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Vida silvestre
“Cerquita, cerquita…”
 
Otras opciones
•Mar del Plata se caracteriza por el sol, la arena, el mar y el sucundum sucundum. No obstante, también brilla en “La feliz” El Paraíso, un zoológico de casi ocho hectáreas emplazado sobre el acceso a Sierra de los Padres. Diagramado en función del paisaje, nos inunda la sensación de transitar por un bosque natural, con ciento veinte variedades arbóreas, entre las que crecen guayabas –nativas del Caribe–, arrayanes, cipreses, eucaliptos, pinos, acacias, robles, ceibos, higueras, granados, nogales, manzanos y castaños. Con dieciséis años de vida y dividido en tres grandes sectores (animales de granja, exóticos y autóctonos), se pasean con elegancia faisanes, ciervos colorados, antílopes, cisnes australianos, chacales y tortugas africanas, pumas, liebres mara, pecaríes, corzuelas y coatíes, entre los trescientos animales que ostenta el zoológico. •Estratégicamente asentado sobre la ladera este del Cerro de la Gloria, el predio creado como un parque, en 1903, con una idea del paisajista Carlos Thays, y transformado en zoológico en 1939, hoy se constituye como uno de los parques de animales más importantes de América Latina. Hablamos del zoológico de Mendoza, donde conviven más de mil ejemplares, muchos de ellos en peligro de extinción. Visitado anualmente por más de doscientas mil personas, en este rincón de la ciudad, con alrededor de cincuenta hectáreas forestadas, se respira paz por donde quiera que se camine. Aparte, el contacto con los animales es muy cercano y por demás afable.

En el mundo
•The Open Zoo (Singapur): cuenta con especies exóticas (como el mono proboscis), safaris nocturnos y fotográficos, y un circuito entre las copas de los árboles de la selva hindomalaya.
•Berlín Zoo (Alemania): fundado en 1841, fue el primer zoológico alemán. Es uno de los parques más visitados del mundo (más de tres millones de personas al año).
•Bronx Zoo (Estados Unidos): ubicado en Nueva York, se destaca una selva que sumerge al público en el corazón del Congo.
•London Zoo (Inglaterra): fun- dado en 1828, es el zoológico científico más antiguo del mundo. En 1847 se admitió público visitante. Alberga más de seiscientas cincuenta especies. ¿Una curiosidad? Aquí se filmaron escenas del film Harry Potter y la piedra filosofal.
•Taronga (Sydney): abundan las especies nativas y exóticas de la vida salvaje australiana. Conserva especies en peligro de extinción, como el panda rojo, el búfalo de agua asiático y el tigre de Sumatra. También se pueden ver koalas, canguros, platypus, echidnas, wombats, diablos de Tasmania y dingos. •Busch Gardens (Tampa): fundado en 1965, ade- más de safaris fotográficos, cuenta con zonas temáticas y montañas rusas escalofriantes. Se pueden apreciar rinocerontes blancos, cocodrilos del Nilo, antílopes, jabalíes y ñus.

 
 
Los centros de exposición de fauna más vanguardistas apuestan a que el público observe e interactúe con los animales en espacios que recreen sus hábitats naturales y permitan reflexionar sobre la salud del ecosistema y la preservación de las especies. Una tendencia mundial que, también, se impone cada vez más en la Argentina.

Recreación, investigación y conservación de las especies. Esos, tal vez, sean los tres principios que rigen la actividad actual de los zoológicos modernos. No obstante, podría adherirse un cuarto –y doble– objetivo: que los animales se desenvuelvan en espacios que emulen sus entornos naturales y que los visitantes puedan disfrutarlos de cerca, a contados pasos, los suficientes hasta para escucharlos respirar.
En la Argentina (aunque la tendencia es mundial), una gran cantidad de parques silvestres apuestan a la modalidad open zoo; o sea, trocar las clásicas rejas de las jaulas por límites visibles o invisibles (como fosas secas, llenas de agua, o lagos) que logren que elefantes, tigres, leones, monos, loros y jirafas, entre cientos y cientos de criaturas, se sientan como en la selva… para ellos, como en casa.
Con los dos pies en el siglo XXI, se está revirtiendo esa sensación de que los animales son como presos en “cárceles” de pequeñísimas dimensiones. Y no sólo eso: incontables zoológicos se dedican, con empeño, a reflexionar sobre la salud del ecosistema y a preservar las especies, muchas de ellas en peligro de extinción.
La puerta está entreabierta e invita a pasar. Conozca algunos de los más importantes centros de exposición de fauna del país y déjese sorprender.

