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Homenaje
“El aviador de la
Patagonia Austral”
 
El Cóndor de Plata
vuelve a brillar

Un ambicioso proyecto para rendirle homenaje a Günther Pluschow en Tierra del Fuego está a punto de convertirse en realidad. Se trata del emplazamiento, en la bahía de Ushuaia, de una réplica del viejo hidroavión con el que el aviador alemán voló por la Patagonia hace más de 80 años. Basada en los planos originales del modelo Heinkel HD24 (mide 14 m de ancho por 10 m de largo y tiene 4 m de altura), la réplica ya está finalizada y se descuenta que los turistas que arriben a Ushuaia se deslumbrarán con el avión que custodiará la entrada del puerto. El emprendimiento fue posible gracias al compromiso del Aeroclub de Ushuaia, de su presidente Rafael Frank y de gran parte de la comunidad de esa ciudad. Además colaboraron la Embajada Alemana, el Museo Nacional de Aeronáutica, los Talleres Navales de la Armada y varias empresas.
 
 
 
Explorador, escritor y cineasta, el alemán Günther Pluschow fue uno de los grandes pioneros del Fin del Mundo. Aquí, su fascinante y poco divulgada historia.

Desde el cielo, un ruido desconocido revolucionó la tarde del incipiente poblado de Ushuaia. Los alumnos de la Escuela N.o 1 arrollaron al maestro para dirigirse a la playa y hasta los presos de la penitenciaría del Fin del Mundo se agolparon sobre los barrotes de las ventanas para ver qué pasaba. De pronto, como un cóndor de plata, el hidroavión brilló por detrás de los picos nevados, hizo un giro de aproximación y acuatizó sobre la bahía de Ushuaia. Era el 3 de diciembre de 1928 y por primera vez un avión volaba sobre la recóndita Tierra del Fuego.
El autor de aquel hecho histórico fue el alemán Günther Pluschow, aviador, navegante, escritor, fotógrafo, cineasta y, por sobre todas las cosas, uno de los más admirables pioneros de la Patagonia Austral de principios del siglo pasado.
Su poco conocida historia es de esas que el destino tiene reservada a hombres extraordinarios. Dedicó su vida a explorar latitudes desconocidas, a mostrar al Viejo Mundo los confines y las maravillas de un mundo nuevo. Nacido en Munich, en 1886, Pluschow recorrió desde joven gran parte del globo como marino y como héroe de la Primera Guerra Mundial, aunque la Patagonia, con sus glaciares majestuosos, indomables vientos y picos desafiantes, fue la tierra que lo seduciría y que lo atraparía. Para siempre.
Este impar y multifacético alemán fue una suerte de embajador simbólico de la Patagonia: durante años divulgó cientos de artículos, fotografías y documentales del sur argentino y chileno por el mundo entero. Hoy su reconocimiento es inversamente proporcional a la magnitud de las proezas que realizó en nuestro territorio. Sin embargo, en los últimos tiempos el entusiasmo de estudiosos y admiradores de su novelesca vida hizo que el nombre de Günther Pluschow encuentre un lugar entre los grandes personajes de la Patagonia Austral.
Según sus memorias y crónicas de viaje, que escribió con entusiasmo periodístico durante gran parte de su vida, la pasión de Pluschow por Tierra del Fuego nace en sus primeros años de vida, cuando en el colegio en el que estaba internado encuentra una postal de un buque alemán amarrado en Ushuaia: “Tierra del Fuego”, se leía en la fotografía. El joven Pluschow queda fascinado con esa imagen. “Era la idea del fin del mundo, de una tierra inexplorada, salvaje. Entonces les juró a sus compañeritos que en el futuro conocería la Tierra del Fuego. Y guardó esa postal hasta el fin de sus días”, explica uno de los más fervientes estudiosos de Pluschow, el Licenciado Roberto Litvachkes, documentalista y escritor porteño, autor de dos libros de investigación y de una película sobre la vida del singular personaje alemán.

Las aventuras del aviador
Con una marcada vocación por el mar, un Pluschow adolescente ingresa, en 1905, a la prestigiosa Escuela de la Marina Imperial Alemana, donde tiene la oportunidad de recorrer el mundo a bordo del velero-escuela Storch. Ya por entonces, en cada puerto su inquieta personalidad lo llevaba a mezclarse con los lugareños y a solidarizarse con las injusticias de las que era testigo en las colonias extranjeras. “Era muy simpático y hablaba varios idiomas, pero sobre todo tenía inquietudes sociales, lo que le generaba rencillas con su compañeros militares”, sostiene Litvachkes.
Por esos tiempos, pide permiso para inscribirse en la escuela de aviación alemana y –luego de una capacitación de apenas dos semanas– es asignado como único aviador militar y observador aéreo en la zona de Tsingtao, una colonia alemana en China. En 1914 se declara la guerra y su frágil avión Taube se descompone cerca de las líneas enemigas. Allí empieza una fuga cinematográfica, llevando consigo documentos secretos japoneses. La odisea incluye una travesía por gran parte de China, un viaje de polizón hasta América, un período preso en Irlanda, otro gran escape y un regreso triunfal a Alemania, donde es condecorado y se convierte en un héroe popular, por sus hazañas. Aquellas peripecias quedarían registradas en su primer libro, Las aventuras del aviador de Tsingtau, que vendió 600.000 ejemplares en Europa.

