado por colinas verdes salpicadas de ovejas, es mundialmente famoso por su belleza natural y por su estado de conservación. En este rincón del planeta, el camino es un destino por sí mismo… ¡y qué mejor que recorrerlo en casa rodante!
Sin embargo, aprender a manejar por los caminos neozelandeses no es tarea fácil: sumado a que se maneja del lado derecho (como en Inglaterra y Australia), la mayoría de las rutas atraviesa regiones montañosas, y los nativos, contrariamente a lo que podría esperarse de un país tan ordenado, conducen demasiado rápido y consideran que los límites de velocidad son poco más que una formalidad. Pero a no dejarse amedrentar: convertirse en un as del volante es sólo cuestión de práctica y, en pocos días, uno se acostumbra a manejar “en contramano”.
El trámite para alquilar la casa rodante se realiza desde el mismo aeropuerto de Auckland (allí hay varias agencias, por lo que es posible comparar precios). En general, es un poco más caro que alquilar un auto, pero hay que pensarlo así: uno ahorra el gasto de hotel y, de paso, cuenta con un medio de transporte.
Listos, entonces, para salir a la ruta y conocer estas islas en profundidad, desde su costado más urbano y moderno, hasta lo más remoto y exótico de sus paisajes naturales. Nuestro primer destino: la ciudad de Auckland.

La isla Norte
Considerada una de las ciudades más “habitables” del mundo, Auckland es agradable por donde se la mire. Construida alrededor de una marina, varios de sus barrios miran hacia un mar azul poblado de peces, delfines y hasta ballenas. El centro de la ciudad se parece al de casi cualquier ciudad Occidental (aunque un poco más limpio y ordenado) y los barrios más cool –como Ponsonby y Parnell– recuerdan a lo más sofisticado del Soho neoyorkino.
En Auckland, el porcentaje de maoríes –población nativa de las islas– es mucho más alto que en la mayoría de las ciudades neozelandesas. Por lo tanto, aquí, la cultura de este grupo étnico se hace bastante más notoria. Varios museos –entre ellos el Auckland Art Museum y el Auckland War Memorial Museum– albergan trabajos de artistas maoríes que utilizan su arte para expresar sus diferencias con la población europea mayoritaria.
La Auckland Sky Tower es el símbolo de la ciudad. Fieles al estilo neozelandés de hacer de todo un deporte extremo, los visitantes más intrépidos se arrojan con un arnés desde lo más alto de la torre. Quienes se animaron a este bungee jumping urbano dicen que la experiencia es única y la vista, insuperable.
Situado a 230 km al sur de Auckland, el balneario de Rotorua es otra de las paradas obligadas en la isla Norte y uno de los centros turísticos más importantes del país. La ciudad está ubicada alrededor de varios géiseres y lagos de aguas termales que atraen, todos los meses, a miles de turistas.
Rotorua seduce a viajeros sedientos de descanso. Sus piletas de barro geotermal son ideales para quienes quieren aprovechar las vacaciones para “sacarse unos años de encima”. El barro –en el que uno puede bañarse– humecta y purifica la piel, y elimina el acné.
Hay lugares para estacionar la casa rodante en los rincones más pintorescos de Rotorua, con la posibilidad de pasar la noche alrededor de algunos de estos lagos de aguas termales que pueblan la región. La experiencia y el paisaje son inolvidables, aunque vale aclarar que lleva varias horas acostumbrarse al fuerte olor a azufre que proviene de los géiseres.
La tercera parada es la ciudad de Wellington. Ubicada en el límite sur de la isla Norte, está separada de Rotorua por algo más de 400 km. En tamaño, es la tercera ciudad neozelandesa y se parece mucho más a un pueblo grande que a la capital de un país del primer mundo.
Famosa por la gran cantidad de cafés que pueblan sus calles, Wellington deslumbra a sus visitantes con una atmósfera urbana, pero tranquila, y alrededores de película que resultan ideales para pasar la noche en la casa rodante. En medio de la naturaleza, pero a pocos kilómetros de la ciudad, se puede optar por dormir en alguno de los maravillosos paisajes que sirvieron de locación para la película “El Señor de los Anillos”, filmada íntegramente en Nueva Zelanda.
