Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Entrevista
“Gustavo Santaolalla Amo
la movilidad y la diversidad”
 
Sueño cumplido y por cumplir
Casi desde que decidieron formar una familia, hace 25 años, Gustavo Santaolalla y su mujer Alejandra soñaban con tener un viñedo propio. “Fuimos metiéndonos en el mundo del vino, conociendo y apreciando las diferentes variedades, reconociendo qué importancia tiene cada una de ellas en las distintas comidas. Sin perder de vista, además, lo que el vino produce socialmente: el arte de compartir. Hace 5 años, decidimos pasar nuestro sueño a otra fase, y empezamos a materializarlo”, cuenta Gus- tavo. Hace algunos días, los vinos Celador y Don Juan Nahuel –frutos de las vides que Santaolalla tiene en su pequeña finca de Mendoza–, finalmente vieron la luz. Cierto es que, en su naturaleza incansable, siempre hay algún otro proyecto propio por concretar. “Tengo un espectáculo de danza basado en la música de mi grupo Bajofondo desde hace unos años dándome vueltas en la cabeza y espero poder hacerlo en breve”, asegura con luz en sus ojos, teniendo la firme convicción de que pronto, muy pronto, podremos verlo plasmado sobre las tablas.
foto3

 

 

Productor y compositor exitoso, ganador de quince Grammy y dos premios Oscar por la música de las películas Secreto en la montaña y Babel. Instalado desde hace más de veinticinco años en los Estados Unidos, Gustavo Santaolalla habla del camino recorrido, del enorme amor por su trabajo, sus hijos y sus vinos.

De niño, su madre lo apodaba “tranquilino”, sin embargo, con los años se transformó en una incansable máquina de hacer y de cosechar premios y reconocimientos. ¿Cómo lo logró? Sólo él tiene la respuesta. El hombre que nació hace 58 años en El Palomar –en la zona Oeste del Gran Buenos Aires– y confiesa sin problema alguno que no lee ni escribe música, arrancó su carrera a los 16, cuando fundó la mítica banda Arco Iris. Hace más de un cuarto de siglo que se instaló en los Estados Unidos, donde pudo construir con éxito su bunker artístico. Se convirtió en productor estrella y supo marcar el rumbo de grandes artistas como León Gieco, Juanes, Jorge Drexler, Julieta Venegas, Versuit Vergarabat, Café Tacuba y Molotov, entre tantos otros. A fines de los noventa, una nueva puerta se abrió para él, y su arte llegó al cine. Tiene en su haber quince Grammy, dos Oscar, un Globo de Oro y dos premios BAFTA, de la Academia Británica.

–¿Podrías poner en palabras cómo lograste ganar dos Oscar consecutivos?
–Fue un impacto impresionante, ya que ganar dos estatuillas doradas seguidas es algo que sólo sucedió cuatro veces en la historia de los Oscar. Y además, haciendo una música que tal vez no esté asociada tradicionalmente a una banda de sonido de cine. Yo soy una persona que viene de otro palo y la verdad es que no me siento parte del mundo de Hollywood. Ninguna de las películas en las que trabajé representa el arquetipo de los filmes hollywoodenses.

–Siendo de otro palo, como decís vos, ¿cómo llegás al cine?
–Creo que se dio como muchas de las cosas que sucedieron en mi vida: de manera mágica. Todo lo que me fue pasando siempre tuvo alguna conexión con cosas que viví de chico. A los 15 años, había hecho la música para un cortometraje que dirigía el padre de un compañero mío de colegio. Cuando terminé el secundario, tuve la intención de estudiar cine, pero una cabeza poco feliz decidió cerrar el Instituto de Cinematografía por ser considerado un foco de disidentes y subversivos.

