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entrevista
“Interpretando a Piazzolla
me sentí más cerca de me sentí más cerca de Dios”
 
Identikit
•Tiene 50 años y es de Mendoza capital.
•“Convivo con Paula hace mucho tiempo, pero me casé hace un año. Ella tiene dos hijos de su primer matrimonio y, por mi lado, tengo cuatro. ¡Ah! ¡Más los dos perros y los tres gatos!”.
•Lo motiva la creatividad y no tiene cuentas pendientes. “Mis pasos los genera el devenir de los días”.
•“Me gustan mucho los deportes. Soy un tenista frustrado que gasta mucha plata en profesores para
seguir jugando mal. ¡Entreno como nunca y juego como siempre! (risas)”.
•Fanático de Pilates. “Me solucionó problemas físicos crónicos. Mi profesión es muy sedentaria y me trajo varios dolores musculares”.
•Grabó siete discos. Dos con grupos de cámara: Compositores latinoamericanos, con el quinteto de vientos Numen y Nuevos vientos para la ópera, con el doble quinteto de vientos Opera-Concerto; y cinco como solista: Encuentro, Imágenes de tango, Astor Piazzolla, flauta y piano, Flautango y
Astor Piazzolla-Heitor Villa-Lobos. “Estos últimos, producidos y motivados por mi iniciativa y mi empuje.
No tengo los 95 de Montaner (risas), pero para un músico clásico argentino, ¡es un número!”.
•Obtuvo distinciones como el primer premio del certamen “Coca Cola en las Artes y las Ciencias” y el del “Concurso Argentino de Música”.
•Fundó su propia productora para trasladar conocimientos de la música, la danza y el teatro.
¿El fin? Promover, de una manera cercana, el vínculo con el arte. “Para ello, organizamos obras para adultos y niños, propuestas didácticas escolares, talleres infantiles y actividades corporativas”.

Lo que viene
Aparte de sus quehaceres en el Colón, Jorge planea, a mitad de año, pasearse por Buenos Aires con Los animales de la música (espectáculo con el que acaba de brillar en Bahía Blanca). Por otra parte, el 19 de junio interpretará –con Néstor Marconi, en un dúo de flauta y bandoneón– tangos tradicionales de cámara, en la sala Astor Piazzolla del teatro Argentino de La Plata. “También me invitó la Orquesta de Bahía Blanca para tocar, en el segundo semestre del año, el Gran Danzón de Paquito D'Rivera”, cuenta y prosigue: “En las vacaciones de invierno, haremos los talleres de luthería y estamos en conversaciones para realizar El zoo que no se ve y Il Cuatruno, un show que mezcla teatro musical con el trabajo interactivo de chicos y grandes –a través de los módulos de luthería–”.

 
 
Desde hace casi treinta años, el mendocino Jorge de la Vega es la Primera Flauta Solista de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Admirado en el país y en el exterior, acompañó a celebridades como Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y José Carreras. Mientras se prepara para actuar en la reapertura del teatro argentino por excelencia, repasa su trayectoria y se define como un incansable generador de proyectos: “Si el trabajo no existe, hay que crearlo”.