Bubalcó
Una paloma australiana seduce con sus colores; una iguana verde sorprende con sus movimientos; una Pitón Malaya Albina crea misterio con su sola presencia; y mientras ardillas de Prevost se abrazan a unos árboles, el mono Tití Pincel Blanco derrocha dulzura y simpatía. Estamos adentro de un invernadero construido sobre la base de metal y vidrio, de más de nueve metros de altura. Climatizado por un sistema informático que mantiene rangos mínimos y máximos de temperatura y humedad, desfilan delante de nuestras narices, especies tropicales de la selva paranaense.
Para ser más exactos, estamos recorriendo Bubalcó, un zoológico de treinta y cuatro hectáreas, en pleno Alto Valle de Río Negro y Neuquén que, entre sus primerísimas prioridades, tiene la conservación y el cuidado de las especies en vías de extinción.
Llegamos hasta aquí en busca del único tigre siberiano que hay en la Argentina, y de la tigresa de Bengala blanca, de las que quedan sólo doscientas en el mundo. También estamos a pasos de los guepardos y de una pareja de yaguaretés, el felino de mayor tamaño en el continente americano. La fauna silvestre, autóctona, pero sobre todo exótica, tiene un lugar preponderante en Bubalcó. Para muestra, basta contemplar la colección de cacatúas y loros, entre los que se destacan el guacamayo Jacinto, del pantanal de Brasil; el cacatúa Major Mitchell, de Australia; el guacamayo Caninde, prácticamente extinguido del Beni boliviano; y la única pareja en el país de guacamayo de Buffon –un rarísimo loro oriundo de Costa Rica y Nicaragua, de los que quedan sólo trescientos ejemplares en el Planeta–.
Mientras, linces, jaguares, tigres y pumas ronronean ahí nomás…

Luján
Al principio, la sensación es de vértigo y, por qué no, de cierto temor. Después, uno se relaja y disfruta del paisaje desde las alturas. Es que arriba del elefante, todo cobra otra dimensión. No, no estamos de expedición por ningún país asiático, sino en el mismísimo Zoo de Luján, donde son comunes –por insólito que parezca– los paseos en elefante o en camello.
Aquí dentro, es difícil inclinarse por una atracción en especial. Es tan tentador ir a jugar a la jaula de los monos (y entregarse a estos adorables animalitos que se cuelgan de nuestros brazos o nos tiran del pelo), como animarse a acariciar a los leones y a sus crías. Obviamente, siempre bajo la atenta mirada de profesionales que acompañan, guían y, sobre todas las cosas, aconsejan qué hacer y cómo.
El predio campestre, de quince hectáreas, está ubicado cerca de la histórica ciudad de Luján (de paso, se puede hacer una escapada hasta la neogótica basílica donde se encuentra la célebre estatuilla de la Virgen María). Pensar que cuando el Zoo se inauguró, a mediados de la década de los noventa, contaba sólo con un mono, dos burros, dos pony, una pareja de leones y un puñado de pavos reales, llamas y ciervos. Hoy, cuenta en su haber con casi un centenar de especies, entre leones africanos, tigres de Bengala, pumas y monos sudamericanos.
Decidimos quedarnos el fin de semana entero, ya que en el parque se puede acampar, hacer asados y pasear en tractor o carreta. ¿Qué mejor?

Temaikèn
Cincuenta y nueve hectáreas, ciento setenta metros cuadrados de espejos de agua, cuarenta especies de mamíferos, ciento ochenta de aves, veinticuatro de reptiles, cincuenta y seis de peces, y mil quinientos árboles. Su nombre nace de la unión de dos vocablos tehuelches: TEM (que significa tierra) y AIKEN (vida). Evoca el respeto que tenían estos indígenas por la naturaleza.
Ubicado en Belén de Escobar (a cincuenta kilómetros de la Capital Federal), Temaikèn está dividido en cuatro grandes áreas: África, Asia, Autóctonos y Acuario. La primera alberga flamencos, pelícanos, antílopes, suricatas y colobos. En la segunda, reinan los tigres, los murciélagos frugívoros y las ardillas de Prevost. La tercera se subdivide en fauna mesopotámica (yacarés negros, tapires, carpinchos y tortugas de laguna) y fauna patagónica (que recrea los ambientes desde la cordillera de los Andes hasta la Costa Atlántica, a través de siete recintos: estepa patagónica, condorera, pumas, llanura patagónica, pingüineras, pudúes y Patagonia subterránea). Y en la última, se emulan tres ambientes de la Argentina asociados al agua: la poza de mareas, el sector de agua dulce y el océano (nos quedamos impactados con los huesos de una ballena Azul –el mamífero marino más grande del mundo–, encontrados en la costa de la provincia de Santa Cruz).
En Temaikèn, las barreras entre los animales y el público son naturales. Nos recomiendan pispear “el lugar de las aves”, que reproduce los biomas de América, Oceanía, África y Eurasia. Allí, hay más de doscientas especies provenientes de Sudáfrica, República Checa, Holanda y el Perú, entre otros países. Impactante.

Córdoba
El oso melero es tan nicaragüense como argentino, paraguayo y uruguayo. Es un poco nocturno y otro poco dormilón. Suele echarse a descansar en las cuevas hechas por otros animales o en las cavidades de los grandes troncos. Pero aquí, en el Zoo Córdoba (dentro del Parque Sarmiento), un predio de diecisiete hectáreas, se lo nota bastante activo. Ojo, también se roba nuestra atención el oso tibetano de color negro (que posee una “v” de color leonado en el pecho).
La perlita del parque está justo al completar el circuito de los grandes felinos: un monumento dinámico –léase una rueda gigante–, que, según ciertos historiadores, podría haber sido diseñado por el constructor de la famosa Torre Eiffel, en su paso por Córdoba. ¿Será?
El Zoo Córdoba, que abrió sus puertas el 25 de diciembre de 1915 a las 17.30 (¡qué exactitud!), tiene un pequeño mundo exótico donde brillan los invertebrados, los anfibios, los reptiles y las principales serpientes de la zona, entre ellas, las cinco más venenosas de la provincia.