–Entonces el tiempo pasó y…
–Yo grabé un disco que se llama Ronroco que, en realidad, es el nombre de un instrumento de la familia de los charangos, y ese disco es el que me llevó nuevamente al mundo del cine. Un día, llego a mi oficina y me dicen: “Llamó el director Michael Mann porque quiere usar uno de los temas de Ronroco en The Insider, la película con Al Pacino y Russell Crowe”. Era una escena clave en el filme, sin diálogos y donde la música colmaba toda la pantalla. Todo funcionó de manera increíble.

–¿Y tu conexión con Ang Lee y Alejandro González Iñárritu, hacedores de los filmes por los que ganaste el Oscar?

–Con Alejandro, director de Amores Perros y Babel, fue a través de una amiga en común. Yo justo estaba haciendo uno de los discos de Julieta Venegas, entre muchas otras cosas más, y la verdad es que no había tenido ni un segundo para leer nada de Amores… “Che, mañana llamen a México y digan que no voy a poder hacer nada para esta película”. Esa misma noche, me desperté sobresaltado y dije: “Cómo voy a decirle que no a algo que ni siquiera vi”. A los pocos días, Alejandro estaba en mi oficina con su peli bajo el brazo y cuando vi los primeros diez minutos, pensé: “Sí, quiero hacerlo”. Después, él me contactó con Walter Salles y así llegué a Diarios de motocicleta. Me acuerdo que estábamos con Walter presentando el filme en el Festival de Sundance y en una de las fiestas a las que fuimos, alguien dijo: “Gustavo debería conocer a Ang Lee”. A los dos meses, estaba trabajando para Secreto en la montaña.

–Definitivamente, el Universo trabaja a tu favor. ¿Lo sentís así?
–Yo soy un convencido de que hay que tener una cuota de suerte, pero sólo para comenzar. Después, la suerte la hace uno mismo con trabajo, con visión… La visión que te lleva a hacer algunas cosas y a descartar otras tantas. Yo hago muchísimo, pero no sabés a la cantidad de cosas que les digo que no.

–¿Qué se te juega interiormente en cada elección?
–Es algo instintivo que no lo puedo explicar. Yo hago toda una visualización y una búsqueda interna con respecto a los sueños que tengo, pero todo va acompañado de determinación y trabajo.

–Gustavo, ¿cómo te definirías dentro del mundo del arte?

–Me considero un artista que utiliza diferentes plataformas para expresar su creatividad: producir un grupo, hacer la música para una película, tocar con Bajofondo, editar un libro, hacer un vino...

Hiperkinesis creativa
–¿Cómo elegís un grupo o un cantante para trabajar con él?

–Primero, tengo que ver que ese cantante posea un concepto o una visión con peso e identidad propios, que me produzca admiración. Generalmente, trabajé con personas que tienen opiniones propias muy fuertes. Y después, es agarrarlos en el momento preciso. Por ejemplo, yo conocía a Juanes desde hacía mucho y siempre me pareció un tipo muy talentoso, pero para mí no estaba en ese momento. Cuando lo sentí, me acerqué a él y empezamos a trabajar juntos.

–¿Qué significa, concretamente, producir un artista?
–Sería algo así como maximizar su propuesta, es lo que yo llamo el arte de hacer discos. Siempre empujé a que los artistas produjeran mucho más de lo que se necesita para un disco, para tener, así, la posibilidad de elegir. Soy de la idea de que alguien puede escribir cosas que son alucinantes, otras que son buenas y otras que son francamente desechables. Lo que yo quiero es que un disco producido por mí no tenga nada descartable. Dentro de su rol, el productor también debe lograr que las canciones tengan esa tensión que te lleva a querer escucharlas una y otra vez y, además, que en un estudio de grabación –que suele ser un lugar muy frío–, se arme una atmósfera propicia para que aflore la magia del artista.

–¿Por qué solés definir tu agenda laboral como “asesina”?
–Por necesidad. Por ejemplo, cuando vengo a la Argentina, siempre es por poco tiempo, pero, en realidad, cuando estoy en otros lugares también me pasa lo mismo. (Risas).

