Antiguamente, los maestros no sólo no dudaban en aconsejarle a sus alumnos cómo vivir sus vidas, sino que creían que se trataba de eso. La finalidad de la educación era crear ciudadanos que tendieran a hacer lo correcto. Pero no iban a tender a hacer lo correcto sacándolo a la fuerza de sus mentes. Había que decirles qué era lo correcto. Quizás, estemos enseñándoles a los estudiantes a ser buenos técnicos, pero no a ser buenos ciudadanos”. El planteo pertenece al psicólogo norteamericano Barry Schwartz, profesor de Teoría y Acción Social en Swarthmore College (Estados Unidos). ¿Será esta la gran revolución que experimentará la educación argentina en los años venideros?
Aunque si hablamos del futuro y de los próximos cimientos de una de las áreas que condicionan el destino de una nación, habrá que “parar la pelota”, volver sobre los pasos dados en el pasado y reflexionar sobre el presente.
Schwartz empieza su frase con la palabra “antiguamente”. ¿Viajamos en el tiempo? “La educación que recibimos los que éramos jóvenes a fines de la década de los sesenta –hoy padres de adolescentes, adultos jóvenes y muchos ya abuelos–, se dio durante el pasaje de un modelo educativo autoritario y patriarcal, correspondiente con una sociedad disciplinaria e industrial, al actual, en el marco de una sociedad posindustrial, flexible y globalizada. A partir de allí, y como reacción a lo anterior, se construyeron modelos educativos y de crianza más cercanos, afectuosos, democráticos e inclusivos, pero a la vez, más simétricos e indiscriminados. La simetría inconsciente, que se transmite de forma involuntaria, se ve reforzada a través de múltiples actitudes cotidianas de los padres hacia los hijos, como el exceso de confidencias, de protagonismo, de explicaciones cuando no hay escucha, de dependencia emocional, y de falta de límites y confusión de roles. Padres e hijos se enfrentan como iguales”, define Claudia Messing, psicóloga social, terapeuta familiar, autora de varios libros y directora de la Escuela de Posgrado en Orientación Vocacional y Terapia Vincular-Familiar.
Volviendo sobre los dichos de Schwartz, Paola del Bosco, profesora del Área Empresa, Sociedad y Economía de la Escuela de Negocios IAE, opina que, ayer nomás, el papel de los docentes estaba reforzado por el prestigio y el reconocimiento social que ostentaban. Por ende, su autoridad no estaba en tela de juicio. “Su tarea estaba facilitada socialmente, ya que la cultura tenía pocas variantes, así que todo estaba encaminado hacia un mismo objetivo –repasa Del Bosco–. Lo difícil es educar mientras algunos valores son discutidos; entre ellos, el de la autoridad. Hoy, el docente se encuentra en la situación de tener que ganarse su terreno palmo a palmo, algo desgastante si no hay una motivación específica en ese sentido y si no se les proveen los instrumentos idóneos para hacerlo. Si esto sucede, la educación del siglo XXI podría ser mejor que la de antaño por ser más extendida –ofrecida no sólo a elites– y por su intención de polemizar los debates de la cultura contemporánea, más que aceptarlos como ya resueltos”.
La máquina del tiempo nos devuelve a febrero de 2010. Hasta el día de la fecha, el balance de la educación argentina tiene claros y oscuros. Si trazáramos dos columnas, una con los ítems positivos y otra con los negativos, ¿qué aparecerían en ellas? Inés Dussel, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y directora educativa de Sangari Argentina, escribiría en la primera columna que “hay muchos más chicos en la escuela y hay un fuerte compromiso social con la educación. En los últimos años, el presupuesto educativo creció sostenidamente y, según el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), la Ley de Financiamiento de la Educación se está cumpliendo. Esto es muy alentador”.
Silvina Gvirtz, doctora en Educación, investigadora del CONICET y directora de la Maestría en Educación de la Universidad de San Andrés (UdeSA), se suma al ejercicio propuesto. “La situación es heterogénea. Algunas escuelas funcionan muy bien, tienen jornada extendida o completa, buenos edificios, materiales suficientes y profesionales con experiencia que trabajan en equipo. Asimismo, hay otras instituciones con pocas horas de clase diarias, jornada simple, con una infraestructura edilicia que no está en condiciones, con alta rotación docente, y sin acceso a Internet ni a una cantidad suficiente de libros. Lamentablemente, muchas de estas escuelas atienden a los niños más carenciados. Uno de los problemas más graves de la Argentina es que, en lugar de igualar, el sistema educativo reproduce la injusticia que padece la población en salud o distribución del ingreso. Pero esto ocurre desde hace décadas”.
