Sólo faltó un detalle para que el 2009 fuera el año perfecto en su carrera deportiva. Con los títulos del TC 2000 y el Top Race V6 bajo el brazo, una mancha de aceite en la última carrera del Turismo Carretera, en Buenos Aires, le jugó una mala pasada, se despistó y adiós a la triple corona nacional.
Pero no hubo tiempo para lamentos. El 2010 llegó con la imperiosa necesidad de dedicarle todo el esfuerzo al sueño que, lento pero constante, crecía desde el último invierno: competir en la Fórmula 1 (acaso la máxima aspiración de un piloto de carreras). A sus 26 años, José María “Pechito” López acaba de alcanzarlo: en el próximo mes de marzo participará en la especialidad con un coche de la nueva escudería norteamericana USF1.
Atrás, una vida dedicada al automovilismo, colmada de viajes antes de cumplir los 10 años de edad para correr en kartings y hacer cursos de manejo a la edad en que la mayoría de los chicos sólo piensan, desde el pupitre de una escuela, en Lengua, Matemáticas y Geografía.
Adelante, se avecina nada menos que el anhelo de su vida. Entre ese pasado y ese futuro, el López más conocido de Río Tercero (Córdoba) habla sobre los recuerdos de su infancia, la importancia de tener un abuelo cómplice de aventuras, la forma en la que se observa la vida desde arriba de un auto y las ganas de manejar uno de esos coches con los que más de uno se imaginó al volante: un Fórmula 1 de los de verdad.
–Ya está, se concretó el sueño y en marzo vas a correr en la Fórmula 1. ¿Cuál fue la última vez que te subiste a un coche de esa categoría?
–En una prueba de chequeo previa a la última carrera del 2006, en Silverstone, Inglaterra, a bordo del Renault F1 R26.
–¿En qué momento de tu vida te encuentra esta posibilidad?
–Creo que en el mejor, desde muchos puntos de vista siento que estoy preparado para esta posibilidad.
–Ahora que vas a cumplir tu objetivo de correr en la Fórmula 1, ¿no se te da por pensar en todo lo que peleaste y peleó tu gente para alcanzarlo?
–Sí, claro, ¡cómo no! Se me pasan imágenes, me acuerdo de todo y de todos. Hasta de cómo surgió eso de “Pechito”… “Pechito” López.
–¿Y cómo surgió?
–Mi apodo viene por parte de mi padre, que también se llama José María. Empezó cuando él corría en la Fórmula 5, en mi ciudad natal, Río Tercero (Córdoba). En una de las reuniones previas a cada carrera, los pilotos discutían sobre seguridad y otros temas. Mi viejo había faltado al trabajo para asistir a una de ellas en la que todo el mundo estaba en desacuerdo con un tema que se hacía cada vez más largo. Llegó un momento en el que mi viejo se enojó y antes de irse dijo: “¡Acá son todos unos pechos fríos!”. Dió un portazo y se fue. Todos se quedaron mudos, y desde ese día, le empezaron a decir “Pecho frío”. Al cabo de un tiempo, pasó a ser “Pecho” y cuando nací yo… me convertí en “Pechito”.
–¿Tu papá te marcó en el apodo y tu familia en general en la vida?
–Sin la ayuda de mi familia, y en especial de mi padre, no hubiera llegado ni a un diez por ciento de lo que soy como persona y deportista. Mi familia lo es todo.
–A los 10 años participabas, en Brasil, de seminarios de automovilismo. ¿Qué significó eso para vos, a tan corta edad?
–Recuerdo que en 1994 fui a Interlagos, Brasil, para hacer unas pruebas en karting. Fui con un amigo muy importante para mí, que era como un segundo padre: Walter Bosano. Ese viaje fue muy importante ya que aprendí mucho.
–A los 11 viajabas por Sudamérica y antes de los 20 ya vivías en Europa. Moviditas tu vida y tu carrera deportiva.
–Sí, es cierto. Pero fue una experiencia increíble, de la que aprendí muchísimo como deportista y como persona. De repente, tuve que aprender a vivir sin mis seres queridos, a lavar y a cocinar… A organizarme, en definitiva. Todo eso me formó como individuo, así como me sirvió para conocer otros idiomas y otras culturas. Es in-creíble la información que uno incorpora al viajar.
–¿Qué anhelos o sueños cambiaron desde tu infancia a estos tiempos?
–Desde que empecé a correr en karting, más allá de querer llegar a la Fórmula 1, mi sueño fue ser “alguien” en la vida, fuera cual fuese mi actividad.
