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Viajes
“A caballo por los Andes”
 
•Desde hace seis años, el Gobierno de San Juan, con motivo del aniversario de la batalla de Chacabuco, organiza una excursión que sigue el camino que transitó el general San Martín. Este año tuvo especial énfasis porque se conmemora el bicentenario del inicio del proceso de independencia de Chile y de la Argentina. La excursión partió de Manantiales, en San Juan. Desde allí salió el General en el primero de sus ocho viajes. La estrategia de San Martín era despistar a los realistas: partieron en total seis columnas –dos por el norte, dos por el centro, dos por el sur. Una de ellas salió desde Uspallata, Mendoza, y fue la que actuó como señuelo para el enemigo. San Martín lideraba la columna que transitaba el Camino de los Patos, San Juan, que es la que contamos en esta nota.
Mito 1: El caballo blanco
La leyenda se ha cultivado durante años: San Martín cruzó los Andes en un caballo blanco y esbelto. Lo cierto es que en cada travesía y en cada batalla el General cambiaba varias veces de animal.

Mito 2: En camilla
San Martín cruzó los Andes muy enfermo y en camilla. Es la teoría del historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna. Se basa en las cartas enviadas por San Martín durante su cuarto cruce . “San Martín era un hombre con distintos problemas físicos. Pero es difícil comprobar que haya cruzado en camilla sólo por la caligrafía de su correspondencia”, explica Edgardo Mendoza, historiador especializado en los cruces sanmartianianos.
 
 

Recorrer a caballo la cordillera de los Andes, desde San Juan, por la ruta sanmartiniana es el leitmotiv de esta excursión. Una de las once mujeres que formaba parte del grupo nos cuenta en detalle la travesía.

