Los ratones de la pradera suelen construir caminos bien definidos sobre la superficie o las profundidades de la tierra. Sin embargo, no es esa la cualidad que los distingue, sino una definida inclinación por la monogamia. Machos y hembras se “enamoran”, se cuidan, procrean y permanecen juntos “hasta que la muerte los separe”.
Pero los Microtus ochrogaster, como se los bautizó científicamente, son la excepción a la regla, ya que forman parte del selecto cinco por ciento de los mamíferos que practican, habitualmente, la monogamia. Los ratones de pantano, por ejemplo, pertenecen al otro noventa y cinco por ciento que tienen la siguiente singularidad: la fidelidad no es su fuerte.
Todo tiene su debida explicación. Parece ser que a nuestros amiguitos de la pradera les descubrieron una hormona que les hace notar lo bien que se sienten con una hembra en particular. Por consiguiente, desean pasar la mayor cantidad de horas, minutos y segundos junto a ella.
¿Y por casa cómo andamos? Los humanos también fueron objeto de estudio de diversas investigaciones que sugieren que existe un gen, más presente en los varones que en las mujeres, que predispone a te-ner una vida estable en pareja. Las variantes genéticas en la conformación del RS334 (el nombre específico del gen) influirían en la capacidad de comprometerse afectivamente. David Buss, profesor de Psicología Social en la Universidad de Texas (Estados Unidos), piensa lo contrario: para él, la infidelidad es parte de un código genético asociado a la ley de conservación de las especies.
Es cierto que carece de novedad el debate que plantea una de las cláusulas más relevantes del contrato que establece –implícita, explícita, formal o informalmente– una pareja. Pero en los días que corren, flota en el aire la sensación de que la fidelidad es un tesoro en extinción. Décadas y décadas atrás, era una “virtud” que enaltecía a quienes la practicaban. Reflexionamos acerca del pasado y nos preguntamos: ¿Los infieles se multiplicaron en las puertas del siglo XXI? “La infidelidad no es un fenómeno actual. La diferencia es que, históricamente, el adulterio siempre fue castigado en forma severa por los diversos mecanismos de orden y regulación social. Incurrir en ella podía poner en riesgo hasta la vida misma del infiel”, aclara el licenciado Luis Mazzón, integrante del Grupo Arcis. “Esa realidad se alejó de la cultura occidental que rige hoy por hoy. Cultura en la que surgen figuras como las del ‘poliamor’, donde la norma es tener, simultáneamente, varias relaciones íntimas y duraderas”.
Tal vez tenga razón Jorge Daniel Moreno, doctor en Medicina y médico psiquiatra especializado en terapia de familia y de parejas, cuando subraya que la clave para entender el paradigma es clara: no es que se solía caer menos en las redes de la infidelidad, sino que ahora no se oculta tanto. “Quizás haya perdido los ropajes escandalosos, de oprobio y deshonestidad que ostentaba. Se hizo más común, ya no es un sonido que distorsiona como lo hacía antes. No quiero decir con esto que sea aceptada, mucho menos estimulada, pero sí que está más ‘normalizada’, es más visible”.
En su flamante libro Yo no quiero un amor para toda la vida (quiero un amor real), Moreno sostiene que el “amor para toda la vida” se remonta a la Edad Media, cuando la expectativa de vida acariciaba los treinta, cuarenta años. En ese entonces, la consigna era posible. “De acuerdo con mi experiencia en el consultorio, puedo afirmar que las parejas, en la actualidad, duran menos”, analiza Moreno.
A la salvedad que hace aquí Mazzón: “Tiempo atrás, el mayor peso que tenían las parejas para permanecer unidas residía en los mandatos morales y religiosos que determinaban los modelos a seguir”, se le suma la interesante mirada de Patricia Faur, psicóloga, docente de la Universidad Favaloro, especialista en dependencias afectivas y autora de Amores que matan y Amores fugaces, que describe un contexto social imperante en el que se promueven la filosofía del placer, la gratificación inmediata y la desvalorización del esfuerzo, el trabajo y la renuncia. “Las parejas modernas tienen poca tolerancia a la frustración: cuando el enamoramiento decae y es necesario comenzar a trabajar en la sexualidad, en la comunicación y en los proyectos, muchas de ellas eligen, como solución, el camino del recambio, suponiendo que el problema está en el otro. Les cuesta negociar espacios y aceptar la pérdida de la pasión inicial. Pero no es sinónimo de felicidad el hecho de que en la época de nuestros padres y abuelos las parejas ‘sobrevivían’. A veces, terminaban ‘detestándose’”.
¿El amor vence?
Una fragancia en su piel a la que uno no está acostumbrado/a, una cartita en el bolsillo del pantalón, un mensaje de texto demasiado acaramelado para haber sido enviado por el “taller mecánico”, un llamado en la madrugada, un e-mail sugerente, el celular apagado durante un largo período, una llamada que requiere que la pareja se aleje de nuestro lado o una seguidilla de reuniones de trabajo después de hora (ni hablar de los constantes viajes laborales). Señales de alerta: probable infidelidad cerca.
“‘Fiel’ deriva de acepciones no muy claras. En el diccionario figura que ‘se aplica a la persona cuyo comportamiento corresponde a la confianza puesta en ella o a lo que exige el amor, la amistad, el deber, etcétera’. En este sentido, ser fiel es corresponder a la confianza, y lo común es que el amor espere intimidad. La ruptura de la intimidad se considera infidelidad. ¿Por qué esa intimidad se rompe? Porque no coinciden los significados que se le atribuyen a ella, ni a la confianza, o mismo por deseo, despecho, enojo, reproche, pedido de ayuda, intento de ser mirado o necesidad de vigorizar la autoestima”, aporta Moreno.
