El Bicentenario de nuestra existencia como nación nos encuentra un tanto desconcertados. ¿Cuánto de lo que planificaron los hombres de mayo de1810 se cumplió y cuánto queda por hacer, más allá de que ya en esos años existían enfrentamientos y antinomias (morenistas versus saavedristas)? El aniversario, ¿es propicio para prender fuegos artificiales y salir a festejar o no? “Si –dice el profesor Luis Alberto Romero–, hay varias incógnitas, y ese es el gran contraste con el Centenario de l910, cuando sí hubo, junto con la celebración, mucho pensamiento crítico. Hubo festejos y visitas importantes, como el primer ministro francés Clemenceau, la Infanta Isabel de España, entre otros. Para esa ocasión, el Estado encargó una serie de obras, y salió un conjunto muy importante de libros que hoy se estudian, entre ellos, el de Joaquín V. González, El espíritu del Siglo. Es una versión optimista, y a la vez con muchas preocupaciones, dado todo lo que faltaba hacer en cuestiones sociales y políticas”.
–No era para menos: el Centenario, con todo, era para celebrarlo.
–Sí, con cierta cautela. Era época de llegada de inmigrantes. Llegaron seis millones de inmigrantes, y la preocupación era ver cómo esas personas se integraban al país. Eran mano de obra que el país necesitaba. Pero era una cuestión difícil. Alguna gente estaba preocupada, pero al mismo tiempo se pensaban soluciones. Y una solución fue la escuela, obligatoria e igualitaria, que integró a los hijos de los inmigrantes al país. Y se los hizo ciudadanos, que es la ley Sáenz Peña de sufragio obligatorio, que hacía responsable a cada votante del rumbo que tomaría la Argentina. Pero el factor principal fue la escuela.
–¿Por qué?
–Bueno, porque recibía napolitanos o sicilianos (no digo italianos porque la nacionalidad italiana no estaba consolidada hace cien años) y los integraba, a partir del idioma y de las oportunidades de seguir estudiando. Había movilidad social, y muchos prosperaron.
–¿Y nadie quería irse?
–Sí, se fueron alrededor de tres millones, pero no fue diferente del comportamiento de la inmigración en los Estados Unidos. Aquí, los chicos extranjeros aprendieron y fueron convencidos de que su historia comenzaba el 25 de mayo de 1810, y ellos lo aceptaron. Además, a todos los que se quedaron, les fue relativamente bien. Y hay otra cosa: los hijos estuvieron mejor que los padres, y los nietos mejor que los hijos y casi me atrevería a decir que los bisnietos también. Esa movilidad social fue continua hasta 1970.
¿Por qué ese corte en 1970?
–Porque los nietos y los bisnietos comenzaron a irse. Comenzó una historia inversa. Porque los padres no podían asegurarles a sus hijos (como sí habían podido sus padres) un empleo estable, una posición como la que ellos obtuvieron. Los padres no sabían en qué tipo de país iban a vivir sus hijos, cuál era el proyecto económico, político y social. Ya no había un sistema educativo que les permitiera prosperar.
–¿Por qué se produjo ese fenómeno? ¿Por qué los descendientes de europeos eligieron volver al país de sus abuelos?
–A partir de 1970, advirtieron que no estaban solucionados los conflictos de la etapa próspera del país, y a partir del 75 o 76 hubo una reversión de la Argentina. Hubo cambios en las políticas económicas, y el punto neurálgico está en el Estado.
–Tuvimos un Estado protector y luego, un Estado ausente. ¿A eso se refiere?
–Si, desde mediados de la década de los setenta, por alguna razón, hemos decidido destruir nuestro Estado. Regalamos pedazos de un Estado que fue muy potente. La generación de los ochenta hizo lo que pensó. Se podía estar de acuerdo o no con ellos, pero había un proyecto de país, un rumbo. En la década de los treinta, también se hace una política dirigista, y luego, con Perón, se añaden políticas sociales desde el Estado. Con Frondizi, todavía había un Estado que permitía tener un proyecto. No se trata de estar de acuerdo con esos proyectos. Simplemente, consigno que los había y que el Estado era importante.
–¿Por qué dice que el Estado retrocede a partir de 1975?
–Porque le quitó la ética al Estado. Dejaron de cumplirse las normas, se privatizó, se cerraron oficinas. El Estado se achicó. El gobierno maneja el Estado del mismo modo que una persona maneja un automóvil. Pero cuando el Estado se achica demasiado, cuando se lo ignora, ya no hay automóvil que manejar. Entonces, cuando el Estado se licua, el gobierno es todo. Se privilegia el Ejecutivo en detrimento de otros poderes. Es como si el gobierno fuera todo. La Argentina era un país en donde era posible mejorar. No había una sociedad dividida, fracturada en dos grupos socioeconómicos tan diferentes, como en otros países latinoamericanos. Había movilidad social y había empleo. Era un país de pleno empleo.
–Con respecto al Bicentenario… algo debemos haber hecho bien. ¿Hay suficientes hechos positivos como para celebrar?
–Yo soy un poco descreído de las fiestas y las celebraciones. Pero los aniversarios con cero son, por algún motivo, momentos de reflexión. En el año 2002, surgió un movimiento de reflexión muy fuerte que desapareció cuando, en el 2003, hubo cierto rebrote de la prosperidad. Se hicieron reuniones, en las cuales participó gente que hacía propuestas. Fue un esfuerzo espontáneo de la sociedad civil. Pero quiero mencionarle una frase de un sociólogo del siglo XX, Emil Durkheim, quien, hablando del Estado, dice: “Debemos recordar que el Estado es el lugar en donde la sociedad piensa sobre sí misma”. Es decir, es necesario un movimiento de reflexión que incluya a los gobernantes, a los funcionarios, a los representantes de los poderes, a los periódicos, a la opinión pública, a los intelectuales. Eso es el Estado. Y si el Estado falla, si está en cortocircuito, entonces no hay demasiado que festejar. Es necesario reflexionar sobre el tipo de país que queremos. Aun así, soy un poco pesimista.
–¿Por qué?
–Le cuento una anécdota. El año pasado, el Congreso tuvo la buena intención de organizar reuniones con personas representativas e intelectuales, para que discutieran sobre los grandes problemas del país. El público iban a ser diputados y senadores. Y bien, estuve en una de esas reuniones. Éramos unos quince invitados para hablar de nuestro pasado. Había historiadores, ensayistas. Fueron tres diputados y un senador. Los demás no aparecieron, por más que la reunión había sido auspiciada por ellos. Seguramente, estaban ocupados en cosas importantes, pensé. Aun así, creo que el Bicentenario puede ser útil para retomar el impulso y la iniciativa desde el Estado, para reconstruir el Estado. Luego de una reflexión previa, por supuesto. Una reflexión en la que participen todos.
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