Cuenta la leyenda que, allá por 1994, en el barrio Chaco Chico de Paso del Rey, doce adolescentes se juntaban para jugar al fútbol en la esquina, mientras soñaban con fundar su propio club. Sin recursos ni apoyo, pero movidos por las ganas de generar un cambio y poseer un espacio en común, comenzaron a limpiar un basural y allí plantaron un cartel que decía: “En breve, Polideportivo del Club Defensores del Chaco”.
“Al principio los vecinos pensaron que estábamos locos, porque era impensable crear algo en este barrio olvidado, pero nosotros entrenábamos en la canchita. Primero éramos 12, liderados por Fabián Ferraro y Julio Jiménez, jóvenes de 23 años, fundadores del club. Después fuimos 20, 30, 100… y hoy, somos más de 1700 las personas que hacemos alguna actividad en Defensores”, comenta Maximiliano Pelayes (25 años), quien dirige actualmente la institución, porque hoy el Club Atlético Defensores del Chaco es un sueño hecho realidad.
Ubicado en un humilde barrio de calles de tierra, la Fundación Defensores del Chaco se destaca como un oasis lleno de banderines multicolores y verdes canchas de fútbol, donde un equipo de trabajo de 55 jóvenes recibe, semanalmente, a 1750 participantes involucrados en diferentes actividades deportivas y culturales. Son niños, abuelos, padres y hermanos; vecinos de bajos recursos que, a través de esta institución, lograron reivindicarse como personas, descubrir su identidad y encontrar un espacio de formación para ellos y sus chicos. Porque, después de 16 años, el deporte sigue siendo el motor que mueve a Defensores para educar a través de sus valores, para que sus participantes logren alcanzar el desarrollo personal, para que aprendan a trabajar solidariamente y en equipo, y para que al mismo tiempo desarrollen sus propias capacidades individuales. Todo un reto llevado adelante por un plantel –cuyas edades van desde los 18 a los 25 años–, motivado por la voluntad de generar un cambio social, y deseoso de promover y compartir su experiencia.
Unidos por la camiseta
“Cuando era chico veía cómo mi familia y mis vecinos vivían descreídos, tan desconfiados que no les importaba el otro, y ese también hubiera sido mi camino si no me acercaba a Defensores. Acá me hicieron entender que se podía cambiar, que había otro rumbo”, recuerda Matías Luna, quien asiste al club desde los 11 años y hoy, con 26, dirige Defensores del Chaco junto a Maximiliano. En aquel tiempo, Chaco Chico sólo era un apático barrio de la localidad de Paso del Rey, partido de Moreno, en el conurbano bonaerense, siempre afectado por elevados índices de pobreza y desempleo, problemas de violencia, drogas, alcoholismo y deserción escolar. Maximiliano y Matías fueron parte del grupo de chicos que ayudó a limpiar aquel basural, vivió todo el proceso de su transformación y creó el club. Que la dirigencia de Defensores sea tan joven no es un hecho al azar; así lo establece un artículo de su estatuto que sostiene que es primordial generar espacios para la juventud, porque ellos pueden tomar decisiones sin copiar modelos viejos. “Fue muy difícil que los mayores aceptaran una institución conducida por jóvenes. Sin embargo, hoy son los mayores los que cuidan el lugar, nos respetan, apoyan y también llevan adelante este proceso. Se dieron cuenta de que había mejorado la calidad de vida”, comenta Maximiliano. “Nosotros también nos dimos cuenta de que teníamos una gran responsabilidad, así que comenzamos a capacitarnos en distintas áreas, éramos unos adolescentes de 16 y 17 años, pero a cargo de chicos más chicos que nosotros”, recuerda Maxi. Y Matías concluye: “Creemos en los jóvenes porque son los que tienen más fuerzas para generar cambios y nuestro objetivo es formarlos para que en el futuro se mantenga la identidad institucional, donde ellos serán partícipes”.