Hacia el Fin del Mundo
En 1927, ya casado, con un hijo y radicado en Berlín, Pluschow siente que la imagen de la postal que lo cautivó de niño vuelve a llamarlo. Luego de convencer a su mujer y conseguir apoyo de algunos inversores, compra el barco ballenero Feuerland (Tierra del Fuego, en alemán) y zarpa rumbo al Fin del Mundo. Sus contactos con la constructora de aviones Heinkel le permiten enviar por buque un hidroavión Heinkel HD24. “En septiembre de 1928 llega a Buenos Aires. Se deslumbra con la ciudad y escribe que en poco tiempo superará a Nueva York. También se deslumbra por la belleza de las mujeres argentinas. Él tenia muy buena presencia, así que la gente que lo conoció dice que el deslumbramiento fue mutuo”, cuenta Litvachkes.
Durante su estadía en Buenos Aires, filma y fotografía a los gauchos y las estancias argentinas. Luego consigue los permisos necesarios para volar en la Patagonia y sigue navegando hacia el sur en el Feuerland, hasta cruzar el Estrecho de Magallanes y llegar a Punta Arenas, en Chile. Allí lo esperaba su fiel ingeniero, Ernst Dreblow, también alemán, que había sido enviado por gentileza de la empresa Heinkel junto al hidroavión. Ambos recurren a la ayuda de los lugareños para armar el avión y realizan los primeros vuelos de prueba. Vale decir que por entonces no existían estudios meteorológicos, ni radio ni aeropuertos de ningún tipo. El 3 de diciembre de 1928, Pluschow queda en la historia al unir Punta Arenas con Ushuaia, en lo que fue el primer vuelo internacional en la Patagonia Austral. Escribe en su diario de viaje: “Todos los sueños del tiempo de mi niñez, que me han acompañado durante toda mi vida, se han convertido en realidad”.
En esta etapa, realiza arriesgados vuelos sobre el Cabo de Hornos y las Torres del Paine y rompe todos los récords de aviación de la época. Hace estudios geográficos y realiza los primeros documentales aéreos. Por entonces, las autoridades chilenas comienzan a sospechar que ese curioso aviador alemán es en realidad un espía que está realizando tareas de inteligencia para la Argentina, por cuestiones limítrofes. Pluschow es alertado por los pobladores del Punta Arenas y escapa hacia la zona de El Calafate, donde hace tomas aéreas de los Hielos Continentales, el Fitz Roy, el Lago Argentino, el Glaciar Perito Moreno y el Lago Viedma. Se gana el cariño y el respeto de los habitantes de la zona y éstos, por el brillo de los hielos sobre las alas de tela del Hienkel, bautizan al avión “el Cóndor de Plata”. A fines de 1929 decide regresar a Europa, donde presenta un nuevo libro y una película sobre las maravillas de la Patagonia. Para entonces ya era un promotor turístico voluntario de nuestras tierras en el Viejo Mundo.

El vuelo final del Cóndor de Plata
Hay indicios de que, en sus últimos meses en la Patagonia, el hidroavión había comenzado a fallar: las ratas habían carcomido las alas del avión (pegadas con una cola a base de grasa de pescado) y los problemas mecánicos eran cada vez más frecuentes, para desgracia de Dreblow. Roberto Litvachkes intenta dimensionar los riesgos a los que se enfrentaban: “Las adversas condiciones meteorológicas y el estado del avión hacían que cada vuelo se transformara en una pesadilla. Debían superar picos de 3000 metros de altitud volando a 160 km/h, sin visibilidad y enfrentando violentas ráfagas de viento descendente, hacían imprevistos cambios de ruta sobre un auténtico mar de glaciares desconocidos, vigilando el tacómetro de su motor y el altímetro, por momentos trepando a 4.500 metros de altitud”.
Pese a todo, Pluschow continúa con su obsesión por documentar los paisajes y superar los límites de lo conocido por el hombre. En uno de los últimos párrafos de su bitácora, con fecha 25 de enero de 1931, se lee: “Hace pocas horas una furiosa corriente de aire nos ha obligado a descender en un lago de 300 metros de ancho y paredes de piedra de 800 metros de altura. ¡Debemos salir de este encierro!”.
Atrapados en una verdadera prisión de agua, con temperaturas bajo cero, Pluschow y Dreblow realizan varios intentos, pero no logran tomar la altura necesaria y los fuertes vientos los empujan de nuevo hacia las aguas heladas. Tres días más tarde, el 28 de diciembre de 1931, mojados hasta los huesos, sin comida y casi sin combustible, Pluschow logra elevar el Heinkel por sobre el muro de hielo. Sin embargo un feroz viento estremece el ala del hidroavión, que cae en picada desde 400 metros contra un brazo del Lago Argentino. Testigos de El Calafate relataron cómo ambos exploradores intentaron saltar con sus paracaídas, pero murieron en el acto al estrellar contra las rocas del lago. Una de las anotaciones finales encontradas en el diario junto al cuerpo de Pluschow reza: “He vencido el último cerrojo siniestro de este mundo de la Edad de Hielo […] Lo que he visto y vivido, nadie me lo podrá quitar”.
Hoy, los restos del gran aventurero y pionero descansan en un cementerio de Alemania. Su leyenda y la del Cóndor de Plata, en cambio, todavía sobrevuelan los cielos de la Patagonia Austral.