Cuando las chicas son chiquitas, quieren ser princesas, maestras, bailarinas, mamás. Los hombres, parece que, además de bomberos, jugadores de fútbol o astronautas, quieren ser pilotos. Gustavo Passano es de esos afortunados –o tenaces– que lo que se proponen, lo cumplen. Él es, además del dueño de una fábrica de puertas y ventanas, piloto de acrobacias aéreas. Sí, señores, es un perfecto jinete del aire. Pero ¿qué hay detrás de esta actividad tan atípica que lucha, constantemente, contra la fuerza de gravedad? “Como todas las cosas de la vida, si te proponés algo y tenés los medios y la capacidad para hacerlo, lo lográs más rápido”, reflexiona Passano.
Pasión por el aire
Cada mañana, Gustavo se levanta bien temprano, pasa por un bar típico en la localidad de Merlo –adonde vive–, y se va para su fábrica de puertas y ventanas de aluminio. El día transcurrirá más o menos tranquilo. Los miércoles, en cambio, a las dos de la tarde, la fábrica deja de existir para Gustavo; los relojes se apagan y las preocupaciones quedan a un lado. Por lo menos por algunas horas. Es cuando tiene entrenamiento de acrobacias en General Rodríguez. “Ese día cambia todo: apago el teléfono, me saco el reloj –por el peso y para que no resulte incómodo–, me saco el cinturón del pantalón, me pongo unas zapatillas especiales y empiezo mi entrenamiento”, explica Passano.
–¿De dónde nace tu pasión por el aire?
–Hay una persona que significó mucho para mí, mi tío mendocino Francisco Alonso. Él era una persona muy humilde a la que siempre le gustó volar, pero no podía hacerlo por un tema económico. Hizo lo imposible para hacer el curso de piloto privado: desde lustrar botas hasta vender bananas en una cancha de fútbol en Mendoza. Y al final, logró ser piloto de la Fuerza Aérea. Cada vez que venía desde Mendoza con su avión, hacía una serie de círculos arriba de nuestra casa en Morón. Él fue mi gran inspirador…
–¿Y cuándo empezaste a volar?
–Recién a los 33 años, me decidí a pasar por el aeroclub en General Rodríguez para ver cómo era eso de volar. Fue mi primera vinculación. Y me anoté para hacer el curso para volar en un ultraliviano. Me recibí, con seis horas de vuelo y ahí le empecé a encontrar el encanto al vuelo recto y nivelado, todavía no había conocido la acrobacia. Me compré un avión con otros dos muchachos más, mi socio se quedó un largo tiempo, y después me vendió su parte, y ahí pasé la etapa peligrosa del piloto.
–¿Qué significa una “etapa peligrosa”?
–Son las primeras cien horas, donde vos te crees que sos parte de la película Top Gun. Es muy importante saber que cuanto más conocés de vuelo, más te tenés que cuidar. Pasé las primeras cien horas con ese avión con el que no hacía acrobacias. Después me empezó a picar el bichito de la acrobacia, me recibí de piloto privado y empecé a volar.
Piruetas de colores
Gustavo llega a la pista de acrobacias con un público cambiante. A veces, hay cuatro expectadores o menos, pero otras tantas, 100.000 cabecitas miran hacia el cielo mientras él, al compás de la música, vuela con el Zlin 50 L, único en Latinoamérica, haciendo dibujos como si su pequeño avión fuera un lápiz de color en el aire. “Son pocos minutos, un poco más que lo que dura un tema musical. Y por eso, es tan importante la coordinación que tenés desde tierra. Yo me subo al avión, y Germán, mi hijo, se encarga de toda esa parte: me va diciendo cómo vamos y me dice las “pasadas” que puedo hacer. Después, bajo un poco para que la gente puede ver la cabina –no más de 30 m y alejado del público–. Esto dura entre 4 y 5 minutos, pero en realidad, empieza cuando yo me subo al avión y ellos ven cómo me ato, qué hay dentro de la cabina y me ven con el paracaídas puesto”, resume.
–¿Desde hace cuánto hacés acrobacias?
–Desde hace tres años. El Zlin 50 L es un avión concebido especialmente para la práctica de maniobras acrobáticas. Es un monomotor, monoplaza, monoplano, con tren de aterrizaje fijo, ala baja, cabina cerrada, perfil simétrico y totalmente construido en aluminio. Y cada vuelo, lo hago con mi equipo, a quien yo llamo “mis ángeles de la guarda”: Héctor Cogo, piloto y mi mecánico, que es quien está dentro del avión, sin estarlo. Y mi hijo Germán, que se queda en tierra y está en todos los detalles; él ahora comenzó su curso de vuelo. Es bueno que ellos también conozcan de vuelo para que sepan las sensaciones que uno tiene y las limitaciones. Héctor, además es paracaidista. Cuando yo vuelo, sé que estamos los tres juntos en el aire.