Como la vida misma
Pero ¿cómo se hace para que la juventud de hoy se involucre en un proyecto como Defensores, donde no sólo cambió la mentalidad de sus protagonistas sino la de todo un barrio? “Cuando hay grandes demandas, el espacio se abre. Todo nació por una necesidad. Acá no hacemos las cosas para los chicos, sino que trabajamos con ellos. No venimos de afuera a decir: ‘Bueno, hay que hacer esto’, sino que lo vivimos desde adentro porque somos del barrio. Defensores se mueve con la comunidad, a ella le pertenece este club y por eso formamos socialmente a sus jóvenes”, sostiene Maxi.
Esta formación se basa en la no deserción escolar, ya que para practicar alguna de sus actividades es un requerimiento que sus socios asistan a la escuela o cursen una carrera. Para asegurar este objetivo, la fundación cuenta con un sistema de becas, cuyos beneficiarios deberán retribuir enseñando sus conocimientos a la generación siguiente. “Con todos estos cambios, Defensores logró que el barrio recuperara la dignidad y las ganas de vivir. Y cuando uno está feliz, comienza a pensar, no sólo en el día a día, sino también a proyectar. Es allí cuando entra en juego el futuro de los chicos, la escuela, la forma en que queremos vivir”, comenta Matías.
El equipo de Defensores acompaña a los chicos desde que asisten a la Escuelita de Fútbol, a los 3 años de edad, inculcando, a través del deporte, valores como la amistad, el trabajo en equipo, la superación personal, la tolerancia, la igualdad y la solidaridad. Maxi cuenta al respecto: “Es que esto es como la vida misma. Nosotros trabajamos para que ellos se desarrollen como personas, no sólo como buenos futbolistas. Y aunque también les brindamos las herramientas para lograrlo, nuestro principal objetivo es formarlos como ciudadanos, que puedan aplicar los valores sociales en su vida y los transmitan a su entorno”.
“Así lo aprendí en Defensores y hoy puedo confirmar que, desde el pequeño aporte que hacemos, se puede cambiar algo de nuestro mundo. No se nace con el concepto de trabajar junto al barrio, sino que se aprende en espacios donde te enseñan a creer en eso. Yo aprendí y estoy convencido de que se puede cambiar. Pero todos tenemos que creerlo, por eso, día a día, trabajamos para que suceda”, afirma Matías, seguro de que, a diario, confirma estas palabras con hechos.
Deporte y familia
El respeto de las pautas de convivencia también generó el acercamiento de la familia al club, porque en la formación del chico no sólo están él y la institución, sino también los padres, los hermanos mayores, la escuela. Sin embargo, y como en todos los ámbitos, la presencia de la familia depende del tiempo libre que deja el trabajo. En el barrio hay padres desocupados, y obreros o cartoneros que recién ven a sus hijos a las 12 de la noche, cuando regresan al hogar. Los que pueden, acompañan a sus chicos en las actividades porque Defensores no es un “depósito de hijos”, sino que –en mayor o menor medida– existe un vínculo con la familia. “Hoy padres e hijos se juntan en los eventos y hasta juntan firmas para que una línea de colectivos llegue hasta la zona, porque sus hijos tienen que venir al club”, comenta Matías. “Antes, se encerraban en sus casa, sin socializar, y el que tenía las rejas más altas era el que vivía más tranquilo. Nosotros buscamos que la calle sea nuestro patio, incluso festejamos la fiesta del día del niño afuera, para abrirnos a toda la comunidad. Porque sólo trabajando en conjunto podemos cambiar esta realidad. Ya no esperamos un salvador, nosotros somos los mo-tivadores del cambio”.
Y así también lo entienden los jóvenes, los vecinos, y hasta el mismo plantel de Defensores, que eligió trabajar en este proyecto: “Los jóvenes son los protagonistas del cambio, nosotros sólo acompañamos el proceso” aseguran.
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