En la ciudad de Buenos Aires, hay barrios que parecen especialmente diseñados para que se pierdan aquellos que no los frecuentan. Calles que se hacen contramano, otras que se cortan de forma abrupta y, como si fuera poco, un sinfín de diagonales con destino incierto. Nobleza obliga: hay quienes, en pagos ajenos, se sienten como turcos en la neblina.
Todo este palabrerío tiene una sola finalidad: admitir que llegamos generosamente tarde a la cita con nuestro entrevistado. Cuando esto sucede, querido lector, lo que sigue es la incertidumbre. Siempre está la esperanza de que nos consuelen con un “¡Le puede pasar a cualquiera!” o “Yo también soy impuntual, no te preocupes”. Pero, a su vez, puede suceder que la persona en cuestión nos dedique una cara bieeen larga hasta el piso o, en el peor de los casos, nos deje plantados.
Al menos, sabemos que esto último no iba a suceder porque el encuentro era en el mismísimo hogar de quien usted conocerá a continuación. Tocamos el timbre y alguien, muy amablemente, nos hace pasar. De repente, aparecen Robbie y Felipe, un Golden y un Cocker hermosos, que nos reciben a puro salto. Bueno, la bienvenida es confortante.
A la casa la antecede un pasillo dividido por dos puertas. Desde allí, se alcanzan a escuchar unas carcajadas que resuenan con la fuerza de un tambor. Señal alentadora: el humor no escasea. Al colarnos en plena sesión de fotos, sorprendemos a Jorge de la Vega jugando y seduciendo a la cámara de la fotógrafa. Jorge nos clava sus ojos (¡chan!), se acerca y… nos pega un abrazo que confirma lo que intuimos apenas apoyamos un pie en la vivienda: aquí hay una intensa fragancia a buena onda. Mejor dicho, aquí se huele a buena gente.
Es tiempo de descubrir a este hombre de risa contagiosa (aunque hayamos acabado de deslizar la primera y, tal vez, más importante de sus características). Desde 1983, Jorge ostenta el título de Primera Flauta Solista de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Mendocino, de 50 años, hincha de Vélez y de Boca (por afinidad con Carlos Bianchi), tocó como solista con la mayoría de las orquestas del país y otras tantas del extranjero, además de acompañar a Plácido Domingo, a Luciano Pavarotti y a José Carreras (con estos dos últimos, en el mítico Luna Park). Le exprimimos más jugo a su CV: bajo la dirección de John Neschling, emprendió, junto a la Orquesta Sinfónica del Estado de San Pablo (OSESP), una gira por el nordeste brasileño y los Estados Unidos. Y en cuanto a discografía, grabó dos placas con grupos de cámara y cinco como solista, entre ellos Astor Piazzolla, flauta y piano, junto a Carlos Franzetti, que fue presentada en los Estados Unidos frente a Laura Escalada –viuda de Piazzolla–, amén de causar furor en países como Hungría y Japón.
Jorge se está preparando para actuar en la reapertura del teatro argentino por excelencia. “¡Tengo muchísima ansiedad para el 24 de mayo!”, afirma. “Los que hacemos el Colón, recibimos cada novedad –ya sea si está mejor o peor– como si nos dieran un parte médico. Así lo sufrimos. Esta temporada, haremos, con la orquesta estable, dos ballets y cuatro o cinco conciertos extraordinarios”.
No obstante, Jorge admite que, a esta altura de su vida, lo que más lo motiva son los proyectos que él mismo genera por afuera de su condición de “músico de elite”. “Desde hace ya unos años que monto mis propios espectáculos –explica–. Así concebí De Mozart a Gardel, en donde, con mi flauta y un quinteto de cuerdas, me paseaba por Puccini, Piazzolla o Gluck. O el ballet narrado El zoo que no se ve, junto a mi mujer Paula Argüelles, bailarina y coreógrafa del Ballet Estable del Teatro Colón, en el que diez bailarines y cuatro artistas ejecutan ritmos latinoamericanos y algunas obras clásicas para contar la historia de dos hipopótamos enamorados. O Los animales de la música, un show que pensamos con Ernesto Acher para acer-car, de manera atractiva, la música a los chicos, reconociendo instrumentos y familiarizándose con los grandes compositores. En el 2006, hicimos, a sala llena, 21 funciones en el Colón. Viajamos por todo el país y llegamos hasta Paraguay. Vivo pergeñando cosas. Desde adolescente que mi lema es: ‘Si el trabajo no existe, hay que crearlo’”. Perseverancia: otro atributo de Jorge.
Entretanto, la nota transcurre en una terraza con base de madera y cañas, que él mismo construyó. Desparramados por el suelo y una mesa, descansan el budilín, el calabalín, la violineta, el bidoncello y el metalófono. Tranquilo, se lo traducimos: los primeros tres son violines, el cuarto es un violoncello y el quinto es un xilofón, ¡pero hechos con una flanera, una calabaza, una corneta, un bidón de agua y tubos de aluminio!
“Organizo módulos de luthería para grandes y chicos en escuelas, empresas o en balnearios. La particularidad es que enseñamos a diseñar instrumentos, pero con objetos de la vida cotidiana. ¡Pero no son de cotillón, eh! Tocan notas y suenan como los de verdad”, advierte Jorge, que nos otorga el privilegio de probarlos con nuestras propias manos. “Con los niños tengo un feedback especial. Con Ernesto nos propu-simos lo siguiente: si somos didácticos, que sea solo una coincidencia. ¿Por qué? Porque no queríamos ser dos ‘maestros ciruelas’ que ordenen cómo hacer esto o aquello, sino transmitir nuestros conocimientos subliminalmente. Que el chico se divierta de principio a fin y ¡ni se dé cuenta la cultura general que asimiló! ¿O cuántos saben que el arco del violín es una vara estrecha con una cinta constituida por crines de cola de caballo? Estas iniciativas, que me obligan a usar dotes histriónicas, me ayudaron a liberar otros conceptos del artista que soy”. El mismo Jorge nos deja picando la pregunta: ¿Qué tipo de artista es?