–¿Qué es lo que más disfrutás del vuelo?
–Para mí, el vuelo es como una lucha. Hay momentos en los que uno se siente muy incómodo, especialmente en situaciones de “fuerza G”, que es cuando tenés todo tu peso encima al volar invertido. Lo que más disfruto son las diferentes posiciones y cómo voy dominando al avión. Disfruto de la adrenalina y de todo lo que pasa antes del vuelo. Cuando ya aterrizé, abro las cabina y el locutor dice: “Señoras y señores, con ustedes, Gustavo Passano”. Y todos me aplauden… Creo que un piloto de acrobacias tiene un ego muy grande y siempre tiene que intentar que ese ego no lo sobrepase, porque en ese momento se termina su profesionalismo. Mi instructor, Jorge Manrique, siempre me dice que cuando un piloto se sube al avión, el ego queda en tierra. Y que cuando aterriza, lo toma de vuelta. Todos esos cuidados que me van “machacando” mi instructor, mi mecánico, sumado al “director de vuelo”, que es mi hijo, que me dice cuándo alguna maniobra no le gusta, hace que yo siga viviendo y disfrutando de los vuelos.
Una enemiga y un compañero
“El avión es tu compañero; la fuerza de gravedad, que siempre te lleva a tierra, es tu enemiga”, dice Gustavo, metafóricamente, e insiste más de una vez en que el piloto acrobático nunca debe perder el miedo. Él asume que cuando se pierde ese respeto por la gravedad, es cuando ocurren lo peores accidentes. “En acrobacia, podés hacer lo que quieras, menos improvisar. No se improvisa jamás. Vos tenés una secuencia que ya sabés que vas a hacer y cada maniobra tiene una altura mínima”, insiste Passano mientras cuenta que, en el respaldo de su asiento, tiene la imagen de la Virgen de Loreto, patrona de la aviación argentina.
–¿Tenés cábalas antes de subir al avión?
–Me dedico a estar concentrado en el vuelo. No tengo una cábala, sólo acostumbro pensar en mis seres queridos. Si vos pensás que sos feliz en la tierra y pensás en la gente que te quiere, ya está. Si a vos no te importa demasiado tu vida y no te importa que los demás puedan sufrir tu ausencia, sonaste…
–¿Qué pasa con las preocupaciones cuando te subís al avión?
–Tenés que ser frío. Si el público te aplaudió como loco, aterrizá igual; si el locutor está arengando al público y te insiste con que hagas una pasada más, tenés que cerrar igual el espectáculo. Y si te insiste por tercera vez, apagá la radio y aterrizá. No podés improvisar porque podés terminar en un accidente fatal. Lo importante es que en tu profesionalismo haya un dejo de miedo y hasta, es preferible que te tilden de cobarde. El que te dice por qué no hiciste una maniobra más, que se compre un avión y que la haga él.
–¿Estuviste al borde de la muerte?
–No, pero he desparramado el tren del avión por una mala maniobra o porque se me plantó un motor. Si sé que hay riesgo en una maniobra, no la hago. El avión está preparado y es seguro.
Volar de tres maneras
“A un avión se lo puede volar de tres maneras, metafóricamente hablando: uno puede ir en la cola del avión, con lo cual el avión siempre va a estar delante tuyo; se puede ir dentro de la cabina, que ya es un paso importantísimo. Pero lo ideal es ir por delante de la hélice, es decir, adelantarse a cualquier cosa que le pueda suceder al artefacto. Yo creo que estoy en una etapa en la que vuelo dentro del avión”, confiesa Gustavo.
–Evidentemente, sos una persona a la que le gusta la adrenalina…
–Sí, la adrenalina me gusta, de hecho, a veces me pasa de volar veinte minutos, aterrizar y ¡haber bajado un kilo de los nervios! Por eso, uno tiene que hidratarse mucho antes de subir.
–¿Qué crees que se necesita para poder hacer acrobacias en el aire?
–Creo que este tipo de vuelo es una decisión. Dentro de la aeronáutica hay mucha variedad de vuelos: aladelta, planeador, recto y nivelado… Todo tiene un tiempo. Tengo 45 años y voy a volar acrobacias por un tiempo más, pero a los 75 no voy a tener los mismos reflejos que tengo hoy ni la misma capacidad de aprendizaje que tenía a los 20. Pero todo el mundo puede hacerlo. De hecho, todos los pilotos deberían contar con algunos conocimiento de acrobacia, porque a una situación dificultosa en el aire la podrían corregir con esta técnica. |