A diez años de su divorcio, y con seis décadas sobre sus espaldas, Jane y Jake ya no son los mismos. Ella cumplió el viejo sueño de concretar su propio emprendimiento y es dueña de una visitadísima panadería en Santa Bárbara. Él, finalmente, se casó con Agness, una treintañera muy bella por la que dejó, en su momento, a Jane.
Sin embargo, Jane y Jake no saben de rencores. Digamos que su relación es bastante amistosa. A tal punto que, la noche previa a la ceremonia de graduación de uno de sus tres hijos, comparten una cena inocente que acaba de una manera inimaginable: en una aventura amorosa. Antes, Jane era la esposa de Jake. Ahora, es la amante. ¿Complicado, no?
En resumidas cuentas, esta es la idea madre de Enamorándome de mi ex, la película protagonizada por los geniales Meryl Streep y Alec Baldwin. ¿Se sintió identificado? ¿La realidad puede superar a la ficción? En algunos casos, sí, claro. “En mi consultorio fui testigo de situaciones en las que, con el tiempo, los ‘ex’ se transformaron en amantes”, acepta Jorge Daniel Moreno, médico psiquiatra, especialista en terapia de familia y parejas, pero aclara: “Aunque más comunes son las separaciones, la concreción de nuevas parejas, y el regreso a la primera pareja, aun con divorcio de por medio. ¡Hay quienes hasta se vuelven a casar!”.
Lo que sí ocurre a menudo, según Moreno, es que durante el período de la separación, suelen sucesder reencuentros ocasionales, que se hacen esporádicos y escasos en tanto el distanciamiento se efectiviza. “Estos encuentros ocurren, incluso, cuando alguno de los miembros de la pareja que se está separando comenzó otra relación –sostiene el especialista–. No sé si se los podría definir como ‘amantes’. A mi entender, son intentos de volver a encontrarse sin el contexto de la pelea y sin la cotidianeidad ya enmarañada por el conflicto que hizo imposible la convivencia. En otros casos, representa una dificultad para romper con el vínculo, por distintos motivos: angustia y miedos ante la soledad, culpa, depresión, etcétera. De alguna forma, podría decirse que son recreos, ya sea para reencontrarse fuera de una relación insatisfactoria o para traspasar el umbral de esa relación y empezar a dejarla atrás”.
Bernardo Stamateas, licenciado en Psicología, terapeuta familiar, sexólogo clínico y escritor de varios libros, como Pasiones tóxicas, cómo atravesar las crisis y enriquecer la vida de pareja, coincide en que las reincidencias entre los “ex” son frecuentes, sobre todo cuando el duelo de la separación no se llevó a cabo en su totalidad. “Si no se cerró esa etapa, uno queda ‘enganchado’ a pesar de los años que hayan pasado. De ser así, suele ocurrir que el tiempo no cambia los sentimientos y estos permanecen intactos, guardados o escondidos en el interior de la persona. Siempre que hay una separación, hay un duelo por el ideal perdido. Si ese duelo no concluye, queda abierto, como una asignatura pendiente. La pareja se separa físicamente, pero se mantienen unidos en el aspecto emocional”, completa su análisis Stamateas, quien acaba de lanzar una colección de audios en los que trata temáticas como “El duelo”, “Parejas exitosas” y “Cómo lograr que nadie lastime nuestro corazón”.
Otra escena de Enamorándome de mi ex: después de reincidir con Jane, Jake exclama entre las sábanas: “¡Hogar, dulce hogar!”. Este pasaje del filme norteamericano sirve como puntapié para el siguiente cuestionamiento: ¿Cómo se cae, una vez más, en las redes de quien fue el compañero de ruta en el pasado? “Es un capítulo aparte”, contesta Moreno, con un dejo de humor. “Volver a enamorarse es volver a reestablecer aquellos vínculos que tejieron una intimidad compartida. Volver a enamorarse implica haberse separado, haber redefinido la relación, haberla dejado atrás, haberse despedido (de quien fue uno en esa relación, de la relación en sí y, por supuesto, del otro) y reencontrarse desde otro lugar, desde otra mirada y otra expectativa. Así, puede ser que aparezca la chispa que encienda el enamoramiento. Los meros reencuentros fogosos me parece que responden a maneras no muy saludables de separarse”.