En clave alemán
Norma Fernández de de la Vega percibió que su pequeño Jorge tenía condiciones, que valía la pena apostar por él y pulir ese diamante en bruto. “Conté con un gran respaldo familiar, fui muy incentivado por mi madre. A los ocho años, ya estaba tocando la guitarra y estudiando música”, recuerda Jorge. “Luego, seguí con el órgano a tubo, ¡aunque me costaba llegar a los pedales! (risas). Hasta que, en la preadolescencia, me picó el bichito de hacer música de cámara. Me presentaron a un chico de mi edad que tocaba la flauta… y me impresionó. Ya venía con una preparación académica, así que, en un comienzo, aprendí mucho y rápido. Me levantaba a las cinco de la mañana y practicaba en un sótano para no molestar a mis padres. Fui el primer egresado de la Facultad de Arte de la Universidad Nacional de Cuyo y mi primer trabajo fue en su orquesta sinfónica”.
En los albores de la década de los ochenta, Jorge abandonó su Mendoza natal por Buenos Aires, para ingresar en la Orquesta Sinfónica Nacional y, después quedarse, por concurso y ¡a los 23 años!, con el puesto en el Colón. “Era muy joven, lo cual tiene la ventaja de que uno está cargado de pilas y, por qué no, de cierta irresponsabilidad –desliza–. Siempre tuve claro adónde quería llegar y qué era lo que quería hacer. Pero me acuerdo que, al finalizar el secundario, quise asomar un poco la cabeza para ver qué había afuera de la música. Me gustaban mucho los deportes; entonces, fantaseé con ser profesor de educación física. Pero no había alternativa, ya estaba hasta las orejas en esto, y no me iba mal, ¡todo lo contrario!”.
Entre el 85 y el 87, permiso del Colón mediante, Jorge hizo una maestría en la Escuela Superior de Música de Munich. Hubo final feliz, ya que se recibió con diploma de honor, pero el precio del desarraigo fue alto. “Fue muy dura la experiencia, pero Alemania marcó un antes y un después en mi vida: me transformé en el flautista que yo quería ser. Tuve la dicha de asistir a las clases del maestro Paul Meinsen. Él tenía setenta aspirantes de todo el Planeta y solo dos vacantes. ¡Y gané una! Durante esos dos años, no pude regresar a la Argentina. Llegué a tener veintitrés alumnos, lo que me ayudó a costear mis gastos e incorporar muy bien el idioma”.

–Me imagino el impacto de retornar a las costumbres tercermundistas…
–¡Durísimo! (risas). Volví con una mentalidad muy “naif”. Creí, muy egoístamente, que iba a ser recibido en un aula repleta de gente ávida de escuchar lo que había hecho. Pero el mundo había seguido dando vueltas. Lo que ocurrió es que fue tan fuerte lo que había vivido que es como cuando tenés un auto con cubiertas nuevas: querés salir a la pista y demostrarle a todos cómo corre, cómo dobla. Así que tuve que reorganizar mi mente y mi universo.