No existe una única razón que clarifique por qué los hombres, como raza, incurren en infidelidades: que lo prohibido es tentador, que se desea aquello que no se tiene, que los humanos son transgresores por naturaleza… en fin, la lista es extensa y se puede completar a gusto y piacere. Faur, por su parte, sentencia que hay individuos que no pueden renunciar a la química que produce una relación nueva, que trae aparejado un componente narcisista que una pareja instalada ya no tiene. La pareja, por ejemplo, con el tiempo desidealiza y, para algunos, eso es intolerable. Palabras textuales de la experta: “Esto está relacionado con la dificultad de pasar del enamoramiento al amor verdadero”.
Excavemos un poco más (aun con el riesgo de toparnos con malas e incómodas noticias): ¿No será que el amor viene con fecha de vencimiento? “¿Qué o quién no lo tiene? ¡El humano mismo tiene fecha de vencimiento!”, exclama Moreno. “Pero un vino puede mejorar o pudrirse, según dos variables: los elementos con los que está hecho y cómo se lo cuida. Ahora bien, ¿cuánto dura un amor correspondido? Imposible aseverarlo de antemano. Depende no sólo de la capacidad de amar y de dejarse amar, sino también de lo que cada uno es capaz de construir y defender junto a la pareja. El deseo debe darle las fuerzas al vínculo, y la madurez afectiva, sostenerlo y mantenerlo a flote, aun en las tormentas. Sin deseo, el timón se abandona; sin madurez, no se sabe qué rumbo tomar”.
Durante los años cuarenta, cincuenta, sesenta, se deducía que si una pareja permanecía ligada durante un lapso de diez años, el pasaje a “la eternidad” estaba ganado. ¿Qué ocurre en el 2010? El tiempo, breve o extenso, ya no es garantía. “El tiempo nunca aseguró el éxito de una pareja. No es ni el único ni el más preponderante de los parámetros para evaluar la naturaleza de una relación”, precisa Mazzón. “El caso emblemático es el de los matrimonios que se divorcian cuando el hombre se jubila y retorna al ocio del hogar –territorio que manejó siempre su esposa–, confrontándose con la partida de los hijos y con la soledad. Es en esa soledad donde suelen reavivarse conflictos solapados con los años”.
Cómo reconstruir
“Después de la tormenta, la calma reinará; después de un día de lluvia, el sol se asomará”, reza una romántica canción, y su mensaje se aplica a este tema. “La infidelidad no significa, necesariamente, el fin de la pareja, siempre y cuando se comprenda que es un emergente que viene a comunicar algo y se pueda trabajar en dilucidar las verdaderas motivaciones que llevaron hasta ella –desliza Mazzón–. Para conectarse con las fuentes de conflicto, hay que evitar caer en la negación y repetición de conductas disfuncionales, y reconocer cuando la infidelidad es producto de crisis personales o de problemas dentro de la pareja. Después, habrá que fijar si ambos integrantes desean continuar con el proyecto en común, hacerse cargo del trabajo que implica curar las heridas y recuperar la confianza del otro”.
La nota entra en su fase final, pero la obstinación pesa más. Si los Microtus ochrogaster pueden convivir “hasta que la muerte los separe”, ¿por qué no los humanos? ¿Cómo nos van a ganar esos minúsculos y poco agraciados animalitos? “Es imposible plantear recetas universales para que una pareja llegue a buen puerto, pero hay cosas por hacer”, nos esperanza Mazzón. “¿Cuáles? Fortalecer los instantes de placer, rescatar la complicidad, mantener el respeto y el orgullo por la pareja, resguardar la intensidad emocional –siendo conscientes de las mesetas que puedan aparecer–, trabajar sobre los canales de comunicación, no perder la creatividad, compartir proyectos y conocer las prioridades del otro, evitando el maltrato en cualquiera de sus expresiones”.
Esfuerzo y trabajo. Esos deberían ser los pilares de una relación de a dos. “Hay que poner empeño en hallar aire dentro de la pareja y no salir a tomarlo afuera. Si en una relación hay un erotismo saludable –aunque no tenga la intensidad del principio–, si hay humor, diversión, vida social y respeto por la autonomía, es muy difícil que alguien quiera arriesgar semejante capital por un encuentro ocasional. Sin dudas, el amor verdadero, el compañerismo y la intimidad emocional tienen mucho más para ofrecer que una pasión fugaz”, concluye Faur.
¿Quiénes son más infieles? ¿Ellos o ellas?
Luis Mazzón: “Históricamente, pa
ra el hombre fue más fácil ser infiel, ya que hacía referencia a su masculini
dad y potencia, pudiendo vanagloriarse de ello ante terceros. Para la mujer,
la traición se tornaba más traumática, pues la confrontaba con el mote social de ‘mujer ligera’, por lo cual debía ser más cuidadosa y guardar, celosamente, el secreto de sus actos. En la actualidad, la proporción de infidelidad entre hombres y mujeres se equipara cada vez más”.
Jorge Daniel Moreno: “Hay paridad entre la infidelidad masculina y la femenina. Tal vez, la masculina sea más evidente, no se oculte tanto, sea socialmente más aceptada (entre amigos, has
ta valorada y festejada). La femenina es más discreta que la masculina y no se
luce como un logro de la autoestima”.
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