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Datos interesantes
Dentro del Parque Nacional Pre Delta se puede acampar. La zona permitida está frente al arroyo La Azotea. Hay baños y dos duchas para refrescarse en verano (está prohibido meterse al río). En el ingreso hay una proveeduría, venta de artículos regionales y recuerdos de Diamante.
Recomendaciones
Llevar repelente de insectos, protector solar y mucha agua para hidratarse.
Actividades
El ingreso en auto es por el paraje La Jaula, sobre el arroyo La Azotea. La entrada es gratuita. Las pasarelas que parten desde la puerta de entrada a Pre Delta son la mejor forma de introducirse a esta reserva natural.
Imperdible
un paseo de 300 m alrededor de uno de los tres espejos de agua que hay dentro del área continental del parque. Este circuito es apto para personas con discapacidad o dificultades motrices, y, como la laguna está comunicada con las otras dos, con paciencia y algo de suerte, se pueden ver los mismos animales que recorriendo los 1000 m de senderos y pasarelas.
Los paseos en lancha son la mejor alternativa para conocer el interior del parque.
Más información: www.parquesnacionales.
gov.ar

Tras el misterio de las islas del Delta
En esta región del Alto Delta del Paraná, las islas se forman gracias a la sedimentación. La tierra que arrastra el río tras las crecientes se acumula hasta formar algo similar a un plato sopero; sus bordes altos albergan algunos árboles como el timbó o el aliso que, al echar raíces, contribuyen a que los albardones tomen forma. Es como si sobre un banco de arena pudiera crecer vegetación que transformará este banco en una isla.
Como el interior de la isla es más bajo que sus bordes, esa zona se inunda con las crecientes y, con las lluvias, se forman lagunas con vegetación diferente a la de las orillas: helechos de agua, camalotes y los clásicos irupés, esas grandes bandejas verdes de bordes altos, que flotan a la deriva en los espejos de agua.
En líneas generales, los albardones están ocupados por bosques, los intermedios por pajonales, y los bajos por bañados y lagunas. Todos sufren, en diferente medida, los efectos de las inundaciones.
La fauna es la misma que en el continente, claro que en las islas se desarrolla con normalidad, por encontrarse exenta de la amenaza que supone el hombre.
El trabajo de los guardaparques en las islas consiste en detectar posible actividad de mariscadores que hayan violado los límites del parque para colocar trampas o el ingreso de ganado por parte de pobladores vecinos que intentan aprovechar la gran cantidad de flora que abunda en el área protegida. También se encargan de quitar la basura que el río arrastra a la orilla de los albardones  y de estudiar el comportamiento de los animales que habitan Pre Delta.

 
Rodeado por ríos, arroyos y lagunas, el Parque Nacional Pre Delta, en Entre Ríos, es uno de los paraísos que acuna la Argentina. Allí se organizan caminatas interpretativas, hay avistaje de aves y se pueden descubrir los secretos mejor guardados del Paraná. Conózcalo.

