No titubea frente a ninguna pregunta, y es frontal y directa en sus respuestas. La niña que empezó su carrera en el mítico “Jugate conmigo” logró despojarse poco a poco –con mucho trabajo interno– del pesado título de ser la hija de… Y eso se nota. A punto de terminar con Algo en común, la obra dirigida por Santiago Doria y que ella encaró como una verdadera bisagra en su carrera de actriz, se detiene y hace un repaso de su profesión. Hacia atrás, muchos pasillos y estudios de TV recorridos. Hacia adelante, un futuro abierto.
–Romina, ¿por qué era tan importante para vos hacer esta obra?
–Yo ya había hecho teatro, pero siempre musicales relacionados con los programas que hacía en la tele. Era un desafío para mí y me sirvió para sacarme el prejuicio que yo tenía conmigo misma, eso de “Ay, yo esto no lo puedo hacer”. Me gustaba la idea de trabajar de noche y tener el día para estar con mis hijos. Además, tiene que ver con estar menos expuesta. Quiero trabajar de lo que me gusta sin la necesidad de tener que atravesar la enorme exposición que te da la tele y sin sentirme presionada por el rating… Este proyecto fue una decisión muy personal.
–¿Puede ser que tengas una relación amor-odio con la televisión?
–La verdad es que siempre tuve una relación de amor con la tele porque me dio muchísimo y no reniego de ella para nada. Pero desde hace tres años, le tengo una especie de bronca.
–¿Por qué?
–Por la falta de respeto hacia el espectador y hacia los que trabajamos en ella. Aunque creo que a esta altura ya no hace falta aclararlo, yo soy hija de Gustavo (Yanquelevich) y de Cris (Morena), y siempre viví una tele diferente de la que se está viviendo ahora, había otros códigos. Ahora, si a la semana no rendís lo que se supone que tenés que rendir, sos un fracaso, sos un desastre, te vuelan, te cambian de horario, te hacen cambiar la historia… Entonces, todos los que nos habíamos comprometido a hacer algo que nos gustaba terminamos haciendo una tira que no queremos hacer.
–¿Conclusión?
–Mirá, cuando no tenía hijos, no me importaba pasarme doce horas adentro de un estudio de grabación. Pero hoy significa dejar a mi familia, y si se vuelve un esfuerzo más que un disfrute, no da. La verdad es que la tele se transformó en algo que me angustia mucho. Yo suelo frustrarme cuando las cosas no salen como deberían ser. Y empecé a volver a mi casa diciendo: “No quiero volver, no quiero trabajar así”. No me gusta sentirme manoseada. Y además, hay que dar la cara frente a la gente que te dice: “¿Por qué no dan más el programa a las ocho?”, “¿Por qué levantaron el pro-grama sin un final?”. Yo le puedo explicar a una persona, pero para la gran mayoría queda como que uno los defraudó.
–Después de “Bella & Bestia”, volviste el año pasado a hacer “Casi ángeles”...
–En realidad me lo pidió mi mamá. Me dijo que eran sólo cinco capítulos y terminaron siendo ocho meses. Me vino bien porque yo necesitaba trabajar, el personaje me gustaba y no me llevaba tantas horas. Me cerró por todos lados. Pero hoy, si hago televisión, tengo que sentir que hay un compromiso de todas las partes. A futuro, sólo tengo una posibilidad de hacer un capítulo de un unitario en Canal 7.
–¿Tenés representante?
–No, ahora no tengo. Tuve uno, pero como después me llamaban a mí directamente… Más allá de que siempre trabajé mucho con mis padres. (Risas).
–¿Vos misma arreglás tu cachet?
–Todo lo arregla mi marido. Yo soy bastante nula para esas cosas porque siempre creo que mi trabajo vale menos de lo que vale. (Risas).
–Y a la hora de trabajar con tus padres, ¿pueden separar el rol de actriz y el de productores que pagan tu sueldo?
–¡Recontra! No hay una cosa extra porque soy su hija, ¡para nada! Ellos son muy rectos y está en mi naturaleza ser muy profesional a la hora de trabajar. Además, no quiero que nadie tenga nada para decir porque soy la hija de.
–Varias veces hablaste de tu necesidad de trabajar, pero ¿vos no sentís que hay una fantasía colectiva de que vos no necesitás porque tus padres tienen plata?
–Mis padres trabajan mucho e invierten constantemente y cada vez les cuesta más. Por suerte, son dos personas a las que les ha ido muy bien, pero somos familias diferentes. Ellos siempre van a estar, pero mi deber es mantenerme. Se me caería la cara de vergüenza si tuviera que pedirles plata a mis padres porque se me antojara no trabajar. De hecho, tuve la suerte de trabajar mucho antes de cada embarazo y pude tomarme mi tiempo para estar con mis tres bebés. La verdad es que hoy no me puedo dar el lujo de estar un año sin trabajar.
Ser madre, el rol principal
–¿Siempre te soñaste con varios hijos?