–¿Y cómo continuó la película?
–El primer emprendimiento fue grabar un disco con música popular mendocina. Hice lo propio con Néstor Marconi, Rodolfo Mederos y Eduardo Lagos, en flauta, bandoneón, contrabajo y piano. Venía tan envalentonado que los convoqué sin haberlos tratado nunca. ¡Y me dijeron que sí y sin ningún rédito económico! Opté por la música nacional porque mi maestro alemán me cuestionó en una oportunidad: “¿Te vas a ir a la Argentina a grabar Bach? No tiene sentido. Tenés que bucear por tus raíces y crecer. Además, si alguien quiere comprar un disco de Bach y compara tu apellido con el mío, seguramente se inclinará por el mío… ¡aunque no me conozca!” (risas). Y tenía razón… de la Vega grabando Bach suena raro, ¿no? (más risas). Me enganché con esa idea. Acepto que es un “border line” porque hago música popular, pero con una estética muy clásica en cuanto al sonido. Para los que les gusta lo popular, esto les parece muy intelectual y viceversa. Conclusión: no tengo ningún bando a favor. ¡Soy un paria caminando por la vida! (carcajadas).

En Mendoza… “otoño son cosas que inventó el amor”
“No es lo mismo el otoño en Mendoza, hay que andar con el alma hecha un niño, comprenderle el adiós a las hojas y acostarse en su sueño amarillo”. Para que nos inspiráramos mientras escribíamos, Jorge nos envió, vía e-mail, “Tonada de otoño”, canción que incluyó en su disco Encuentro. Su flauta Powell, que acaricia la voz del cantante Pocho Sosa, estremece. Eriza la piel (consejo: compruébelo usted mismo). “Esto lo grabé cuando pegué la vuelta de Alemania. Le puse toda la nostalgia que había acumulado en ese período”, define. “Tuve la suerte de visitar innumerables ciudades, pero para mí, Mendoza sigue siendo la Pachamama. Es diferente en cada estación del año, ya sea por el calor y los viñedos verdes del verano; los ocres, rojos y amarillos del otoño; las montañas nevadas del invierno o la primavera que te sumerge en olores que avivan tus más bajos instintos –en mi caso, con las mujeres, obvio– (risas). Mi madre y mi hermana aún residen allá, y yo sueño con vivir medio año en Buenos Aires y medio en Mendoza. Gracias a Dios, viajo periódicamente. En enero, por ejemplo, me instalo en Vistalba, cerquita de la montaña, donde contemplo el Cordón del Plata. Ese lugar es mi cable a tierra. ¡Me despierta unos sentimientos! ¡Pienso en eso y se me hace agua la boca! (más risas)”.

–De Mendoza al Colón. ¿Cómo procesa ese salto alguien que soñó con entregarse a la música?
–En Mendoza, mi maestro, el sueco Lars Nilson, me llevaba a conciertos de alumnos, por lo que me fui emparentando con el escenario. La primera vez que me subí a uno tenía diez años, así que, sinceramente, no me temblaron las piernas al debutar en el Colón. A pesar de mi corta edad, ya estaba consumado como solista.

–¿Ni siquiera un cosquilleo?
–Bueno, sí, pero no me pasó en “el vivo”, sino cuando entré al foso para ensayar La flauta mágica. Fue como ingresar a un templo. ¡Estaba en el Colón, respirando su mística! Mirá… las cosas, cuanto más lejos están, más importancia cobran, en detrimento de cuando se las tiene al alcance de la mano. Y a los argentinos nos pasa eso con el Colón. Cuando tenía clases con mi maestro alemán, me levantaba, me bañaba y me perfumaba como si tuviera una cita con una chica. ¡Y estudiaba como un energúmeno! (risas). Pero esa hora de clase la esperaba con la mayor de mis ansias. Esos minutos saldaban los miles y miles de kilómetros que me separaban de mi casa, la nostalgia, el dolor de no ver a mi familia, el frío y la falta de plata. La distancia nos hace disfrutar de lo que tenemos y dimensionarlo en su justa medida.

–Jorge, ¿tus compositores preferidos?
–Puccini es una travesía directa al paraíso. Cualquier material suyo es emocionante. Pero te voy a confesar lo que un día le dije a mi terapeuta: si alguna vez me sentí más cerca de Dios, fue interpretando a Piazzolla. Después de eso, podría haber firmado mi deceso como flautista. Si con el instrumento tenía que llegar a algún sitio hermoso, que no tiene nada que ver con el público, ni con el éxito, ni con el fracaso, ni con el dinero… llegué. Fue como una proyección espiritual. Ese es el objetivo más preciado de cualquier artista: protagonizar ese momento sublime donde sentís que con tu arte podés tocar frecuencias que no son humanas.