Recorrer un parque nacional encierra cierta mística. Los carteles de madera con letras amarillas, las sendas interpretativas, las pasarelas y los guardaparques siempre predispuestos son clásicos que se encuentran a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Con ese espíritu, nos decidimos a conocer el Parque Nacional Pre Delta, muy cerca de Diamante, en la provincia de Entre Ríos.
Pre Delta es único por varias razones. Está a solo cuatro kilómetros de una ciudad –Diamante–, y la gente llega en autos particulares, en bicicleta, en remises y también a pie. Es la única zona del Delta argentino considerada reserva nacional. En sus 2500 hectáreas habitan 240 especies de aves (el 25% del país). Sus bosques albergan más de veinte especies de árboles. Y la gente que allí se encuentra es única. Uno comparte los días y las noches con guardaparques profesionales, guías, visitantes ocasionales y acampantes.
A la izquierda del acceso al parque, un pequeño recorrido anticipa lo excitante que atesora el Pre Delta para aquel que sea paciente observador. En un sendero de no más de 400 m de largo, aparece la primera de una cadena de tres lagunas (por medio de un puente-pasarela, una plataforma se adentra sobre el espejo de agua). El dato interesante es que casi toda la fauna que habita el parque se pasea por este sector durante algún momento del día. Y es un yacaré el que nos permite llegar a esta conclusión. Se lo ve tomando sol al lado de un árbol, muy tranquilo, casi como quien espera a sus visitas. Enseguida se suma una gran cantidad de patos y pájaros que ingresan al agua.
Para Omar Bejarano, la postal se repite a diario cuando se levanta y sale de su casa. Es que este flaco y largo baqueano vive aquí, adentro. Mariscador devenido en asistente de los guardaparques, cambió drásticamente sus hábitos con la creación del Pre Delta, allá por 1992. Ya no precisa de carpinchos o nutrias para subsistir; por el contrario, Don Omar entendió que en el siglo XXI el negocio pasa por otro lado. Y, orgulloso, colabora con las tareas de los guardaparques y aporta todos sus conocimientos de ex cazador para combatir a aquellos que buscan sacar provecho de las riquezas que la naturaleza puso a resguardo en la reserva.
El área de servicios cuenta con fogones, una zona muy prolija y arbolada para la recreación y dos espacios más elevados para el acampe. Todo esto, a la vera del arroyo La Azotea, un pequeño brazo del río Paraná, que convierte a esta escenografía en un típico paisaje del Delta.
Los fines de semana, son muchos los vecinos de Diamante que encuentran en el parque una opción para pasar el día al aire libre. Y son los guardaparques quienes inculcan a los visitantes la importancia de preservar el lugar. Esta zona es la única de todo el sistema de islas del Paraná que se encuentra libre de contaminación. Unos kilómetros más abajo, la zona fabril del Gran Rosario y el puerto de la ciudad son responsables de modificar el estatus del río. “La cultura de la gente de río muchas veces está ligada a lo que ven sus ojos. Es común, entre pescadores y hasta pobladores del Delta, tirar sus residuos al agua o dejar las bolsas con basura para que la creciente se las lleve. Si no lo vemos, no está. Pero esa filosofía, lentamente, está cambiando”, nos explica un guardafauna.
Una serie de pasarelas conduce a las dos lagunas grandes: Irupé y Las Piedras. Son algo más de mil metros en medio de pastizales y arbustos. Además de la diversidad y abundancia de aves, otra de las bondades del sendero es la sombra, un bien muy preciado en la región durante los meses de sol fuerte. Si bien la temperatura promedio es de unos agradables 190 ºC, en el verano suele trepar por encima de los 40 ºC. Es recomendable acercarse a los guardaparques o a sus asistentes durante la travesía. Sus conocimientos y reflexiones enriquecen toda la información que captan nuestros sentidos.

 Curiosidades de Irupé
Es Julián Alonso, guardaparques y ornitólogo, quien nos enseña algunas de las claves del Parque Nacional. Esta cerrada zona boscosa, en la que la temperatura baja y el sol ingresa tamizado por verdes coníferas, no tiene más de veinte años de antigüedad (aunque parezca centenaria). “El pastoreo y el pisoteo por parte del ganado hacen que las áreas que no están protegidas presenten un paisaje de desierto verde en el que lo único que se encuentra de vida es pasto; un gran contraste con este frondoso paseo”, comenta Alonso.
Abundan enredaderas, lianas, alisos, arrayanes y quebracho blanco, entre una inmensa variedad de árboles. La fertilidad de la zona y el trabajo de las aves hacen que algunas plantas exóticas como ligustro, mora o paraíso intenten tomar preponderancia. Es que muchos pájaros se alimentan, fuera del parque, de los frutos de estas plantas y defecan las semillas en la zona de pastizales, tierra fértil entrerriana. Esto hace que los guardaparques deban estar muy atentos y trabajen arduamente para controlar a las plantas invasoras.
Llegar al mirador de la laguna Irupé nos toma muchísimo más tiempo del que pensábamos. No porque el camino sea largo; por el contrario, no tiene más de 500 m y está perfectamente señalizado. Pero la verdad es que conviene desacelerar un poco, detenerse cada 50 o 70 m y mirar con atención hacia los costados, para arriba y hasta para atrás. Las sorpresas se suceden unas a otras... Las primeras horas de la mañana son ideales para disfrutar de las lagunas y recorrer los miradores.
Ya sobre la plataforma que se mete algunos metros en la Irupé, aparece una garza blanca. Se pasea frente a nuestros ojos, por delante de los juncos, del otro lado de la laguna, por el bosque de barranca que oficia de límite Este del parque, en un área militar de manejo conjunto con la Administración de Parques Nacionales (APN).
La última de las lagunas se llama Las Piedras. Es la más grande de las tres y, al igual que las anteriores, permanece con agua todo el año porque se nutre de una vertiente. La zona de islas, por el contrario, depende de las crecientes del Paraná que inundan las partes internas.
En Las Piedras se puede ver, nuevamente, a un yacaré descansando en la parte más alta de la laguna (siempre exponiendo su curtido cuero al sol). Hay también lobitos de río, carpinchos y, una vez más, un sinnúmero de aves.
 