–¡Toda la vida! Desde chica, quería casarme y tener hijos. No quiero decir la típica frase “soy re Susanita” porque está muy vapuleada. Lo mismo pasa con “soy un chico de barrio”, ¿viste? De golpe, todos son de barrio y todas somos Susanitas. (Risas). Mi familia es la base de todo: si yo tengo mis afectos cerca y estoy contenida por ellos, puedo lograr lo que quiero. Tengo un marido increíble, que me banca en todo, que está orgulloso de mí y mis hijos siempre son mi prioridad. Si ellos me pidieran que esté más en casa, lo haría. No muero por las cámaras, esta es mi forma de ser y me hace feliz.
–Siempre hablás de tu pareja, como alguien que te rescató, que te iluminó.
–Así es. Yo estaba en un momento muy difícil. Había entrado en “Jugate conmigo” para poder estar cerca de mi mamá, todo se fue dando y terminé metida en una bola tremenda. Más allá de que a mí gustaba lo que estaba haciendo en “Chiquititas”, todo se me había vuelto medio incontrolable. No era muy consciente de lo que pasaba a mi alrededor y cuando razonaba, se me volaba la cabeza. Yo conocí a Darío en esa época, donde iba a trabajar y volvía a encerrarme a mi casa. Estaba expuesta.
–¿A las críticas te referís?
–El público siempre me aceptó, pero los medios me pegaban por ser la hija de… Quizás también era un tiro por elevación: démosle a la hija, así matamos a los padres. Ahí llegó Darío y él me vio como yo realmente era, ni la de la tele, ni la hija de… Yo siempre pude ser auténtica y espontánea con él. De hecho, cuando alguien no me cae bien, se me nota. Pero con Darío fui todo lo libre que podía ser. Igualmente, pasaron tres años hasta que nos pusimos de novios, pobrecito. Ahora, hace 11 años que estamos casados.
–A ver, a ver: ¿cómo te podrías definir en tu rol de mamá?
–Exigente. (Risas). Yo soy muy perfeccionista y sé que me tengo que controlar en la presión que les pongo. Creo que al comienzo era una madre insegura. “¿Estaré haciendo bien?” “¿Estaré haciendo mal?”. Ahora me doy cuenta de que no he hecho las cosas nada mal porque lo veo a Franco, con sus 10 años, que me hace ciertos planteos o dice cosas que tienen que ver con los valores que le hemos inculcado.
–¿Qué actitudes de tu mamá te habías prometido no repetir y ahora te encontrás haciendo?
–Tengo claro lo que no estoy repitiendo de ella. Por ejemplo, estar más tiempo con mis hijos. Hasta el año 90, cuando mi papá entró a trabajar en Telefé, no tenían un peso y ellos trabajaban y trabajaban y casi no los veíamos. Yo me dije: “En mi casa no va a pasar eso”. Reunión de colegio, estoy; acto del colegio, estoy; si tengo un minuto entre las grabaciones y puedo ir a buscarlos al cole, estoy. Quizás lo que tengo de mi mamá es eso de seguir rutinas: a tal hora cenar, a tal hora bañarse, a tal hora irse a dormir… Creo que eso los ordena, los ubica.
–Muchas veces hablaste del trastorno alimenticio que padeciste hace años. ¿Cómo te llevás con tu imagen ahora?
–Ya te dije que soy muy exigente conmigo y me gusta verme bien. Entonces trabajo para ver una imagen mía que me agrade. Entreno, aunque eso ya va más allá de lo estético, porque me ayuda también a encausar mi energía. Y después… tengo etapas: por ahí me cuido más, otras veces como más. Pero trato de no desbandarme porque me gusta tener aire, poder subir una escalera sin cansarme… A esta edad y teniendo tres hijos, lo que menos quiero es que ellos carguen con un rollo mío que los pueda perjudicar, por eso trato de no ponerme obsesiva con el tema del cuerpo.
–¿Te preocupa el paso del tiempo? ¿Sí a las cirugías? ¿No a la cirugías?
–Yo tengo cirugías de lolas, pero no me tocaría la cara porque me da miedo que me la dejen hecha un desastre. No es un tema para mí el paso del tiempo. De hecho, me pasa hoy con mi hijo –que es muy alto– y me dicen: “No, no puede ser que tengas un hijo tan grande”. Para mí, es un orgullo. Lo que me preocupa es que el tiempo pase y no hacer las cosas que siempre tuve ganas. Yo sentía que este año era fundamental para mí hacer esta obra de teatro. Hay cosas que una tiene que resolver, ¿no?
–¿Por ejemplo?
–Vamos a ver qué otras propuestas surgen después de Algo en común y a partir de ahí, tendré que tomar la decisión de seguir en esto o dedicarme a otra cosa. Tal vez, hacer algo que tenga que ver con este medio, pero no poniendo la cara. Me gusta mucho escribir y tal vez armar mis propios proyectos. Quiero probar todo y decidir; quiero elecciones mías bien firmes y darme cuenta de si soy realmente actriz o si sigo en la inercia por haber empezado desde muy chica. Amo actuar, pero hay un montón de cosas a su alrededor que no me gustan.
|