Por su parte, Del Bosco se detiene en el debilitamiento y el declive que sufrió la estructura de la educación pública (sobre todo frente a la privada). ¿Las causas? Entre otras, la especialista nombra la pérdida de prestigio social de la carrera docente y su correspondiente (des)compensación económica. Otro llamado de atención en este campo: el “profesor por horas” o “profesor taxi”, con hasta 700 alumnos por semana, con cargos repartidos en varias escuelas. Demasiada diversificación.
Entonces, ¿hay hechos para resaltar? Sí. ¿Falta mejorar? Sin dudas. “En el 2009, se le destinó a la educación el 5,5% del Producto Bruto Interno (PBI) y eso merece ser destacado. Sin embargo, esa inversión se puede aprovechar mejor”, analiza Gvirtz. “Es urgente garantizar la jornada completa en la primaria. Diversos documentos de la UNESCO recomiendan, como mínimo, entre 850 y 1000 horas de clase. En la mayoría de las escuelas primarias con jornada simple, llegaríamos a 720 si cumpliéramos los 180 días de clase. Otra deuda que falta saldar: la universalización de las salitas de tres, cuatro y cinco años”.
Los ladrillos para edificar
Le echamos un vistazo al pasado, revisamos el presente... Es el turno del futuro. En una sociedad cada vez más exigente, contradictoria y atravesada por el consumismo y los medios masivos de comunicación, ¿cómo debería ser la escuela de la posmodernidad? ¿Cuáles serían sus bases innegociables?
“La escuela debería ofrecer una educación integral y obligatoria desde los cuatro años hasta la finalización del nivel medio”, sentencia Gvirtz. “No sólo tiene que enseñar las disciplinas básicas (Matemáticas, Lengua, Ciencias Naturales y Sociales), sino que tendría que ahondar más en los deportes, en el arte (Música, Plástica y Teatro), en los idiomas, en las tecnologías emergentes, y en la formación moral y ciudadana de los niños. Como señala la UNESCO, debería orientar a pensar, a aprender autónomamente, a vincularnos con los otros, a ser y a hacer. Según los resultados de las pruebas PISA 2006, el 36% de nuestros chicos de 15 años no comprenden siquiera un texto sencillo. Eso es muy triste”.
Para Dussel, es ineludible transmitir la cultura. Para ello, no habrá que pasar por alto las transformaciones enormes que se suscitaron en la producción y circulación del conocimiento. Las flamantes tecnologías cambiaron radicalmente el cómo conocemos, y, en algún punto, también el qué. “No todos los cambios son para celebrar: es preocupante la fugacidad de las referencias culturales, la búsqueda de una respuesta rápida, la ansiedad por la satisfacción inmediata del deseo y la dificultad de establecer distancias y perspectivas”, advierte Dussel. “La escuela debe dialogar con estas condiciones inéditas y generar espacios de aprendizaje donde haya tiempo para ensayar y reflexionar, donde no se calle ninguna voz, y donde pueda entenderse que es importante incorporar marcos sistemáticos de pensamiento”.
La revolución que se avecina
Con ansias de descubrir horizontes inexplorados, en el seno de las escuelas florece un debate: ¿Qué se debe priorizar? ¿La enseñanza de conocimientos o la de valores? Tal vez, así cobre vida esa revolución que avizoró Schwartz sobre forjar buenos ciudadanos.
“Conocimientos o valores es una falsa oposición”, desliza Dussel. “El conocimiento siempre tiene una perspectiva ética. Si enseño a ser reflexivo, a escuchar a los demás y a tener que demostrar mis pensamientos, estoy enseñando ciencias sociales o naturales, y estoy indicando actitudes éticas. Si enseño a usar el lenguaje rigurosa y creativamente, también estoy instruyendo sobre el lugar de cada uno en el mundo y sus posibilidades de expresarse. Hay que volver a ‘anudar’ la ética y el conocimiento adentro de la escuela. Y sería bueno que los docentes reflexionaran sobre la dimensión de transmitir la cultura, siempre y en todo lugar”.
Gvirtz está convencida de que cada vez que se enseñan conocimientos, se siembran valores. Claro que estos no figuran en los programas de estudios, pero sí acontecen entre las cuatro paredes del aula. ¿Cómo? En el modo en el que docente se relaciona con sus alumnos, hablándoles y escuchándolos con cariño. “Es sustancial educar en valores como conductas ideales que benefician, simultáneamente, al individuo y a la comunidad –defiende Del Bosco–. Pero no se pueden transmitir valores si no se viven y no se transfieren ciertos contenidos que los hagan comprensibles. Si no se enseñan valores, no se desarrolla la capacidad de decidir responsablemente; por lo tanto, no se educa la libertad. En la Argentina, los alumnos no crecen pensando que, con sus actos, son responsables de la justicia nacional. Esta es una asignatura pendiente: yo no soy sólo receptor de acciones valiosas, sino también agente. Y recibo la cultura para propagarla reafirmada en sus aciertos y corregida en sus errores”.