La culpa y la disculpa
“Nunca más oíste tú hablar de mí, en cambio yo seguí pensando en ti. De esta nostalgia que quedó, tanto tiempo ya pasó y nunca te olvidé…”, entona el brasileño Roberto Car-los en La distancia. Justamente, es ella la que ayuda a descubrir que en una pareja no hay culpables ni inocentes. “¡El tango se baila de a dos! La distancia sirve para ‘limpiar la atmósfera emocional’ contaminada, hacer introspección y poder hacer los cambios necesarios para llevarse mejor”, aporta Stamateas.
–Es interesante profundizar el concepto “distancia”. La distancia también maquilla aquello negativo que propició la separación. ¿Cuál es el riesgo? Que toda relación pasada aparente ser mejor de lo que fue. ¿Esto no atenta a la hora de recuperarse de un revés y dar vuelta la página?
Stamateas. –Es posible. La idealización del pasado es un mecanismo de defensa que se utiliza para paliar el dolor de la angustia. Se pone foco en todo lo bueno y se olvida lo malo que sucedió. Cuan-do uno se separa, aparecen la “culpa” y la “disculpa”. Esto significa que, de a ratos, uno se siente culpable y piensa: “¿Por qué hice o dije esto?”. En otra oportunidad, emerge la “disculpa” y se razona: “En realidad, la culpa la tuvo el otro por esto y lo otro”.
Moreno. –Dejame opinar que no siempre ocurre lo que planteas en tu pregunta. Cuando una separación es elaborada y se deja atrás, se analiza lo bueno y lo malo que hubo en esa relación. Y lo malo fue más que lo bueno, ya que hizo que esa pareja no fructificara y se rompiera; o sea, no prosiga. En varios casos, la idealización de lo pasado puede significar que el duelo no se elaboró adecuadamente, o que los miedos, las angustias (que siempre se presentan ante un fracaso de pareja) y la incertidumbre a futuro se disfracen detrás de “lo anterior fue mejor”. Y es posible que esa expresión silencie una incapacidad para seguir adelante en la búsqueda de otro vínculo. “Lo anterior fue mejor” es un excelente consuelo cuando los fantasmas no permiten visualizar un horizonte que se abre. Ahora bien, si, efectivamente, “lo anterior fue mejor” –que, a veces, ¡es posible!– entonces, habría que volver sobre los pasos y pelear por reconstruirlo.
Stamateas. –Hay una estadística que no podemos dejar pasar por alto. El 70% de la gente que inicia una nueva pareja, sin elaborar el duelo necesario con respecto a su relación anterior, se vuelve a separar. ¿Por qué? Porque no se puede construir sobre ruinas. Ya sea con la misma persona o con otra, hay que sanar lo ocurrido para luego iniciar o reiniciar otra relación. Muchas personas cometen un error muy frecuente: no se terminaron de separar y ya están iniciando una historia con otro hombre u otra mujer. Eso es una piedra en el camino cuando se quieren edificar vínculos sanos.
–¿Las segundas partes, como en la pantalla grande, suelen no ser buenas?
Moreno. –Depende. En tanto haya un proceso de cambio –personal y del vínculo–, sí pueden sobrevenir finales felices. Pero si son un parche y un modo de eludir el dolor, seguro que no.
–¿Qué ocurre cuando un miembro de la pareja quiere volver y el otro, si bien mantiene sentimientos para con su “ex”, considera que el duelo está hecho y que hay que “dejar las cosas como están”?
Stamateas. –Es preciso tener en cuenta los sentimientos de ambos. Pueden sostener una buena relación actual, pero si no son los dos los que tienen el deseo de construir un proyecto en común es imposible, dado que no existe una pareja unipersonal.
Moreno. –Una pareja “es” cuando dos personas acuerdan que eso pase. De lo contrario, no hay pareja posible. Y si uno hizo el duelo y está separado, pero el otro no, las posibilidades son menores aún. La pareja volverá a existir siempre y cuando acontezca un reencuentro. Y para eso, se necesitan dos personas y un acuerdo basado en el afecto y el deseo.
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