–¿En Los Angeles también?
–Bueno, ese es el lugar donde hago más base porque tengo a mi mujer y mis hijos. Llevo otro ritmo de vida: me levanto a las 6.30 de la mañana, a las 7, religiosamente, desayuno con ellos, a las 8 hago mis ejercicios físicos, a las 9 leo mis mails, a las 11 ya estoy en la oficina, a las 7 de la tarde vuelvo a cenar a mi casa y si tengo que regresar al estudio, regreso. En el medio están las conferencias por teléfono, las reuniones… Ahora estoy produciendo siete discos y haciendo la música de una película con Catherine Deneuve.

–¿Sos un adicto al trabajo?
–Yo encuentro un deseo supremo en el hacer. De chico, mi madre me llamaba “tranquilino Santaolalla” y soy conciente de que tengo un cierto nivel de quietud para que no me salte la térmica. Pero por otro lado, desarrollo una movilidad o una velocidad de acción que cuando era chico no tenía. Además, siempre puse mucha pasión a mi trabajo. Cuando empecé, todo eso estaba volcado únicamente a mi grupo Arco Iris y con el tiempo, me fui dando cuenta de que podía poner toda esa energía al servicio de los demás.

–Cuando estabas arrancando tu carrera, alguien te dijo: “Lo tuyo vale”. ¿Fue una frase que te marcó?
–A lo largo del camino, siempre tuve la suerte de encontrarme con gente que valoró mucho lo que yo hacía… (Se detiene y piensa). Aunque también me encontré con muchos detractores. Creo que lo fundamental para llevar adelante una actividad artística es saber desarrollar la capacidad para soportar el rechazo. En especial, si querés empujar los límites y hacer cosas que rompan los moldes. Contradictoriamente, muchas veces los detractores son lo que te alientan a seguir, ¿no?

–Cambiando de tema, ¿fantaseás con la idea de volver a vivir a la Argentina o te parece un imposible?
–Lo que me parece imposible a esta altura de mi vida es vivir de forma permanente en un mismo lugar. Me encanta Los Angeles porque es un gran centro de operaciones geográfico y cultural para mí, pero si pensara que me tengo que quedar a vivir allá para siempre, creo que me empezaría a poner nervioso. Lo mismo me pasa con cualquier lugar del mundo, inclu-yendo la Argentina. Tal vez, en unos años cambie, pero amo la movilidad y la diversidad.

–Es claro que desde tu actividad siempre buscaste seguir conectado con nuestro país. ¿Cómo manejaste esto con tus hijos?
–Los tres son bilingües –hablan inglés y español–, y fue un trabajo que llevamos adelante con mi mujer Alejandra porque para nosotros siempre fue muy importante conservar nuestro idioma. En los Estados Unidos, hay toda una generación de mexicanos, por ejemplo, que cometieron una especie de suicidio y a sus hijos nunca les dejaron hablar en español. Mis hijos se sienten argentinos y aman este país.

–¿Ellos heredaron tu sangre de artista?
–Todos son muy musicales, pero Ana, la mayor, es psicóloga. Luna es un ser que todo lo que hace, lo hace muy bien. Eso es una gran virtud y también un problema. Toca un poco de piano y de guitarra y tiene muy buen oído y muy buena voz, pero todavía está viendo por dónde quiere ir. Y Juan Nahuel, que tiene 10 años, aún es un duende maravilloso. Lo cierto que si quieren llevar adelante una actividad artística, preferiría que no fuera la de la música para que no tengan que cargar siempre con el peso del padre.

–¿Producirías a alguno de tus hijos?

–Si hicieran algo que me gustara mucho y con lo que yo me conectara, lógico, me encantaría. Pero nunca lo haría por que sean simplemente mis hijos.

 
Por Sebastián Fernández Zini.
Fotos: Macarena Otero.