Wellington está ubicada en una zona de colinas sobre el estrecho de Cook. La forma más práctica y divertida de cruzar a la isla Sur es tomar un ferry, que tarda alrededor de tres horas en navegar hasta Picton. Por suerte, la casa rodante no es un impedimento (el ferry está preparado para transportar hasta las de mayor tamaño) y el viaje en barco –recorriendo Marlborough Sounds– es un programa en sí mismo.

La isla Sur
La mayoría de los turistas no le presta demasiada atención, pero Picton es una de las joyas naturales de esta isla. Ubicado entre los fiordos de Marlborough Sounds, el pueblo es la base perfecta para recorrer los alrededores y pasar la noche en alguna playa perdida entre colinas verdes.
A través de sus senderos señalizados, es posible (¡y vale la pena!) recorrer Picton a pie. Pero para los más haraganes, también está la opción de no bajarse de la ruta y disfrutar de los paisajes desde la comodidad del vehículo. Varios caminos asfaltados permiten recorrer los fiordos y llegar hasta lugares remotos donde escasean los turistas y abundan los delfines y las mantarrayas.
En Nueva Zelanda, divisar la fauna marina desde la costa es un espectáculo, un lujo. Kaikoura –otro de los destinos top de la isla Sur– es el lugar elegido por viajeros de todos los rincones del planeta para contemplar de cerca a las ballenas de esperma.
Los habitantes de este pequeño pueblo ubicado entre montañas hicieron del turismo marino un arte y, hoy, Kaikoura atrae a visitantes durante todo el año. La plataforma submarina de la bahía la convierte en el hábitat ideal para gigantescas ballenas. Sin dudas, el paseo en barco es un programa sumamente disfrutable por toda la familia, desde donde podrán apreciar no sólo a estos enormes mamíferos, sino también hermosos delfines, gaviotas y albatros.
Para los amantes del buen vino, Blenheim –a 200 km de Kaikoura– es otra de las paradas imperdibles. La ciudad es la primera productora mundial de la uva Sauvignon Blanc, que puso al vino neozelandés en la nómina de los mejores del planeta. La casa rodante es la forma ideal de recorrer las bodegas de Blenheim, aunque a quien le toque manejar no le cause ninguna gracia perderse las degustaciones de vinos. Será cuestión de comprar alguna botella para la cena...
El siguiente destino es Christchurch, la ciudad más grande de la isla Sur y la segunda en tamaño de todo el país. Con edificios de estilo victoriano y con una población que no supera los 400.000 habitantes, la ciudad enamora tanto a sus visitantes como a los mismos neozelandeses, que la convirtieron en la urbe que más migrantes internos recibe.
La recorre un río, el Avon, que sobre sus márgenes alberga, diariamente, a cientos de personas que lo eligen para hacer picnic, pasar una tarde tranquila o relajarse a la hora del almuerzo. La “ciudad de los jardines”, denominada así por su gran cantidad de espacios verdes, es la más romántica de las ciudades de Nueva Zelanda.
La última parada del viaje es Queenstown, a 480 km de Christchurch. Capital mundial de la adrenalina, ofrece una cantidad increíble de deportes extremos. Fue uno de los primeros lugares del mundo en donde se practicó el bungee jumping, pero además, ofrece paracaidismo, rafting, rappel, escalada, shotover jet (una lancha que recorre los rápidos a toda velocidad) y hasta zorbat (pelota gigante en la que uno se mete y rueda por la ladera de la montaña).
Para los amantes de la vida nocturna, Queenstown es uno de los pocos destinos de de este país en donde bares y restaurantes permanecen abiertos hasta después de las diez de la noche. Todo concluye...
El viaje llega a su fin y la despedida –como casi todas– tiene sabor a nostalgia. Desde Queenstown, lo mejor es regresar a Christchurch para devolver la casa rodante (la mayoría de las agencias tiene sucursal) y, desde allí, volar a Auckland para emprender el regreso a casa.
Atrás quedará el verde increíble del camino, el azul inverosímil de los lagos y las ciudades limpias y ordenadas. Pero el viaje y la experiencia de recorrer Nueva Zelanda en casa rodante quedarán para siempre en la memoria.