En la actualidad, es una ley sine qua non contar con una instrucción sólida para participar consciente y activamente del devenir del Planeta. Dussel aporta ejemplos: “Pensemos en el cambio climático, en cómo podemos leer las noticias con el vértigo informativo que hay y en cómo podemos concebir una opinión propia en un contexto colmado de voces disímiles”.
Para moldear individuos cívicos notables, los adultos tienen que emprender una labor de superación emocional. “Sostener la autoridad de padres y educadores es una tarea muchísimo más compleja que antes, porque nos encontramos en una sociedad distinta a la de nuestra infancia. Modelar distinguidos ciudadanos requiere de personas que manejen firme y respetuosamente la comunicación con los jóvenes. Para ello, hay que expresar los sentimientos y los pensamientos auténtica y directamente. ¿Qué más? Manejar el contexto de la comunicación para garantizar que haya escucha; incluir el tiempo y los procesos; explicitar las dificultades, contradicciones y limitaciones de cada situación; salir de las simplificaciones bueno/malo, blanco/negro; no esperar respuestas inmediatas; y confiar, cada vez más, en nuestra propia percepción como adultos”, concluye Messing.
Docentes, alumnos y la tecnología: un trío tan provechoso como problemático
Nacidos digitales: una generación frente a las pantallas es uno de los tantísimos libros que examinan el comportamiento
de los menores frente a las tecnologías. El ámbito educativo no está exento del fenómeno. ¿Cuánto y cómo influyó la tecnología en los espacios académicos? “La escuela acepta mejor a la computadora que a otros medios porque tiene que ver con la
lectura y la escritura, pero, en las nuevas tecnologías, las formas de conocimiento son muy distintas, incluso contradictorias, a lo que se considera el modo escolar: es todo rápido, intuitivo, ensayo y error y poco reflexivo. Se supone que tenemos que mostrarnos, seducir y tener éxito en un juego. Y eso no es así en lo que se refiere a lo escolar”, asegura Inés Dussel, investigadora de FLACSO.
Para Claudia Messing, psicóloga social y terapeuta familiar, “el acceso a la tecnología es un don de esta generación, que
padres y educadores tienen que reconocer para facilitar la colaboración y la complementariedad. Pedir ayuda a los hijos o a los alumnos favorece el intercambio comunicativo, ya que permite la explicitación de las diferencias”.
Ahora bien, ¿los docentes saben sacarle el mejor provecho a la tecnología? (es necesario aclarar que más del 80% de las
escuelas públicas de gestión estatal no cuentan con acceso a Internet). “Los docentes saben manejar la computadora (aunque es cierto que, en general, se dan menos maña que sus alumnos), pero lo fundamental es tener en claro qué hacer con ella”, sostiene Dussel. “Cuando incorporamos la computadora a la escuela, muchas veces lo hacemos con una actividad que enseguida se agota o aburre, porque los chicos esperan otra cosa de lo que ya usan en sus casas o en los locutorios. Me parece que hay que resolverlo
en el corto plazo, porque la computadora ya está en las escuelas, pero con ideas poco interesantes. ¡Y tiene una potencialidad enorme!”. Para subsanar la brecha de conocimiento que existe entre adultos y adolescentes (antes, la palabra del maestro era “palabra santa”; hoy, los docentes son cuestionados debido al acceso ilimitado de información que ofrece Internet), Dussel recla
ma una mayor formación de los maestros y mejores propuestas pedagógicas. “Por ejemplo, si vamos a utilizar Wikipedia, enseñémosles a los maestros a proponer actividades que no sólo impliquen buscar una definición, sino que incentiven a ‘subir entradas’ nuevas y que el alumno se convierta en el editor de lo que el compañero escribe. Así, desarrollan criterios de autoría, de chequeo de datos y de redacción. Si vamos a trabajar con buscadores, enseñémosles las lógicas de organización de la información. Por otro lado, es preocupante que lo único que les importe a los jóvenes sea la fama transitoria de la TV. Ayudémoslos a valorar los ‘gestos mínimos’, la belleza cotidiana, los logros, y el valor de toda vida humana. Ética, conocimiento y sensibilidad vienen juntas”, cierra la especialista. |