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Viajes
“Paraíso argentino”
 
Qué hacer
•Canopy: actividades de palestra y rappel. Tiene 660 m de largo, 4 plataformas y una altura promedio de 25 m.
•Safaris y navegación: el safari con vehículo 4x4 a cielo abier to da un buen panorama de la selva (es por el sendero Yacaratiá en el área Cataratas del Parque Nacional). Se lo puede combinar con una navegada hasta los saltos más importantes, como la Garganta del Diablo. Otro plan: navegar en botes semirrígidos por el Iguazú Superior
•Cabalgatas: A través de los senderos Guatambú y Chachí, parten cabalgatas de unas
dos horas de duración. También ofrecen caminatas en las
que visitan una aldea guaraní.

El Parque Nacional, por dentro
El Parque Nacional Iguazú se encuentra a diecisiete kilómetros de la ciudad de Puerto Iguazú. Desde allí, parte un colectivo, cada media hora, desde las 7.30. El punto de partida es el Hito Tres Fronteras. El Tren Ecológico de la Selva parte desde la zona de acceso y recorre diez kilómetros. A las Cataratas se accede a través de un sistema de pasarelas, que acercan al turista a los saltos (sépalo: se va a mojar). Para moverse, lo mejor es ropa liviana y de mangas largas, que protegen de los insectos y las raspaduras. Es aconsejable cargar prismáticos: en caminatas guiadas, como la del sendero Macuco, se pueden ver aves y mariposas. ¿Última recomendación? Disfrutar de las cataratas de noche y con luna llena.

 
 
El Parque Nacional Iguazú tiene sesenta y siete mil hectáreas en las que se registran más de dos mil especies de plantas. Por día, lo visitan más de cuatro mil turistas; por año, el número asciende a casi dos millones. Recorremos los rincones y descubrimos los secretos de un destino ideal para pasar Semana Santa en familia.

Todo en Iguazú es para caminar. Y no hay vuelta que darle: lo mejor está en las pasarelas, donde los saltos, verdaderamente, erizan la piel. Una pareja de japoneses, reflejo del alto porcentaje de turistas extranjeros que visita las cataratas, lucha por sacarse una autofoto al pie de la Garganta del Diablo. Pero no hay caso. El agua que vuela, el viento arrachado y el ruido grave les hace imposible la tarea. Al ofrecerles ayuda, aceptan inclinándose repetidamente hacia adelante, con tres o cuatro “glacias” cada uno. Y nos quedamos pensando que, según cifras oficiales, el noventa por ciento de las personas que visitan el Parque es extranjero. ¿Por qué sucederá eso?
Con esa pregunta en la cabeza, se nos ocurrió una comparación. ¿Quién no se tienta con alguno de los productos que se venden en esos microenvíos televisivos (los de ¡¡llame ya!!)? Cuando uno, finalmente, se decide a adquirirlos, hace siempre lo mismo: los usa muy poco. Tal vez, a los argentinos nos sucede algo similar con las Cataratas del Iguazú, un lugar único en el mundo: es nuestro, pero casi no lo visitamos.
Las cataratas son una de las maravillas naturales con las que cuenta este planeta: tiene doscientos setenta saltos de agua (este es un dato aproximado, ya que varía según el cauce del río), que caen en un desnivel de noventa metros, cuando el cauce del río Iguazú se rompe transversalmente en forma de U. Dicen que la magnitud es cuatro veces las cataratas del río Niágara, en los Estados Unidos. Pero, además de los saltos, la selva paranaense también es un programa en sí mismo: por la flora, la fauna, su historia y, claro, por su gente.

