Tony Stark es exitoso, seductor, multimillonario y heredero de las Industrias Stark. Su vida, podría decirse, es un lecho de rosas, pero en rigor, no lo es. Tony estuvo al borde de la muerte. Su corazón herido solo pudo seguir latiendo gracias a una armadura que lo transformó en Iron Man, un superhéroe que cuenta con una fuerza sobrehumana y puede volar, entre otras tantas bondades.
Iron Man es un personaje ficticio del universo Marvel Comics, surgido en los sesenta. Como si fueran
las dos caras de una misma moneda, su historia puede emparentarse a la de Robert Downey Jr., quien se calza, justamente por segunda vez en la pantalla grande, el traje de la creación de Stan Lee (en esta ocasión, lo secundan Edward Norton, Samuel Jackson, Mickey Rourke y Scarlett Johansson). Obvio, la suya no tiene tooodos los ribetes románticos que suelen condimentar una historieta, pero Robert también fue un dios del Olimpo, también sacó a bailar a la parca y también se sobrepuso (no al punto de convertirse en un superhéroe, pero…).
Exitoso, seductor y por qué no, multimillonario, Robert (¿o Tony Stark?) cosecha, en la actualidad, los frutos de años de sufrimiento, tropiezos, caídas y voluntad suficiente para ponerse de pie, triunfante. Desde el 2004 a esta parte, transitó una especie de reivindicación después de épocas turbulentas. Lo produjo Mel Gibson en El detective cantante, compartió cartel con Halle Berry
en En compañía del miedo, con Val Kilmer en Kiss Kiss Bang Bang y con Nicole Kidman en Retrato de una obsesión.
Sin embargo, el 2006 parece haber marcado un quiebre en su trayectoria cuando asumió el rol principal de la primera Iron Man, que solo en su primer fin de semana en los Estados Unidos recaudó casi cien millones de dólares. “Me encantan los cómics de Marvel. Crecí leyendo Iron Man y Spiderman. ¡Los superhéroes son geniales!”, exclamó Robert por aquel entonces.
A partir de allí, el hombre de ascendencia irlandesa, rusa y escocesa, se puso de moda: hizo Charlie Bartlett, Hulk, Una guerra de película, El solista y Sherlock Holmes. Pero detengámonos en las últimas tres. En Una guerra… lo dirigió el comediante Ben Stiller. La particularidad: ¡estaba irreconocible! ¿Por qué? Porque interpreta a un actor australiano que decide pigmentar su rostro para parecerse a un soldado afroamericano (para muestra, observe la foto). El papel le significó el regreso de los flashes: tuvo nominaciones en los premios Oscar, BAFTA y Globo de Oro.
En El solista, encarnó a un periodista que entabla una amistad con un músico (Jamie Foxx) de los suburbios de Los Ángeles; y, junto a Jude Law, llevó a cabo las aventuras del detective ideado por Sir Arthur Conan Doyle (gracias a este rol, se alzó con un Globo de Oro a “Mejor actor”).
“Todo lo que sé es que, finalmente, logré dirigirme a un cierto lugar y conseguí no destruirme a mí mismo”, confesó a modo de balance tras soplar las cuarenta velitas. Es que, ahora, las compañías, los productores y los directores se pelean por él. Pero, contradiciendo a Charly García, hubo un tiempo que no fue hermoso…
Ascenso y descenso
Hijo del ex cineasta Robert Downey y la actriz y cantante Elsie Ford, y hermano
de Allison,
Robert nació el 4 de abril de 1965 en Greenwich Village, Nueva York, aunque, durante su infancia y adolescencia, se instaló, por igual, en Los Ángeles, California y Londres.
Aunque para man- tenerse económicamente haya tenido que hacer las veces de camarero o desempeñarse en una casa de zapatos, el destino de Robert ya estuvo signado desde el seno familiar. A los cinco años empezó a aparecer en los largometrajes de su padre. Con dieciocho primaveras, comenzó su camino cinematográfico independiente en Baby It's You, Weird Science, El primogénito y Back To School. En 1985, su destacada participación en una veintena de episodios del mítico Saturday Night Live le valió sus primeros pasos en las ligas mayores: The Pick-up Artist, Less Than Zero, Rented Lips, Solo ante la ley, Chance Are y Air America (con Mel Gibson).