Hacia el corazón de las islas
El guardaparques Pablo Giorgis sale de recorrida hacia el interior de las islas y nos invita a acompañarlo. La idea es remontar, en una de las lanchas, el arroyo La Azotea hasta su nacimiento, en la boya 503 del Paraná.
A pocos minutos de navegar, damos con el límite continental del Pre Delta. Entonces, Pablo nos hace notar la diferencia en la vegetación entre la zona protegida y los campos privados. El pastoreo y el mal uso de la vera del río por quienes, en forma egoísta, disponen de los lugares equivocados para hacer fuego y generar basura, contrastan altamente con las costas de las islas protegidas por el trabajo de Parques y la creciente toma de conciencia de algunos pobladores de la región.
En Pre Delta está Ave Fénix, una lancha para 12 pasajeros, capitaneada por Guillermo Trossero, oriundo de Diamante y con más de dos décadas sobre el agua. Las excursiones lacustres son indispensables para conocer el parque en profundidad.
Junto a un grupo de diez visitantes hacemos el mismo tramo que habíamos hecho junto al guardaparque Pablo Giorgis hasta a La Azotea, un puerto ganadero en las afueras de Diamante. Durante los más de cuarenta minutos que dura la excursión, somos muy bien instruidos por Stella Maris Navarro, una guía avalada por APN que trabaja desde el día que se creó el Parque Nacional Pre Delta y que lleva más de la mitad de su vida dentro de parques entrerrianos.
Durante muchos años, Stella fue la compañera de Juan Antonio Temporetti, impulsor de la creación del Pre Delta y actual director de Parques para la región Noroeste. Ahora, como guía, forma una dupla muy pedagógica junto al capitán del barco y, entre ambos, hacen muy amena la navegación por estos frondosos senderos.
Por la proa se ve el majestuoso Paraná, con más de 4000 km de largo y un caudal de 17000 l por m3. Toda esa energía fluye debajo de nosotros. Son esas corrientes las que determinan la formación de las islas y también su contenido biológico. Permiten la penetración de elementos subtropicales a una zona más templada y por eso, gran cantidad de la flora de Pre Delta es oriunda de la región chaqueña.
Al volver al muelle del parque, Guillermo nos invita a recorrer el mismo arroyo pero en sentido Sur–Este. La idea es llegar hasta la Vuelta del Sombrero en busca de un par de búhos que miden más de cincuenta centímetros de alto. Aceptamos la invitación con mucha intriga y, en poco menos de treinta minutos, partimos nuevamente.
Stella se encarga de instruir a los pasajeros. Esta vez, viajamos con cuatro parejas de rosarinos que suelen hacer escapadas por el día hasta Pre Delta. Nos sorprendemos ante los hermosos colores de un clavel del aire que es iluminado desde atrás por la cálida luz del sol de la tarde, enredaderas que bajan desde las copas de los árboles como largas cabelleras verdes, camalotes por doquier y el canto de las aves que nos acompaña durante toda la excursión.
Encontramos a los enormes búhos ahí, donde Guillermo y Stella presumían que estarían. Posan inmóviles en grandes ramas y nos miran con sus enormes ojos oscuros.
Al regresar, es una cigüeña el ave encargada de despedirnos de la zona de islas. Su vuelo, en lo alto, traza una línea perfecta sobre nuestras cabezas y le da pie al capitán Guillermo para hacer el chiste sobre a cuál de las chicas de la excursión estaría buscando la cigüeña para entregarle un niño.
De vuelta en el parque, recorremos las pasarelas por última vez e intentamos llevarnos de recuerdo la mayor cantidad de sonidos y aromas del Pre Delta, un lugar ideal para pasar unos días distintos, tranquilos y en contacto directo con la naturaleza.