–¿Por qué corrés?
–Digamos que no es algo que haya elegido al principio. Mi viejo es un apasionado de los autos, al igual que parte de la familia de mi mamá. Todo empezó como un juego. Después, con el tiempo, empecé a crecer en el automovilismo y a darme cuenta de que esta era y es mi verdadera vocación.
El abuelo Alfredo
Protagonista de enredos dignos de contarse en un libro que todavía no se hizo, de chico, “Pechito” era tan terrible que lo apodaban “Jaimito”. Su familia, en cambio, emparentaba sus andanzas con las del mítico personaje mexicano “El Chavo del Ocho”. Tal vez, intentó imitar a Chespirito aquella tarde en la que, después de hacer una travesura, decidió esconderse durante un buen rato, temeroso del enojo de sus padres. “Se metió en un tambor de doscientos litros, se llevó un despertador y durmió una siesta. ¡Estuvo como dos horas y yo estaba muy preocupada porque no sabía nada de él! No recuerdo qué hizo, pero le había dicho que cuando volviera su padre se las iba a tener que ver con él. Tanto miedo le dio que se escondió y no había forma de encontrarlo. Por suerte, lo encontró un policía que lo vio andar por los techos de casa. Al final, había salido del tambor ¡porque no daba más del hambre!”, recuerda, entre risas, mamá Mabel Rosa Vecchio.
–¿Te acordás del primer contacto que tuviste con un auto?
–Fue a los 11 años en el campo de mi abuelo Alfredo. Él me hizo manejar. Fue un momento muy divertido, que me marcó muchísimo. No lo olvidaré jamás.
–¿Cuál es el auto más lindo que manejaste? ¿Y cuál el que no pudiste manejar aún, pero te gustaría hacerlo?
–El más lindo, el Renault F1 R26. El que me gustaría manejar… ¡un Fórmula 1!
–¿Alguna vez dijiste: “sueño cumplido”?
–Nunca. Los sueños y las metas nos hacen esforzarnos día a día para alcanzarlos. Y cuando se logran, surgen otros. Eso es lo que nos hace seguir creciendo.
–¿Cuáles son las cualidades o condiciones que ves en vos mismo?
–Me dedico al cien por ciento y soy una persona híper competitiva y muy exigente.
–¿Cómo te definís como piloto?
–¡Qué pregunta! A la gente le gusta que soy aguerrido y que siempre voy al frente.
Cábalas, excesos y psicología
–¿Qué son las victorias y las derrotas?
–Las victorias son un premio al trabajo bien hecho durante una carrera o un fin de semana. Las derrotas, aquello que me ayuda a aprender para después mejorar.
–¿Qué papel juega lo psicológico en una carrera? ¿Cómo manejás tu mente?
–El aspecto mental es muy importante a la hora de competir y todo el tiempo se aprende acerca de cómo usar la cabeza para estar lo más concentrado posible.
–¿Cómo es la vida de un corredor de autos? ¿Qué hay de cierto con respecto a mujeres, excesos, etcétera, etcétera?
–Eso es un mito. Puede ser que haya pilotos que vivan rodeados de mujeres, pero no es mi caso: tomo al automovilismo como un deporte para el cual hay que estar muy bien preparado físicamente. Una vida de excesos no es buena para nadie.
–¿Creés en las cábalas, en el azar?
–No. A las metas se llega con trabajo duro y dedicación.
–¿Hay coincidencias entre tu forma de correr y de vivir? Dicen que siempre corrés al límite. ¿En la vida diaria también?
–Soy una persona muy competitiva, tanto en la vida como en las carreras. Pero, fuera del auto, soy alguien muy tranquilo. El tema es que cuando me pongo el casco sale a flote otra persona.
–“Pechito”, ¿qué es lo que más te gusta del automovilismo?
–Manejar, manejar y manejar. Cuando estoy arriba del auto es como que me siento en otro mundo: somos solamente él y yo, como una sola cosa que se une para correr. También me gusta la entrega y la pasión que tienen los mecánicos y aquellos que están las venticuatro horas acondicionando el coche.
–¿Hasta cuándo te ves corriendo?
–Ojalá que por muchos años más. Me gusta cuidarme y espero llegar a ser competitivo una gran cantidad de tiempo.
–Salís en los diarios, en la tele, te reconocen por las calles y en las pistas… ¿pero qué pasa cuando te bajás del auto?
–Hay que saber diferenciar la competencia de cuando uno se baja del auto. No es lo mismo. Para nada es lo mismo.
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