Se hace camino al andar
Desde la entrada al Parque, hay dos alternativas para llegar a los saltos: o caminar por el Sendero Verde o tomar el trencito. Esta última opción es buena, ya que, en el resto del Parque, todo será a pie.
Sin embargo, antes hay una recomendación casi de manual: a unos cincuenta metros de la entrada, el centro de visitantes es clave para entender la distribución del parque y para apreciar mejor su magnitud. Allí, uno se entera de que la flora y la fauna son otros de los protagonistas centrales de este lugar. También nos informan que existe una comunidad de palmito y palo rosa. Según cuentan, el palo rosa es un árbol que sobrepasa los cuarenta metros de altura, con un tronco de hasta dos metros de diámetro, aunque también es de relevancia la presencia arbórea de lapachos, araucarias, inciensos, timbós e ibirá pitá. Y algo más cautivante aún es el vencejo de cascadas: esta pequeña ave descansa y hasta construye sus nidos detrás de los saltos de agua y, para entrar en ellos, tiene que atravesar el fortísimo chorro de agua.
Justo en ese centro de visitantes, nos encontramos con otra novedad: el canopy. Este deporte nació en Costa Rica (donde hay, al menos, siete lugares en diferentes puntos de su territorio en los que se practica), y, desde hace un par de décadas, llegó también al Canadá. En la Argentina existen algunos emprendimientos como el de Moquehue (Neuquén) y Bariloche, pero, sin dudas, Iguazú es un sitio ideal para el canopy.
La actividad consiste en trasladarse por el estrato alto de los árboles (llamado, justamente, canopo), a través de cables de acero y poleas sujetados con un arnés. Como Tarzán, digamos, pero sin lianas. En distintos puntos, hay plataformas que unen recorridos en el corazón de la selva. En el caso de Iguazú, el circuito tiene seiscientos sesenta metros de longitud, con cuatro plataformas. La altura promedio es de veinticinco metros, es decir, ¡la altura de un edificio de ocho pisos! Por eso, mientras trepamos por la escalera de madera y sogas, le damos la real dimensión a esta aventura. Desde esta perspectiva, se aprecia la selva densa, que alberga unas dos mil especies de plantas. El canopy nos acerca a ellas.
Una vez arriba, nos anotamos en el primer grupo para lanzarse. Pero cuando estamos a punto de iniciar el viaje, el miedo nos inunda: la plataforma a la que debemos llegar no se llega a visualizar por la lejanía. Nos arrepentimos… pero ya es tarde. En el aire se siente el verdadero significado de la palabra “adrenalina”. Se experimenta un vacío en el pecho y las emociones no se controlan. Uno grita como un loco desquiciado hasta que se pisa la otra plataforma. ¡Y nos gustó! ¡Queremos tirarnos otra vez!

Un clásico que no defrauda
Caminar por las pasarelas es fuerte. No se siente adrenalina, pero ver las cataratas de tan cerca es impresionante, impactante, emocionante… y muchos “ante” más.
El trencito que conduce hacia ellas desde la entrada del Parque da una primera impresión del entorno: selva impenetrable, coatíes, tucanes y aves por doquier. La primera estación es Cataratas, y allí se recorren los circuitos Inferior y Superior. En la estación Garganta, el circuito Garganta del Diablo exhibe el salto más importante de las Cataratas del Iguazú. Uno se moja de lo lindo, ya que vuela agua permanentemente, el ruido es constante y hay que hablar casi a los gritos. Pero no molesta.
No obstante, hay algo aún mejor: embarcado frente a la isla San Martín, un bote semirrígido parte hacia el pie de la Garganta del Diablo, donde la magnitud de la caída de agua cobra otras dimensiones y se vuelve más sensacional. También existe un plan llamado “Gran Aventura”, que se trata de un safari en movitracks (vehículos 4x4), a cielo abierto, por caminos de tierra.
En Puerto Macuco se embarca para ir hasta la Garganta y apreciar la caída de agua. Pero también hay una tercera alternativa, que parte desde Puerto Canoas y va por las islas del Iguazú Superior. Como no se ven los saltos, no es muy solicitada, pero vale la pena el contacto con lugareños y palpar otro costado del ecosistema.

A tomar lápiz y papel
El parque tiene sesenta y siete mil hectáreas y se registran más de dos mil especies de plantas. Genera tanta atracción que, en un año, lo pueden visitar alrededor de dos millones de personas. Por día, el parque recibe unos cuatro mil turistas, y por eso es tan importante el comportamiento en relación con el medioambiente: no sólo no se deben arrojar residuos (¿está de más decirlo?), sino que se tiene que caminar siempre por las zonas marcadas y no se les puede dar de comer a los animales salvajes. Tampoco se permite el ingreso de mascotas. ¿Un consejo? Tener a mano un buen repelente (en este sentido, es bueno usar camisas y pantalones de mangas largas).
Algo muy interesante para los amantes de las caminatas, son los senderos habilitados que existen dentro de Iguazú. El Macuco, en el área Cataratas, es un poco más exigente que el Verde, pero es recomendable si se quiere interactuar más profundamente con la selva. Demanda unas dos horas y termina en el salto Arrechea. Si el cuerpo lo demanda, allí es posible darse un buen chapuzón. Es recomendable, en estos casos de trekkings más largos, salir de a tres, ya que, ante un eventual problema, uno sale a buscar ayuda y los otros se quedan de compañía.
En cualquier caso, vale como alternativa al clásico circuito de los saltos. Hay más opciones de trekking, aunque están restringidas, y hay que pedir permiso a los guardaparques.
De cualquier manera, Iguazú deja una huella inolvidable: la huella de la selva, que habla a través de su verde, sus habitantes y sus misterios.