Steve McCurry es un hombre de sesenta años, viudo, calvo, de baja estatura y aspecto bonachón. Nada en él hace pensar que es un artista de la fotografía y que ha cortejado a la muerte en una docena de guerras asiáticas o europeas. Descendiente de escoceses, se siente, no obstante, norteamericano hasta la médula. Y le da gracia cuando el cronista le dice que si una perra tiene cría en una panadería, sus hijos son perritos y no pancitos, y que un hijo de escoceses es más escocés que norteamericano.
Se ríe poco, Steve McCurry. En los casi treinta y cinco años que lleva viajando por el mundo vio demasiadas muertes, demasiada miseria, demasiados dolores y demasiadas tristezas. Las guerras y las miserias ignoran la alegría.
–¡No! –protesta–, soy un tipo alegre y muchas veces feliz…
–Pero, ¿no se conmueve cuando fotografía miserias o violencias? ¿No lo afecta el dolor ajeno?
–Por supuesto que sí. Cuando uno toma una foto, se comporta como un cirujano que debe operar al paciente tratando de mantenerse sereno y casi ausente del drama de la vida y la muerte. Después sí. Después te afecta y, a veces, no podés dormir. Hubo una vez en Kabul… –susurra, y la mirada se le nubla.
–¿Qué le pasó, Steve, en Kabul?
–Estaba fotografiando los efectos de un bombardeo del día anterior, cuando una lluvia de cohetes comenzó a caer sobre la ciudad. Corrí y me oculté en el primer edificio que encontré. Era un hospital para enfermos mentales. Mientras buscaba un refugio, vi a un grupo de hombres que golpeaban sus cabezas contra la pared. Esa experiencia me persigue todavía ahora. Algunas imágenes te golpean a través de los años.
–Un corresponsal de guerra sabe que va a encontrar imágenes crueles. Pero cuando ese corresponsal es occidental, ¿no siente que hay un vidrio que lo separa de los orientales y de su sufrimiento?
–Buda dijo alguna vez: “En el cielo no hay distinciones entre Oriente y Occidente. La gente crea esas diferencias y luego, cree que son ciertas”. El mundo es uno. Y por lo tanto, no hay vidrio que te separe de tu prójimo.
–Cuando uno ve sus trabajos, Steve, ve todas las miserias del mundo. Sus fotos son magníficas, pero es como si usted fuera un especialista en dolores y tristezas.
–No, no, para nada. Ya te dije que soy un tipo alegre y razonablemente feliz, a veces. ¿No viste las fotos de África, en donde hay una mujer que ríe?
–Una foto, contra decenas dramáticas.
–Bueno, tú ves eso… pero no es deliberado. Nunca lo había pensado así, como tú dices que son mis fotos. En todo caso, el mundo es así. No lo hice yo. Hay mucha más crueldad y dolor que fiestas y carcajadas. En todo caso, cuando vas a tomar fotos de alguna guerra, sabes perfectamente lo que te espera.
Las guerras
En estos días, las guerras siguen siendo tan irracionales y despiadadas como lo fueron en el siglo pasado. Pero hoy, ya casi no hay fotógrafos en la línea de fuego, y las imágenes sólo muestran cohetes que trazan estelas luminosas en el cielo. O las llamaradas de un estallido. Pero no personas. Cuando Steve decidió ir a Oriente, la realidad era otra.
En 1980, por ejemplo, cruzó la frontera entre la India y Cachemira disfrazado con ropas nativas, poco antes de la invasión soviética. Por supuesto, no hablaba los dialectos tribales. De modo que tuvo que fingirse mudo, y una vez hechas las fotos, coser los rollos fotográficos en sus ropas (las cámaras digitales aún no prestaban servicios) y cruzar los dedos para que ni los guerrilleros talibanes ni los soldados rusos lo identificaran. Si eso sucedía, hubiera significado para él una muerte inmediata y nadie hubiera oído jamás hablar de un reportero gráfico llamado McCurry. El caso es que logró eludir a quienes podrían haberlo asesinado y llegar a lugares seguros. Y sus fotos recorrieron el mundo. Por ese trabajo, le otorgaron el premio Robert Capa, una suerte de Oscar que distingue a quien haya demostrado un coraje excepcional en territorio comanche, como llaman a los teatros de guerra los reporteros gráficos. Como se recordará, Capa, ya fallecido, fue un fotógrafo que, a fuerza de tomar riesgos y no tener miedos, se transformó en leyenda, elogio previsible en el futuro de Steve. Capa hizo sus mejores fotos durante la Guerra Civil Española, donde trabajó codo a codo con un periodista que, con el tiempo, obtuvo el premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway.
McCurry es miembro de Imagine (alusión a la célebre canción de John Lennon), una entidad que contribuye al mantenimiento y la educación de huérfanos de guerra. Cuando se le pregunta por qué un hombre sin hijos se ocupa de hijos ajenos, responde con una frase oriental: “Tal como una vela no puede vivir sin fuego, los hombres no pueden vivir sin una vida espiritual”.
–¿Tiene domicilio fijo?
–Lo tengo, está en Nueva York. Pero soy un observador apasionado del mundo entero. Para un observador apasionado, el domicilio es el movimiento. Yo me encuentro en casa en todas partes. Y quiero que el agua se mueva. Porque cuando el agua se mueve, sabes que vas de viaje. Por lo demás, las fotos ayudan a que el mundo se entere de cómo viven los chicos en los lugares menos favorecidos del mundo. Estoy seguro de que muchas personas los ayudan cuando se enteran de la situación dramática en la que viven.
–¿Ha hecho fotos en la Argentina?
–No, es una deuda que tengo, no con los argentinos, sino conmigo mismo. Pero vendré y me tomaré algunos meses para ver a tus compatriotas.
–¿No a los paisajes?
–Los paisajes también, pero lo importante en este mundo son las personas.
McCurry y el ritual salvaje
El periodismo está considerado como la segunda profesión más peligrosa del mundo, después de los pilotos de prueba. La estadística, con todo, es engañosa. Los que suelen morir son los corresponsales de guerra que son quienes están en el frente de batalla o quienes trabajan en territorios peligrosos; lo que McCurry ha hecho durante casi toda su vida profesional. Un ritual salvaje dice que cuando un corresponsal muere, sus colegas deben tomar una botella de whisky, porque aquel que no lo haga será el próximo en morir. El fotógrafo de la chica afgana se ríe de esa superstición. “Si tomas una botella entera, seguro que mueres por esa causa”, dice. Con todo, admite que cuando se trabaja en una ciudad que está siendo bombardea- da o en lugares donde se libran combates, “muchos tienen cábalas diversas, tales como llevar una pata de conejo y tocarla. No creo que impida que suceda lo que debe suceder”, afirma. A McCurry nunca lo hirieron, pero vio morir colegas a pocos metros de él. “Seguro que es suerte y no otra cosa. En todo caso, no piensas que te puede to- car. No es inconsciencia, sino que el periodismo es una profesión en la cual no puedes tener miedo ni horarios. Cruzas los dedos y vas al lugar en donde puedes obtener mejores fotos. Con todo, mi curiosidad mayor no está en el lugar donde silban las balas, sino en la periferia de los combates, en el daño que las guerras hacen a personas inocen- tes, víctimas impotentes para detener la locura que se desarrolla a su alrededor”.
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