El viento es implacable, acá, a 4.825 metros de altura. Silba fuerte. Revuelve el pelo. Quema la cara. Hace flotar el polvo como una nube constante. Y agota. Acá, en El Espinacito, es el viento el que manda. Llegué hasta este punto de la cordillera de los Andes en un caballo blanco y manso, uno de los 109 animales que siguen el camino que el General San Martín recorrió para llegar hasta Chile y que lleva, en su oreja izquierda, un número. En la cima de El Espinacito y arriba de “17”, el descenso se adelanta complicado. Un zigzag cerrado, una pendiente de 45 grados, una huella angosta. Conviene desviar la vista del precipicio de ripio y distraerse con la masa nevada que se ve a lo lejos: el Aconcagua. Recuerdo con culpa que me quejé cuando la gendarme Pamela Gamberale me dio el animal en Manantiales, el punto de partida: “¡¿Cómo caballo?! Me dijeron que a las mujeres les daban mulas, que son más mansitas, que se agarran más al terreno…”. Sin embargo ahora, después de dos días de cabalgata, en el punto más alto de la travesía, le tengo una fe ciega a “17”. Entonces cierro los ojos, respiro profundo y pienso que, definitivamente, será mejor confiar en sus cuatro patas que en mis dos piernas.
Los jinetes experimentados de esta excursión dicen que para bajar una pendiente es conveniente inclinar el cuerpo hacia atrás. Para eso hay que afirmar los pies en los estribos y hacer fuerza con los muslos. También es necesario sujetar bien las riendas. Pero nada más que eso, porque los animales siguen el sendero y la cola del que va delante. Y hay que pensar siempre, pero siempre, que ni caballos ni mulas son suicidas, que no se arrojarán a la profundidad de la cordillera. La clave es confiar. “En esta bajada me caí de la mula el año pasado”, dice Sergio Montt, periodista de San Juan, que va unos 50 metros adelante. “¿Por qué mejor no dejamos esas anécdotas para cuando estemos abajo?”, sugiere otro excursionista que viene más atrás.
Los primeros metros de El Espinacito son los más bravos, porque la pendiente es aún más empinada y las curvas son bien cerradas. Cada vez que el animal dobla, su cabeza avanza sobre el precipicio. Cuesta varias curvas entender que entre el hocico y las patas del caballo median unos cuantos centímetros. Y que, aunque su cabeza flote en el abismo, sus patas siempre doblarán en el momento justo. Hay que confiar. Después de El Espinacito, comienza un camino más llano. El viento sigue soplando fuerte y el sol calienta la cabeza. Los dientes machacan tierra. Hasta que por fin se encuentra un valle donde poder almorzar y refrescarse la cara en el río, limpiarse con toallitas húmedas las manos y renovar el bloqueador solar. El cansancio se apodera de la excursión. Pero para llegar al campamento aún falta cruzar una llanura, verde y atravesada por ríos, que parece una eternidad.
En el Valle de los Patos, las estrellas brillan más. Se las ve cerquita y de a millones. Hasta que sale la luna detrás de las montañas y su luz empieza a opacarlas. Eso sucede recién a las 23. Porque en la cordillera, la luna aparece más tarde. Es la segunda noche de la travesía. Ya no sólo están las carpas del primer campamento en Las Frías. En el Valle de los Patos también está el refugio Ingeniero Sardina, una construcción alta, de piedra, con techo a dos aguas. Tiene una cocina, baño y algunas habitaciones. El refugio es el paso obligado de los gendarmes que patrullan, desde diciembre hasta marzo, la cordillera. El resto de los meses, la montaña se tiñe de blanco. Hasta hace un tiempo, el refugio se utilizaba para medir el nivel de nieve caída cada invierno.
La noche en Sardina, estrellada y calma, ayuda a relajar el cuerpo, cansado de las diez horas de cabalgata. Mañana es día de descanso y la peña, después del guiso de lentejas, se puede extender más de la cuenta. Quien dirige la batuta cada noche, después de cenar, es el Rulo Arredondo, empleado de la Municipalidad de San Juan. Entre los 74 expedicionarios están Pamela, la primera mujer gendarme en hacer el cruce de los Andes a lomo de mula, Tim Martin, embajador de Canadá y su esposa Fátima, y el gobernador de San Juan, José Luis Gioja.
Amaneció sin toque de diana en el refugio Sardina. Como es día de descanso, el sargento Ernesto Riveros, corneta de orden del Regimiento de Infantería de Montaña 22, no sopló su trompeta a las 7. Lo hace cada mañana desde que empezó este viaje, para que todos abandonen sus carpas, desayunen y ensillen sus animales antes de iniciar la marcha. Hoy el sueño se extiende hasta la media mañana y el pícnic que se improvisa junto a algún río, durante los días de cabalgata, será reemplazado por un buen asado, bajo el sol radiante del Valle de los Patos. Acá la altura es menor: 2.839 metros sobre el nivel del mar. Hace calor.
Además de su mochila con ropa de abrigo, el embajador de Canadá procuró traer al viaje su caña de pescar extensible. Tim y Fátima caminan ahora por la orilla del río Los Patos Sur, que atraviesa este valle, y eligen un lugar para encarnar la línea con un saltamontes. Las condiciones no son las mejores para la pesca: el agua está turbia y anoche hubo luna llena. Pero Tim da batalla. ¿El resultado? Dos truchas de 60 centímetros y pantalones mojados por seguir a un pez que logra escaparse. “En la pesca siempre hay suerte. La suerte del pescador o la suerte del pez. En este caso, la suerte fue del pez”, dice Tim.