La fama golpeó a su puerta con Chaplin: ganó un BAFTA por brillar en la piel del comediante más aclamado del siglo XX, aunque perdió el Oscar y el Globo de Oro en manos del genial Al Pacino de Perfume de mujer. No obstante, la biografía dirigida por Richard Attenborough fue el trampolín para engrosar su caché y llenar cada casillero de su agenda. Alternó entre comedias románticas (Heart And Souls y Sólo tú, con Marisa Tomei), películas de culto (Natural Born Killers, de Oliver Stone) y dramas épicos (Ricardo III).
Pero… mientras ascendía al escalafón de playboy y sex symbol, descendía hacia las tinieblas de las drogas y el alcohol. Adicción que se inició a fines de los ochenta, pero se profundizó cuando fue arrestado, en 1996, por conducir a exceso de velocidad y portar ilegalmente una pistola, amén de trasladar marihuana cocaína, heroína y crack. De ahí en más, los escándalos se sucedieron al punto de ser condenado por la justicia (pasó varios meses entre rejas por haber violado la libertad condicional de manera constante,) y al de ser enviado, una y otra vez, a centros de rehabilitación.
Pese a que se lo consideraba una persona de alto riesgo (aun así, filmó One Night Stand, U.S. Marshals, The Gingerbread Man, Un chico para dos, Black And White y Jóvenes prodigiosos, con Michael Douglas y Tobey Magui-re), tuvo su pequeña revancha en el 2000, cuando intervino en Ally McBeal y se quedó con un Globo de Oro por ser el “Mejor Actor de Reparto en Serie de TV”. La paz le duró un suspiro: fue despedido del programa de Calista Flockhart cuando la policía lo encontró vagando, en un estado paupérrimo, por un callejón de Los Ángeles. Nadie apostaba un dólar por Robert y escaseaban los optimistas sobre su futuro.
“Mi fama superó a mi pasado”
A la distancia, 2002-2004 parece haber sido el período de desintoxicación. Se separó de la madre de su hijo Indio, Deborah Falconer (antes había convivido con Sarah Jessica Parker), y se casó con la productora Susan Levin, a quien conoció durante el rodaje de En compañía… y con quien trabajó en un sinfín de películas, como Sherlock Holmes y la reciente Iron Man. Sobre el hecho de cruzarse en las locaciones con su esposa, Robert asintió entre risas: “La verdad es que es intolerable… Pero es fantástica”.
Con anteojos, sin ellos, con pelo rebajado, con reflejos o muy cortito, con barba candado y hasta con piel negra. En las más de sesenta películas que rodó, Robert desarrolló un poder camaleónico envidiable. Tanto que hasta se hizo afín a la música y prestó su voz para las bandas de sonido de algunas de ellas (las frutillas del postre: grabó un disco en el 2004, titulado The Futurist, y protagonizó el videoclip de la canción I Want Love, de Elton John).
Vientos de cambio soplan para uno de los actores más rentables de Hollywood. Y no detiene su marcha. “Dije que me iba a tomar vacaciones y no lo hice. Debería bajar un poco el ritmo, pero es que estoy tan agradecido por las oportunidades que se me presentaron que me da no sé que negarme. En este trabajo, no siempre estás de vacas gordas, y cuando llegan… hay que aprovechar”, afirmó.
Entretanto, Robert se pasea por las alfombras rojas presentando al muchacho de la armadura roja y dorada. “Fue muy divertido hacer Iron Man II. Nunca había hecho una secuela, así que, por un lado, es muy importante para mi carrera; pero, por el otro, conlleva la presión de millones de fanáticos que están esperando verla”. Lo que sigue es una película animada (Master Mind, junto a Ben Stiller), una nueva entrega de Holmes (“¡Sherlock es un tipo tan raro! ¡Me encanta hacerlo!”, manifestó. Y claro…), la cinta The Avengers (donde se reunirán todos los superhéroes de Marvel) y el sueño de filmar junto a Colin Farrell (“Me encanta, creo que haríamos un gran dúo”, deslizó Robert).
Mientras, Robert camina, hoy, cobijado por un horizonte diáfano. Y silba bajito. Y recolecta aplausos y palmadas del público y de la crítica especializada. Y si lo interrogan por aquel mundo de sombras que lo acechó, responde con voz firme: “Ya ni contesto esas preguntas. ¡Soy demasiado grande! Mi fama superó a mi pasado”.
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