Es la mañana del cuarto día y las expectativas se multiplican. Después de unas horas de cabalgata, la expedición llegará a Valle Hermoso, el límite con Chile y el lugar donde hace 193 años San Martín venció a los realistas en la batalla de Chacabuco. Este fue el primero de los ocho cruces de la cordillera que hizo el General. Partió de Manantiales, en San Juan, a donde nuestra expedición llegó en camionetas 4x4 para tomar sus animales y replicar su viaje. Lo acompañaban 5 mil hombres, 10 mil mulas y mil caballos. La columna era tan larga que había 7 días entre el primer hombre y el último. Tardó 21 días en llegar.
El camino hacia la frontera comienza llano por el Valle de los Patos. Los animales tuvieron también su día de descanso y pastura. Se nota porque apuran el paso, trotan y galopan. Dice el comandante principal José María Solla, veterinario de Gendarmería, que después de la expedición deben pasar entre 12 y 14 días para que los animales se recuperen y puedan volver a patrullar la cordillera. A esta altura del viaje algunas mulas no quieren seguir viaje por agotamiento físico. Se funden, como los autos.
Entre los jinetes, no hay fundidos, aunque sí episodios de soroche. Los doctores han aplicado oxígeno y suero a los afectados por el mal de altura. Llevan equipo suficiente como para practicar una cirugía en la alta montaña.
El día de la llegada al límite, el grupo se agranda. Se suman en Sardina 45 miembros de la Asociación Civil Sanmartiniana de Rosario. Traen la imagen de la Virgen y una réplica del sable de San Martín. Se añaden además los ejércitos de Chile y la Argentina –unidos para emular el “Ejército de los Andes” del General– que por primera vez llegarán juntos a la frontera.
Metros antes de la frontera, los jinetes más avezados organizan a los expedicionarios en un semicírculo. Se sacan banderas y banderines argentinos. La delegación chilena también lleva sus insignias. La ansiedad crece. Hasta que el corneta de orden Ernesto Riveros da el toque de trompeta y la columna avanza al galope los últimos pasos hasta llegar al límite, donde hay un busto de San Martín y otro de O’Higgins. “¡Viva la Patria. Vivaaa!”. Esta vez, el grito es más fuerte que el viento que sopla en la cordillera. El himno argentino, el chileno y la Marcha de San Lorenzo se entonan con ganas. Hay intercambio de banderas argentinas y chilenas. Abrazos. Lágrimas.
El objetivo de esta excursión –llegar a Chile por la ruta sanmartiniana– está cumplido. Pero en el camino de regreso, se renuevan los desafíos. No habrá que bajar El Espinacito pero habrá que bajar (y subir) La Honda, una pendiente pronunciada que acorta el camino hacia Las Frías, el campamento de la primera noche.
En la mañana del quinto día, la expedición vuelve a atravesar el Valle de los Patos y va dejando atrás el refugio Sardina, testigo de tres noches de guitarreadas y serenatas. Se ven guanacos solitarios en las laderas. Y cada cual tiene su versión de por qué un guanaco está solo en la montaña. “Está solo porque está protegiendo al resto de la manada. Si ve algo peligroso avisa con un relincho”, dice uno. “Está solo porque es viejo y cuando un guanaco es viejo se aparta de la manada para morir en soledad”, dice otro. Entre teoría y teoría se llega al pie de La Honda. Desde abajo se ve una columna del Ejército Argentino que dibuja un zigzag ascendente por la montaña. Es hora de ajustar cinchas, porque la subida es muy empinada y la montura tiene que estar bien firme.
Al subir por La Honda, el frío comienza a sentirse. Otra vez el viento, implacable, golpea la cara. El ascenso demora 40 minutos. El soroche amenaza, pero el bolo de coca en la boca ayuda a disuadirlo. Desde la cima, a 4.500 metros de altura, se ve de nuevo el Aconcagua. La inmensidad de la cordillera. Los precipicios encajonados por montañas multicolores. Y, por primera vez, la nieve debajo de los pies.
El descenso por La Honda es aún más pronunciado que por El Espinacito. Los cadáveres de dos animales inquietan a la tropa. Los últimos cien metros de la pendiente son empinadísimos: otra vez hay que afirmar los pies en los estribos e inclinar el cuerpo hacia atrás.
Así se llega a Las Frías (o Trincheras del Soler). El lugar es más frío y árido que el Valle de los Patos. El verde ya quedó atrás; el terreno es más rocoso. A 3.925 metros sobre el nivel del mar, el río es helado. Las manos se congelan al sumergirlas en el agua para llenar la cantimplora.
Además de la baja temperatura, en Las Frías comienza a sentirse el sabor amargo de las despedidas; amargo como la coca. Es la última noche de campamento. Mañana, los jinetes se bajarán de sus animales y volverán a San Juan.
Como todos los días, la bandera argentina se arrea a las 19. Pero esta vez, el comandante mayor de Gendarmería, Jorge Hogalde, da unas palabras de adiós y brinda un reconocimiento a las once mujeres que se animaron a hacer este cruce.
La fogata iniciada por los expedicionarios no alcanza para combatir el frío de la noche. La última peña es en una de las dos carpas grandes y rojas del campamento. Hay hits que no pueden faltar:“Mi querido San Juan/ el ventanal de Cuyo/ mi vida está añorando estar cerquita tuyo”.
Después de una mañana de cabalgata, “17” me trae de regreso a Manantiales, el lugar de partida. En la travesía pensé varios nombres para bautizarlo, pero no me decidí por ninguno. “¡Vamos caballito! ¡Fuerza!” le decía en los caminos más difíciles. En algún momento llegué a creer que “17” respondía a mis taconeos. Pero la ilusión duró poco. Cada vez que salía disparado al trote y ganaba tres o cuatro posiciones en la columna no era por obedecer a mis órdenes, sino a los rebenques de los gendarmes Pineda, Quiroga o Lucero que lo apuraban desde atrás.
Ahora me bajo de “17” y me subo a una 4x4 que me devolverá a San Juan. Los caminos de tierra se convierten en asfalto. Comienzo a extrañar la cordillera, sus noches estrelladas, su silencio. Las peñas a la noche, las cabalgatas. La libertad.